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Los despertadores del jet lag

El jet lag golpea más con la edad, se crece. No importa la estrategia: dormir unas horas antes de comer, acostarse temprano, acostarse tarde. Cuando el cuerpo cruza el Atlántico en cualquiera de las dos direcciones se preña de relojes que suenan a deshora durante días. Así me encuentro: entre alarmas, tictacteando.

Busco en el cielo la lluvia prometida de estrellas y me encuentro con un Madrid en penumbra, a medio cerrar o a medio abrir, sin jarana ni luces extraterrestres. Me pongo música para estrenar los auriculares comprados en B&H, un dispendio si se tiene en cuenta de que estoy medio sordo del oído izquierdo. Elijo a Neil Diamond, el arranque de su concierto de agosto de 2008 en el Madison, porque suena a Nueva York. El jet lag potencia las nostalgias, las soledades.

He editado la primera de las entrevistas que hice para Jot Down; esta se publicará en castellano y en inglés. Después de leerla a fondo me ha gustado bastante más. Salí con la impresión de haberla estropeado. Tengo que escribir un par de textos además de los semanales en InfoLibre y El Periódico de Catalunya. Toca trabajar.

Me quedé solo en casa para sumergirme en mí mismo, reordenarme, ir apagando voces y alarmas.

Julio Cortázar dijo que el jet lag es una disfución provocada por la pérdida temporal del alma, incapaz de viajar a la velocidad de los aviones. Es hermoso. Los escritores no tienen límites en sus metáforas, aunque sean ateos.

Apenas he salido a la calle; me asusta el clima prebélico que se vive en España contra esa potencia extranjera llamada Gibraltar. No deberíamos confiarnos con el precedente heróico de Peregil. La suerte y los vientos nunca sonríen dos veces.

Buenas noches; segundo intento de sueño.

Despedida a lo grande de Nueva York

La despedida de Nueva York fue a lo grande: miramos en dirección opuesta a Central Park, más allá Broadway Avenue, la frontera hacia el oeste, y descubrimos el delicioso Riverside Park a la altura de la 105, nuestra calle en estos quince días. Fue un acierto de María Exploradora.

Nos cruzamos con una boda en la que las damas de honor vestían trajes morados y llevaban flores lilas, quizá como una premonición. Dos equipos jugaban al fútbol (mal) sobre un césped artificial mientras que un niño negro con una camiseta amarilla fluorescente con el nombre de Eto’o pedía cancha. Decenas de dueños con perro se movían por los senderos unidos por correas elásticas. La gente sonreía, parecía feliz; los perros, también, sobre todo un galgo que movía el rabo como si fuera la hélice de un avión.

Varias parejas jóvenes celebraba un cumpleaños sentados junto a sus proles sobre una isla de césped; una de las madres ayudaba a su niño, no más de dos años, a caminar como equilibrista sobre una cuerda. A pie del río Hudson volaban las bicicletas, algunas de alta competición. En ese doble carril de ida y vuelta que llega hasta Battery Park entraban milagrosamente corredores de fondo, ciclistas, peatones, bomberos entrenando rescates y curiosos. Si en Sevilla saben mover masas en Semana Santa sin incidentes mayores, en Nueva York saben mover el caos con maestría.

Encargué un coche por Internet a la compañía de los siete sietes, con el fin de que nos llevara al aeropuerto después de comer. Pagas un poco más, pero es mejor, al menos a la vuelta a casa. Pasamos una seguridad poco invasiva, discreta, eficaz. Uno de los funcionarios señaló una mochila con el escudo del Barça y me delaté en un santiamén. Se mostró entusiasmado con Cristiano Ronaldo y el Real Madrid tras su partido contra el Chelsea.

Despegamos al atardecer. Antes de girar para entrar en pista, se apareció un Manhattan silueteado entre rojos, azules, grises y naranjas. Una hermosura.

Paula había amanecido triste, irascible. Le expliqué que todo lo bueno se acaba y que todo lo malo, también, que es mejor pensar en lo bien que lo hemos pasado, en lo mucho que ha conocido. Tiene que aprender a masticar recuerdos, digerirlos y protegerlos.

Llegamos a un Madrid vacío, de domingo y en agosto. Parece que alguien le quitó el tapón a la bañera: un desierto, Los dos primeros cajeros automáticos del aeropuerto estaban fuera de servicio. ¡Marca España! Al llegar a mi barrio, a Ópera, sentí cierta pertenencia. No es Nueva York, no somos glamurosos, no es una ciudad para bicicletas, no somos una potencia económica, cultural o periodística, pero esto tiene su encanto. También hay que aprender a regresar a casa, saber quiénes somos, qué defendemos.

Gracias por estar ahí estos días. Feliz domingo.

Sin bicicletas en Central Park

La madre de Paula sugirió ir primero al Café Lalo, no muy lejos de donde hemos vivido estos días. Los brunch son célebres tanto por su calidad como por el tiempo que tardan en servirlos. Rodaron en él alguna escena de la película Tienes un email. El garito presume de ello y lo rentabiliza. Aquí todo es negocio, parte esencial de la cultura que impulsó este país. Después caminamos por Central Park alejados de los puntos de alquiler de bicicletas, cosa que agradecí en silencio. El circuito de las bicis tiene una leve pero notoria cuesta sobre la que ya me imaginaba haciendo el mayor de los ridículos.

Paula jugó con los barcos de vela en el estanque que sale en casi todas las películas de padres con hijos que se enamoran de madres con hijos. Costaba mover el velero con los mandos de timón y vela. Crees que se mueve por control remoto y lo que le impulsa es el viento. Lo descubres cuando ha expirado el tiempo: once dólares por media hora.

En la zona de hierba delante de los rascacielos, a la altura de la 67, nos tumbamos en el césped descalzos para tomar contacto con la naturaleza. Paula no paró de gritar y saltarme encima. Cuando nos fuimos había un gran vacío a nuestro alrededor. La niña preguntó si era por la escandalera. Le dije la verdad. El día lucía gris, húmedo; ha sido el primero de calor. Una suerte.

Cenamos con Santi y Emma en Blue Smoke, en Battery Park City. Es uno de los templos de la barbacoa y los célebres ribs de Nueva York. Me los tomé al estilo de Kansas y estaban deliciosos. El Blue Smoke está al lado del edificio de Goldman Sach por el que pasé con las manos en alto, por si acaso. La zona se ha revalorizado con la llegada de los tiburones. Las tiendas de barrio se trasmutaron en tiendas de vino, de flores, en bares y restaurantes caros. Todo para satisfacer a los golden boys, a los que se sacan sobresueldos millonarios en el Casino Mundial. La barra de Blue Smoke está repleta de este tipo de monjes-soldado, los mismo que los gimnasios. Todo por una buena amnesia laboral.

Alguien escribió hace poco en The New York Times que Nueva York era una ciudad construida con los sueños de millones de personas: irlandeses, británicos, italianos, polacos, hispano, coreanos, vietnamitas… Personas que llegaron persiguiendo un deseo; artistas que anhelaban vender cuadros, escribir novelas, crear música, protagonizar películas. Ahora es un ciudad dura y cara en la que solo pueden vivir los que ya han conseguido su sueño, los que luchan por defender su estatus. Es una ciudad con un número de sueños clausus que ha colocado el cartel de completo.

Aumenta el precio de las casas, de los barrios; la gente que los habitaba debe moverse, quizá a Brooklyn, Harlem, Bronx, Queens o Nueva Jersey, pero la lujuria de la riquza sin límites morales les persigue a esos nuevos exilios para volver a expulsarlos.

Italo Calvino dijo que la felicidad consiste en encontar el sitio en el que uno se siente mejor como extranjero. Seguiré buscando. Feliz sábado.

Comando compras actúa por separado

Realicé una segunda entrevista para Jot Down; salí satisfecho, con una sensación de redondez, de haber sostenido una buena charla. Dediqué la mañana a pensarla y a empezar el artículo del domingo de El Periódico de Catalunya. La tarde fue de compras: las chicas por un lado; yo, por otro. Es más seguro y eficaz; ahorra malos humos (por mi parte).

Los centros del arrebato consumista fueron Century 21 y Macy’s. Me gusta rebuscar en el primero, siempre hay sorpresas. Me encanta el segundo porque sabe a Navidad, a Milagro en la calle 34. Regreso con algunas camisas tres veces más baratas que en España y la amabilidad de sus dependientes.

Macy´s tiene, además, el atractivo de sus escaleras mecánicas. En las plantas altas quedan las de madera, las primeras en utilizarse en el mundo. La madre de Paula se hizo un lío al subirse a una doble. Parecía una equilibrista. Fue divertido.

María estaba hoy feliz porque un hombre de color, y bien guapo según los testimonios, le había voceado que era una gran madre y muy hermosa. Volvimos los tres en metro. Su falda corta causó estragos en otro joven que movía la cabeza impulsado por la música. Todo se balanceaba menos los ojos fijos en las piernas de María.

Las chicas comieron por su cuenta. Por sugerencia de Paula regresaron a mis espaldas al chino del domingo. Ninguna lo consideró una traición; yo, tampoco. Comí cerca del lugar de la entrevista. Del techo colgaban varias pantallas de televisión. No había políticos, solo deportes en directo, Un hombre me preguntó sorprendido al salir del restaurante: “Are we wining?” Respondí con otra pregunta: “Who are We?” Se refería a los Mets, el equipo de béisbol menos célebre de la ciudad. Entré en B&H para comprar unos auriculares. Es una contradicción: yo que ando medio sordo me preocupo por la calidad del sonido.

Lució otro día tormentoso. Hemos tenido suerte con el clima, casi nunca por encima de 30 grados. Mañana es el último día completo. Habrá que enmarcarlo. Feliz viernes.

No pregunté por las ventanas de Hopper

Me desperté sobresaltado a las cuatro de la mañana. La ciudad que nunca duerme estaba en silencio. Fueron apenas unos minutos: ni tráfico ni personas; tampoco el hombre que se pasa el día y parte de la noche gritando Aleluya como si sus males tuvieran solución celestial.

Por la mañana visitamos el Whitney Museum que alberga una exposición de Edward Hopper. Lo más interesante de la muestra son los bocetos, ver cómo preparaba el cuadro antes de pintar el cuadro mismo, las variaciones que introducía en la versión final; nada serio: a veces un leve cambio en la posición de las manos. Hopper era minucioso, cinematográfico en la composición de las escenas. Su obsesión por mujeres que miran por ventanas atrae a la madre de Paula. Son mujeres presas en una soledad, que anhelan escapar y no pueden, o quizá sí. Me recuerdan a Los puentes de Madison.

La planta cuarta ofrece una composición de Robert Irwin. A diferencia de James Turrell en el Guggenheim esta me resultó extraordinaria. No solo es la elegante simplicidad del espacio diáfano -y el juego de confusiones que propone al entrar-, sino porque se trata de un lugar hopperiano, una prolongación inteligente de la obsesión de las ventanas. Fotografié a la madre de Paula en el ventanal del fondo, pero no pregunté por sus soledades.

Comimos en el Grimaldi’s de Brooklyn; paseamos por las callejuelas que están a la espalda del Promenade y nos sentamos en una bancada a admirar Manhattan, la ciudad de Woody Allen. Cruzamos el río en un ferry que lo hizo a gran velocidad bamboleando pasajeros de babor a estribor. Cruzamos por Wall Street para que la niña no olvide que de ahí viene todo lo que le están robando.

Entramos al Memorial del 11-S dentro de la Zona Cero. Conmovedor. Las cascadas que ocupan el lugar de las Torres devoran el agua que vuelve a brotar después. Es impactante. También lo es deslizar la mano por algunos nombres, sentir los pliegues de las letras, las curvas. Un cartel te ruega que lo hagas. Cada nombre que se acaricia con la yema de los dedos se llena de vida, permanece.

El lugar es un enorme cementerio, el lugar donde desaparecieron miles de personas tras un acto de fanatismo cobarde. Es un centro de respeto y silencio. El pase al memorial es gratuito, eso lo engrandece.

En uno de los nombres estaba hoy clavado un clavel blanco. Un dedo había escrito sobre el sudor de la humedad “Happy Birthday”. Otros dibujaban corazones. También la palabra Hope.

Por la noche cenamos con Sandro e Isabel, amigos españoles muy queridos. Amsterdam Avenue entre la 80 y la 86 es un festejo, lo mismo que Columbus. ¿Crisis? ¿Qué crisis? En esta noche gris el cielo parece preñado de luz. Es la magia de las lluvias aliadas con la luna. Feliz jueves.

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