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Fin del verano: estudias o trabajas

En mi situación laboral la línea que separa las vacaciones del trabajo es delgada, casi imperceptible. El retorno del veraneo resulta más llevadero, no padezco de mareos y confusiones al pasar en pocos minutos de no hacer nada y tener que parecer que se hace de todo. No dependo de dismulos en el cumplimiento del deber, de un horario, de la presencia física en un sitio concreto, normalmente alejado del lugar donde se duerme, de jefes con el síndrome de la gallina: todos los polluelos alrededor para no olvidar que son ave.

Transito del sofá de mi casa y del toqueteo de la entrepierna a una escritura febril, poseída. Con la misma facilidad retorno del arrebato al sofá con el fin de sostener alguna lectura reposada que me alimente el cerebro y las emociones. Dispongo de mi tiempo, no del concepto filosófico e inquietante, sino de los minutos concretos que componen mi jornada.

Es cierto que al existir menos vigilancia tiendo a la dispersión, un lujo balsámico. Nunca fui amante de la disciplina estricta tal vez porque mis padres, con su mejor voluntad, gastaron en mis años de infancia toda la que corresponde a una vida. Saturado de deber, prefiero el placer.

Las exigencias de trabajo lo marcan las colaboraciones, las fijas y las ocasionales y mi necesidad enfermiza de leer periódicos, revistas y sitios web para mantenerme informado. Siempre he tenido el privilegio inmenso de trabajar en lo que me apasiona: el periodismo. Soy muy afortunado.

La cara B del paraíso son las cuentas, que no salen: muchos menos ingresos, bastantes impuestos y las incertidubres propias de los tiempos y las geografías que nos tocó vivir.

Llega septiembre, regresa el Gran Wyoming y compañía. Empieza un nuevo curso con las juventudes populares desatadas, al menos en la comunidad valenciana, y un portavoz adjunto que reescribe la historia y cambia los muertos que desprecia de un bando a otro. Seguimos en este tardofraquismo insufrible y con una oposición paralizada. Queda el exilio interior como opción de resistencia, pero yo prefiero el combate, el no pasarán, el lema de este fuerte no se rinde. Feliz curso.

Seamus Heaney y la energía que permite escribir

Cuando muere un poeta de la talla de Seamus Heaney se hace un silencio universal; es como si se detuvieran todas las palabras del mundo. Pasada la primera impresión, el homenaje necesario, las palabras regresan a sus griteríos y decires, a los hábitos de contar la vida menuda en espera de que otro gigante las transforme en arte.

Leí que Heaney sostenía que existían espacios -su casa, por ejemplo- en los que uno entra y se conecta a una fuente universal de energía. A veces es una vista al mar o a la montaña, el orden de los objetos, una ausencia, la infancia. El poeta, el escritor, cuando entra en ese espacio mágico solo tiene que situar los dedos sobre el papel o el teclado y estos se mueven solos.

Al mudarse de aquella primera casa tardó meses en poder escribir. El acto sublime de dejarse invadir por los sentimientos, las emociones, las vivencias, se convirtió en un esfuerzo agotador. No había energía exterior. Al leer sobre sus problemas con los espacios me sentí un alma gemela, pero sin su talento. Nos quedan sus poemas: letras impresas en espera de ser resucitadas por cada lector que las pronuncia. Gracias poeta, gracias Irlanda.

¿Vale lo que vale Bale?

Tengo dos principios económicos (caseros) que me guían desde los 25 años: ¿puedo pagarlo? ¿Lo necesito?

Michel Platini, presidente de la UEFA, futuro quizá de la FIFA y ex jugador de excelsa calidad, asegura que si el Real Madrid puede pagar 100 millones de euros por Gerard Bale no ve ningún problema. Es lo más cabal. No lo que dijo Tata Martino, a quien no le falta razón de fondo, pero a quien le sobró algo de demagogia en la forma, pues tampoco sería de recibo el precio pagado por Neymar, sea cual sea por encima de lo 57 millones declarados.

Es demagógico porque pagar esas cantidades no agrava la situación del mundo, no le quita el pan a nadie; no pagarlos no nos saca de la crisis económica, del paro. Los bancos no tienen problemas graves por prestar millonadas a los clubes de fútbol sino por montar un sistema de ganancias desaforadas sin control ni lógica. El documental Inside Job lo explica perfectamente.

Paliar el hambre, la pobreza y la injusticia exigen cambios estructurales profundos en el sistema, en la relación comercial entre el Norte y el Sur, entre los ricos y los pobres de solemnidad. Son las millonadas del tráfico de armas, las guerras provocadas para apoderarse de materias primas el problema de fondo, el motor, la causa verdadera. Es la corrupción moral de los que gobiernan el mundo, y España, lo que me insulta a diario.

Es cierto que el actual mercado futbolístico, en el que el jugador se ha convertido en una mercancía, es un apéndice de la misma inmoralidad (esta es una buena pieza publicada en el Financial Times).

La respuesta a la segunda pregunta de mis principios económicos caseros es subjetiva. Al final de temporada podremos objetivizar un poco la inversión realizada y el impacto de Bale en el juego del equipo; los títulos, si los hubiera.

El fútbol es una religión, un escapismo. Algo en lo que se cree y que te da satisfacciones (depende del equipo, claro). Mueve millones en publicidad, en fervor de masas. Es seguro que Florentino Pérez sacará rédito a Bale, como se lo sacó a Beckham. Al final de los seis años de contrato también se podrá objetivizar la cifra pagada al Tottenham más el sueldo del jugador. Es posible que el balance sea favorable al Real Madrid.

Según el economista Gay de Liébana, el Real Madrid tiene 600 millones de euros de deuda. Supongo que no incluye los 100 de Bale. Cada año ingresa por encima de 500 millones de euros. Las deudas también son relativas, depende de si puedes pagar los intereses y devolver lo prestado en plazos convenidos. Si fuera Florentino Pérez me preocuparía más por la deuda de ACS que, según The New York Times, duplica su valor en Bolsa. Eso ya son palabras mayores.

¡Se me olvidaba! Tengo un libro sobre fútbol y guerra: El autoestopista de Grozni (Libros del KO).

La prensa deportiva como síntoma

Ese es el objetivo: que el hincha se acerque ilusionado al kiosco y compre el periódico deportivo que titula con fichajes más o menos reales. Al día siguiente, con la memoria de un pez, el mismo hincha regresa al kiosco para ilusionarse de nuevo con la portada del mismo periódico, aunque le venda lo contrario. No existe una conciencia crítica, ni una exigencia de rigor, solo una mansa necesidad de que nos cuenten un cuento.

La prensa deportiva vende mucho en julio y agosto. Gran parte del negocio anual se concentra en ese periodo, cuando los seguidores necesitan creer que la próxima temporada será mejor. No se escapa ni el campeón. ¿Qué hubiera sido de Sport y Mundo Deportivo este verano sin el inexistente fichaje de un central para el Barça? ¿Qué hubiera sido de Marca y As sin el culebrón de Bale?

Marca tituló a toda plana con la renovación de Cristiano. No importa que esta no se haya producido, ni a comienzos de agosto ni ahora; pero cuando suceda Marca añadirá a su titular: como ya adelantó este periódico. Su lector-pez exclamará: “Qué bueno”. As dio por presentado a Bale con varios días de anticipación además de mezclar rumores con informaciones o mantener en la web ‘noticias’ contradictorias sobre el futuro de Morata. En una se iba; en otra, se quedaba. ¿Le importa a los lectores? No parece. La exigencia es cero.

¿Hay espacio en España para un periódico deportivo que no vista unos colores, que no haga del antimadridismo o del antibarcelonismo su bandera, que no oculte información de una expulsión no producida o de un penalty no pitado? Creo que no hay espacio porque el problema somos nosotros: los peces.

El País tiene como norma no hacerse eco de rumores en su sección de Deportes, una de las mejor escritas. Pero el rumor es el picante de la información futbolística cada verano. La cadena BBC lo resuelve en su página web con una sección llamada Gossip. Es una forma inteligente de combinar el rigor con el cotilleo. La BBC no genera ese tipo de información, solo ordena la de los demás. The Guardian tiene una pestaña en su web que permite entrar directamente en la sección de fútbol. Son buenos el Mail Online, The Daily Telepraph y The Independent. Las cosas que ahí se cuecen suelen ser noticia en la prensa deportiva española uno o dos días después, supongo que dependerá del traductor.

Ese modelo de venta de ilusión comienza a instalarse en la prensa generalista, que se destina a otro tipo de lector, o quizá sea el mismo, con memoria de pez, que acepta cualquier cosa con tal de que le sea ideológiocamente aceptable.

No es en la venta de prejuicios a lectores prejuiciosos donde está la salvación del periodismo, digan lo que digan las ventas, sino en un información rigorosa, honesta y necesaria para el control de los poderes, sean públicos, privados o mediopensionistas.

Trastienda de una entrevista

Esta es la primera de las dos entrevistas que hice en Nueva York. La segunda también saldrá en Jot Down un poco más tarde. Al editarla me gustó más que al hacerla. Se me metió en la cabeza que no había dejado rodar algunas respuestas y que me faltaron preguntas imprevistas, desviarme más del guión. Me salí, pero no lo suficiente por miedo a no disponer de tiempo. Las fotos son muy buenas, sobre todo si tenemos en cuenta en las condiciones en las que trabajó Julio Gamboa. Apenas tuvo cinco minutos.

Salí del despacho de David Remnick bastante deprimido. Además del asunto de las preguntas y de las respuestas rodantes me jodía no haber tenido jefes así, aunque algunos no han estado nada mal y los de ahora son para enmarcar. Me refiero a no haber trabajado en un templo, un lugar donde la paciencia y el gusto para las buenas historias es la esencia, el negocio. El País lo fue durante muchos años. Por eso sigo agradecido a pesar del final.

La calidad es lo único que nos puede salvar. La calidad es cara, exige talento colectivo. Lo dice Remnick: para cobrar tenemos que ser mejores que aquello que se distribuye gratis en la Red. En España vamos en dirección contraria; aquí domina el periodismo liviano, partidista, basura, falaz, que oculta más que revela. Hay expeciones, algunas recien nacidas, y periodistas que hacen un excelente trabajo en medio del lodo.

De todos los errores que he cometido en mi vida, que son muchos y muchísimos más si añadimos los que aún no considero errores, el mayor de todos es no ser bilingüe, es decir no poder escribir inglés textos largos como los escribo español. Mi ámbito de trabajo sería universal. Feliz lectura.

The New Yorker es un templo del buen periodismo que navega más o menos indemne por la crisis económica y de talento que asola al sector. Quizá gane menos en publicidad y en ventas pero no ha recortado un centavo en la esencia de su negocio: la calidad superlativa. Su célebre fact checker, el departamento que comprueba la veracidad y el rigor de todo lo escrito, incluidas las comillas de los entrevistados, sigue incólume y se extiende a la web. David Remnick es su director desde hace 15 años. Aunque anda más cerca de los 55 que de los 54 parece joven, apenas tiene canas, viste sin corbata. Fue periodista del The Washington Post y corresponsal en Moscú. Le tocó enterrar el comunismo. Al entrar en la revista, situada en el número cuatro de Times Square, me crucé con el nobel de literatura, Wole Sokinya, que salía de entregar algún texto o de discutir el siguiente. Son situaciones extraordinarias. Remnick tiene un despacho entre rascacielos, lleno de luz, sin boato. (Seguir leyendo en castellano) Versión inglesa completa. Full English version.

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