Al Papa tampoco le gusta el baile africano
Thursday, 19 de March de 2009 por Ramón
Pues estamos bien: a Benedicto XVI tampoco le gustan las “alegres y festivas” misas africanas. Prefiere las del Vaticano: decenas de concelebrantes en las que no cabe un solideo alrededor del altar, inciensos, candelabros de plata y coros de niños arrullados todos por miles de jóvenes entusiastas al grito de Totus Tuus. Ayer, tras el gran éxito de su propuesta del condón en un continente diezmado por el sida, las guerras y la miseria extrema, ha pedido más rigor litúrgico a los sacerdotes africanos reunidos en Yaundé. Al líder espiritual de los católicos le preocupa, al parecer, la exuberante religiosidad africana rica en bailes y ritmos tribales. “Que no sean un obstáculo, sino un medio, para entrar en diálogo y comunión con Dios”, dijo. Si por este Papa de intelectualidad reconocida, voz meliflua y sonrisa poco natural fuera no existirían el gospel ni el blues ni Aretha Franklin, algo que debería ser, cuando menos, pecado mortal.
En 1980, durante un Sínodo de obispos celebrado en Roma y dedicado a la Familia y al Matrimonio, el cardenal inglés Basil Hume, que antes de príncipe había sido monje, se levantó de su asiento y dijo a sus compañeros de fe:
He tenido un sueño: una fortaleza en la que la única misión de sus guardianes era la obediencia inquebrantable y en la que el ruido era tanto que no se podía escuchar lo que se decía fuera de sus muros. Pero en ese sueño había también la visión de la Iglesia convertida en un peregrino buscando la carretera en un lugar en el que las señales estaban oxidadas por el mal tiempo y habían comenzado a ser arregladas con la pintura equivocada.
Marzo de 2003. Abordo de un desvencijado Suzuki Santana del padre José Carlos Rodríguez Soto, entonces misionero comboniano en el norte de Uganda. En la aldea de Rep, cerca de Gulu, una zona castigada por la guerrilla de Ejército de Resistencia del Señor (25 años de guerra civil, más de 150.000 muertos y medio millón de desplazados) nos recibió una docena de niños, todos vestidos de domingo: camisa blanca y calcetines altos blancos. Saltaban y danzaban como si hubiera llegado el mismísimo Papa Noël. En una choza rectangular esperaba el pueblo entero, también con sus mejores galas. Tenía techo de paja y carecía de paredes. El padre Carlos sacó de su mochila una botella de plástico rellena de agua bendecida y una muestra de aceite con vino. “¿Te imaginas aquí a Rouco Varela?”. Tras ponerse la casulla y la estola, sonrió ante mi ocurrencia. En la homilía dijo algo en el idioma local que causó carcajadas y aplausos. Hubo cánticos tribales y fue agradable: había espiritualidad en el ambiente. “¿Por qué se reían tanto?”, pregunté después, cuando el pueblo entero se disponía a invitarnos a comer. “Les he contado una historia de unas monjas de Kitgum que dieron pastel de carne a unos leprosos y éstos tras devorarlo, exclamaron: ‘¡No entiendo cómo el hombre blanco se muere comiendo estas cosas tan ricas!”.
Diciembre de 1996. Bukavu. Los hermanos maristas Servando Mayor, Miguel Ángel Isla, Julio Rodríguez y Fernando de la Fuente habían sido asesinados unos días antes en el campo de refugiados de Nyamirangwe. Tras conversar con el hermano Ignacio Arrondo, encargado de recuperar los cadáveres y recibir a los periodistas, me dirigí a sus tumbas. Cada uno de mis movimientos en el exterior del colegio de Niangezi fue seguido por un tropel de niños curiosos. Antes de marcharme el hombre blanco estúpido que hay en mí preguntó a uno de los chicos: “¿Crees en Dios?”. Sólo movió la cabeza de arriba a abajo con los ojos muy abiertos. El hombre blanco estúpido que hay en mí dio un paso más en el abismo y volvió a preguntar: “¿Por qué? Si solo te ha dado guerra y hambre”. El niño de los ojos muy abiertos respondió: “Es que es lo único que tengo”.
Benedicto XVI debería dejar de hablar tanto con los arcángeles y empezar a escuchar a las personas. Los políticos, también; en su caso, bastaría sustituir arcángeles por asesores muy pagados para no dar malas noticias.
Advertencia: peligrosa imagen de la vida real apta para todos los públicos. Foto tomada en Gulu en marzo de 2004, tras la ceremonia de enterramiento del cordón umbilical de los gemelos.

