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Ayudemos a los ‘necon’

Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes

Entra en vigor el 26-06-1987. Países que lo han ratificado, entre ellos EEUU.

Artículo 1.

1. A los efectos de la presente Convención, se entenderá por el término tortura todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas.

Waterboarding. Técnica considerada por el anterior Gobierno de EEUU como una forma apropiada de interrogatorio a sospechosos de terrorismo. Consiste en hacer sentir al detenido que se está ahogando. Según Amnistía Internacional su utilización por el Ejército estadounidense viola la Ley de EEUU sobre el trato a los detenidos de 2005, que prohíbe los tratos crueles, inhumanos o degradantes contra cualquier persona bajo custodia. A pesar de dicha ley, una interpretación sesgada del artículo, niega que esta práctica sea tortura, incurriendo en una violación del derecho internacional.

El supuesto cerebro del 11-S, Jalid Sheij Mohamed, sufrió el waterboarding en 183 ocasiones. El supuesto miembro de Al Qaeda Abu Zubaida, 83.

La mejor forma de tener ideas en política

Recuerdo una anécdota escuchada hace unos cuantos años, creo que en algún corrillo. El entonces alcalde de Madrid, Agustín Rodríguez Sahagún, preguntó al periodista Miguel Ángel Aguilar, quien ocupaba un alto cargo en la agencia de noticias Efe: “¿Qué podemos hacer para solucionar el tráfico?”. Aguilar respondió: “Quitar los coches oficiales? El alcalde, sin duda sorprendido por la propuesta, replicó: “Pero si son muy pocos. ¿Cómo van a producir atascos”. El periodista, que fue mi jefe en el difunto diario El Sol y de quien guardo el mejor recuerdo, dijo: “No es por los coches, alcalde, es por vosotros: en el momento que estéis una semana yendo en transporte público seguro que se os ocurre alguna idea”.

Se podría aplicar a muchas profesiones, al periodismo por ejemplo, pero esta vez prefiero pensarla en la política. Imaginarme a los líderes del G-20 ampliado reunidos en una aldea de Sierra Leona, encerrados detrás de una empalizada durante un mes, sometidos a las mismas condiciones de vida: el mismo camastro de paja junto al orín de los animales en un cabaña de adobe, la misma única comida diaria de arroz y maíz rebañado con los dedos, los mismos mosquitos anófeles portadores de la malaria, el mismo calor sofocante y húmedo.

Imaginarme a sus mujeres caminando descalzas durante horas para conseguir cinco litros de agua que necesitan para cocinar y lavarse, una agua parda en la que los microbios tienen rostro. Un mes sin duchas de agua caliente, interpretes, televisiones de plasma, teléfonos móviles, correo electrónico y Google Earth para jugar a ya me sé muchos países en los que no he estado.

Un mes sería suficiente para arrancar unas cuantas buenas ideas. Es muy difícil ver la realidad cuando se viaja en coche oficial, se vuela en avión oficial, se pisan aeropuertos oficiales y salas de congresos oficiales protegidos por guardaespaldas oficiales, se come comida oficial, se habla con gente oficial y se escucha solo a gente oficial y prudente que dice sólo lo que quieren escuchar. Por eso me gusta tanto Nelson Mandela: siempre tuvo ideas propias fuera del circuito oficial.

Comer en El Bulli

No sé qué se siente. Ni qué sabores estallan en tu boca sentado en El Bulli. Jamás he comido en el mejor restaurante del mundo, según el criterio de la revista británica Restaurants que acaba de publicar su afamada Pellegrino World’s 50 Best 2009 winners. Tampoco sé qué se siente al comer en cualquiera de los 49 restantes. Ni si esto -el no haber almorzado en ellos- es bueno o malo; si se trata de un signo externo de los límites de la movilidad social (y del bolsillo) o de una pose anarcoizquierdista. Sea lo que sea se me está haciendo la boca agua.

La arena y los adoquines

Soportamos una crisis financiera, económica y ética, sobre todo ética, en la que cientos de miles de personas se quedan sin empleo cada mes y cientos de miles de jóvenes salen a un mercado laboral en el que les aguarda la promesa del mileurismo, el nuevo símbolo de la modernidad empresarial. Esto es lo que sucede en nuestra porción climatizada del mundo. En la otra, no hay crisis porque la suya es superlativa y permanente: hambre, enfermedades y muerte. Cuando no tienes nada es difícil notar lo que falta.

Sé que resultará algo antiguo, pero me parece que sigue habiendo motivos y mucha playa debajo de los adoquines.

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Gran viñeta publicada en El País el 22-03-2001, antes de que el mundo cambiara.

Vivimos tiempos de grave crisis en la prensa tradicional en los que se cuestiona la supervivencia del papel, y se cuestiona desde dentro, por aquellos que sueñan ahorrarse su coste. Son tiempos revueltos en los que por error, desconocimiento o mala fe muchos culpan a Internet de todos los males en lugar de buscar los cooperadores necesarios entre nosotros: responsables empresariales, jefes varios y periodistas en general. Son tiempos en los que se tiran por la borda las leyes sagradas del periodismo de calidad: ir a los lugares donde sucede algo, entrevistar a los testigos, recoger fuentes, comprobar y volver a comprobar siempre aleccionados por una mesa de redacción que demanda los más altos estándares de calidad. Esta bella definición pertenece a Bill Keller, director de The New York Times, que, pese a ser gran diario, tiene problemas de viabilidad.

No es Internet el único responsable de la catástrofe, sólo una puntilla. Los que más culpa acumulan son quienes creen haber hallado Eldorado en el periodismo ratonero (Pepe Comas dixit). Los que imponen grandes recortes cambiando los desplazamientos físicos por los desplazamientos del ratón del ordenador. Quienes asomados a una pantalla creen oler y palpar la realidad y opinar después sobre ella en tertulias y reuniones sobre el futuro del periodismo, el cambio climático o de las armas nucleares, que para todo da.

También hay una parte de responsabilidad entre los que proclaman la gratuidad de los contenidos como la gran revolución cultural. Viajar a sitios peligrosos para averiguar lo que sucede y contarlo cuesta dinero y un sueldo para el periodista que dedica su vida a la información. ¿Teatro gratis, cine gratis, fútbol gratis, whisky gratis, coches gratis, créditos gratis …? Pero éste sería otro debate.

Quizá porque soy periodista y estoy bastante preocupado por mi futuro y el de mi oficio me ha gustado mucho la película La sombra del poder (State of Play), que pasará a buen seguro a la lista de grandes del género junto a las inolvidables Todos los hombres del presidente y Primera Plana. No pretendo escribir sobre su calidad cinematográfica, que me parece excelente en todo: guión, montaje, actores… con la excepción quizá del congresista Collins interpretado por Ben Affleck, algo eclipsado por el radiante Cal McAffrey (Russell Crowe).

Lo que me ha gustado especialmente es su fondo periodístico y sus referencias constantes a la situación que vivimos. La pugna entre el viejo periodismo inundado de papeles, recortes y post-it del cascarrabias McAffrey-Crowe frente al joven periodismo digital de su compañera de redacción Della Frye (interpretada por Rachel McAdams). Magnífica la escena, los diálogos y la réplica última cuando ella entra en la película y le pide información para alimentar sus textos on line sobre el Capitolio. “Me tendré que leer un par de blogs para estar al día”, responde McAffrey-Crowe a su ambiciosa colega.

El desarrollo de la relación entre ambos personajes es una metáfora de la relación entre los dos supuestos periodismos, y escribo supuestos porque en mi opinión son el mismo a diferentes velocidades. En esta película, la joven Frye y el viejo McAffrey acaban por entenderse y sacar adelante una gran noticia. Me entusiasma una de las la frases finales de Fryre-McAdams: “Hay noticias por las que merece la pena mancharse las manos de tinta”. La mandaría colocar en todas las redacciones aunque sólo sea por molestar a los agoreros, educar a los nuevos y refrescar la memoria de los olvidadizos.

Para lograr esa comunión entre herramientas, edades y mentalidades es fundamental un personaje como el de la directora del Washington Globe, Cameron Lynne (Helen Mirren), quien debe lidiar simultáneamente con el poder político, unos dueños que sólo desean ganar dinero sin importarles si lo publicado es cierto o no y unos periodistas toca-pelotas como McAffrey-Crowe que no ceden un centímetro de independencia. Desconozco si existen muchos directores como ella, o si quedan otros en activo de la talla de Ben Bradlee, del The Washington Post durante el caso Watergate. En nuestro mundo en crisis quizá no dependamos tanto de la llegada de superhéroes que defiendan este oficio de nosotros mismos, sea impreso o digital, quizá basten periodistas sensatos y buenos que hablen solo de periodismo y no de presupuestos y que crean profundamente en este hermoso negocio de contar historias veraces.

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