Vivimos tiempos de grave crisis en la prensa tradicional en los que se cuestiona la supervivencia del papel, y se cuestiona desde dentro, por aquellos que sueñan ahorrarse su coste. Son tiempos revueltos en los que por error, desconocimiento o mala fe muchos culpan a Internet de todos los males en lugar de buscar los cooperadores necesarios entre nosotros: responsables empresariales, jefes varios y periodistas en general. Son tiempos en los que se tiran por la borda las leyes sagradas del periodismo de calidad: ir a los lugares donde sucede algo, entrevistar a los testigos, recoger fuentes, comprobar y volver a comprobar siempre aleccionados por una mesa de redacción que demanda los más altos estándares de calidad. Esta bella definición pertenece a Bill Keller, director de The New York Times, que, pese a ser gran diario, tiene problemas de viabilidad.
No es Internet el único responsable de la catástrofe, sólo una puntilla. Los que más culpa acumulan son quienes creen haber hallado Eldorado en el periodismo ratonero (Pepe Comas dixit). Los que imponen grandes recortes cambiando los desplazamientos físicos por los desplazamientos del ratón del ordenador. Quienes asomados a una pantalla creen oler y palpar la realidad y opinar después sobre ella en tertulias y reuniones sobre el futuro del periodismo, el cambio climático o de las armas nucleares, que para todo da.
También hay una parte de responsabilidad entre los que proclaman la gratuidad de los contenidos como la gran revolución cultural. Viajar a sitios peligrosos para averiguar lo que sucede y contarlo cuesta dinero y un sueldo para el periodista que dedica su vida a la información. ¿Teatro gratis, cine gratis, fútbol gratis, whisky gratis, coches gratis, créditos gratis …? Pero éste sería otro debate.
Quizá porque soy periodista y estoy bastante preocupado por mi futuro y el de mi oficio me ha gustado mucho la película La sombra del poder (State of Play), que pasará a buen seguro a la lista de grandes del género junto a las inolvidables Todos los hombres del presidente y Primera Plana. No pretendo escribir sobre su calidad cinematográfica, que me parece excelente en todo: guión, montaje, actores… con la excepción quizá del congresista Collins interpretado por Ben Affleck, algo eclipsado por el radiante Cal McAffrey (Russell Crowe).
Lo que me ha gustado especialmente es su fondo periodístico y sus referencias constantes a la situación que vivimos. La pugna entre el viejo periodismo inundado de papeles, recortes y post-it del cascarrabias McAffrey-Crowe frente al joven periodismo digital de su compañera de redacción Della Frye (interpretada por Rachel McAdams). Magnífica la escena, los diálogos y la réplica última cuando ella entra en la película y le pide información para alimentar sus textos on line sobre el Capitolio. “Me tendré que leer un par de blogs para estar al día”, responde McAffrey-Crowe a su ambiciosa colega.
El desarrollo de la relación entre ambos personajes es una metáfora de la relación entre los dos supuestos periodismos, y escribo supuestos porque en mi opinión son el mismo a diferentes velocidades. En esta película, la joven Frye y el viejo McAffrey acaban por entenderse y sacar adelante una gran noticia. Me entusiasma una de las la frases finales de Fryre-McAdams: “Hay noticias por las que merece la pena mancharse las manos de tinta”. La mandaría colocar en todas las redacciones aunque sólo sea por molestar a los agoreros, educar a los nuevos y refrescar la memoria de los olvidadizos.
Para lograr esa comunión entre herramientas, edades y mentalidades es fundamental un personaje como el de la directora del Washington Globe, Cameron Lynne (Helen Mirren), quien debe lidiar simultáneamente con el poder político, unos dueños que sólo desean ganar dinero sin importarles si lo publicado es cierto o no y unos periodistas toca-pelotas como McAffrey-Crowe que no ceden un centímetro de independencia. Desconozco si existen muchos directores como ella, o si quedan otros en activo de la talla de Ben Bradlee, del The Washington Post durante el caso Watergate. En nuestro mundo en crisis quizá no dependamos tanto de la llegada de superhéroes que defiendan este oficio de nosotros mismos, sea impreso o digital, quizá basten periodistas sensatos y buenos que hablen solo de periodismo y no de presupuestos y que crean profundamente en este hermoso negocio de contar historias veraces.