A los 20 años entré en el despacho del director adjunto o subdirector, no recuerdo el cargo, de la agencia Pyresa, desaparecida en 1979. Se llamaba Juan José Porto y le recuerdo con mucho cariño. Un amigo, Manuel Gómez Blanco, me había dicho que estaban aceptando candidatos a periodista. Tenía buena información, pues su padre era un alto cargo de lo que se llamaba la Prensa del Movimiento (franquista, para los más jóvenes). Llevé una lista con propuestas de reportajes y entrevistas y el texto de una que le acababa de realizar a Antonio Gala. Porto levantó los ojos, me saludó, tomó los folios que le extendía mientras le explicaba de qué se trataba y los rompió sin mirarlos tirándolos a la papelera. “Escríbela otra vez, no es buena”, dijo. Me quedé petrificado. Sólo acerté a balbucear: “Pero si no la ha leído”. Porto, replicó: “Es imposible que esté bien, vuelve a escribirla”. Encontré una máquina de escribir libre en la sala de los fotógrafos que estaba en el extremo de unos inmensos talleres donde se imprimía el diario Arriba y el Marca. Recuerdo el espectáculo de las linotipias, su olor. Al cabo de un par de horas, volví al despacho del director adjunto o lo que fuera. Éste colocó los folios sobre su mesa y dijo: “Te doy dos opciones. Lo corregimos juntos o lo publico como está y si no me gusta lo que leo mañana no vuelvas por esta agencia. Tu eliges”. Me senté a su lado. Porto cogió un lápiz rojo y emborronó el texto: “Fuera adjetivos, las comas son un lujo, esta frase es muy larga, esto no se entiende… Pásala a limpio”. Lo hice. La escribí por tercera vez.
Estuve dos años como colaborador de los que se llamaba Pyresa B (entrevistas y reportajes para alimentar la cadena de periódicos regionales) y aprendí muchísimo de aquel tipo. Aquel primer día fue una prueba de resistencia para conocer si estaba realmente dispuesto a ser periodista. La segunda parte de esa prueba fue comprobar mi reacción al cobrar la entrevista. Me pagaron 250 pesetas (1,50 euros). Me pareció un sueldazo.
Viví en Estados Unidos dos años (1985-1986), cuando Washington DC no había dejado de ser del todo un pueblo grande con abundantes zonas verdes. Fue una gran experiencia y un descubrimiento: la gente, su simpatía e inocencia. Más allá de los prejuicios, y los españoles tenemos unos cuantos contagiados por el rechazo a un cierto tipo de política, me pareció un país extraordinario. Ser imperio, tener dólares, hablar el idioma mundial y fabricar iconos como churros desde los estudios de Los Ángeles reduce el interés por aprender otras culturas. ¿Para qué esfozarse si te las puedes inventar en un buen guión?
No es, desde luego, la Geografía el fuerte de la mayoría de los estadounidenses. Recuerdo un artículo de Rosa Montero, que he sido incapaz de encontrar en el archivo de El País, que daba cuenta de esta deficiencia en una encuesta publicada no sé donde; quizá, Boston. Muchos de los entrevistados situaban Vietnam, con una guerra muy reciente, en Centroamérica. Pero había más disparates.
Un día, a los pocos meses de llegar, acudí a una fiesta junto a Blanca. Todo el mundo sabía tocar un instrumento musical o cantar. Un hombre muy agradable me pregunto qué sabía hacer. Respondí: “Nada. Sólo soy periodista”. Después me preguntó por mi nacionalidad y yo, por su lugar de nacimiento. Me contó que era de Dakota del Norte. “¡Encima de Dakota del Sur!”, exclamé empujado por un estúpido automatismo. El tipo abrió la boca como un pez: “No me lo puedo creer, ¿has estado allí? ¡Cuánta Geografía sabes!”. Pensé que se trataba de un bromista, alguien que se estaba quedando conmigo, pero con el paso de los meses me dí cuenta de que la escena fue verdadera y que resultaba perfectamente posible que se hubiera visto sorprendido por mis vastos conocimientos.
Sé que el vídeo que voy a colgar es ventajista, y tal vez injusto, pero ante todo resulta divertido. Seguro que si formulasen las mismas preguntas en España obtendríamos réplicas no menos disparatadas.
Excelente análisis de Luis Matías López en el diario Público sobre la crisis paquistaní. Tiene información, contexto y, además, se entiende:
Hay un Estado de más de 160 millones de musulmanes, cuyo nombre significa País de los Puros, creado en 1947 con una base religiosa por el empeño de un islamista occidentalizado llamado Mohamed Alí Jinnah. Este país nació al partirse la India británica y en él se atesoran, se supone que protegidas como las reservas de oro de Fort Knox, entre 60 y 115 cabezas nucleares.
Se llama Pakistán, y no es un Estado fallido. Todavía. Tiene un Gobierno y un Parlamento surgidos de las urnas, un sistema judicial más o menos independiente, una clase dirigente educada en Reino Unido o EEUU y un poderoso Ejército de más de 600.000 soldados. Tres guerras por la disputa de Cachemira mantienen vivo un nacionalismo que oculta problemas más vitales, como la lacerante pobreza.
Pakistán podría ser relativamente estable si no fuese porque su peligrosa frontera con India parece un prodigio de estabilidad comparada con la de Afganistán. A ambos lados de esa separación, más teórica que real, podría llegar a formarse, si Washington e Islamabad no lo remedian, una entidad, llamémosla Talibanistán, en torno a una etnia (la pastún) y una ley (la sharia). Al menos eso pretenden unos radicales potenciados por los errores de EEUU (que favoreció a las guerrillas islamistas contra los invasores soviéticos) que no son una fuerza compacta, que constituyen el gran soporte de Al Qaeda y que desafían, no ya tan sólo al frágil régimen de Hamid Karzai en Kabul, sino al de Islamabad, encogido por el miedo y las divisiones internas.
Un libro: Se trata de uno de los textos más importantes del siglo XX, uno de los que más ha influido en escritores e intelectuales y de los más citados, incluso por los que no lo han leído. No recuerdo si era Julio Cortázar quien decía que su arranque era el mejor de la historia: “Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso”. Es, ¡cómo no!, La metamorfosis de Franz Kafka. Si lo habéis leído, no estaría de más una relectura pausada. Os recomiendo especialmente la hermosa versión ilustrada de la Editions Brosquil. La traducción es de César Aira, un maestro, y los dibujos de Luis Scafati.
Una película: Ahora que tanto se habla y escribe sobre el viejo Clint Eastwood (yo también) y de su extraordinaria Gran Torino, no estaría de más desempolvar el mejor western filmado desde John Ford, Sin Perdón, y verla en casa. Tiene frases antológicas: “¡Ha disparado contra un hombre desarmado! Pues debió armarse cuando decidió decorar este garito con el cuerpo de mi amigo”.
Una canción: Cuando me dispongo a escoger cada semana un tema, resuenan en mi cabeza las palabras de mis amigos talibanes –Willy, Cecilia y Biri- (“Eres demasiado clásico”), que me condicionan (poco). No quiero dejar la estela del gran Pete Seeger. Por eso he seleccionado esta versión cantada por Bruce Springsteen el 30 de septiembre de 1985 en el Memorial Coliseum de Los Ángeles dentro de su gira Born in the USA. Es emocionante: This land es your land:
La política es como el fútbol: lo peor de perder es la cara de idiota que se te queda. Ibarretxe no lo ha disimulado. Se ha exhibido estos días en su nuevo papel de doliente. En el pleno de investidura de Patxi López -aunque no es el lendakari negro que proponía la película AirBag representa un paso en esa dirección- anunció que abandonaba la política. Pero aquí sigue, esperando a la nave nodriza.
Míster Spock nos deja momentos históricos (quizá demasiados) y una incalculable aportación a la Lengua española, como el doble plural de género (“los vascos y las vascas”). Siempre fue un adelantado a su tiempo. Le echaremos de menos.