Un libro: Por algún defecto de nacimiento, un golpe en el nido o simplemente por falta de educación no soy un gran lector de poesía, pero cuando me sumerjo en un poema siento cada palabra, cada música. Este es de uno de mis favoritos: “Ante nosotros yérguense los días venideros / como fila de cirios encendidos/ cirios ardientes, áureos y vivos. / Quedan atrás los días ya pasados, / triste fila de cirios apagados. / Los más cercanos aún despiden humo, / cirios fundidos, fríos, y torcidos./ No quiero verlos: me aflige su figura, / me aflige recordar su luz primera. / Veo ante mí mis cirios encendidos./ No quiero volverme, por no ver con horror/ cómo la fila oscura avanza rápida, / cómo los cirios apagados aumentan tan de prisa”. Es Constandinos Cavafis. Tengo una edición de Poemas editado por Seix Barral de 1994. La traducción y prólogo es de Ramón Irigoyen.
Una película. Cuando vi hace unos días The Reader, la aparición en ella de Bruno Ganz, extraordinario actor austriaco, me hizo recordar su enorme papel en El hundimiento, de Oliver Hirschbiegel. Hubo críticas a la película por humanizar en exceso a Hitler. Creo que ese personaje con matices y nada estereotipado ofrece un resultado mejor, porque resulta creíble. Para mí es una película sobre la desmesura del poder y el miedo de los que están alrededor a enfrentarlo.
Una canción. Me gusta mucho esta canción en casi todas sus versiones y en el original. Esta de Fabrizio de André es sublime: Suzanne de Leonard Cohen.
Sierra Leona es un lugar en el que los difuntos caminan junto a los vivos, como en Ruanda. Pero a diferencia del país de las Mil Colinas, en la bellísima Sierra Leona los muertos parecen en paz. Es el conflicto del que más me ha costado regresar: las heridas de aquel niño Boy -a quien Gervasio y yo no pudimos salvar-, y la muerte de Miguel Gil en una cuneta de Rogbery y su funeral en Vimbodí cuando comprendí que no éramos inmortales y que este trabajo mata, como la mata la vida. Pero en esa Sierra Leona brutal -de asesinatos en masa, manos cortadas, violaciones, mercenarios y diamantes- también era posible la esperanza. Me lo enseñó el misionero Chema Caballero en su centro de rehabilitación de niños soldados en Lakka.
Tras dos estancias complicadas -enero de 1999 y mayo de 2000- y unos cuantos traumas de difícil digestión, tenía miedo a regresar, miedo a que me defraudara. Ninguna realidad resiste el contacto de un buen recuerdo. Un viaje a Liberia en 2006, para entrevistar a la presidenta Ellen Johnson-Sierlef, me sirvió de excusa para volar a Freetown. ¡Qué tiempos en los que se viajaba sin presupuesto!
Chema Caballero me fue a buscar al helipuerto. Las emociones se agolpaban en cada latino del corazón: Lungui, el helicóptero de la Paramouth, Miguel, los muertos hinchados, aquellas dos chicas que se levantaron las camisetas y nos enseñaron las tetas, los amputados del centro Esperanza para mañana… Dormí en la casa de un ex guerrillero y me moví con una guardia personal de cuatro chicos: el asignado por Chema, un conductor que tenía los ojos muy juntos y que me recordaba a Bush, y dos gorrones que comieron gratis varios días bajo la excusa de mi seguridad.
Al segundo día, cuando Chema regresó a su parroquia en el norte del país, pedí a Abu que me llevara al río número 2, un lugar al que jamás pude llegar durante la guerra. Ese viaje más allá de Lakka fue un viaje de reordenación, como lo fue la curva en la que mataron a Miguel. Al llegar a la playa del río número 2, escogí una canción en el reproductor y me coloqué los auriculares tras pedir silencio a unos chicos silenciosos. ¡Qué belleza! ¡Qué paz! Me arrodillé en la arena, tomé dos puñados en las manos y liberé uno a uno a todos mis fantasmas. Desde entonces son muertos que caminan en paz por mi vida.
Minha Galera. Manu Chao. No tengo ni idea por qué mi dedo escogió esta canción. Pero cuando la escucho estoy en Sierra Leona, el país más hermoso del mundo.
Contar historias es hermoso, pero tiene consecuencias. Lo descubrí a los siete años cuando inventé ante una muchacha que planchaba en casa de mis padres la muerte de otros padres, a los que llamé “mis verdaderos padres”. Se la describí con pasión y detalle: el accidente de avión en las selvas de Venezuela, el orfanato de Maracaibo, sus paredes verdosas y sucias, las peleas en el patio con los demás niños, los malos tratos de los cuidadores y estos padres adoptivos sacándome de paseo los domingos… La chica, recién llegada del pueblo y cuyo nombre no recuerdo, planchaba y lloraba embriagada por la crudeza del relato. Su reacción alimentaba mi fantasía y mi fantasía su reacción hasta que ella aparcó la plancha, rodeó la tabla y me abrazó estrechándome entre sus pechos durante unos minutos que parecieron semanas.
En ese extraordinario momento en el que rocé sus pechos con mis labios decidí que sería contador de historias y que haría llorar a las mujeres que abrazan. No recuerdo su rostro ni sus manos ni el pelo, solo recuerdo unos pechos mullidos que se hinchaban y deshinchan de forma rítmica y extraordinaria desbordando el uniforme. La chica, convencida de la autenticidad, abordó a mi madre horas después: “No conocía la historia terrible del niño”. Cuando ella contó a mi padre lo ocurrido, éste reaccionó como reaccionaba a menudo, dándome un par de bofetadas por mentir. Su fuerte no era la Psicología.
Aprendí que la ficción genera ciertos problemas de comprensión en el interlocutor y que toda vivencia extraordinaria lleva un impuesto añadido que no se puede evitar, sólo hay decidir si merece la pena arriesgar. Han pasado 45 años de aquel abrazo amacordiano y volvería a pagar sin dudarlo.
En un post anterior hablé de Juan José Porto, mi primer jefe en la agencia Pyresa. Tengo muchos y buenos recuerdos de él y de aquella época. Es él único, además de Pepe Cavero, que me ha llamado por mis dos apellidos, Lobo Leyder. Era su marca de la casa. Porto me enseñó mucho periodismo y me dio un consejo que he tratado de seguir, en la profesión y en la vida. “Este trabajo es un tobogán. Cuando subas no te alegres demasiado porque bajarás y cuando eso suceda no te deprimas porque volverás a subir. Lo más importante es que cuando asciendas la escalera saludes a todo el mundo, pues te los encontrarás al descender”.
No sé si es la crisis del modelo, el sospechoso habitual (Internet) o el mileurismo lo que empuja a miles de jóvenes periodistas a matarse escaleras arriba por colocar un buen cortar y pegar en página impar o en la portadilla de la web. Estoy deseando saber qué sucederá cuando bajen en tropel escaleras abajo. Mucho me temo que no caerán solos, porque lo que cae es el negocio. Este periodismo ratonero que ensalza a los Jayson Blair es lo que está matando el periodismo, el hecho de que diarios de calidad -como el Boston Globe, por ejemplo- se igualen sin rubor a los tabloides: dinero, dinero, dinero. Pero como dice una amiga norteamericana que trabajó con uno de los grandes de EEUU: “Al menos los sensacionalistas reconocen que lo son y no se venden con esa patina de seriedad de los llamados periódicos de calidad”. Cuando pienso en España, no sé por qué se me aparece el titadyne en titulares o como diablos se llame.
Cada uno tiene su camino, corto o largo. Lo importante es caminar, caminar mucho, sin importar el precio. Te echaremos de menos.
Como todos mis amigos escogen las canciones emblemáticas –La chica de ayer, El sitio de mi recreo y otras-, he optado por Cómo hablar de Amaral. No sé la fecha de este concierto, pero Antonio ya tenía los rasgos de los que se van demasiado pronto y ella el brillo en los ojos de quien lo sabe. Hay mucha fuerza y emoción sobre ese escenario: