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Los talibanes se dejan ver

En Afganistán se libra una guerra dura, difícil y constante cuyos cortos periodos de quietud provocados por la nieve y el frío extremo se confunden con una esperanza de paz. No existe un enemigo visible con quien pelear, sino una especie de sombra que golpea y se desvanece mezclándose entre la población.

A nueve días de unas elecciones presidenciales, que los más optimistas consideran trascendentales para modificar el curso de una guerra que Occidente no está ganando, los talibanes son cada vez más audaces y atacan en el norte y el oeste, lejos de las provincias limítrofes con Pakistán, y las sureñas de Helmand y Kandahar, donde se sienten fuertes, y donde se libran desde hace dos meses los enfrentamientos más sangrientos con tropas de EE UU y Reino Unido, sobre todo.

Los talibanes han golpeado en Logar, provincia situada a una hora de coche al sur de Kabul. El ataque fue sangriento -perdieron la vida cinco policías y 26 personas resultaron heridas-, y muy ambicioso: los insurgentes ocuparon algunos edificios gubernamentales en Pul-i-Alam, la capital provincial. Varios de ellos (tres según testigos citados por Reuters) lograron acercarse al palacio del gobernador y disparar desde cerca porque iban tocados por la burka, prenda tradicional afgana que oculta por completo a la mujer y que muchos consideran ofensiva.

Más en Los talibanes ganan terreno publicado en El País.

Llegada a Kabul

A partir de esta noche escribiré unos Cuadernos de Kabul en la web de mi periódico: www.elpais.com, a los que daré entrada también desde este blog. No creo que tenga energía ni palabras suficientes para multiplicarme en dos blogs porque lo más importante ahora son las crónicas y los reportajes. Veremos qué se puede hacer. Ya me han sugerido desde los comentarios algunas ideas de historias. Trataré de hacerlas. Se agradecen sugerencias y críticas.

El tráfico parece infernal y el calor de justicia. Estoy cansado de un viaje largo y con mucho aeropuerto pero no quiero dormir. Ducha y al tajo. Tengo la sensación que una legión de cucarachas esperan la llegada de la noche para despertar.

Esto sí que es llevarse la casa a cuestas

Aeropuerto de Dubai. Cansancio tras un largo viaje procedente de Madrid y París, y aún queda el tramo final a Kabul. Estoy con Mikel Ayestaran de ABC, un experto en aterrizajes kabulíes. Un buen compañero de viaje es medio viaje y una gran dosiis de tranquilidad. Gervasio Sánchez promete ir a buscarnos a las siete de la mañana con un chófer de confianza. Gran tipo, pero creo que no quiere correr riesgos con el medio kilo de jamón de ibérico envasado al vacío que llevo escondido en la maleta. Seria imperdonable que cayera en manos equivocadas.

Caminando por este aeropuerto regado de palmeras de imitación he descubierto que los pasajeros que viajan a Addis Abeba lo tienen peor que los viajantes a Afganistán. Esto sí que es llevarse la casa a cuestas. Espero que al menos lleven los líquidos a mano.

fotodubai

Lo peor son los aeropuertos

Días antes de un viaje sólo se ven los inconvenientes, que son muchos. Supongo que es la consecuencia del progreso que nos ha vuelto sedentarios (también comodones). Nunca se piensa en la guerra -si es que hay conflicto en el lugar de destino-. Tampoco existe un miedo físico definido, sólo se percibe el temor difuso a hacerlo mal, al fracaso (como conté ayer). Del viaje molestan los aspectos más absurdos, como el primer madrugón (el que me espera hoy); los taxistas sobreexcitados tras horas de trabajo nocturno que te hablan cuando aún estás en coma; los aeropuertos de luz de sala de interrogatorios que parecen fotocopias los unos de los otros; la seguridad abusiva por parte de gente que no sabe lo que es seguridad; los aviones repletos en los que la tripulación se empeña en darte de desayunar, y tú desayunas pese al riesgo de envenenamiento súbito; las esperas interminables en otros aeropuertos donde se multiplican unas medidas (abusos) de seguridad que no más que teatro y un agujero negro en los derechos ciudadanos y, una vez superado el control, aparecen entonces los niños alcalinos que trotan por los corredores al grito internacional de “yiiiiiiiiii”.

Y al final, las aduanas, tan expertas en bienvenidas.

El verdadero viaje empieza cuando se hace la maleta. Es como si cada prenda que se deposita en el interior fuese una enorme zancada hacia el destino. Ahora, es mejor: las tecnologías ayudan a que el viaje empiece a oler a viaje cuando se rastrean informaciones en Google. Este proceso de inmersión es lo más apasionante porque nace de la imaginación y la esperanza.

Cuando el viajero se despierta zarandeado por el maldito despertador es como si ya estuviera al otro lado. Yo, por ejemplo, me siento desde hace unas horas en Kabul, donde paseo por sus calles en busca de historias.

El viaje es un regalo, una universidad de personas y experiencias ajenas, una oportunidad extraordinaria para crecer y alejarse de la molicie y la mediocridad que genera el progreso y la ambición desmedida, ésa que se despliega a cambio de valores e ideas. Viajar es vivir parte de la vida prestada del Otro.

Me encanta el retorno, cuando se regresa a casa con la sensación del deber cumplido, y se saborean las imágenes y las voces construyendo una nueva memoria. Pero aún estoy lejos de ese momento porque sólo he empezado a dar el primer paso, pero al menos ésto ya es movimiento.

Estos sábados de los que hablo sirven, por ejemplo, para levantarse pronto, terminar de preparar una maleta antes de iniciar una aventura de 27 horas entre aviones y aeropuertos hacia Afganistán, remar un poco en contra, como casi siempre, y estar seguro de que lo mejor está por llegar. Antes de los viajes hay nervios y miedos: a no saber hacerlo, a no enterarse de lo que pasa, a que el resultado del trabajo sea deficiente. Este es el miedo que empuja al reportero a rastrear las mejores historias con la esperanza de que a través de la gente, y no de los portavoces, se pueda explicar y entender la realidad.

Ése es el reto y me gusta.

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