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Buscadores de tesoros en la calle de los Milagros

Al atardecer, cuando el sol afloja sus calores, cientos, quizá miles, de haitianos escarban en los escombros de las casas derruidas, martillean hierros retorcidos y hojalatas varias y se llevan puertas, contraventanas, cañerías, tubos y clavos. Todo lo que pueda ser vendible o aprovechable. Es el negocio de los desesperados. Algunos corren un riesgo enorme al deslizar su cuerpo en los agujeros que dejaron las columnas torcidas de una tienda de electricidad en Dessalines esquina con la calle de Los Milagros. Tal vez sea el nombre lo que les estimula porque el premio es bien pobre: un puñado de apliques nuevos para enchufes. “Puedo vender cada uno a 10 gurdas [dos dólares haitiano; unos 16 céntimos de euro]”, dice Sony, padre de tres hijos y vecino de Cité Soleil, el barrio más pobre de la ciudad más pobre de América Latina. “Sé que se puede caer todo encima pero necesito el dinero”.

Es difícil decir si estos buscadores de tesoros, mineros en la miseria absoluta, son saqueadores o una forma diferente, con un cierto ánimo de lucro personal, de ordenar una ciudad aplastada por un terremoto brutal. No hay policía haitiana que los espante. Ni cascos azules de la ONU. Ni marines estadounidenses. Todos están encerrados en sus cuarteles pontificando sobre la inseguridad.

El centro de Puerto Príncipe, cuando el calor afloja y las humedades se vuelven tolerables, es un hervidero de buscadores de esperanza, de que los dólares hurtados hoy a la desgracia se conviertan en comida para mañana.

Cerca del cine Capitol, un hombre llamado Cadeaux Gesner introduce tubos rotos en un bolsa de plástico. Sus movimientos parecen cansados. No se arriesga a escalar por la montaña de cascotes de lo que fuera la escuela tecnológica Sainte Trinité porque sus 55 años le pesan como si fueran el doble. “Sólo me llevo tubos blandos para poder encender fuego en casa”, dice. Del cinto le cuelga un martillo de albañil enfundado en una cartuchera de cuero. Es su pasado.

Continúa en Cuadernos de Haití en la edición web de El País.

Las lluvias agravan la tragedia de Haití

Ha pasado un mes del terremoto que mató a más de 200.000 personas en Haití, el país más pobre de América. La paciencia de sus habitantes se evapora entre ruinas y necesidades perentorias y brotan las protestas, como la que ayer paralizó la carretera del aeropuerto al grito de queremos tiendas para dormir. Un millón de seres humanos acampan en jardines y plazas. La ciudad es una marea de gente exhausta, sucia y triste que no sabe adónde ir. No existe una distribución cabal de alimentos y agua. Se producen tumultos y saqueos que engordan el estereotipo del Haití violento mientras la gente común espera paciente la llegada del milagro.
“Estamos ante una crisis mayúscula”, dice un responsable de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU. “Hay más de un millón y medio de desplazados en todo el país, casi el triple del tsunami. Aquí la tragedia está concentrada en un solo país en el que las instituciones del Estado han desaparecido. No hay autoridad ni organización social alguna. Es necesario avanzar mucho en el reparto de tiendas antes de que lleguen las lluvias de marzo”.

Pero, como a perro flaco… Esas lluvias se adelantaron varias semanas e inundaron ayer Camp de Mars, el parque donde se yerguen las estatuas de los héroes de la independencia y que desde hace cuatro semanas comparten espacio con decenas de miles de haitianos sin techo. “Se nos mojó todo”, exclama Pierre Richard. “Aquí nadie distribuyó nada. Ni comida ni tiendas. No podemos seguir las instrucciones porque no hay electricidad ni radios. Nos sentimos abandonados”.

Más en La lluvia agrava la tragedia de los haitianos un mes después del seísmo, publicado en El País.

Demasiados muertos para un solo cementerio

Cuando todo Puerto Príncipe era una morgue al aire libre, su cementerio más célebre, el inaugurado en 1800 y considerado patrimonio histórico y cultural, luchaba por evitar que se le escaparan los muertos. Algunas tumbas se abrieron y escupieron féretros llenos de cenizas; otras, de vacíos. A diferencia de lo sucedido en el mundo de los vivos, en el que la corrupción, la avidez de lucro fácil y los materiales defectuosos derribaron edificios como castillos de naipes, en el mundo de los difuntos las estructuras funerarias que compiten en altura y adornos entre ellas aguantaron bastante mejor el terremoto.

Este cementerio de callejuelas y estrecheces que lo convierten en un laberinto es un lugar silencioso, vacío, sin apenas visitantes. Nadie tiene tiempo de sobra estos días en Haití para limpiar las tumbas, dejar botellas de cerveza, la bebida favorita de los espíritus, o cambiar las flores de plástico de sitio. Se escucha el canto triste de algunos gallos que después del seísmo perdieron la hora y la brújula. El que está más cerca más que cacarear, murmura.

Un hombre arrastra una pala. Se trata de uno de los enterradores. Es muy flaco. Tiene la cara huesuda. Unos cortes cicatrizados de cuchillo atraviesan su pecho. Se llama Joseph Witzgler, cumplió los 43 años y acumula ya siete hijos de la misma mujer. Asegura que todos están bien. Aunque su casa no se ha derrumbado no es segura. “Tiene muchas grietas y no nos atrevemos a dormir dentro”. “Han sido días de mucho trabajo, de enterrar a más de cien personas cada día. El 13 de enero abrimos una gran fosa común y por la noche la tuvimos que cerrar porque estaba llena. La gente traía sus muertos en féretros y los dejaba en el cementerio, cerca de las tumbas de sus familiares. Si no estábamos cansados y teníamos tiempo los enterrábamos”.

Cerca de la puerta, una mujer vestida con un traje blanco grita y se lanza al suelo. Esta muy sudorosa. No se sabe si ha entrado en trance o es que no puede con el dolor de las ausencias que soporta. A la entrada del cementerio hay una cita de Victor Hugo relacionada con la eternidad y para que el sello del origen francés del país se mantenga en la retina del visitante, la primera tumba de la izquierda contiene los restos de una familia llamada M. A. Voltaire. A la salida, otra fase, ésta de despedida reza: Kounye a panse ak pwop tét pan (ahora pasando de ti mismo). Así se le recuerda al visitante que un día, quiera o no, tarde o temprano, también él será difunto como todos los que deja atrás.

El cementerio de Puerto Príncipe se podría hermanar con otros célebres, como el de Poticari en Srebrenica. En él miles de las tumbas tienen la misma fecha: julio de 1995. Aquí, en Puerto Príncipe, empiezan a hacerse su hueco los muertos recientes del terremoto. Hay tumbas y nichos a los que aún no dio tiempo ponerles un nombre. Quizá porque nadie lo sabe. Sólo aparece grabada la fecha con punzón: 12-01-10 y un cierre provisional de cemento fresco. Nada de lápidas. Es un duelo que se aplaza. Nada es definitivo, En Haití todo parece frágil y provisional.

Continúa en Cuadernos de Haití en la edición web de El País.

Haitiando en busca del compás

Algún día, la gente que tanto ha sufrido estas semanas en Haití recuperará el compás, ese ritmo interior que te protege de todo. Las oscuridades pasan para los países y para las personas. Ya en vísperas de cruzar la frontera entre la pobreza y la miseria pienso en Ricardo O. El sonido de esta canción no es perfecto, pero es el alma de Haiti y de nuestra actitud en la pasarela mundial: Sa’n pa wè yo (Aquellos que no vemos).

A partir de mañana intentaré escribir unos Cuadernos de Haití. No sé cómo ni de qué manera, pero seguro que hay historias y saldrán ideas. ¿Alguna sugerencia?

Chesnutt no quiso esperar tanto

Homenaje a Vic Chesnutt:

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