Cocido (temporalmente) a espidifenes
Tuesday, 13 de April de 2010 por Ramón
Hay días en los que sin motivo aparente uno se despierta contento. No digo exultante, de esos dispuestos a comerse el mundo, el suyo y el tuyo con caja fuerte incluida, y que después denuncian una conspiración policial, sino moderadamente feliz, de los de sobrevivir sin que te echen a los cocodrilos-come-huevos. Tal vez la razón de esa felicidad sea un sueño erótico que regeneró en una trempera mañanera que si bien nunca es verdadera al menos rememora años gloriosos de varios inpunt por semana. También puede que el cóctel de espidifenes, nolotiles y no-sé-qué-más haya conseguido el milagro de que la puñetera muela dé un respiro tras un par de semanas de dolor intenso.
Dopadísimo por la química legalizada el protagonista de este cuento comienza a bailar por el salón para sorpresa de plantas y objetos inertes que miran como quien mira a un loco y a cantar después bajo la ducha a pesar del riesgo enorme de que un Teddy llame a la puerta de la casa y te saque los ojos euro a euro, nota a nota. Pero cuando suena el timbre de verdad, y tu nuez hace glup glup, recuerdas, sólo por tranquilizarte, que vives en democracia y en democracia cuando alguien llama a la puerta es el cartero y no los que hacen desaparecer a las personas. Pero vuelve a sonar el timbre, esta vez con insistencia, y escuchas golpes, gritos y algún mecanismo extraño interno te obliga a responder en un hilo de voz “no estoy, no estoy” y entonces los de fuera derriban la puerta de una patada y entra la brigada anticobardía al mando del dentista E. a quien pretendías dar el esquinazo con excusas melindrosas. Y te llevan en volandas como un paso de Semana Santa a la consulta central donde aguarda una legión de dentistas con las batas manchadas de sangre, cada uno con su torno en la mano, y la risa del Joker de Batman pintada en la cara. Antes de que que aten en la silla de las torturas pides como última voluntad antes de la ejecución muela a muela tu iPod salvador, seleccionas la música adecuada para el adiós. Al terminar de escucharla con los pies aún en plan danzarín suena el despertador: la pesadilla ha terminado. Es hora de levantarse. No hay rastro de matasanos ni de tempreras mañaneras. Es miércoles y toca trabajar.
PD El dolor en la zona molar es culpa mía y del miedo enfermizo que le tengo al dentista, ahora multiplicado. La infección inicial derivó en una neuralgia en el trigémino. Que haya visto las estrellas y al mismo dios encerado en un tubo fluorescente de la marca Osram no se debe a la impericia de E., víctima colateral de mis pánicos infantiles y convertido estos días en un divertido personaje de semi ficción. Pero por si acaso, me he pasado a la madre.