Escribo desde casa, frente a una chimenea imaginaria que se esconde detrás del aparato de televisión. Sé que está allí porque a veces de los lados de la pantalla brota un hilo de humo blanco que asciende al techo en espiral. Si abro y cierro los ojos muy rápido veo frases escritas, algunas tan obscenas que no me atrevo a repetir. Estoy contento, lleno de otros, de su generosidad. Comí en un chino cerca del periódico que tiene algo de ruleta rusa, en lugar de balas sortea cagaleras. Al fondo del restaurante había 10 personas entorno a una mesa. La mayoría con síndrome de Down. No parecían jóvenes y sí muy dependientes. Una chica y un chico menores de 30 años les acompañaban. Eran sus monitores. Uno de los hombres se atragantó con el arroz. Los chicos le ayudaron a ponerse de pie y a superar el susto. Después le limpiaron la baba de los labios con una servilleta de papel. Me fascinaron los movimientos: suaves, sin aristas, preñados de amor. Me dio ganas de levantarme y darles un abrazo pero me pudo la vergüenza. Ahora trato de abrazarles con esta entrada y esta música.
Ellos pertenecen a la parte de la sociedad que hace algo más que quejarse o consumir. Son los que merecen la pena, los que se entregan sin preguntar. Son los héroes, los únicos, los valientes, los imprescindibles, personajes mayúsculos que nunca encuentran un hueco en las páginas de los periódicos ni en los telediarios tan atiborrados de pompa y palabras huecas. Prefiero a los verdaderos nadies de Galeano, a los reales, que a los otros que teniendo mando y herramientas para modificar se escudan en el “ya veremos”, en promesas si hay urnas por medio o en un pragmatismo que solo es una forma de cobardía.
Los medios de comunicación que batallan por subsistir en la era de Internet tienen que escoger: escribir (y filmar) solo para políticos y empresarios que viajan en coche oficial o escribir (y filmar) historias de y para gente real, con polvo en los zapatos y un agujero en sus cuentas a medio mes, si no es antes. Una medida sabia sería eliminar la publicación de cualquier noticia que no contenga algo de la vida de una persona, un soplo, una frase, una realidad. Me refiero a personas normales que sienten, padecen, hablan un lenguaje que se entiende, y no ese otros alambicado de los extraterrestres que llegaron al planeta a bordo de naves con nombres incompresibles y poco atractivos: PP, PSOE. IU, CIU, PNV…. Puestos a provocar diré que Batasuna al menos se ha trabajado un poco el suyo.
PD. ¿Quién escribe las noticias de economía en los boletines de RNE? ¿Es su objetivo que no nos enteremos de nada? ¿Resistiría el redactor un examen sobre los conceptos que maneja? ¿No es posible decir IBEX sin añadir siempre la muletilla de “selectivo”? Ese boletín, y otros tantos, y noticias impresas, y a buen seguro este blog, son ejemplos del periodismo que hacemos, el que no interesa. Nos hemos olvidado de los ciudadanos y ellos, en justa correspondencia, se están olvidando de nosotros.
Otoño súbito como los santos súbitos. Frío. Lluvia melosa, que se desliza por los tejados. Se me llenaron los velux de una película de agua, mares contenidos que descienden por las tejas en busca de océanos imaginarios. Otoño más una botella de Viña Mein genera quietud y una cierta querencia a la errata en las teclas del ordenador. El alcohol se me duplica en una segunda tormenta, otros líquidos me abandonan por las orejas, los ojos, convirtiendome en un zombi que se seca.
Viví en un tiovivo en el que los caballos echaron a galopar, tal vez prejubilados. Doy vueltas y vueltas sin mucho sentido. Hoy amanecí pegado, lejos, caliente, feliz y tuve que arrancarme de ese mundo para transitar en tren a este otro otoñal, desde la luz de la costa donde el Atlántico bate palmas y olas a este Madrid grisuno y ventoso.
Me gustaría abrir la caja de los recuerdos y esparciarla sobre la cama y decidir qué memorias son amigas y cuales fantasía. A veces quien vigila en el proceso de ordenamiento exige resultados inmediatos, y los habrá, pero antes es necesario dar nombre a las cosas y a las no cosas. En estos días de frío y lluvia me gusta pensar (sentir) en abrazos cálidos, en una playa repleta de algas y conchas y escoger una a la que escucharle el lamento de otro mundo. Hay conchas que lloran como los humanos, que hablan, balbucean… Es el vino, el Viña Mein de Ribeiro, que me tiene un poco en vaivén. Cuando abro los ojos está ella. Plena, alta, rubia, reina. El tiempo se detiene, todo se baraja y yo apuesto: todo o nada, porque sí, porque estoy cansado, porque merece la pena, porque estoy harto de medirme las cuentas, de ser timorato.
Viajar con maleta es una forma de no querer aprender a viajar sin ella, siempre hacia fuera, cruzando pueblos, ciudades, países, pisando el funesto invento de la frontera. Pero hay otros viajes, a veces más peligrosos, más largos y complejos, el viaje a uno mismo. No resulta sencillo navegar entre tanta máscara, muro y miedos acumulados, los de la infancia, los de la escuela, los de después, los de ahora, los de mañana por si acaso no fueran suficientes. Somos máquinas averiadas que petardean en un mundo repleto de ruidos y en el que no hay mecánicos suficientes para tanta avería. El espejo es quien devuelve los mejores consejos, los que no deseamos escuchar. Es lunes y arranca una nueva semana repleta de días, unos serán felices, otros no tanto. Viajar por el calendario es una forma de tejo, el juego infantil de las niñas, un ir saltando de cuadro en cuadro sin mucho sentido. Muchos no saltan, miran, observan, critican. Yo, mientras, salto y salto porque saltar es otra forma de viajar, de sacudirse, de existir.
Hay canciones que son una declaración, una puerta por la que salir a la calle y gritar. Esta es una de las mejores. La tengo grabada nota a nota en cada pliegue de la memoria. Al escucharla mi cerebro sonríe, se activa, se sacude el polvo de la tristeza y empieza a emitir emociones, felicidad a su manera. Hay canciones que te bañan de agua, te empapan de un extraño líquido volcánico. Pink Floyd es Izarra, el internado; es Londres, el hotel de los quáqueros; es hoy con la maleta de alegría preparada.
Acabo de preguntar a la sirena de los tejados qué sabe de mañana y me ha respondido: “Nada, todo” y después se ha sumergido en un mar de corales. Miré sus juegos acuáticos sobre la cubierta de la casa de al lado. A su paso, las tejas iban cambiando de color, como en un milagro: azules, verdes, amarillas, rojas…
La canción de Pink Flyod no dejaba de sonar en mi cabeza y en el equipo de música. Sentí el vértigo del tiempo, las mazas de los años, la esperanza que se renueva. Subí el volumen y esperé a que la sirena terminase su paseo por el arco iris. Cuando regresó a mi ventana me dio un beso y dijo: “Ya está, ya lo he hecho”. No sé de qué me habla pero yo sonreí y le besé de vuelta en los labios y desde ese momento soy yo quien cambia de colores. Ahora verde, ahora azul, ahora rojo. Al despertar me dije: una pesadilla. Pero cuando intenté comerme el mal sueño ante el espejo mis labios sabían a sal y escamas.
A día siguiente me soñé pescado y al llegar a mi ventana en busca de la sirena me encontré a una mujer con piernas que me esperaba desnuda. En medio de ese sueño pensé: tenemos que organizarnos, o todos humanos o todos animales. Me llega otra canción de Pink Floyd cantada aquí por la otra mitad. Waters y Gilmore, hombre y sirena, pescado y piernas… ¡Vida!
Veo al AC Milan: once berlusconcitos que en cada carrera se dejan un reguero de nada. Su Silvio, el dueño, es un tipo estirado, físicamente, claro, que presume de lo que no tiene: juventud, vergüenza, ética. Su equipo es una representación de todo ello, de lo que le sobra y de lo que le falta. No me ha gustado el árbitro calvo. Es la segunda vez que me parece nadería disfrazada de Pierluigi Collina. Tiene problemas con las expulsiones. Debió echar al abuelo Inzaghi, que marcó después dos goles, el segundo en fuera de juego. Al marcar, el equipo del constructor sacó su talento destructor, cuentista, de equipo minúsculo. El público, que olvidó tiempos grandes, aplaudía cada triquiñuela tan acostumbrado como está a la política romana.
Un Real Madrid que aspira a todo, o a mucho, deberá aprender a moverse entre minas. A no resucitar a los muertos cuando toca enterrar.
El fútbol es un espejo. El Milan es un reflejo de su dueño, el hombre que de tanto presumir de macho bravón parece empeñado más bien en el ocultamiento de un reguero. Creo que el mejor juego se practica en España e Inglaterra. Allá, en las islas, prima el fair play. Eso me gusta. Aquí se nos partió la liga en dos. Los de arriba, buenísimos. Nuestro fútbol no es zetapetista ni rajoyista, es solo fútbol, un balón, piernas y césped.
Escucho la radio, me hago lío con las emisoras y los trasvases de periodistas. La radio es costumbre, hábito. Mi vida que ha tenido mucho de inesperado, de sorpresa, se muta en otras vidas en las que tengo querencia por la quietud y el orden. Me gustan las voces de siempre, como la Luis del Olmo, un maestro de las ondas.