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Enanos traviesos

De la botella de Waltraud han salido dos enanos borrachos. Los hipos se han escuchado en todo el restaurante japonés. He sonreído; era mi forma de decir: no los conozco. Pero los enanos se han puesto a saltar de un lado a otro diciendo inconveniencias a los comensales. La peor: hablar al escote de una mujer pelirroja. Su acompañante en vez de atacar a los enanos alcohólicos se ha presentado en mi mesa con las peores intenciones. Le abracé en legítima defensa. Quedó desconcertado. Ya en la calle seguí abrazando a todo el mundo ante la mirada atónita de mi amigo Guillermo, que se avergonzaba. Abracé a un chico en una silla de ruedas en la calle Fuentes y a los camareros del mexicano La Mordida, debajo de mi casa. Ahora estoy abrazado al ordenador. Cuando me siento solo abrazo más de la cuenta. Los enanos esperan abrazados en la cama pero me da miedo de que me saquen en TeleMadrid con la que está cayendo. Mañana me espera un largo viaje en busca del mejor de los abrazos. A veces no importa el esfuerzo, lo esencial es apostar, mojarse. Después de todo, la vida es equilibrio y armonía. Buen fin de semana.

Palabras que se meten dentro

Hay veces que las palabras se meten dentro, muy dentro, en un rincón del cuerpo. Escucho su eco pero no logro convencerlas para que salgan a la superficie. Eso me pasa esta noche. Me asomo a la boca y les llamo y solo me devuelven un murmullo, como si tuvieran todo el sueño del mundo. Parecen palabras aplastadas. Las palabras aplastadas, aplastan. Duelen. Y cuando tengo esa piedra sobre mi sentir veo la playa del río número dos de Sierra Leona. Entonces con la mudez universal encima piso descalzo la arena, meto las manos dentro hasta percibir el frío interior de la tierra y busco una canción que sirva de exorcismo. Después, cuando termina de sonar en el equipo de música, la estiro para que siga duplicada en mi cerebro y así toda la noche, como un espantapájaros de penas.

Milagros del maquillaje

Pinté la piedra-caracol que me traje del sur con una línea roja en lo alto y de ella brotó un pez-trompeta con cara de caballito de mar. Me gustan los caballitos de mar. Me atraen su elegancia, el movimiento de bailarina suspendida y una cola táctil capaz de abrazar cualquier objeto. En el Acuario de Lisboa mantuve una conversación con uno que decía arrastrar penas de amor. En A Coruña tienen la mejor colección de caballitos de mar que he visto en mi vida. Son variados y hermosos, pero no hablan, solo relinchan diminutos ecos de agua. Cuando pregunté al director del centro por tanta mudez me explicó que el Prestige los tenía de luto. Malos tiempos aquellos y grandes recuerdos de una Galicia azul y negra. La de Nunca Máis.

De la estantería de mis libros recuperé una piedra blanca, porosa, casi caliza, que me traje en diciembre de 2009 de Ferring, el sur de Inglaterra, de la playa de mi infancia. Escogí para pintarla un azul lapislázuli, casi tunecino de Sidi Bu Said. Después acerqué el oído y escuché las voces de mis abuelos Germaine y Marcel. Ahora acaricio recuerdos, objetos que me unen a ellos, a mi memoria de una infancia inglesa y feliz. Pintar es un barco que navega, remueve olores a mar y a algas. Pintar sosiega, vacía por dentro y cuida de la mente. Pintar bien debe ser un transatlántico y un placer que no está a mi alcance.

Después de jugar con los pinceles, la témpera y el agua me he mirado los dedos. Son un cuadro en espera de papel para ponerse en movimiento. No tengo imágenes dentro, ni trazos, ni lunas, solo tengo palabras que a veces me brotan de la boca y de los ojos. A veces son palabras-caballito de mar, capaces de danzar en el aire; otras, palabras-guerrero dispuestas a la lucha.

Las piedras duermen y los pinceles bostezan. Cuando observo lo pintado comprendo la importancia del tiempo, del orden, del compás. Hace treinta siglos cualquier crítico de la época, que los habría, me había tomado por un genio, por un adelantado a mi época.

La piedra-caracol con una cresta de roja se ha despertado. Tiembla. Debe de ser una pesadilla. Cuando la tomé entre mis manos me explicó que era el alma del último mohicano y que por un instante se había visto transformado en un sueño en un caballito de mar. Me dijo que eran tontos, diminutos e inservibles. “Solo te puedes subir a los caballitos de mar del tiovivo y esos son una estafa, demasiado grandes para ser reales”. La piedra-caracol me recordó nuestro encuentro el domingo por la mañana. “No fuiste tu quien me descubrió en la arena. Yo era una piedra isla, no sé si antes o después de saltar al precipicio”. Le he pintado dos puntos blancos, dos ojos asimétricos, casi picassianos. Aunque la piedra se ve deforme se siente feliz. Ahora parece un verdadero guerrero y no “un caballito de mar pijo y pretencioso” como dijo en un acaloramiento.

Bastaron dos puntos blancos para modificar un discurso y la perspectiva de una piedra. Milagros del maquillaje. Con las personas debería ser más sencillo. Las personas no solo se pintan, a veces incluso piensan.

Pinturas que callan

He buscado pinturas para mis tesoros marinos. Descarté el gran almacén de referencia porque al llegar al departamento me atendió la misma señorita que me había vendido el mes pasado dos calzoncillos Calvin Klein. Aunque con ellos puestos parezco un modelo de tallas grandes, y estoy agradecido por ello, me pareció poco serio tratándose de arte.

Una dependienta no puede rotar así, sin criterio, genera inseguridad. En la librería que ese almacén tiene en la Puerta del Sol, la mayoría de los dependientes no tiene ni idea. Es posible que solo lean a Salander. Pides la última novela de Vargas Llosa y te preguntan si el perfume lo quieres en recipiente grande, mediano o pequeño. Entre tanta confusión reina una mujer de edad madura, algo gruesa y que sabe latín. Es mi favorita.

Recuerdo bien a la señorita de Calvin Klein. Tuvimos un instante de confusa intimidad cuando se empeñó en medirme la cintura. Entre el lío que se hizo con la cinta métrica y mi perímetro excesivo dimos de qué hablar por unos segundos, si no más. Tras saludarla amablemente pasé el oído bueno entre las témperas y los pinceles y ninguno dijo nada, ni un murmullo, ni un suspiro, ni una tos otoñal. Parecía un cementerio de colores y cerdas. Renuncié. Si voy a iniciarme en el complejo mundo de las artes plásticas lo último que necesito es un cadáver poco hablador.

Tras el fracaso con los colores me compré 200 cápsulas de Nespreso solo por conseguir una taza de regalo que no me cabe en casa. Aunque solicité el descuento George Clooney, es decir de guapo, la dependienta me informó, eso sí, con gran amabilidad, de que no daba el canon de hermosura para entrar en la categoría. Bueno, ¿y qué? Poco antes una estudiante latinoamericana que me había pedido autorización para utilizar un post en la revista de su universidad y que andaba en busca de una foto mía para ilustrar, dijo: “¡Puxa” ¡Qué guapo estabas a los 40!”. ¿Estabas? Es un piropo. Lo sé. Debo alegrarme, sonreír, saltar, pero tengo un problema: hace 15 años que no tengo 40. As time Goes by….

Tesoros en la playa

Me he traído cuatro tesoros de una playa del sur. Una madera larga y estrecha, casi náufraga, repleta de agujeros, que tengo sumergida en un barreño con agua y sal para que no olvide de donde viene. Cuando se limpie y seque servirá para colocar varas de incenso. También encontré, o me encontraron, dos piedras, una negra con forma de caracol que invita a pintarle fantasías de color en los lomos, y otra amarilla, resto de alguna pulpera, que servirá de apoyacubiertos en la cocina. Una tercera es un amasijo de alquitrán endurecido por el tiempo y esculpido por las olas. Parece caída de la luna con todos los colores de Río Tinto a cuestas.

La playa en otoño, y más en invierno, es generosa, casi un zoco. Cuando hay temporal, el mar escupe lo que no le pertenece, desde personas muertas como sucede en Muxía, a troncos y acordeones como en la Costa da Morte. Es el momento de los grandes hallazgos, cuando la arena se puebla de conchas y caracolas. En algunas de ellas se esconden palabras pronunciadas en otra costa, a veces en otro idioma. Así empezaba un capítulo de una novela que lleva años navengándome las venas.

He perdido el placer de percibir con las yemas de los dedos, de palpar, de salir al campo o a la playa para buscar lo que pueda serme útil. Los muy hábiles, entre los que no me encuentro, ven lo inservible servible, arreglado y esplendoroso. En vez de esa aventura preferimos entrar en tropel en el edificio de un gran almacén para comprar rebajado lo que no necesitamos. Hoy, una ganga: pague dos y llévese tres cosas inservibles.

Tengo un amigo gallego que ejerce de hermano mayor. Se llama Manuel. Sale al campo a buscar setas o espárragos, depende la época, y luego los cocina y come. Es un placer pisar su huerto, arrancar un tomate de la tomatera, escuchar el clic de separación del tallo y percibir su olor intenso, agradable, un olor desconocido.

Recorro el interior de mi casa, la veo repleta de objetos comprados en sitios lejanos, muchos domados tras años de duros combates y largas conversaciones hasta preñarlos de significados personales, de mí mismo, de mis olores. Me asomo al barreño y veo mis cuatro tesoros recién llegados de la playa sumergidos en un mar de nostalgias porque la sal de mar que saqué de una bolsa se ha puesto melancólica de tanto recordar su infancia en alguna salina. Los objetos me miran con ojos de risa, como si se mofasen de mi ignorancia, que es grande y múltiple. Sé poco, pero sé lo esencial: la madera y las piedras vienen ricas de voces y de vida que irán saliendo despaciosamente. Lo sé porque escucho sus palabras de sal burbujeadas bajo el agua. Cada pomba una consonante; cada tres, una vocal.

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