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Maltratadores y oportunistas

Odio la violencia y a los que la ejercen. Detesto a los que utilizan la fuerza bruta, las armas o el miedo para someter a otra persona contra su voluntad. Detesto a los que se valen de la impunidad para imponer un reino de terror en el que la víctima solo tiene tres opciones: escapar, enfrentarse o anularse. Todas conducen a un tipo de muerte, física en los dos primeros casos, y psicológica en la tercera. Sobrevivir a un hijo de puta deja secuelas que tardan años en curarse, si es que se curan.

No me gustan los oportunistas, tampoco Leire Pajín. No me gustan los políticos que por lograr un titular son capaces de vender un proyecto de ley imposible porque viola la presunción de inocencia. Sería mucho más efectivo disponer de una justicia rápida, honesta y eficaz en estos casos, en los que la dilación mata.

Deberían publicarse en los medios de comunicación los nombres y las fotografías de los maltratadores una vez que la condena sea firme. La sociedad tiene que estar concienciada y tiene que movilizarse contra esta gentuza, señalándola como se señalaban en Argentina a los torturadores y ladrones de hijos de los desaparecidos. Es imprescindible negarles la tranquilidad.

La clave es la educación. Educar en libertad y en igualad. Educar también a las mujeres. Romper el modelo social del macho-man, del guaperas chulo con rasgos varoniles. El hombre-hombre no es válido para una mujer. Un mujer necesita solo a alguien que la quiera, que la respete. Al primer síntoma, puerta. No puede haber segundas oportunidades.

Son de gran ayuda las campañas de televisión, las charlas en las escuelas, los centros de ayuda a las mujeres y los de rehabilitación para los cabrones. También es necesario usar la tecnología y disponer de mecanismos de alerta. Si una persona ha dado muestras de violencia doméstica, ha perseguido o forzado a una mujer contra su voluntad o ha sido condenado por malos tratos la sociedad debe ser implacable. También con los jueces permisivos, o los que se ponen creativos con las sentencias.

No creo en la propiedad de las personas. No creo en la relación-cárcel porque no soy carcelero. No creo en el príncipe azul ni en las princesas (solo en las hadas y en las sirenas que viven en los tejados). Creo en la gente que lucha, que aprende, que construye, que quiere querer y quiere.

Educar desde la cuna. Desde los colores. ¿Por qué azul y rosa? ¿Quién inventó la majadería?. Ahí empieza la diferencia. Sigue en los juegos en el patio del colegio y en el parque. Niñas candidatas a barbies-dependientes, niños candidatos a capullos. Los juguetes. La publicidad. Estas malditas fiestas navidadeñas que son el baile de los estereotipos. Prohibir los juguetes-arma y Cortylandia que invade mi barrio cada año y reparte bobería.

Los medios de comunicación deberían ser implacables, no esperar al día contra la violencia machista. Para ser implacables deberíamos interesarnos por las historias de la gente, por las historias reales. Somos fiscales de la sociedad no repetidores gratuitos de leirepajinadas o gonzalezponstonterías. Tenemos que ser útiles. Solo así mereceremos que nos compren cada mañana.

El péndulo y el adoquín

Cuando el péndulo se mueve al otro extremo, cuando hace gong en nuestras partes pudientes, cuando en medio de la crisis sale Eduardo Manostijeras y nos poda de todo lo que nos era imprescindible, cuando los bancos niegan el crédito y ni dios se mueve por si no sale en la maldita foto de Guerra, es el momento perfecto para que brote como un géiser el cabreo colectivo. Tengo una gran confianza en los jóvenes, en que si esto sigue así, con esta desvergüenza, pueda ser testigo de algo grande, algo que deje al Mayo francés en un ejercicio de jardín de infancia. Tengo ganas de mambo, de marcha, de joder un poco con la pelota. Tengo una amiga principal que un día le dijo a un tipo del PSOE: “Habrá que buscar la playa debajo de los adoquines”. El hombre no sabía de qué le hablaba. Esta es la izquierda sin memoria ni referentes que nos gobierna. Necesitamos otra izquierda, otra gente, otros líderes, necesitamos otro discurso.

Sigue el blablaísmo de las Bolsas, de los Ibex y demás monsergas. Los tertulianos hablan de esto y del condón papal con el mismo tono y a menudo con igual ignorancia. Se nos compara con Portugués, se lupea cada gesto del Gobierno y González Pons, que disparaba contra casa en las semanas griegas, mudo mudito, que es como debería estar cada día.

Se dice que el euro se juega su futuro en este envite. No es cierto, lo que se juega su futuro es la misma Unión Europea, que debe decidir si forma una auténtica Unión, con cesiones de soberanía, un banco central fuerte, leyes únicas y más democracia en la elección del presidente y los comisarios, o sigue a mitad de camino de ninguna parte. Tengo mi pasaporte en la mesa y estoy dispuesto a entregarlo a cambio de una ciudadanía europea. Harto de españolidad y de antiespañolidad.

Hoy todos los medios se rasgan las vestiduras por lo ocurrido en el partido Ajax-Real Madrid, que dos jugadores forzaran la expulsión para limpiarse de tarjetas y pasar a octavos de final sin amenaza de suspensión. Todos esos medios que se muestran tan ofendidos tragan cada día con lo que haga falta si hay una buena campaña de publicidad. Estoy de los limpios de corazón, de los de la moral intachable, tan hasta el gorro, casi tanto como lo estoy de los mercados. Este mundo de meapilas políticamente correctos que pone enfermo. Espero acordarme de todo esto cuando empiece el rock and roll de los adoquines y la playa.

Llamadas inquietantes

Esta noche tuve una llamada inquietante. Eran los mercados que me amenazaban con hundir la valoración de mi deuda. Me dijeron que lanzarían primer una campaña global de desprestigio: “Iremos a la yugular, tenemos los medios y carecemos de sentimientos”. La voz sonaba metálica, casi a calderilla, pero no me dejé engañar por el artificio. Supe enseguida que se trataba de una burda distracción porque todo el mundo sabe que a los mercados lo que les suena es el papel moneda, los cheques, los futuros y las hipotecas sub-prime. También les suena mucho la desvergüeza.

“La confianza global está por los suelos, sabemos que no podrás hacer frente a tus pagos”. Puse el manos libres y me fui un rato a baño donde con la calma del justo deposité con gran tino una larga y sonora meada. Al regreso, los mercados me advertían que no me iba a salvar ni la UE ni Papa Noël, que me forzarían a renunciar a la televisión, a uno de los ordenadores, a la aspiradora (“quédate con la fregona”), a la comida japonesa del Mercado de San Miguel, a la lectura de novelas (“solo best sellers”), a la calefacción individual, a la ducha caliente y al kit-kat. Esto último me pareció intolerable. Inercambiamos exabruptos. Ellos me llamaron griego. Después, irlandés. Cuando los mercados cogieron aire, tal vez para asfixiar a otro país, dije como José Antonio Labordeta: “A la mierda” y colgué. Los mercados, enfebrecidos por mi desprecio, llamaron una y otra vez.

Como no tengo deudas y me da igual lo que opinen de mi las bolsas internacionales me metí en la cama y dormí ocho horas pensando en un harén con 200 huríes desnudas que me leían con voz melosa The Wall Street Journal.  Pero cuando me desperté, los mercados seguían allí, como el dinosaurio.

Escuché voces, olí el miedo. Otra vez la voz-calderrilla. Eran los mercados al otro lado de la pared. Su objetivo, el vecino que acaba de comprarse una casa de campo para cuando los mercados acaben con todo y puedan ser hippies de una vez. Yo ya me he apuntado a la escapada.

Estoy hasta el gorro de los mercados

¿Qué son los mercados? ¿Dónde se eligen? ¿Dónde declaran y a qué Hacienda declaran? ¿Cuál es su rostro? Acabo de escuchar en la radio a un economista entusiasta, de esos que creen que este tinglado es serio y no un mal teatro de maleantes, afirmar que España no tendrá los problemas de Irlanda si “hace los deberes”. Y los deberes son despojarnos de todo atisbo del Estado del bienestar en beneficio de unos accionistas implacables. Muevo el dial imaginario y aparecen políticos de presunta izquierda repitiendo las mismas consignas. Sandeces por aquí, sandeces por allá.

Creo que es el momento de decir la verdad, de quitarse la máscara y exigir soluciones perdurables, nada de parches de timoratos. Hay que encarcelar a esa caterva de pensionistas que por haberse deslomado toda una vida y pagado sus impuestos se cree con derecho a cobrar una pensión digna (me refiero a los alemanes, porque a los de aquí aun no llegó la dignidad en euros). Hay que encerrar en campos de concentración a los parados que además de no dar un palo al agua quieren cobrar por no hacerlo. Hay que eliminar a la gente como yo, de más de 55 años, que pese a encontrarse en una no deplorable forma física y una aceptable forma mental han aprendido a decir que “no” en un mundo que solo sirve el “sí señor, señor” de los marines. Debemos eliminar el permiso de maternidad; que paran en las fábricas, en las minas, en los campos, en las moquetas de las empresas, en la calle. Suprimamos las vacaciones de verano, las Navidades y San Fermín; también la Sanidad Pública, el Metro (mejor cobrar por centímetros) y los parques, un desperdicio para el hormigón y para los emprendedores. Privaticemos los Parlamentos y los Gobiernos. Que las grandes empresas patrocinen los trajes de los ministros, y el de Camps, también. Que se esfumen los sábados, los domingos y las fiestas de guardar. Nada de remilgos, tajo, tajo y tajo. Solo productividad. Estoy dispuesto a todo con una única condición: que supriman también a los economistas y a los másteres del universo.

Feliz Navidad, por si no llegamos.

Maleta cargada de libertad

Mi maleta roja parece transportar una decena de Cinderellas brillantes. Todo el mundo la mira y señala con el dedo; el que más, el jefe del escáner de Santa Justa que me presintió terrorista. No pudo acusarme de tráfico de hadas porque solo son piedras pintadas, unas piedras especiales que no brillan en los ojos equivocados. Unas las recogí la semana pasada; otras, el domingo en una playa grande y vacía, de otoño: nubes grises, mar gris verdoso, gaviotas grises y blancas, personas agrisadas. Pinté las bases de un color y M y P las fueron decorando con árboles, ojos, personas, máscaras, enredaderas azul pálido… Las piedras en sus manos parecían mágicas, hablaban, sonreían y eran sensibles a las cosquillas de los pinceles. En un trozo de tiesto pasado por agua de mar y arena me atreví con los colores y dibujé sobre un verde primero medialunas rojas, amarillas y azules. Lo que en una primera impresión pareció mironiano, al cabo de un rato resultó ser un adefesio que M arregló con paciencia. Conseguí un éxito reconocido con una piedra oxidada que venía pintada por la naturaleza, como Angelina Jolie. Solo añadí una raya roja, como una sonrisa de payaso, y dos zonas de verdes, dos Amazonas para esconderse.

Las piedras son como las palabras y las notas musicales, solo existe un lugar perfecto en el texto o en la partitura, los demás es ruido, interferencia, errata. Deberé estar atento a sus indicaciones cuando llegue esta noche a casa antes de decidir dónde colocarlas. No siempre se acierta; a menudo, el que más protesta es el ídolo africano de al lado que se siente invadido por la novedad y el color. De cada guerra individual debe surgir la paz de todos y la mía. La energía de una casa no paga peaje a una empresa de electricidad, que no entiende de estas cosas, sino que procede de cada uno de sus habitantes, sean piedras, plantas, muebles, luces, aparatos, insectos o personas. Pese a ser gratuita, muy pocas personas parecen interesadas en disfrutarla. Sin ella es imposible cerrar los ojos y soñar. Sin sueños solo nos queda este pretencioso teatro de la trascendencia, de los que creen que lo importante es mandar, acumular, ostentar, falsear. Cada piedra pintada, cada objeto que me eligió, es un billete al País de Nunca Jamás. No es una escapatoria, ni un brote de locura, solo es un simple, sano y divertido ejercicio de libertad.

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