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Estados comatosos

Hay días en los que el estado de ánimo es ……………………………….. comatoso. Te inventas alegrías, artificios y bromas y no hay manera de resucitarte completo. Termina el puente-acueducto de la Constitución y las calles del centro de Madrid siguen abarrotadas de gente que evidentemente no ha seguido la vigilia de la Almudena. No sé cuánto se habrán gastado en carteles y vallas publicitarias de la Virgen pero en tiempos de crisis los imposibles son el primer ahorro obligatorio.

Rouco y sus excentricidades. Los cardenales son como los controladores aéreos, una casta que si se pusiera de huelga salvaje celestial en el momento de tu muerte irías derechito al infierno. Y de ahí no te saca ni Rubalcaba. Los príncipes de la Iglesia tratan de controlar nuestra alma y nuestra moral, alteran las pistas de aterrizaje y despegue a capricho a cambio de ayudas multimillonarias. Es un esfuerzo enorme porque también se empeñan en dirigir a las balas perdidas, los impíos y  rebeldes. No les hables de laicismo y menos si es radical, se trata del rebaño, una ida romántica que hoy llamaríamos mercado cautivo.

Sigue el culebrón Wikileaks, al que le dedico muchas líneas en el blog del periódico. No sé si Julian Assange es trigo limpio, pero sí sé que lo revelado es trigo sucio. Le invitaría a cenar a mi casa antes que al portavoz de la Conferencia Episcopal, un tipo inquietante.

Me sorprende la defensa que realizan algunos de periodistas del derecho de los Gobiernos a tener secretos. Creí que nuestro trabajo era informar, no papagayear. Es cómodo, sin duda: hay menos que contar, se trabaja poco, se corta y pega más y se llega antes a casa. Es un problema de talento. Sin él no hay medios de comunicación, solo boletines de propagada. ¿Es secreto lo que pone en riesgo la seguridad de un Estado? ¿Quien lo decide? ¿Sabemos distinguir entre un secreto de Estado y el secreto de un individuo que delinque dentro del Estado? Es insultante que los que cometen crímenes en Afganistán e Irak afirmen que Wikileaks pone en riesgo vidas estadounidenses y de sus aliados. Es como si la Iglesia argumentara que las informaciones sobre curas pederastas ponen en riesgo a la institución. Lo que mata son las guerras ilegales, lo que destruye prestigios son las personas que abusan de su autoridad.

Hoy me duele John Lennon y la vaciedad de las noticias sobre su muerte que aparecen en las televisiones por las que zapeo. Llevamos 30 años emitiendo el mismo reportaje al que solo le cambiamos la fecha. Lo mismo sucede en la política: mismas promesas, mismas informaciones.

Veo los pechos de Lady Gaga echar fuegos artificiales por los pezones. Es posible que haya infravalorado a la artista.

Madrid sumergido

Esta noche no había marabuntana por las calles, solo agua a diluvios, torrentes y alcantarillas sumergidas. Los desatascadores hacían su trabajo mientras que un amigo y yo viajábamos en un taxi-barca. En el paseo de la Castellana croaban las ranas y croaba la estatua de Colón. ¿O era la bandera gigante? Una formación de delfines brinqueó en dirección norte, hacia el Bernabeu. El último, el perezoso rezagado, me guiñó un ojo con la pestaña arimelada. Le sigueiron los besugos, ¿o eran fiscales con cita en la embajada?, dos salmones asturianos, una merluza borracha y cientos de chanquetes con una pancarta mojada: “Somos la mayoría silenciosa”. A esa mayoría se la devoró un tiburón wallstreetiano sin hincarle los dientes.

El taxista sorteaba los peligros reales e imaginados con maña de marino viejo. Tenía barba blanca y pelo corto, como Hemingway. Delante de la Audiencia y de la sombra del Supremo había un hombre con el agua al cuello. Tenía la mandíbula mirando a una luna inexistente. De sus labios burbujeantes salían dibujos de El Roto que ascendían como velas de difuntos. Cada inteligencia, un muerto, un ido, una pérdida irreparable. En la sede del PP vi a Rajoy vestido de Pescanova con el anzuelo echado. Una mujer me dijo: “¿Lotería del Partido Popular? Este año toca seguro”. Respondí: “No; no les toca ahora, les tocará en 2012”.

Cruzamos Alonso Martínez y Bilbao. En San Bernardo surfeaba un Papá Noël con las piernas chamuscadas. De la espalda le colgaba un saco deshilachado. “¿Y los regalos?”, pregunté. “Militarizados”, replicó. En Gran Vía nos detuvo un semáforo acuático. Vimos desfilar los cablegates de Wikileaks encaramados a las carrozas de una cabalgata. Yo decía: “Son los Reyes Magos”. Y mi amigo, negaba con la cabeza y sostenía que eran gente del Orgullo gay algo extraviada en el calendario y en la ciudad. Entre los cables de Nicaragua que olvidaron La Contra y los de Hugo Chávez pudimos cruzar hacia Santo Domingo ayudándonos de remos. Al alcanzar la calle del Arenal le pedí a Hemingway que me dejara en el agua. Sumergido hasta la cintura avancé por mi calle hasta el portal. Me coloqué debajo del chaflán y vi navegar trasatlánticos como el de Amarcord y escuché música Caribe. Cerré los ojos y amanecí seco sobre una arena blanca rodeado de piedras pintadas. Recorrí la playa con la mirada, me senté en un montículo de conchas marinas y esperé a que ella despertara de su sueño para invitarla al mío.

Madrid empetao

El ser humano elige a menudo formas de entretenerse poco entretenidas. Miles de personas abrigadas hasta el gorro y sudorosas por las apreturas se movían suspendidas ligeramente por las calles del centro de Madrid. Parecían globos, unos más hinchados que otros, dando vueltas como peonzas. Supongo que en una emergencia así la gente inteligente no establece objetivos. “Voy a entrar en esa tienda” o “me apetece comer una hamburguesa”. No; en situaciones como la que viví ayer, los hábiles se dejan ir, se navegan hacia donde caiga. Si toca tienda de té, se compra té; si toca librería, se compran libros.

La marea giratoria tiende a expulsar por un lado y a engullir por otro. Es el equilibro de las especies, de las masas y de no sé qué cosas más de la Física que tanto y tan bien suspendí con tozudez y reiteración.

Cuando se intenta cruzar de acera en la Puerta del Sol los suertudos pueden lograrlo cerca del Mercado de San Miguel, los de la mala fortuna lo consiguen más allá de la Puerta del Ángel, al otro lado del río. Si les ocurriera lo que escribo no entren en el mercado. Ni a mirar. Es peligroso. Tengo dos amigos que llevan una semana brincando de puesto en puesto sujetos por una manifestación de vividores que nunca alcanza una de las puertas de salida. El mercado quedó muy bien en la última reforma. Perdimos un mercado popular y ganamos una pasarela. Allí se juntan turistas boquiabiertos, locales de paso exasperadamente lento, yuppies pelicrestos por la gomina y decenas de mirones que solo fotografían, no miran.

He llegado a casa de milagro y exhausto. Tuve suerte de entrar en la mía y no dos edificios más abajo. Me invitaron a cenar en casa de un amigo que vive en la Latina, pero temo a la marabunta. Aún escucho su siniestro runrún más allá de los cristales. Es un ejército de insaciables.

Es posible que lo narrado antes  sea un efecto colateral y la culpa deba recaer en los controladores aéreos. Estoy seguro de que toda la masa que me callejeó hasta empetarme el barrio tenía planes de tioviverar lejos de mí, fuera Londres, París o Berlín.

Desvelos bajo agua

Aquí estoy, madrugueando a las seis en una cama demasiado grande y sin sueño. Llueve a cántaros. Escucho el repiquetear de las gotas sobre el tejado. Me las imagino amontonadas, construyendo ríos que se deslizan en busca de los canalones, su mar en la ciudad. Alguno se duplicará en una gotera que dejará su rostro en algún techo de mi casa. Es lunes, día de la Constitución. Primer año sin Pedro Altares, el más eficaz constituyente reconocido al fin a título póstumo por los suyos, los que tanto le negaron en vida. He dibujado una tarjeta de Navidad con los dedos. Me quedó mejor que con los pinceles, disimulo más mi torpeza. Hay piedras que me salieron del sueño, ese que soñaba mientras aún dormía. Me pesan en la cabeza y en el pecho. Son picudas y me auguran digestión compleja. Las noto estancadas, pesadotas, dispuestas a remolonearse frente a cualquier alegría. Leo En tierras bajas de Herta Müller, fantástico libro que me relame con sus palabras, sus magias rumanas, pero que me va techando dentro de una fosa común, la de la libertad que se nos esfuma. Tenemos aún su apariencia y muchos de sus atributos reales pero viene un galope de bárbaros desde lo lejos que da miedo con tanta bandera, caballo pertrechado y polvo.

Los controladores se descontrolan

Los controladores aéreos españoles se han puesto súbitamente enfermos de exceso de trabajo y en comandita. Una epidemia. Es una lástima porque su situación médica ha causado un importante lío en los aeropuertos y dejado en tierra a mucha gente que pese a la crisis se iba a dar una alegría, turismo o a ver a la familia. En las sociedades presuntamente decentes, ya sé que la nuestra pese al disimulo en las formas no lo es, hay normas para cabrearse y otras para ponerse en huelga. Creo en los derechos de la gente que se siente agraviada, incluso en los derechos de los que cobran un pastón, y defiendo su derecho a la protesta, incluso salvaje. Pero estos controladores llevan años con serios problemas de imagen. Quizá sea el asesoramiento lo que falla, el mensaje o que la causa exige un poco más de esfuerzo en vestirla.

No me gustan los grupos que pueden secuestrar un país, sean gobiernos, controladores o pilotos. No me gusta el chantaje, ni las amenazas; tampoco me gustan los reproches ni las personas que desean cobrarse su pasividad. Si no vuelan los aviones habrá que utilizar los trenes o las piernas o vivir la aventura del viaje sin salir de casa.

Ronald Reagan, mal actor, presidente que salió bien parado después de todo y un tipo con bastante sentido de humor, se enfrentó a una huelga salvaje de controladores al comienzo de su presidencia. Asesorado, sin duda, porque Reagan solo ponía la cara y un poco la voz (por lo general para meter la pata), despidió a todos, los reemplazó por controladores militares y formó otros civiles nuevos. No sé si es la solución, pero tirar mucho de la cuerda con un sueldo elevado en tiempos de grave crisis, no garantiza éxitos en la negociación, solo garantiza impopularidad, y mucha.

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