Para votar como nosotros hay que vivir como nosotros: tres comidas al día, agua potable de calidad -como la de los retretes occidentales-, ducha caliente con un leve giro de muñeca, asfalto, infraestructuras que ahorran tiempo y dinero, transporte público, zapatos, escuela y hospitales para todos. No es lo mismo gastar todas las energías en sobrevivir cada día que estar convencido de que la vida es eterna. Los primeros no planifican, no ahorran, apenas sueñan; solo una ilusión: emigrar. Los segundos tienen tiempo libre para la eduación, la cultura, el ocio. Tampoco sueñan, solo se quejan de su mala suerte.
(He escrito esto en Aguas Internacionales. Depués de este texto me siento pleno, y vacío, sin más palabras).
Vengo de un buen debate en Caixa Forum sobre Wikileaks, los medios de comunicación tradicionales, Internet y la libertad de información. Lo mejor, el público: sala abarrotada, colas en la calle para entrar y otras salas repletas de jóvenes siguiendo los monitores y con muchas ganas de participar. La gran noticia es que no estamos muertos, solo dormidos. El hambre del buen periodismo critico, el hambre de realidad, está en la sangre que bulle.
No hubo mesa alargada (que se empeñan en llamar redonda), de esas que alejan del público, que convierten al conferenciante en un hombre o mujer parapetado detrás de una trinchera. Solo sillas y unas mesitas de apoyo para el agua. Aunque lo organizaba mi periódico no hubo logos ni publicidad del medio. En el escenario, seis periodistas: Alicia G. Montano, Javier Bauluz, Giles Tremlett, Borja Bergareche, Ignacio Escolar y Javier Moreno. En la pantalla trasera corrían los mensajes en twitter: frases, preguntas, retuiteos, ciudadanos con orfenador y un arma: su derecho a no callar. Se puede seguir en #wldebate. Os lo recomiendo.
¿Cuánto piden a los autores de la muerte de 12 civiles en Irak cuyo vídeo mostró Wikileaks? ¿Cuántos piden a los que cometieron crímenes en Irak y Afganistán? ¿Cuántos años de ignominia para un Gobierno como el español, el de Zapatero, que miente a sus ciudadanos en el caso de José Couso? ¿Cómo pueden seguir en sus cargos los fiscales bajapantoloneros? ¿Cómo puedo escuchar RNE esta noche a unos diputados llenándose la boca de palabras que no entienden porque para apretar el botón del sí señor no hacen faltan luces? Palabras mayúsculas y voz engolada: ¡Estado de Derecho! ¡Necesidad de secretos! La democracia debe protegerse! ¡Poder!, eso si a cobro revertido. ¿No era esto un sistema de representación en el que los diputados son meros delegados de la soberanía de todos? ¡Basta de mentiras y de hipocresía! Basta de doble moral, sea en la Audiencia Nacional y en La Moncloa con el Sáhara.
Necesitamos un Partido Pirata. O un partido de siglas rotundas: el EHH (Estoy Hasta los Huevos), eso sí, sector crítico.
Viajo al revés: veo lo que queda atrás, no lo que está delante. La ventanilla del tren es una pantalla transparente que reproduce paisajes, naranjos, animales y páramos de soledades. Treneo con un cojín de colores en la cabeza. Nadie se sorprende de mi estrafalorio porque nadie lo ve. Hay gente que camina con los ojos que se sacan con cucharas y nadie protesta porque nadie mira. Todos ensimismados y encapuchados. Todos ciegos, como denunció Saramago.
Soy Julio Cortázar a 265 kilómetros por hora: me muevo sin alma, que me sigue en otro tren, tal vez esta tarde, o mañana, que los trenes de almas son los que más se abarrotan en tiempos de vacío y crisis.
He visto Biutiful, de Iñárritu-Bardem. Me gustó mucho. Me dejó un poso amargo que ahora se multiplica en pensamientos desprovistos de la tristeza primera, son pensamientos-caja dispuestos a llenarse de otras vidas, de otros dolores. La película carece de la redondez mecánica de Bablel, pero Iñárritu nos mete en una Barcelona que al inicio parece mexicana y pobre, un exotismo, algo irreal por exceso de realidad. Es una Barcelona que tampoco sé mirar, como no sé mirar Madrid. Las ciudades son personas que viajan con monumentos a los héroes en la cabeza o con millones de ojos colgando por falta de calma, de paciencia, y nadie dice: allí va una ciudad soñolienta.
Bardem es extraordinario, siempre al límite del personaje, vaciándose por dentro y por fuera. Hay caminares de muerto que son una obra maestra. Miradas, silencios, orinadas de sangre que se desbordan del retrete e inundan la sala. Es una película dura, como lo es la vida sin adjetivos, sin eufemismos, la vida que rasga y duele. Nos van pesando las plumas acumuladas y un día las sentimos de hierro. Todo es percepción. Si crees que avanzas, trotas.
La vida es un útero gigantesco. Gateamos en sus paredes viscosas en busca de una salida, de luz. No hay señales luminosas ni señales calladas, tampoco gatos de Cheshire, solo nosotros, la negrura y el sombrero de cojines. El tren trenea. Ya Córdoba. Despeñaperros. Pronto Madrid. Estoy sentado en la puerta de un útero en espera de que salga una mujer. Sé que está allí, porque escucho su voz, su respiración fabricada de temores. Como escucho la voz de Enrique Morente dentro de mi cabeza, el maestro. Morente, que estaba escondido en otro útero, el que lleva a la muerte, no supo hallar la salida ahora que se acumulaban los proyectos. Aquí quedamos más desesperanzados los vivos hartos de ver pasar a los nuestros disfrazados de ellos y los ellos disfrazados de los nuestros. Aquí estoy estando y de aquí no me muevo aunque soplen vendavales. Me protejo con escudos de colores y canciones-Manhattan. Es la ventaja de Lorca, es un salvavidas. Es la ventaja de las grabaciones, la voz nunca muere.
La imagen de Marta Domínguez, la reina del atletismo español, con el rostro cubierto por un anorak, como una (presunta) delincuente, resulta demoledora. No era mi ídolo (a esta edad, la que tengo, no quedan espejos, quizá abalorios). Era solo una mujer aparentemente rubia con un cuerpo esculpido que dada vueltas muy deprisa a un estadio. A Alberto Contador le tengo más simpatía, reconozco haber vibrado con él en alguna escalada en el Tour. Soy un ciclista de butaca desde los tiempos de Ocaña y Perico.
Marta y Alberto son dos víctimas de un teatro en el que somos los colaboradores necesarios. Ellos corren y pedalean porque nosotros miramos. Todos sabemos que los tiempos que se logran no son obra de una dieta equilibrada. Todos sabemos, pero callamos. Ahora, cuando caen en desgracia, nos rasgamos las vestiduras. Nos hacemos los ofendidos. Todo es una impostura: ellos, nosotros, el envoltorio, este mundo que acusa a Wilileaks de los crímenes que los acusadores cometen. Todo es teatrillo, burla, una inmensa partida de poker amañada en la que siempre gana la banca.
Los líderes de la izquierda se hacen de derecha nada más cruzar el umbral del poder. Debe ser el arco detector de ideologías, que te la cambia en un abrir y cerrar de ojos. Pienso en la película The Queen y en Tony Blair, ese gran impostor. Lo único que tenía era voz, dicción de actor, gesto y muchos dientes. Lo demás, vaciedad y oportunismo. Los políticos son como los deportistas, también se dopan. Los gobernantes, y los que aspiran a gobernar, se dopan con el poder y la palabrería que lo envuelve. Para ellos no existen los controles antidoping por sorpresa, ni los vampiros que te chupan la sangre ni la obligación de decir dónde están concentrados.
Yo me dopo con la Nespresso y hay días, en los que me he pasado de dosis, que al mirarme al espejo, parezco George. George Clooney. Feliz fin de semana.