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Hoja de luz

Acabo de colocar la hoja de luz en el salón. Los destellos que despide al rozarse con el sol parecen guiños de alguien que está lejos. La lejanía es un estado mental. Se puede estar muy lejos cerca y muy cerca lejos. O peor: muy lejos lejos. He aprendido que para no perderme en estos casos debo quedarme quieto, inmóvil como un espantapájaros. Quieto y con los ojos abiertos.

La hoja cambia de colores. Ahora tiene un verde mar revuelto, de tormenta. Cuando no se es de mar resulta complicado saber si las tormentas vienen o se van. Me sucedía en Sarajevo con las granadas de mortero: ¿un disparo o un aterrizaje asesino? Malas dudas cuando lo inteligente era ponerse a cubierto.

Creo que debo buscar otro lugar a la hoja. Encontrarle el sitio exacto por el que transitan todos los colores. Ahora es azul. Y blanco, como el futuro no escrito. Los objetos hablan a su manera, se expresan. Nos ayudan a asentarlos. Esta hoja sigue muda de palabras. Solo baila. guiña. Debe ser por el traqueteo del tren y el viaje. Las tristezas son así, si se las mueve demasiado se te quedan agarradas a la garganta. O a la cabeza, que es donde duelen.

Aprendo y aprendo y aprendo pero cuando llega el momento de decir la lección me quedo en blanco, pues sé que aún no he aprendido casi nada.

Es martes y necesito una canción. O dos:

Empieza 2011

Regreso a Madrid, al trabajo, a una normalidad esfumante en un 2011 que más que un año parece un depredador. Llevo en la maleta los reyes magos: pinturas, una paleta para las mezclas, un pincel que se suma a los míos, un jersey precioso, un par de camisas de mi tienda favorita de Londres, el libro de Le Carré, una hoja de luz, un cómic de Joe Sacco y un separador de libros que es un sirena con un caballo de mar entre las manos; representa el tiempo que se fue y que nos empeñamos en arrastrar.

Además me traigo una veintena de piedras; muchas me servirán para la serie de los pasos perdidos, y maderas transformadas en esculturas por las olas. Hace unos días, tras un temporal sureño y atlántico, la playa a la que voy estaba repleta de presentes. Me gusta escoger con mis manos lo que podría servir para apoyar los cubiertos en la cocina y no finalizar en la derrota inapelable de comprarlo en serie. También me gusta ir al huerto y arrancar el tomate que voy a comer sin pasar por toda la cadena de la manipulación alimenticia, esa que convierte un producto sano de primer necesidad en una estafa edulcorada a precio de caviar.

Hablando de caviar, vi de nuevo El Guateque con Peter Sellers. Debe ser la decimosexta o más. Ya no me río tantas veces como antes, pero cuando me río, que es mucho, me parto, como en la escena de la cena.

Regreso y el futuro, es decir, pasado mañana, es un agujero negro hambriento. Lo único que sabemos es que los agujeros negros absorben lo que les rodea, sobre todo si es un Estado bienestar.

No he hecho propósitos de enmienda ni promesas, pero seguiré mi proceso de adelgazamiento con un objetivo: este año corro la San Silvestre.

Os dejo música de la buena, para arrancar la semana con un sonrisa de complicidad.

Libertad de la nada

La libertad de mercado, de negocio, la contabilidad por encima de todo produce desatinos visibles. Javier Pérez Albéniz lo retrata en El Descodificador:

En el canal de televisión en el que usted se emocionó con la victoria de Obama, vibró con el rescate de los mineros chilenos o celebró la entrega del Nobel a Vargas Llosa, hoy se ha podido ver a un hombre tumbado en la cama durmiendo medio desnudo. Pasaban los minutos, el tipo seguía sobando, el plano fijo enseñaba su espalda desnuda, no había sonido… “Marcelo, date la vuelta que te queremos ver”, rezaba en la parte inferior de la imagen el mensaje de un telespectador (1,42 euros). Marcelo es el tipo que duerme en “Gran Hermano 24 horas”, la cadena donde antes usted se informaba con CNN+. Marcelo es, a ver si usted me entiende, el sustituto de Obama, los mineros chilenos o Vargas Llosa.

Noche de Reyes

Hoy me vacié en otro lugar, no lejano, y me gusta el resultado.

Los Reyes Magos existen en cada persona que siente la ilusión de regalar y en cada niño que anhela recibir. Existen en los millones de hogares con las luces encendidas en la noche del 5 de enero, en los paquetes que se envuelven solos y en el madrugón -imperdonable- del día siguiente. Aquí, en España, son los Reyes; en otros lugares Papá Noël, Santa Claus o San Nicolás. O nadie, como sucede con millones de niños del Tercer Mundo.

sigue en Aguas Internacionales.

Es noche de Reyes. La mirada de todos se centra en los regalos. Al menos es un día en el que miramos. Un día sin orejeras en el que los niños juegan a que seguirán siempre siendo niños. Es un día en el que yo juego a que nunca llegaré a ser un adulto. Me gusta el columpio. Me da libertad.

El orden de los libros

He entrado en tres librerías de Huelva para dejar otras tantas cartas a los Reyes Magos. La primera era un supermercado: todos los libros revueltos, los empleados sin interés ni conocimiento y un público animoso en la cola que tampoco parecía saber bien qué compraba. Los libros no son un producto, una mercancía, una anotación en una cuenta de resultados; los libros son mágicos, contienen palabras que alguien ha arrancado del silencio con esfuerzo, sufrimiento y talento (no siempre; es más, casi nunca). Un libro es una ventana abierta, una bocanada de aire pinchado en neurona, una posibilidad de redimirse y crecer. Un libro es un artefacto revolucionario que modifica, regala otras vidas ya vividas, emociones y experiencias. Algo así de valioso exige un mimo exquisito. Son como las botellas de los Gran Reserva, que casi no hay que moverlas al retirar el corcho.

Tengo una amiga que hace un tiempo encargó en la librería-supermercado Mis padres no lo saben. Cuando le avisaron que había llegado fue a recogerlo. La dependienta le informó de que debía volver otro día porque el ejemplar estaba en el fondo de un carrito de la compra debajo de otros libros y que no podía sacarlo en ese momento. Mi amiga se sintió ofendida. Había tratado a su libro como un kilo de manzanas. Nunca regresó.

La segunda librería era pequeña pero en ella se respiraban las descripciones y los diálogos sin interrupciones. Había paz y tres dependientas amables y capaces. Me llevé tres, uno de ellos el último de John Le Carré, un buen escritor y tipo honesto, algo que no abunda en el supermercado de la indecencia, que es en lo que se ha convertido la pasarela de la vida. Me gusta husmear en la mesa de novedades y en las otras menos actuales, y comprobar con qué libro duerme cada uno. De noche, cuando los libreros se marchan a casa, los libros se despiertan e intercambian metáforas y aventuras. Una buena novela al lado de un libro menor puede terminar en desastre. Las erratas son huellas de los infartos que producen las malas conversaciones. Cuando me dispongo a comprar un libro lo respiro y él es el que decide, a través de sus olores, si se quiere venir conmigo. Así compro, por piel. Toco y me dejo llevar. Así vivo, con las manos fuera de los bolsillos.

El tercero se encontraba en la planta baja de un gran almacén. En la estantería de novedades y bajo el epígrafe de Novela destacaba la presunta autobiografía de un delincuente condenado por apropiación indebida. En la segunda balda, con menos visibilidad, la supuesta obra completa de Vargas Llosa, pues apenas tenía tres títulos mal colocados. Ese estante era algo más que una declaración de principios, era una muestra de imbecilidad.

Nunca compro libros en lugares que maltratan a los libros y a los clientes. No son principios lo que me mueve sino el respeto a las palabras y a los silencios que habitan en cada obra literaria.

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