La Asociación de la Prensa de Madrid se ha dado un premio con Enrique Meneses, a quien otorgó el Rodríguez Santamaría a toda una vida profesional. Meneses es uno de los últimos grandes representantes de un periodismo ya casi desaparecido, el del gran relato. Hace unos meses, en la entrega del premio Cirilo Rodríguez de honor, Meneses habló durante unos quince minutos, o más. Narró su apasionante viaje-expedición de El Cairo a El Cabo. El público que le escuchaba quedó hechizado por la magia de la palabra, la emoción de quien ha vivido mucho y sabe transmitirlo y por su entusiasmo con una profesión que consiste en eso, en contar bien cosas relevantes e interesantes.
El Gran Reportaje ha desaparecido de casi todos los diarios y de la mayoría de las televisiones. Quedan Informe Semanal y En Portada. Son programas en peligro de extinción. Sin grandes historias no merece pagar por nada.
Me gustan los mejores de las generaciones anteriores. Son mis referentes éticos, las luces en un camino repleto de minas: incapacidad, prepotencia, falta de talento y de humildad, competencia mal entendida cuando muestra batalla no es contra el compañero de al lado o del diario rival; la lucha es contra la historia que se nos aparece como una oportunidad de ser útiles a la sociedad que necesita de medios libres e inteligentes. Sobre todo ahora que nos gobiernan el oportunismo y la incapacidad absoluta.
Meneses representa también la épica de un tiempo extinto. De los grandes viajes, las grandes aventuras. Ninguna época anterior fue mejor pero olvidarlas y despreciarlas es el primer paso de cualquier desastre.
Acabo de resucitar en un país extraño: la gente no fuma en los restaurantes ni en los bares ni en los sitios cerrados; no se han producido suicidios en masa y los negocios que se iban a hundir en cascada por falta de malos humos siguen abiertos. Pensar que la gente no va a comer, copear o cafetear por falta de alquitrán en el aire es pensar mal. Es de idiotas. Algunos españoles siguen con el mantra de la protesta. El otro día escribí en el otro blog que los negocios insumisos a la nueva ley antitabaco eran, por lo general, de derechas. No gustó a tenor de algunos comentarios. La gente no comenta, reacciona ante lo que cree que lee y, a veces, insulta; es su derecho. No leen mis prejuicios sino los suyos. Así es imposible una conversación.
Los insumisos a la ley antitabaco tienen el mismo discurso de los que rechazan la asignatura de la educación para la ciudadanía, la ley de matrimonio homosexual y todo lo que atenta contra su libertad. El problema es que lo que atenta contra su libertad particular es la libertad de la mayoría.
La gente que antes me fumaba en la cara es la misma que ahora me agrede con el móvil en el tren. Renfe debería crear un vagón de silencio. Al comienzo de cada convoy. Vagones en los que se pague cinco euros más por no escuchar ruidos: ni móviles ni niños ni pandillas de ejecutivos salidos. Los macho alfa fuman con la mirada. Les babean los ojos. Los machos alfa también deberían tener su vagón. Un lugar donde puedan medirse la cosa.
Los ejecutivos de empresas parecen vendedores de seguros de vida. No me gustan los seguros de vida. Si mi familia quiere cobrar por mi muerte deberían pagarme ese seguro. Acabo de cancelar el mío. Zapatero se dispone a cancelarme muchos de mis derechos. Los ministros son ejecutivos que se miden la cosa sobre nuestras pensiones. Yo me la mido cuando estoy desnudo en la playa y de la medición aproximada y lejana saco la conclusión de que debo quedarme sentado en la arena. No tengo madera de macho alfa. Me faltan centímetros por un lado y me sobran por otro. Siempre supe que era un problema de organización.
Mi hoja de luz empezó a bailar esta mañana. Gira y gira como un caleidoscopio. Baila y salta, pero no habla. Pese a su mudez radical ya se deja traspasar. Puedo leer el lomo de los libros a través de su interior construido de espejos. Esta mañana le he buscado su sitio en el salón. Parecía un buscador de una mina oro en trance de riqueza. Cuando le dio un rayo de sol brotaron de él olas de arcos iris. Parecía un mar batiéndose dentro de un sueño. Debo comprarle un hilo más largo porque su sitio es donde el sol bravea durante unos minutos a primera hora de cada mañana sin sombra.
Cada vez que mudo la hoja de luz de sitio primero el techo se queja. El techo tiene un boquete. Si te acercas mucho a sus bordes puedes leer: el dueño de esta casa es un inútil. Es cierto, lo soy. No sé hacer casi nada con las manos. He dicho casi. Me falta paciencia manual. La paciencia personal, que es la madre de todas las paciencias, fue traspasada hace casi 20 años a mi forma de trabajar: ver, esperar, sentir, escuchar y escribir. Ahora tengo una paciencia viajada, madura, conversada, fortalecida. Una paciencia adulta que es la envidia de las paciencias. Querer es una forma de paciente espera.
Paciencia es sentarse y esperar. Cuando un fuerte cierra todas las puertas, tapia las ventanas y almenas, eleva el puente y retira la guardia parece un fuerte fantasma. Hasta hace unos días gritaba desde abajo: ¿Hay alguien allí? Y exigía: ¿podrían encender una vela al menos? Pero desde el fuerte no había respuesta. El fuerte cerrado es un fuerte mudo, más mudo que una hoja de luz que me mide, me estudia. Es imposible entrar en un fuerte cerrado, encogido. A los fuertes cerrados les cambia la voz cuando se silencian. No es una voz de palabras, sino otra fabricada de quejíos.
La paciencia que arrastro me ha enseñado a acampar y encender la vela que demando frente a mi tienda. Es mi señal: aquí estoy, aquí sigo. No huyo, no temo. Solo leo, escribo, acompaño y escucho música.
Estoy muy contento: el presidente del Gobierno español me va a permitir una jubilación a los 65 años si llego a los 41 de cotización. Es una suerte porque para cumplir este requisito tendré que trabajar hasta los 71. Los diputados que acabarán votando la ley que me va a fastidiar la próxima década tienen derecho a la pensión máxima con solo ocho años de permanencia en el escaño. ¿Pero no eran representantes de la soberanía popular? ¿Si me representan porque deciden contra mis intereses?
Hay diputados excelentes que trabajan duro en las comisiones y que se interesan por sus votantes. Los hay honestos que tienen vocación de servicio público. Creo que son los menos. Los más solo quieren acertar en el voto que ha ordenado su partido y estar en las siguientes listas porque afuera hace mucho frío.
Este tipo de menudencias, sueldos y algunas prebendas poscargo, las deciden los propios diputados. El PP y el PSOE que siempre andan a la greña en todo se ponen rápido de acuerdo en cuanto se les toca el bolsillo.
Más que democracia esto se está quedado en un decorado agujereado de democracia. Las listas electorales las pueblan los obedientes, no los mejores. Los obedientes, obedecen, callan, otorgan. La discrepancia se considera revolucionaria. Estamos vaciando de contenido un sistema que ha quedado a merced de los mercados y los mediocres. Han creado un clan que se siente fuera del alcance del escrutinio ciudadano. Muchos ciudadanos no escrutan, solo ven Gran Hermano o la basura que emiten los canales basura. Los medios de comunicación tampoco escrutan, salvo excepciones. La mayoría solo sobreviven.
No sé a quién votaré en las elecciones municipales y autonómicas. Sé a quienes no votaré. La lista es larga, creciente.
Esperando a Godot. Y a una UE en manos de la misma ineptitud lesiva que me salpica en España. Siempre existieron los tontos (yo ejerzo en todo lo relacionado con números). Ellos, los tontos, no son el problema. El problema son los que no saben que lo son. Esos son legión multiplicante. Es como el Ensayo de la Ceguera de Saramago. El libro es una metáfora. Lo que veo, una realidad que aplasta.
Hay quien sostiene que algunos presos de ETA y varios de sus comandos liberados vibraron con la selección (española) en el Mundial de Sudáfrica. La llamaban, para disimular, el Barça más Llorente y Javi Martínez. La victoria sobre Holanda sacó a la calle una bandera que no termina de engancharme. No era la bandera de Franco ni la de Trilero-manda-huevos ni la del hombrecillo insufrible del bigote. Era la de todos. Era solo una bandera. Tres colores. Sin pasado. Sin fantasmas.
Ahora, meses después de la hazaña futbolística, llega el segundo comunicado de ETA: que lo dejo un poco más, pero aun no estoy seguro…
No voy a entrar en su contenido ni evaluar lo que se dice, cómo se dice y lo que se calla y cómo se calla. De ETA, sé poco; solo sé que no me gusta la gente con armas, la gente que no da la cara.
Lo que me llama la atención del vídeo es su escenificación: tres personas disfrazadas que han debido de perder muchas horas para entrenarse en el arte de darse importancia. El uniforme negro de gudaris tiene un pase. Los emblemas de la organización apenas se ven. La gorra, más boina que chapela, tiene un punto de chauvinismo cateto.
Tanta boina calada explica la falta de aire en las ideas.
ETA transmite algo pasado de moda, lenguaje, forma. Parecen más el hombres del saco que una banda armada. Deberían verse los vídeos de Al Qaeda para saber que lo que se lleva es el turbante y el kaláshnikov. Lo que más me gusta del vídeo etarra son los tres pañuelos blancos impolutos. Eran tres pañuelos demasiado planchados, casi de pijo. Un símbolo de los tiempos: la arruga pese a todo ha dejado de ser bella, para mi desgracia.