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En el PP se respira euforia

En el PP se respira euforia. No solo son las ansias de salvar España, que las deben tener; una victoria electoral, como la que anuncian las encuestas, permite colocar a mucha gente, devolver favores y paciencias e invertir en nuevos favores y paciencias, que todo lo que sube, baja. Unos, pocos, aspiran a ser ministros; otros se conforman con el segundo escalón: subsecretarios, directores generales, asesores, jefes de gabinete… O diputados, que no está nada mal. Mariano Rajoy se ha acordado de repente en Sevilla de las prebendas de los legisladores en asuntos menores como las pensiones. A mi ya me han quitado la máxima. Tendré que trabar 200 años para cobrar lo que un diputado cobra por ocho años en la Carrera de San Jerónimo. Lo curioso de Mariano es que su partido es co-inventor de estas prebendas y hace unas semanas rechazó modificarlas.

El PP sabe lo que es el poder. Uno de sus dirigentes gallegos me contó en los tiempos negros del Prestige: “Estos socialistas [supongo que se refería al PSOE] no entienden nada. No puedes ganar una elección en un pueblo y poner luz eléctrica en todas las calles. La gente pensará que es nuestra obligación. Lo que hay que hacer es esperar. Un día llega un vecino y te cuenta que la salida de su casa está mal iluminada y que a salir se tropieza. Le pones luz, pero solo a él y así te debe un favor. Luego esperas a que lleguen poco a pocos los demás”. Si esta anécdota la trasladamos a Andalucía podríamos barajar las siglas de otra manera y obtener un resultado similar.

El problema del sistema es que no llegan los mejores, llegan los obedientes, los miedosos, los mezquinos. Hay grandes excepciones en todos los partidos, pero son los menos. IU, por ejemplo, se ha cargado a Gaspar Llamazares y a Inés Sabanés. Deben andar sobrados de talento, pero su nuevo jefe lo tiene bien oculto detrás de las frases hechas. Esta crisis es una crisis de sistema, pero la izquierda está tan mal que ni siquiera es capaz de explicárselo a los votantes.

El problema es la rapiña. La ecuación de los beneficios son privados, las pérdidas colectivas. Pero aquí seguimos, mirando a Teruel, unos eufóricos porque pillan; otros, cabizbajos porque pierden el lustre del poder. Qué gusto debe de dar viajar en coche oficial rodeando de escoltas y pelotas y sin tener que contaminarse con la realidad de los presuntos representados. Se debe perder de todo: perspectiva, valores, ideales.

Y ahora llega Bono y se apunta a lo de las prebendas de las pensiones.

Debía existir carné de estupideces. Límite 12 puntos, como en el carné de conducir. Si pierdes todos: reeducación, a trabajar la fresa con los inmigrantes. No como castigo, sino como una oportunidad extraordinaria de recuperar la inteligencia.

La edad de la zanahoria ha pasado

Hoy tuve un sueño despierto mientras soñaba que me dormía en un hotel de Valencia. Soñé un mundo repleto de personas que caminaban con un palo clavado en la cabeza. En la punta, a un palmo y medio de la nariz, les colgaba una zanahoria. Miles de zanahorias balanceándose hacia unas bocas que no llegaban a rozar, cruzando calles y parques, mirando escaparates que les reflejaban ridículos e iguales. Algunos caminantes de zanahorias se detenían para conversar entre ellos o para hablar a gritos a través de sus móviles naranjas con forma de zanahoria. Los hombres del palo parecían incansables es su esfuerzo titánico e inútil de comerse la zanahoria. Muchos corrían como bobos sin darse cuenta de que la zanahoria corría a su misma velocidad un palmo y medio delante de sus caras. Siempre nos empeñamos en perseguir objetivos que no vamos a conseguir, objetivos inducidos desde la cuna: tienes que ser mejor que yo.

La sociedad, el aire que respiramos, el sentido del deber, el de culpabilidad o una sensación de estar vigilados por un invisible que juzga y emite sentencias nos fuerzan a creernos el cuento de que todo se consigue con esfuerzo y que los buenos siempre ganan. Todos corren, nadie pregunta. Es el juego: la gallinita ciega (con zanahoria, claro).

Me gusta este Max Otte entrevistado en la Contra de La Vanguardia: “Retrocedemos a un capitalismo salvaje que degrada la democracia para reinstaurar el feudalismo”.

Cuando llegue el feudalismo y desaparezcan los derechos, las pensiones, los festivos, las vacaciones, la sanidad pública nos quedará, al menos, la puñetera zanahoria.

No es un desvarío grave, ni siquiera melancolía, solo es que en un par de días cumplo años. Feliz fin de semana.

Hoy me envuelvo en papel rojo esta canción de regalo: Hey Jude, Elvis.

Me preguntan por el paracaídas

Me duelen las piernas de tanto pensar. Sucede en los cuerpos que se averían con el tiempo. Enciendes la luz del pasillo y se acciona la cadena del retrete. Abres el grifo de la cocina y suena el teléfono y se oye una voz-spam vendiéndote la luna. Crucé la Puerta del Sol a paso ligero; por hacer algo de ejercicio, que luego me regañan. Una chica bienparecida se acercó sonriente y me entregó una postal. No era una declaración de amor ni la publicidad engañosa de un restaurante. Se trata de un dibujo infantil: dos tipos en descenso y una pregunta: ¿Y tu paracaídas? Me la guardé en el bolsillo y caminé entre turistas, aborígenes de la ciudad (pocos) y jóvenes en precalentamiento de farra.

Al pasar delante de la estatua de Carlos III dos tipos me esquivaron jugueteando sobre patines. Me había convertido en una boya (la tripa, supongo), una referencia para dar la vuelta y seguir eseando entre unos botes de cola colocados en el suelo. Dos alfa con corbata y la cosa morcillona en la frente hicieron boberías en la pista falsa para impresionar a sus parejas. Estas lejos de sorprenderse se reían. Es la ventaja de conocer los límites. Hay gente que no se complica con exquisiteces.

Al llegar a casa leí el texto escrito en el dorso de la postal. La chica guapa era un ángel enviado para salvarme (perdón por el egocentrismo). El texto habla de Dios en una redacción alambicada. Narra la historia de dos paracaidistas, un monitor y su alumno. El primero se calzó una cámara en el casco para grabar el primer salto del pupilo pero confundió la mochila de las baterías con el seguro de vida. El aprendiz aterrizó sin problemas tres minutos después de que se estrellara el profesor. La conclusión del accidente, según la postal, es que Dios es el paracaídas al que no debemos renunciar. Con el paracaídas espiritual me libraré de una muerte trágica, de una muerte eterna. Me quedé con ganas de saber más.

Me he acordado de alguno de los ejercicios espirituales con los que me torturaron en mi adolescencia. Las cansinas lecturas en el desayuno de la vida de santos y santas en medio de un silencio obligatorio en que se escuchaba el hilo de una carcajada a punto de estallar. Jugábamos a mirarnos para provocar. Nos sirvieron para educarnos en la resistencia.

¡Qué tiempos! Primero adoctrinado por los Hermanos Maristas y después por el Opus Dei. Cuando uno sale torcido, sale torcido. Mi caso: torcido y contento de estarlo. Nunca me gustó la gente que desfila con cara de qué pelotas tengo; tampoco la que se desliza bajo palio o se empeña en simular que levita de santidad cuando santos santos se pueden contar con los dedos de una mano: el arzobispo Romero, Teresa de Calcuta, Helder Cámara

Me duele la cabeza de tanto caminar. Sucede en los cuerpos fuera de garantía.

Hoy se despidió un compañero de publicidad del diario después de 30 años. Nos invitó a jamón del bueno, queso y empanada, pero yo me quedé con un regusto de derrota colectiva. Un beso fuerte, querido Antonio.

Dos idiotas de libro y una canción

Hoy viajé en el metro junto a un idiota. Nada más entrar por la puerta del vagón lo supe: este tío es idiota. Era fácil, vestía, miraba y sonreía como un idiota. La camisa de dos colores parecía estallarle en los pectorales. Me sucede también con la mía, pero un poco más abajo. No; no tanto, en la tripa. El idiota no respiraba como un ser inteligente, solo se hinchaba y deshinchaba con una mueca boba ladeada, un gesto de aquí está el tío más guapo de Madrid. El tipo sacó su móvil y se calzó unos cascos por los que brotaban dos torrentes de música idiota. Su sola presencia era una agresión visual.

Como soy adulto y pago a un psicoanalista para que psicoanalice a mi verdadero psicoanalista aguanté como si estuviera ensimismado o sordo, que lo estoy, mientras leía titulares en Twitter. El idiota desesperado en su idiotez redomada se me acercó tanto que me rozó con su bíceps hinchable. Una canción máquina brincaba en el microcerebro, es decir, en el chip del teléfono. Una de tachún tachún a todo volumen. Entré en Facebook, paseé por la BBC y El País y elegí mi música (cierra este post). Se la dediqué desde una paciencia Zen que casi me duerme de pie. No pude comprobar en qué estación de la línea 5 se bajan los idiotas-máquina, pero es más allá de Suances.

En el mercado de San Miguel hay otro idiota de primera. Dice que es pescadero, pero yo apostaría por besugo. No vende mucho porque su mercancía es cara y a menudo parece regada en exceso. El precio ralentiza la venta y, claro, hay que vestir a los que se quedan. Su pescado llega de Galicia con calidade pero al transitar por sus manos se marchita. He comprado en un par de ocasiones: una lubina salvaje estupenda y tres kilos de langostinos aguados para la Nochebuena de 2009. Otras veces fueron meros intentos pues el diota no me atendía. Prefería hacer números de lo que podría llegar a ganar si vendiera algo. Es el problema del futuro, te pierdes el presente.

Al caer la noche, el idiota del pescadero cierra el paso por el pasillo con cajas y un carrito. No quiere que nadie transite delante de su puesto. No sé cuál es la normativa del mercado, pero ese pasillo debe de ser público y no de la propiedad y antojo del pescadero. Él lo hace por comodidad, para retirar su mercancía.

Hace una semana, cargado de sushi para cenar en casa, salté su barrera para no tener que dar una enorme vuelta entre turistas sedientos. Me afeó que no respetara su frontera ilegal. Le dije que el pasillo pertenecía al mercado y que él pagaba solo por su puesto. Si todos hicieran lo mismo, los clientes no podrían entrar o salir. El  idiota-besugo respondió: “Yo pongo la barrera donde me sale de la polla”. Me pareció una respuesta elegante, muy a la altura de la glamour del mercado. No respondí gracias al psicoanalista y a la pasta que me dejo para parecer normal. Después, con el aire de la noche en el rostro, pensé: ya tengo otro motivo para no comprar al besugo-pollón. Con tantos cojones sobre el mostrador su pescado debe saber a piel de gallina.

La canción reconforta. Basta cambiar American por el gentilicio que más guste.

Si pudiera ver este atardecer

Si pudiera ver este atardecer todos los días echaría de menos el asfalto de Madrid, el humo de la gran ciudad, los bocinazos, la radio a todo volumen de los taxistas, los atascos. Los humanos somos así: siempre descontentos, siempre ansiando lo que no tenemos. Lo que está fuera de nuestro alcance convertido en Eldorado.

Es hora de detenerme y respirar. Disfrutar de lo que tengo, del presente que me colma, que me pinta la espalda de flores y enredaderas, sin miedo a lo que viene porque lo que viene aun no existe. Veo ese atardecer del que disfruté el domingo y pienso que toda la vida es un error, un calvario, una venta del alma a cambio de quince supuestos minutos de felicitad. Lo dijo Warthol y ahora llega Zapatero con sus reformas-reformistas y lo quiere reducir a cinco.

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