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Egipto-Twitter: la manía de simplificar todo

Vivimos en un mundo de frases cortas, como demanda la publicidad, sea política o de limones salvajes del Caribe. Flases para que el consumidor reciba el mensaje sin tener que gastar tiempo en pensar. Vivimos en un mundo tan reducido que somos incapaces de asistir a algo tan extraordinario como una revolución sin colocarle una etiqueta. Egipto ya tiene la suya: La revolución Twitter.

Las simplificaciones son útiles para un titular de prensa, radio o televisión, para una gracia de bar o para el propio Twitter, pero las simplificaciones simplifican, reducen, distorsionan y falsean la realidad. No es Twitter el motor sino la injusticia, la pobreza, el desempleo, la desesperanza, la hartura, la corrupción de una clase política que ha hecho de la pose, el boato, el teatro de la importancia y la impunidad una forma de gobernar.

Más importancia está teniendo Al Yazeera, que crea una narración popular donde solo había medios oficiales. La pueden seguir los analfabatos, los sin nada y los nadie. Hablar de Twitter es presuponer que los Otros son como Nosotros: todo el día enganchados a los gadgets de última generación, con ducha caliente por la mañana y tres comidas colmadas. Los sin nada no usan Twitter ni Facebook ni juegan a la PSP. Pero los sin nada ven, escuchan y cuando pierden el miedo, hablan y gritan, y exigen. Es el boca-oreja lo que expande las noticias. O el SMS, que sería la clase media de las nuevas tecnologías.

Las redes sociales están teniendo una gran importancia para transmitir noticias al exterior, como sucedió en Irán (país que sigue debiéndonos una revolución), pero no tanto en expandir el enfado en Túnez y Egipto (y lo venga, que vendrá). La gente ya salió enfadada de casa.

El problema es nuestra visión primer mundista y egocéntrica del mundo: creemos que todos viven como nosotros. Todos ven la misma televisión-basura, están molestos por la misma ley antitabaco y leen el mismo mundo en 140 caracteres.

El PP no perdió las elecciones del 14-M por el pásalo sino por las mentiras de los que nos gobernaban y que ahora regresan amnésicos ocho años después.

Hoy me siento en coma

Hoy me siento en coma. No es un coma profundo ni un punto y coma ni un punto seguido y mucho menos un punto y a parte. Es como si un trozo de la medialuna hubiese caído sobre mi cabeza. Me duele dentro. Creo que son las puntas que se rozan con mis dos neuronas. Tengo suerte. Con estas dos ya tengo el doble de neuronas que los machos alfa. Las mías viven en la cabeza. Pero de vez en cuando, y siempre por turnos, una se va de excursión hasta la casa de campo. Desde sus ventanas otea el abismo y escucha el fluir de la sangre subterránea.

Hoy me duelen los ojos. Me pesan. Si no tengo cuidado al caminar corro el riesgo de que se salgan de su órbita. Me muevo con las gafas puestas. El escudo. Es probable que muchas de las personas que visten gafas de sol donde hay sombra no sean idiotas ni pijos ni macarras ni pijomacarrras; es posible que solo sean personas que temen que se les caigan los ojos al suelo.

Me duelen los labios. Sucede cuando se me escapa alguna palabra inconveniente. Me asusto y los aprieto tanto para no repetir el error que me los sangro. La sangre que sabe en la boca no es como la sangre de la casa de la montaña. La de allá abajo late. Esta no; la de la boca es un remanso, un delicatessen de El Bulli.

Me duelen los pies de enumerarme los dedos en busca de ovejas que me ayuden a dormir profundo.

Me duele el ánimo. Esta noche lo engulló un comecocos delante de un espejo enorme.

Me duelen las palabras que se adhirieron a mi cerebro y me gritan voces contrarias: sube, baja, ven, vete… Bebo Acqua Panna que es milagrosa. Siento el líquido en la garganta deshilachando las nieblas matutinas. Amenaza nieve en las cotas bajas, pero yo ya me me descalzado y estoy con los pies metidos en el mar. Agua por la boca, agua del sal por el cuerpo.

Cruzando ríos

Cruzo ríos junto a una mujer. Me duelen las piernas, los pies, los hombros pero sigo caminando entre remansos que conducen a la otra orilla. En ella dejaremos las pesadillas, los miedos y las cenizas de lo que pudimos ser y no somos. Después, tras respirar, descansar unas horas y contarnos cuentos alrededor de un fuego limpiador, regresaremos de la mano a esta orilla, para seguir el camino. El camino elegido, no el que arrastra. Ya escucho las risas nerviosas, la complicidad que crece, el deseo. También escucho esta canción que es armónica y torbellino.

Pesadillas en el tobillo

Esta noche llegué a casa con una pesadilla abrazada al tobillo. La pesadilla tenía los ojos abiertos y la boca cerrada. Las pesadillas nunca hablan fuera de sus horas de trabajo. Su régimen laboral les prohibe las horas extraordinarias. Las pesadillas-esquirol se aprovechan de las siestas y los cabeceos en el tren. Un mañana me asaltó una mientras dormía de pie las musarañas. En ella soñé que viajaba en metro sin fin ni destino. He dejado la pesadilla del tobillo en mi cama para que pueda realizar los estiramientos necesarios antes de meterse en mi dormir, que ya debe estar a punto pues me entra el vaporcito en los ojos.

Hace frío en Madrid. Un frío que pela la piel y las meninges. Cuando regresaba a casa me crucé con Ana Botella y no supe si se trataba de una ilusión o de otra pesadilla. Debía ser lo segundo porque levitaba sobre el cuerpo esculpido de un hombrecillo insufrible.

En las noches de frío, Madrid se deshace en un vaho que reemplaza al aire. No es el Londres de Jack el Destripador porque aquí los destripadores no pisan la calle. Son de guante blanco. He consultado la cartelera de pesadillas y creo que me voy a sacar una cómica subtitulada. Odio los doblajes. Aún no he colgado el post y ya escucho a la pesadilla desternillada debajo del edredón de la cama. Estiro la oreja para cotillear y escucho un poco de música. Un murmullo a la guitarra.

Es miércoles y me duelen los sueños no soñados. Me sueño sin pesadillas ni amenazas. Me sueño agua, ola, mar, piedra pintada. De tanto soñarme empecé a despertarme del sueño que nunca quiero soñar.

El lento declinar de la fábrica de la paciencia

A los macho alfa les gusta jugar a ver quien mea más lejos, como si mear lejos fuese el baremo de la excelencia. Los animales que tienen miedo fabrican ruido para ahuyentar el peligro. Mear lejos es una forma de hacer ruido. Hay tiempos de crisis en los que la orden es retirar los espejos para que nadie se vea reflejado. Sin reflejo no hay miedo y sin miedo deja de ser necesario el ruido. Entre tanto trasiego en las tramoyas se nos ha olvidado qué es impostura, qué memoria.

Son pocos los que reconocen que la crisis actual del periodismo es una crisis de calidad. El problema no es solo la caída de ventas, el problema de fondo es que en bastantes casos no merecemos que nos compren. Me gustó la columna de Andrew Alexander, defensor del lector del The Washington Post. Escribe en su último día en el cargo: “Un asunto dominante [en los mensajes de los lectores] ha sido el declinar de la calidad periodística del Post. Comparto esa visión. He escrito antes que el peor de los días del Post es el mejor de la mayoría de los periódicos. Impreso y online [el diario] conserva una inmensa influencia en el periodismo y en el discurso público”.

No es Internet lo que nos está hundiendo, es nuestra incapacidad de hacer autocrítica, de confiar en nosotros, de apostar por buenas historias que merezcan ser leídas, de ser atrevidos. En tiempos de crisis nadie se arriesga, solo se recortan gastos. El director de un periódico conservador español acaba de despedir a su secretaria con una carta. La razón que le ha dado es que estaba una lista como si esa lista le fuese ajena. El periódico aludido ya despidió a la mitad de su platilla para mejorar la calidad y garantizar la supervivencia. ¿Querrán cobrar por cortar y pegar? El lema subyacente es claro: todos los que cobren más de 700 euros al mes sin derecho a nada ponen el peligro el proyecto empresarial. No es solo cosa de periodistas. El mal es general. Los que tiraban al plato se quedaron sin platos.

Alexander denuncia erratas, fallos gramaticales y “pequeños e intolerables errores que erosionan la credibilidad”. La credibilidad es lo único que nos sostiene y es lo primero que arrojamos por la borda. Sobra peso. Fuera la credibilidad, los grandes reportajes, los veteranos.

Pese a todo, tengo fe. En los lectores que demandan historias, gente que paga a cambio del resultado de mucha paciencia en el rastreo inteligente de lo que es noticia, que rechaza el todo vale, el qué más da. Tengo mucha fe en los jóvenes que empiezan, empujan y no se rinden.

La autocrítica no es lo habitual; la critica, tampoco. El periodismo es una profesión que se basa en el control (crítica) de los demás pero no soportamos que los demás opinen de nosotros. Internet nos acerca a la gente que vomita insultos y a la que propone ideas. Lo sano es escuchar, aprender. Escuchar en un flotador que salva personas y genera noticias, historias que contar. No estoy más pesimista o realista bien informado que otras veces. Solo estoy atónito. Boquitonto. Pasmao.

Nos queda Winston Churchill. Y Supertramp. Y nos queda la verdad. A la verdad no se la puede despedir (de momento).

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