Decidí ser periodista a los 12 años porque me gustaba contar historias. Hubiera podido decir: voy a ser novelista, más ajustado a mis pretensiones infantiles tras descartar las profesiones de bombero, misionero, torero y astronauta. Mi primera incursión en la literatura acabó bastante mal. Debía tener yo siete u ocho años. Acababa de nacer mi primera hermana y la atención mediática -familiar en este caso- se trasladó a la novísima. Una tarde mientras acompañaba a la muchacha encargada de las tareas domésticas le di la gran noticia: mis padres no eran mis padres; los auténticos habían muerto en un accidente de aviación en Venezuela, donde nací hace demasiados años. Estábamos solos: ella de pie, delante de la tabla de planchar; yo, sentado en el suelo junto al cesto de la ropa. Olía a olores perdidos. La chica escuchaba con los ojos húmedos. Animado por el efecto le narré detalles del hospicio de Caracas, los domingos de paseo con mis futuros padres-sustitutos, cómo estos se encariñaron conmigo y pelearon por tenerme, el viaje de regreso a España.
Cuando terminé mi primera novela hablada tenía a la chica en el bote. Entonces me falló la edad. La muchacha le dijo más tarde a mi madre: “Señora, no sabía nada de la trágica historia de Ramón”. Mi madre, sorprendida, le pidió detalles primero y le aclaró después las diferencias entre una mente calenturienta y la realidad. A la noche, mi padre, cansado tras una jornada de trabajo tal vez poco edificante, escuchó lo sucedido de labios de mi madre. No sé que manual de psicología pasó por su mente -ex militar y franquista-, pero me dio una buena tunda por mentir. Me fui caliente a la cama. Se perdió un novelista. Desde entonces prefiero leer las ficciones de los demás. Resulta más cómodo, pagas menos impuestos y no arriesgas la vida.
Lo siento, pero me gusta este tipo. Es parte de un tiempo posterior que sigue dentro de mi. Feliz comienzo de semana.
No creer en los periodistas empieza a ser una epidemia. Los dictadores nos aporrean en las calles y la crisis nos aporrea en las redacciones, becarizándolas. Leo las crónicas de Enric González desde El Cairo en mi periódico y la boca se me hace agua. Un periodista es como Egipto, una suma de capas de cebolla. Cada libro leído, cada película, cada buen jefe, cada viaje, cada reportaje, cada persona que habla… Las capas y la experiencia producen periodistas que saben contar lo que ven y escuchan con bastante precisión dentro de un contexto político e histórico. Las capas de la cebolla son como los médicos, no se improvisan. Necesitan de 25 años para madurar.
Los lectores compran periódicos porque les gusta leer. Ofrecer textos bien escritos, sin demasiadas erratas (ya se sabe, las erratas son las últimas en abandonar el barco) y cargados de información honesta es nuestro trabajo, el motivo de nuestra existencia. Molestar al poder es otro de los motores.
En democracia, el poder, sea político o económico, no entra en los hoteles para sacarte a porrazos ni detienen en la calle ni encarcelan. En democracia el poder asfixia y entra en las redacciones y cambia directores. No sucede en los grandes periódicos nacionales, pero sí en decenas de publicaciones llamadas de provincias, indefensas ante el capricho del cacique del pueblo, sea alcalde corrupto o el amo de la vaca que da de comer a la comarca.
Internet ofrece inmensas posibilidades. Se puede burlar mejor la censura. Cada teléfono en la plaza Tahrir es una unidad móvil, cada microcámara, un testigo. También favorece la multiplicación de la información y mejora la calidad de la libertad. Pero la libertad es cara; defenderla, más. Nadie vive del aire. Este y otros blog son horas de pasión y trabajo sin remuneración alguna. Satisfacciones sin euros. No podría vivir de esta boca del lobo. Un producto digital de la calidad de Fronterad cuesta dinero. Pagamos en el kiosco, pagamos por la televisión de calidad en Digital Plus o HBO, pero no por una web. Espero que alguien dé pronto con la pócima mágica.
Enrique Meneses sostiene que de la abundancia de aspirantes a periodistas surge la calidad. Y añado: y del tiempo de fermentación. Esta es una profesión de capas, de relevos, de una generación a otra, protegiendo siempre el tesoro: decir lo que se quiere donde se quiere y cuando se quiere con la única condición de que sea verdad y podamos demostrarlo.
Las personas que hablan por teléfono móvil sienten una inexplicable necesidad de moverse, de caminar, casi siempre sin sentido, como leones enjaulados. Al caer las noticias -por la tarde, sobre todo-, el pasillo de mi periódico, llamado M-30, se puebla de redactores que conversan con fuentes, familia o amigos, que todo alimenta el intelecto. Los que andamos por él blablabeamos en voz semi alta convencidos de que la movilidad nos hace invisibles, o mudos. Las conversaciones se cruzan y mezclan y a la pregunta de un diputado del PP formulada a través de un Motorola responde otro del PSOE que pasaba por ahí abordo de un Nokia. Parece la escena del ciego en Crónica de una muerte anunciada, quien colocado en medio de una boda responde a los saludos que nadie le hace.
En calle, los habladores de móvil avanzan como autómatas con el codo abierto, protegiéndose de ladrones, o cruzan toreros como El Viti mirando al tendido. La gente que utiliza el móvil en el metro no se pasea pero se les van los pies, como un tic. Los taxistas podrían escribir crónicas magníficas de lo que escuchan. Cuando hablamos por el teléfono sufrimos una transformación, nos sentimos solos, escondidos en una cámara de un refugio antinuclear, seguros de poder bramar contra lo que sea sin que lo que sea nos escuche.
Un amigo me comentó hace un par de días: “Me dejé el móvil en casa y tras unos minutos de pánico me sentí muy bien”. Deberíamos tener un día libre de móvil. Por ley. Ni llamadas, ni mensajes, ni navegación por Internet. La semana pasada estuve en una reunión de seis personas en las que tres no dejaban de mover los dedos sobre su iPhone4. Sugerí seguir la negociación por SMS. Todo llegará.
Ya escribí que me gustaría un vagón de AVE libre de ruidos. Sin ejecutivos Alfa que negocian a gritos. Sospecho que más de uno se llama al contestador automático del fijo.
Tengo móvil Apple y soy dependiente de sus encantos. Cuando no es Twitter, es Facebook, Google o la cámara de vídeo. La BBC, El País, NYT o The Daily Beast. Digo que soy periodista y que se trata de mi instrumento de trabajo. Pero es una soberana sandez, porque mi trabajo verdadero es hablar a la gente, excuchar y mirarle a la cara.
Ningún tonto logra estar 30 años en el poder. Menos aún en una dictadura. Para sobrevivir en un sistema autocrático hay que ser y parecer el más fuerte y duro; sin fisuras. Es el miedo de los demás lo que les protege. Hay dirigentes con carisma, como Gamal Abdel Nasser, que se desbordó más allá de las fronteras de Egipto y creó el panarabismo, un sueño nacionalista y laico para el mundo que surgía de la colonización británica y francesa tras la II Guerra Mundial. Y los hay aburridos -e inmensamente aburridos-, incapaces de suscitar entusiasmo. Hosni Mubarak es uno de ellos. Pero no está solo en un mundo en el que los mejores ya no llegan a la política. La UE, por ejemplo, tiene en su cabeza a dos ejemplos de insustancialidad.
Me cae muy bien Alex de la Iglesia. Le acaban de brear de lo lindo por cruzar de acera. En España no se cruza de acera ni se abandonan las trincheras. En este país donde caes de pie de pie te quedas. No me sé la Ley Sinde pero amigos a los que aprecio mucho están en contra. Creo en la propiedad intelectual, pero detesto a una industria-titanic que tampoco cree en ella, solo cree en los beneficios y porcentajes, y que está jugando a enriquecerse incluso en medio del hundimiento. De iceberg en iceberg hasta la derrota final.
Me gustaría disponer de un portal de cine en alta calidad para bajarme, pagando, las películas que quiero ver. Vivo en el centro de Madrid y tengo una gran oferta de filmes en versión original. No sucede lo mismo en Huelva, Almería o Córdoba. Si no te llega la cultura en condiciones bajártela de Internet es un acto en defensa propia. ¿Se puede ver El discurso del Rey en un idioma diferente al inglés? El doblaje es censura, distorsión, embuste. Darán un Oscar a Colin Firth por su soberbia interpretación, todo voz, y aquí estaremos rumiando los ecos del suplente.
Me cae muy bien Alex pero su Balada triste de trompeta me dejó más dudas que certezas. El final es una copia, en la apoteosis, de El Día de la Bestia. Aun no sé si me gustó. Me lío un poco con la súbita transformación del payaso tonto. He visto También la lluvia de Icíar Bollaín. Me pareció una película incompleta. Juega entre dos posibilidades, la de Colón y la que cree que rueda, pero falta la tercera, que es la de verdad. Tiene cosas; además del siempre bueno Luis Tosar aparece un gran Karra Elejalde: mejor de Colón vestido de civil. Por encima de ambas, Biutiful, con un inmenso Bardem: mea como un muerto, camina como un muerto.