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Películas con sótano

Cuando terminé de ver The King’s Speech (El discurso del Rey) -en inglés, por supuesto; los tres actores nominados se expresan en ese idioma – la pareja sentada detrás comentó: “La música no le pega mucho”. La frase pasó sobre nuestras cabezas como un cuchillo de hielo. Este es uno de esos típicos momentos en los que estaría justificado el exabrupto. No uno explosivo: capullos, por ejemplo, sino algo más sutil: “Veo que saben mucho de cine… Y de música, claro”.

Después de la exhibición interpretativa de Colin Firth, Geoffrey Rush y Helena Bonham Carter nadie con un mínimo de sensibilidad escucha música. Lo que suena dentro se llama conmoción. Es una película -me sucedió con Gran Torino– que te deja pegado al asiento, mudo. Para conmoverse con una película así, que se desliza por los detalles, hay que vivir y verla desde los sentimientos y no desde el miedo a sentir, a desangrarse por dentro.

El discurso del Rey es la historia de una superación, del combate contra el miedo a no estar a la altura, a fallar a su padre, el rey Jorge V, de no poder alcanzar la dignidad que se espera de él. Es la historia de ese manto invisible y pesado que todos llevamos puesto desde la infancia y que a menudo impide la felicidad propia, la elegida, no la impuesta.

La película se basa en un guión soberbio de David Seidler que da alas al memorable duelo de actores. Firth y Rush te dejan abierto en canal, boquitonto.

Un amigo me advirtió hace semanas: “No es una gran película pero merece por la gran interpretación de Firth”. Esto demuestra que nunca hay que fiarse de los amigos. Y de los críticos, menos aún. A mí me pareció una gran película, me colmó, y allí sigue dentro de mí, creciendo 24 horas después.

Quizá sea el momento, la formación o el ánimo pero personas parecidas ven filmes distintos.

El discurso del Rey tiene dos plantas: la planta del salón que visitan todos y el sótano, que es donde están las sorpresas, los regalos, como la construcción de una amistad y el amor de una mujer, la Reina, que ama con la mirada. Me encantó ese sótano, su doble fondo. Sé dónde están porque en mi vida tengo uno que sirve de ancla. Feliz semana.

Dictadores y dictadores muertos

Ser dictador es un trabajo ingrato. Uno se pasa la vida desvelado y en un sinvivir por el bien de su pueblo y un buen día ese mismo pueblo, ignorante y manipulado por las redes sociales y las cadenas de televisión por satélite, te da la puñalada. Un buen dictador se muere en la cama. Sin miedo, sin baltasargarzones revoloteando, sin miles de personas en la calle exigiendo tu dimisión, exilio o cárcel. Stalin lo logró. Franco, casi; esquivó todo menos a su yerno-marqués disfrazado de médico.

Ser dictador es un trabajo muy rentable. Aunque el sueldo bruto no es para presumir entre la jetset, las grandes ganancias están en los extras, en las primas, en los tantos por cientos, en los intangibles. La mayoría de los dictadores no saben de finanzas. Depositan sus excesos en Suiza porque su banca tiene experiencia en borrar trazos y proteger clientes.

Jon Lee Anderson, uno de los últimos grandes reporteros, publicó hace poco en The New Yorker un artículo con tres normas básicas para sobrevivir a revueltas y golpes de Estado: no mostrar debilidad (Ceausescu); cuidar los detalles, que el diablo está en ellos (el abuso de autoridad de Ben Ali contra el vendedor callejero Mohamed Bouazizi), y retirarse de forma discreta (Suharto).

Sigue en Aguas Internacionales.

Lo siento; pero tras 15 horas de trabajo, un eskup-live, organizar un poco y mal y escribir este post me he quedado seco. No salen palabras, solo burbujas.

Buen fin de semana

Huffington, esclavos, piratas e Internet

Me acaba de llamar un comprador automático para hacerme una oferta por este blog. No he entendido la cifra. Sonaba tan metálica que es posible que fuera solo calderilla. No alcanza, desde luego, a la talegada que se va a embolsar Arianna Huffington por vender su The Huffington Post a AOL, una empresa que se dedica a las nuevas tecnologías con salarios de bajura. La diferencia es lo que los listos y los economistas llaman beneficio.

El negocio de la web vendida se basa, según el analista de Los Ángeles Times Tim Rutten, en “una galera con esclavos dirigida por un grupo de piratas”.

Las web que se apropian sin preguntar del trabajo intelectual de otros para crear su producto no se ven a sí mismas como Jack Sparrows sino como agregadores. Arianna empezó como una agregadora neta que con mucho talento ha logrado una pasta haciéndose gratis con el esfuerzo de los demás. No es de las que pagan por un blog; ella solo da prestigio a los que acoge.

No discuto la Red; tampoco el Periodismo que tantos desprecian, en el papel y las puntocom. El periodismo es bueno o no lo es, no importa la herramienta. Vivimos tiempos de enorme confusión en los que reporteros como yo no sabemos si terminaremos escribiendo libros sin venta o twets de bajo coste en Twitter. Por si acaso ya me entreno en lo segundo, es más barato y rápido que la literatura. Y Hacienda no lo cobra.

El éxito de The Huffington Post se basa, a mi entender, en el talento de Arianna que ha sabido apostar, tener las ideas claras y seguras. Da una visión de izquierda donde solo hay derecha, extrema derecha y meapilas. Su triunfo, más allá del agregadurismo, es la valentía: no hay vaivén ni miedo.

Pero cuando pinchas en su web no puedes leer nada propio de Egipto porque ellos no mandan periodistas a los lugares en los que suceden cosas, y más si están tan lejos. Esperan que los ciudadanos les envíen tweets, SMS, fotos o lo que sea. Lo llaman periodismo ciudadano. Cuando voy al médico en una urgencia no me gusta que salga un tipo que ha estudiado fontanería, o Derecho, y que me diga: “Buenas, soy un médico ciudadano de guardia”.

Los ciudadanos que compren periódicos y libros y que apaguen la televisión.

The Huffington Post no tiene a Enric González en la plaza Tahrir. Tampoco a Nicholas Kristof, que trabaja en The New York Times. Ni me tiene a mi, o a este blog; perdón por el exceso de egolatría. Creo en el Gran Periodismo que va a los sitios, que paga bien a sus reporteros y que les exige veracidad, contraste de fuentes y capacidad de contar y contextualizar. ¿De qué me sirven los mensajes de 140 caracteres si no tengo el contexto? Mi trabajo es contextualizar.

Me acaba de llamar de nuevo la máquina preguntadora. Dice que es Teddy Bautista y que me va a meter un puro por copiarme las ideas a mí mismo. Al parecer se trata de un problema con mis dos yos separados por una nube tóxica de contaminación (mierda) que se ha asentado sobre Madrid.

Cansado de este miércoles que se me arrastró entre los pies me he comprado un sueño por Internet. Pedí soñar con un tren que llega a Madrid cargado de olores y sabores de mar. Ya huelo a algas y a abrazos fuertes.

Que me ahogo, coño

Hoy me crucé conmigo mismo y casi no me reconozco de lo sucio que estaba. Iba con una nube negra alrededor de la cabeza. Como los ladrillos del Van Gaal de los guiñoles. Su caminar sonaba como una fabrica antigua. Parecía un fantasma con la sábana sucia. Mi otro yo se detuvo al verme y preguntó: “¿Qué te pasa en la cara? ¡Está llena de grasa!”. En vez de palabras me salió un vaho de hollín y una burbuja que parecía una declaración en un cómic. Solo acerté a escuchar: “Mierda”.

La gente iba y venía tambaleante por la calle peatonal, nunca recuerdo si es Fuencarral o Hortaleza, en dirección a la Gran Vía. Los carteles estaban cubiertos por una niebla densa, londinense, de Jack El Destripador. Los coches estaban aparcados de lado, como en Sarajevo durante la guerra, cuando los volteaban para protegerse de los francotiradores. Aquí nos protegemos de los responsables políticos.

En una tienda de caramelos me dijeron: “Solo nos quedan de regaliz”. Dos fumadores en la puerta de un bar aspiraban basura tóxica ambiental sin necesidad de encenderse un cigarrillo. ¡Qué ahorro!, murmuró el bajito. Pasó la lideresa dentro de su caballo blindado vestida de amarillo saludando a los cadáveres exquisitos que amueblan la ciudad en la que sobrevivo. Parecía un cuadro de Picasso sin firmar de lo fea que iba la pobre.

El alcalde daba pasadas entre la caravana nupcial encaramado a una escoba nuclear. Mientras hacía cabriolas por el aire contaminado y sujetaba con una mano el volante de la bruja-móvil con la otra disparaba con su escopeta de perdigones sobre los viandantes. Se ría como el Joker de Batman.

Los encargados de medir la basura que respiramos manipulaban los aparatos y los cambiaban de sitio para no pasarnos del límite permitido por la UE. Al lado de los falseadores yacían siete muertos con el grito de Munch atrancado en la cara.

Los responsables de esta ciudad han mandado a los suyos soplar desde las ventanas para que amaine el Prestige aéreo y puedan llegar a las elecciones municipales. Ya preparan los carteles electorales a todo color. La Picasso sin firma posa disfrazada de pintora, ya se sabe, de Sara Mago; el alcalde voraz de Pepito Grillo pío pío que yo no he sido. En los carteles publicitarios no hay ideas, solo una ciudad encantada llena de parques, bicis y tranvías. Debe ser extranjera.

Si sobrevivo al anticiclón de grasa que nos aplasta igual les boto; perdón, bato. ¡Coño! Quiero decir: les voto. Lo siento, pero es que llevo el cerebro sin soplar.

¡Ya es miércoles!

Quiero ser rico de verdad

Hay lunes en los que el carro está delante de los bueyes. ¿O son los bueyes los que se retrasan? Los lunes en los que el carro está mal colocado y no arranca los malditos bueyes se ponen a exigir un convenio colectivo y amenazan con una egipciada. Días así son para maldecir entredientes, beber vodka como un cosaco y pensar en Bob Geldof y en la única canción por la que se le conoce. Tiene mérito vivir de una canción. Es como vivir del cuento pero con melodía. Siempre soñé con ser rico, muy rico. Tuve un amigo del PCE -se creía jefe de célula- que nos llevaba en su coche hasta los límites de Puerta de Hierro, uno de los barrios más elegantes de Madrid compuesto de mansiones disimuladas, y nos decía: “Compañeros, aquí acaba la movilidad social”. Y era verdad: allí terminaba.

Tenerlo en cuenta desde los 20 años me ha ahorrado muchos problemas y ambiciones. Miro alrededor y veo amigos que se desgañitan, gente que se codea y pisa por los pasillos del metro o de la oficina para llegar a la nada, solo al cementerio como un prematuro sin arrugas.

Me hubiese gustado ser asquerosamente rico para no tener que trabajar para nadie, viajar adonde me diese la gana, escribir los reportajes más estrambóticos y comprarme después unas páginas de publicidad para publicarlo sin cortar una palabra.

Los no-demasiado-ricos se mueren por ser más ricos y se corrompen. Querer ser más rico conduce a la ambición sin medida, a la melancolía y a menudo a la ruina. Los ricos de verdad, los asquerosamente ricos, no acumulan, solo gastan, disfrutan, vacacionan, compran, no hacen nada de provecho pero lo se pasan pipa. Ser un rico de esos, de los que no han robado a nadie, solo un par de golpes de suerte, es que lo que quiero para mi prejubilación. (Abstenerse los Silvios)

Gastamos todo el tiempo en ganar un dinero que no podemos disfrutar por falta de tiempo y cuando tenemos todo el tiempo del mundo para gastar no tenemos dinero. Algo no encaja en esta organización económica y social.

Días de bueyes: lunes, martes, miércoles… El jueves ya empieza a clarear, a sonreír. Así es la vida: un búsqueda de excusas para ser feliz y optimista, aunque sea lejos de Puerta de Hierro.

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