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Sombras que se pintan

El domingo pinté una sombra sobre la arena y la sombra me pidió que pintara una segunda, alta y con el pelo largo. No es fácil dibujar dos sombras con un sol rodeado de nubes que juegan al escondite.

Hay personas que sostienen que eso no es pintar, sino recortar una sombra, porque las sombras no se pintan. Las palabras definen a quien las pronuncia: esconden, o muestran, la forma de pensar y de sentir. El recortador de sombras copia rayas ayudado del canto de una concha marina. Carece de esperanza; cree que desliza líneas absurdas que el viento o el agua borrarán en unas horas. Los pintores de sombras no necesitan pinceles, lienzos y colores para pintar una sombra. Son personas esperanzadas, que creen en el mañana y pelean por fijarlo, no tanto en la arena, sino duplicado en sí mismos. No recortan porque recortar es ya una forma de limitar, de levantar fronteras. Ellos crean espacios para que la sombra pueda moverse y respirar aire de vivos.

Pintamos dos sombras que al sentirse completas echaron a andar cogidas de la mano y tuvimos que correr para colocarnos delante, en nuestro sitio en el mundo de la lógica de los reflejos, en el ángulo preciso que ordenaba el sol por un instante desnublado. Las sombras rebeldes iban felices, saltarinas, hablando de sus cosas y riéndose sin sentido. Les escuché palabras hermosas: palabras-transparencia, palabras que muestran, palabras-valiente.

Hoy es lunes, y se presentó agrisado. Mi sombra se niega a levantarse de la cama. Dice que le pesa una tristeza fabricada de sombra-mujer y arena.

En los lunes sin sombra me siento en el fondo de un estanque, con los ojos abiertos, no de muerto repentino, sino de vivo que está alerta. Una película de agua verdosa me cubre por completo. Algunos peces juegan entre mis pies mordisqueandome los cansancios. Desde ese fondo observo el transitar autómata de personas apresuradas que no miran, que no callan.

En días así pienso en la arena pintada, en el sonido del mar y en la luz del sur. Tengo ganas de que llegue el verano para construirme una casa de sombra para que las sombras que pinto sean felices, brille o no brille el sol.

Feliz semana.

El sentimiento de las palabras vivas

Riccardo Muti es un genio de la música que se rodea de otros genios para producir el sonido que un gran genio primero tuvo en la cabeza y supo plasmar en el papel. Antes de seguir leyendo esta entrada os recomiendo ver y escuchar el vídeo que encabeza; es una demostración de talento y humor al que solo sobra, a mi entender, la frase final.

Me gusta su explicación sobre la esencia del arte de dirigir: sacar emociones de los músicos, su alma, y hacerla vibrar junto a otras emociones acriciadas por los dedos, los labios o las cuerdas vocales. No soy Muti; no sé dirigir ni tocar ni cantar. En realidad no sé hacer casi nada. Pero sé sentir y sé que en mi trabajo de periodista es esencial aprender a sentir las emociones de los demás para poder escribir sobre ellos. Emociones dentro de un contexto que explica e informa.

No me gustan las palabras muertas por muy hermosas que queden amortajadas. No me gustas las palabras que no respiran, que no se mueven. Un texto es un puñetazo en algún sitio, no una descripción objetiva y científica. No me gustan las novelas silenciosas ni los poemas incapaces de volar.

Cuando escribo en este blog, o mis cosas ahora algo atrancadas, dejo que me gobierne un hilo invisible. A veces me llega melancólico, con la canciones vueltas al revés sin motivo aparente; otras, alegre, o peleón como ayer.

Sentir es lo más prohibido en esta sociedad de importantes.

Cuando escucho música sin sentimiento, sin pasión, no veo ni oígo el mar. Entre ese océano y yo hay un muro de contención, un imposible. Me sucede con muchos libros y con muchísimas crónicas periodísticas. Un texto que tiene vida es un texto que sabe de dónde viene y a dónde va y qué es lo quiere contar. Son los dedos los que aprender a seleccionar palabras y a situarlas en el lugar preciso. Como en un rompecabeza.

Cuando escucho o leo murmullos, frases sin vocales, letanías vagas que se adhieren al paladar, me entra un sueño vertical que me tumba y allí mediomuerto de sopor aguardo la llegada del salvamento celeste. A veces es un sustantivo que despierta, una imagen que regresa de algún viaje demasiado largo o el ladrido del perro de abajo: guau. No importa lo que suene, lo importante es que lo oigas. Si lo oyes es una buena señal: estás vivo y todo lo anterior fue una pesadilla. O un post, que todo puede ser.

Feliz fin de semana.

Poeta Dignidad Hernández

La legalidad la determinan las modas, los golpes de Estado y las guerras. Hay legalidades pasajeras que duran 40 años y causan mucha muerte y mucho dolor. Esperaba que la democracia, una legalidad legitimada por las urnas, fuese capaz de corregir los excesos y repartir perdones y lo sientos.

Estoy a favor de la memoria histórica. Solo desde ella y desde el reconocimiento mutuo es posible la reconciliación. Negar esa memoria es una forma de delito permanente, como los desaparecidos en Latinoamérica.

Estoy a favor de que se aplique a todos los partidos -y a sus cabecillas, también- el tratamiento que la ley de partidos otorga a Herri Batasuna. Estos deben condenar la violencia etarra, aunque sea un derecho fundamental callar o hablar porque el delito no es la opinión o su ausencia, el deito es el asesinato y el vitoreo de los que matan. También deberían condenar la violencia franquista los partidos de la derecha y sus preclaros dirigentes, incluido el ayatolá Menor Oreja.

No quiero que se juzgue a nadie por lo ocurrido hace tantos años. Solo quiero que los familiares que lo deseen puedan sacar los restos de los suyos de las fosas comunes y de las cunetas y darles sepultura individual con sus nombres y apellidos. También creo en la reparación moral de los que fueron juzgados, condenados a cárcel o a la pena capital y ejecutados en un simulacro de justicia.

El Tribunal Supremo ha perdido una oportunidad con Miguel Hernández. No la perdió el poeta sino los jueces que dejaron escapar la extraordinaria ocasión de hacerse dignos, ejemplares, respetables. Lo siento por ellos, por mi, por todos. La familia de Hernández presentó papeles, argumentó esto y aquello, pero enfrente no había sensibilidad jurídica sino un muro grueso de letra pequeña.

Seamos egipcios, tunecinos o españoles, que ya es una forma de arabidad negada, y quedemos un día cualquiera delante del Supremo para leerle y cantarle algunos poemas. Podríamos denominarlo Día del Poeta Dignidad. Yo me apunto.

Libros que reman contigo

Hay libros mágicos, libros-palabra, libros-voz que colman los silencios. Libros que si no espantan la melancolía, al menos le dan calma con voces prestadas. Hay  libros-bastón, libros-ventana, libros-hoja-de-luz, libros-para-respirar-fuerte. Tengo uno que viaja conmigo, Las ciudades invisibles de Italo Calvino; es un libro protector hecho de desiertos, un libro que devora miedos y lejanías.

Ahora tengo otro, Luz de la Memoria, construido de restos de naufragios. En él habitan frases que vuelan, frases que brotan de los labios de personas con la memoria gastada, a las que la  enfermedad de Alzheimer ha despojado de parte de su vida. Sin los artificios del lenguaje, sin lo superfluo, les queda la frase desnuda, directa, poéticamente rotunda: “En una ventana puedes poner un amigo”; “las sillas siempre están cansadas”; “veo muchas puertas pero no encuentro la salida”, “la risa es una canción sin letra”; “un beso da oscuridad porque cierra los ojos”; “mi hija siempre quiere tener razón y la razón se a di yo”…

Es un libro para mascar escarcha. Contiene la tristeza de lo irremediable y la alegría de lo que sobrevive a pesar de las tormentas.

Escribe el prologuista Juan Cobos Wilkims: “En esta travesía no es el viajero el que olvida el equipaje en la estación, es la maleta la que parte y abandona a su dueño en el andén. Lleva dentro (…) los recuerdos de toda una vida”.

Me imagino esa maleta sin dueño cargada de tesoros en un vagón de primera clase y veo a un hombre viejo y encorvado que en la estación de destino se encarga de recoger las memorias ajenas y de colocarlas en los estantes de un almacen enorme bajo un cartel: sueños perdidos.

Pepa Medero Rubio y Carmen Vides Bernabé han completado dos trabajos extraordinarios: cuidar de los enfermos y recoger sus pensamientos en este libro que edita la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimner de Huelva.

Siempre imaginé así la memoria: apagándose recuerdo a recuerdo, rostro a rostro, nombre a nombre dentro de un laberinto de sombras en el que se pierden las palabras. Sé que hay cientos de miles de personas que padecen Alzheimer  y otras cientos de miles que lo padecen cuidando de otros, con paciencia y cariño. Pienso en ellos.

“Los sueños son la vida con los ojos cerrados”. Como esta canción que abre los míos: Londres, lluvia, 1981, cuando reorganizaba mi vida y aprendía la norma básica para ser feliz: empeñarse en ser feliz.

Pa negre y los efectos de la Sinde

No me cae bien Sinde, tan estirada. Tampoco me gusta su ley ni sus declaraciones pospartido. Quizá sea un problema de venta del producto, pero el producto no me emociona y eso que más o menos vivo de los derechos de autor y de la propiedad intelectual de un trabajo que debe ser remunerado. Una parte importante del cine español es como Sinde, no llega, no conmueve. Nuestro cine carece de estilo propio, de sello. El francés es lento, pesado, se habla demasiado, pero se sabe que es francés desde el primer plano. México tiene suerte con Luis Buñuel y nosotros, mala, porque lo percibimos como extranjero. Mientras que aquí rodaba Paco Martínez Soria en EEUU lo hacía John Ford. Tenemos excusa: padecimos 40 años de lobotomía cultural.

Hay actores a los que de repente les cae un papel del cielo y donde antes había un tipo más o menos gracioso surge un portento de interpretación, como la de Andrés Pajares en Ay Carmela. No hacemos cine de guionistas pese a maestros como Rafael Azcona. El guionista parece un becario de una industria de andar por casa. Pese a la deficiencias estructurales surgen grandes como Luis Berlanga. O Almodovar, quien no me apasiona, pero que tiene películas maestras. Me gusta Isabel Coixet casi siempre. Y me encanta Guillermo del Toro, aunque sea compartido.

La gala de los Goya fue un desastre: larga, sin ritmo, mal copiada (¿no deberían denunciarnos los Oscar por descarga ilegal?), muy de estar en pantuflas. Hasta TVE censuró al espontáneo. ¿Tics de qué época? Era una noticia. Nuestro periodismo tiende más a esconder que a mostrar.

Los Barden, Tosar, Elejalde, Javier Cámara, Blanca Portillo, Carmen Maura y tantos otros son superactores castigados en un cine chico, de barrio.

Escribí esta mañana en Twitter: “El cine español está tan mal que gana una película catalana apenas vista. Algo falla cuando cuesta distribuir lo que es bueno”. Algunos no me entendieron. Es lo malo de escribir desde la ironía, te leen del revés, desde unos prejuicios que no son tuyos.

Me encanta que Pa Negre se filme en catalán. Si se trata de una película ambientada en una zona rural catalanoparlante durante la posguerra, ¿en qué idioma van a hablar? ¿En sueco? El idioma es el primer caído del negocio. Detesto el doblaje, lo siento como una amputación, una rémora franquista. Quiero ver Pa Negre en catalán y con subtítulos en castellano, que es como se ve el cine, con el actor completo: voz y gesto.

La mejor película del año en España ha sido una película escondida. Se repuso tras conocer el número de nominaciones.

Cine de calidad mal distribuido. A los que amamos el cine se nos deja sin el derecho a ver y decidir qué es bueno y qué es malo. Sinde y su ley dirán misa, y misa en mi nombre, si quieren, pero Internet y las descargas representan la única herramienta para defenderse de los distribuidores y productores que no hacen cine, solo quieren hacer dinero.

Tenemos un cine subvencionado. Pa Negre tiene un 82% de financiación pública. Un proyecto de investigación no pasa del 50%. ¿No falla algo esencial? Cuando una película está tan subvencionada ¿se vota por su calidad o para que la Administración recupere el dinero?

Quiero pagar para que Alex de la Iglesia ruede y para que Tosar y compañía sigan interpretando grandes papeles. Como quiero que vosotros paguéis para que nosotros podamos hacer periodismo sea cual sea su soporte. Pero algo habrá que inventar, porque este tinglado no da mucho más de sí.

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