Arranca un lunes lunero cargado de lunes, martes, miércoles… Debería Rubalcaba suprimir los jueves, siempre en el medio, siempre mareando la perdiz. O los viernes, que es cuando las empresas de revólver rápido despiden a empleados e incautos. O los sábados y domingos, que es la tendencia, para que todos se deslomen a precio de fábrica del XIX. Cada paso atrás, cada pérdida de derechos, lo llaman modenización de la unidad productiva o equiparación a nuestro entorno. Nunca se equiparan las pensiones, los sueldos o la sociedad civil. Tengo ganas de modernizar a los especuladores y a los inmorales. Todo llegará con la arena del desierto.
Es la noche de los Oscar. No sé quien será el ganador al mejor actor, pero hoy he visto una obra de arte: la interpretación de Jeff Bridges. ¡Qué western! ¡Que mirada con un solo ojo! Un ojo que habla, que siente.
Es viernes. Madrugar tanto y tantas veces seguidas me convierte en un hombre que arrastra horas dormidas; horas que cuando llega el viernes debo reanimar pacientemente, una a una, para que respiren vida con los ojos abiertos. A veces, cuando hablo por teléfono, el cansancio ajeno entra por mis oídos duplicándose sin vocales en un sueño paralelo repleto de piedras de otro camino.
Piedras, horas…
La distancia agranda o empequeñece los fantasmas, las pesadillas y las risas. La distancia es una frontera que se cruza. Es viernes. La hoja de luz del salón está muda, apagada, quizá duerme las horas que a mi me faltan triplicado en dos blogs y en un proyecto de novela. Soplo hacia la hoja de luz para mecerla y la distancia que nos separa no me devuelve nada, ni un suspiro de no me muevas.
Ahora soy un desierto. Cuando subo a la duna más alta y siento el frío de la noche veo en la distancia otros desiertos. Escucho sus gritos. Son los que se han levantado, unos en armas, otros en palabras, todos en sangre, gota a gota, río a río. Desde mi duna desértica pienso en mi memoria las imágenes del día vistas en Al Yazeera. Corre por ellas un mundo reducido a imágenes de vídeo borrosas tomadas desde un teléfono móvil.
Es viernes y estoy cansado. Busco músicas dentro de mi cerebro pero en lugar de notas me llegan horas dormidas, las mías y las del teléfono estirándose los minutos y los segundos. Tengo sueño, un sueño piedras y arenas movedizas.
Cumple Ramiro Villapadierna 20 años sentado en una atalaya en Europa, sea en Praga, Sarajevo, Belgrado o Berlín, siempre oteando noticias, escribiendo con inteligencia en ABC. Me alegro mucho de que siga allí, de vigía, por si vienen los hunos o los otros. En los tiempos que corren no son los hunos ni los tártaros el peligro verdadero; la guerra ya no está en la frontera sino en la retaguardia donde los que parecían amigos y aliados vacían los almacenes y los beneficios sociales y lo llaman modernización de existencias.
Ramiro resiste los vaivenes y los eres, quizá sea la distancia o lo mal que está el correo, pero resiste.
No andan bien las cosas en esta profesión de preguntones que dejaron de preguntar y de preguntarse cuando periodistas como Cecila Ballesteros salen al mercado en contra de su voluntad y méritos y allí permanecen meses sin estar entre las prioridades de altas de los medios de comunicación. He conocido pocas editoras como ella: rápida, talentosa, cazaerratas y cazagazapos de primera y con excelentes ideas. Quizá sea eso, Cecilia, no son ideas lo que compran los nuevos bárbaros, prefieren los desiertos mudos. Pero cuidado con los desiertos que parecen muertos, callados por generaciones de muerte, porque un día resucitan y devoran. Me gusta el grito: Bengasi. Me suena a revolución global.
Tengo un amigo que no conmemora el 23-F, prefiere celebrar el 24, el día en que fracasó el golpe de Estado. Hace 30 años yo tenía 30 años menos y me sentía feliz, con toda una vida por delante. Ahora que la tengo más bien por detrás sigo pensando que tengo otra vida que vivir. Vivir vidas es bastante divertido. Educa, da poso y mejora la conversación. Es lo que llaman fondo de armario vital.
A partir de una edad, o de dos, la persona camina cargada de contextos, de referencias que le permite ubicarse, sabe en qué planeta vive y qué es lo que defiende. Defender ideas es esencial en cualquier vida. Yo no cambio de ideas para evitar que me bajen del tiovivo. Pienso a grandes trazos lo que pensaba el 24-F de 1981. Son los demás lo que se han mudado con sus siglas y sus boatos de nuevo rico. El lujo prestado ablanda valores y endurece molleras. Mi lujo es no deber dinero. Solo debo cariño y todas las gracias que olvidé dar o que dí en voz demasiado baja. No celebro ni conmemoro golpes; yo solo celebro, y mucho, sus derrotas.
Han pasado 30 años y cuando estudio la foto de los periodistas sentados en el suelo no reconozco a casi nadie. A ellos les sucede lo mismo, tampoco se reconocen.
Tengo El País de Viva la Constitución. Salí a buscarlo a la calle. Es un incunable. No es el papel, la tinta o el titular lo que me gusta; lo que me conmueve es lo que El País y sus periodistas defendieron aquella noche. Me gustan los periódicos que saben lo que defienden, lo que son, por lo que pelean, por lo que creen, que dan noticias y cuentan buenas historias. Ya no quedan héroes, ni Álamos, ahora solo abundan los economistas tijera en la mano. No lo digo por el periodismo, que también, sino por la política.
El 24-F, el día del fracaso, es también un día para la memoria histórica, para recordar y rescatar. Recordar no es un informativo repleto de imágenes en blanco y negro y palabras en sepia. Recordar bien es recordar quiénes somos y qué defendemos. Y no olvidarlo jamás.
El AVE se mueve tan rápido que las ideas no me siguen, se quedan atrasadas. Cuando pienso una esta se hace vieja antes de alcanzar mi paladar y cuando voy a pronunciarla es una idea de la tercera edad. Vivimos tiempos revueltos en los que las ideas y las noticias envejecen demasiado rápido. Alguien anuncia una manifestación contra Gadafi el 17 de febrero y a la semana siguente hay una guerra civil.
Sostiene mi amigo Bru Rovira, con quien acabo de compartir mesa de charla en Lleida, que el periodismo actual es tan veloz y produce tanta información que nadie se preocupa en tomar distancia de lo que sucede, de pensar y dar contexto. Bru cree que Internet, Twitter, Facebook y demás agentes diabólicos van a crear una sociedad de drogodependientes de la información instantánea, y que esa dependencia generará estrés y desequilibrios. Es una suerte para los psicoanalistas. Yo, por si acaso, me entreno y estudio para gurú.
Creo que las enfermedades de la mente están en las personas no en sus obsesiones, pero es cierto que con tanta velocidad de acción perdemos la profundidad de la reflexión. Yo reflexiono (aunque tengo días) y eso es bueno para los blogs y para los libros. Me cuesta escribir libros porque no encuentro tiempo, no tanto para pensar sino para desarrollar lo que pienso. Es un problema de organización, y de pereza. Cuesta sangre arrancar palabras y situarlas en un espacio en blanco. Cuesta enfrentarse a uno mismo en medio de tanta tormenta. Pero la tormenta da de comer.
Leo a Kristof que twitea, escribe columnas y toca las pelotas a los dictadores que es una excelente ocupación para un periodista que viaja entre revoluciones. No creo que el columnista del diario The New York Times sea un jovenzuelo adicto a los iPhones ni un carcamal que aun cree en el papel. Es solo un periodista muy bueno que se aprovecha de las herramientas a su alcance. Siempre ha sido así. También con el telégrafo..
Bru Rovira es un gran periodista que tuvo que dejar La Vanguardia, cosas de la crisis de la inteligencia que nos azota, y si fuera estadounidense ya estaría fichado por la competencia para hacer lo que sabe: contar buenas historias. Las historias, los grandes reportajes, no caben en 140 caracteres, pero un buen twit sirve para situar al periodista con ganas y oficio sobre una pista.
Nos ofuscamos con los nombres cuando todo es mucho más sencillo. Este es un trabajo de rebeldes, no de obedientes, para eso están los marines y el clero, este trabajo consiste en discrepar, en pelear, en ir a los sitios y contar lo que sucede de una manera honesta, equilibrada y útil. Nuestro trabajo es dar contexto a la velocidad, ser rápidos y buenos, y eso requiere talento, paciencia, humildad y experiencia, y un contrato de más de 700 euros.
Vi a un hombre viejo sentado en la calle. Le reconocí por el pelo ralo y el rictus tenso de sus labios. Le llamábamos capitán-mala-leche. Nos cruzábamos con él todos los días al salir del colegio por a tarde. Era el policía encargado del tráfico. Tenía unos brazos largos y fuertes que movía como las aspas de un molino.
Recuerdo que le alabamos tanto y tantas veces su trabajo de pensador del orden en el que deben cruzar la calle los automóviles que se le subió a la cabeza el peso de la importancia. Nuestro guardia dejó la calle porque se le había quedado pequeña, inservible, y se inscribió en la policía antidisturbios. Decía que el exceso de paciencia le había dejado tarado, con ganas de repartir mandobles a diestro y siniestro. Tenía carácter y modos de mamporrero.
Después dejó aquel cuerpo asqueado de la blandenguería de sus compañeros. “Falta disciplina y mano dura”, decía en sus arengas ante sus inferiores, su público cautivo favorito. Pasados los años despareció del barrio. Supe que se había convertido en farero. Quería estar solo y oler el mar. Fue feliz asomado al fin del mundo; allí se creía el único foco del universo. Los demás faros de la costa se fueron automatizando con los años. Todos menos el suyo, que sufrió una regresión rebelde hasta las lámparas de gas. “Son las únicas que evitan los naufragios”, decía.
El guardia que se hizo farero renegaba del progreso. Nada de radio, menos televisión. Dicen que desde que se hizo importante de sí mismo jamás escuchó una canción ni leyó un libro. “Solo incunables”, exclamaba. Incluso rechazó el bidé, por afrancesado, y las toallitas húmedas “porque las carga el diablo”. Los barcos prefirieron dar un rodeo detrás de las islas del oeste antes de correr riesgos en la costa del policía-farero. Así siguió, agrietándosele el carácter, enemistado contra todo avance, individual y colectivo, convencido de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Todo menos el suyo.
Me acerqué al hombre viejo que olía a mar y lámpara de gas. Le pregunté por el policía de tráfico que partió del barrio hace 30 años. El hombre me revisó la ropa y el rostro con infinito desprecio, mascó un caramelo que tenía en a boca, escupió sus pedazos al suelo y dijo: “El policía murió atropellado por la modernidad”. Me atreví a seguir: “¿Y el farero?”. “El farero es una ballena varada”, replicó. El viejo se incorporó con dificultad y de pié me miró agachado en el suelo: “¿Es usted un encuestador con demasiadas preguntas estúpidas?”. “Lo soy”, respondí. “Pues que sepa usted, jovenzuelo, que no le pienso votar ni ahora ni después”.
Y se marchó calle abajo moviendo los brazos como un guardia de la porra y girándolos después en redondo como un faro. Una mujer que estaba al lado, musitó: “Pobre loco, yo también le conocí”. Miré a la mujer. “¿Se cura esa locura?”. Ella movió la cabeza: “La locura de la importancia solo empeora. Es ley de locura”.