Feed
Posts
Comentarios

Un cuadro que huele a pólvora y sal

Cuando necesito sentir campo, oler verde y corteza, cuando necesito respirar me escapo al Jardín Botánico de Madrid. Paseo entre plantas y árboles de nombres incomprensibles esperando que alguno me hable. Me gustan los árboles que hablan, que piden un abrazo o una caricia. Coloco mi mano en sus rugosidades y percibo otras manos, manos que laten, que hablan a su manera como si fueran un árbol duplicado.

El Botánico no nació para exhibirse sino para ser escuela de olores y manos, de sentidos. La ultima que lo paseé era 10 de julio de 2010, el día en el que desaparecieron los cuadros del Museo Reina Sofía. Los visitantes, ignorantes del milagro, se maravilleaban ante paredes vacías, que ni letreros quedaban. Sala tras sala, el vacío, la evacuación. Parecía un juego del escondite. El único que no se movió fue el Guernica. Se sabe símbolo y los símbolos no corren ni huyen, solo se muestran con la cabeza muy alta.

Me gusta sentir el Guernica; respirarlo como si fuera un árbol pero no huele a verde ni a corteza, huele a pólvora y sal, sal de lágrima. Es una imagen que se cose los desgarros, hecha de puntos y rayas que construyen manos. Es un cuadro mudo lleno de ruido: a muerte, a madre, a toro, a dolores suspendidos. Es un cuadro silencioso que grita dentro de quien sabe mirarle.

Mirar un cuadro es palpitar con el, ser pincel, percibir el más suave de los deslizamientos.

Un cuadro inteligente escoge quien deben observarlo desde las entrañas. Los rechazados se colocan a los lados del elegido, molestos, envidiosos. La vida está llena de envidiosos sin talento ni espejo. Los envidiosos del elegido merodean los colores, los volúmenes, los vacíos, pero el cuadro se devuelve apagado, dormido porque cada emoción está reservada.

Me gusta mirar junto a quien me enseña a mirar. Me gusta mirar a través de un elegido. Desde él o de ella veo Guernicas agazapados en cada Guernica, en cada Botánico, en cada guerra. Los aromas del cuadro me acompañan para sentir campo, para tocar árboles y percibir vidas.

Algunos exigen llevarlo a Guernica; es una batalla antigua. Los cuadros de paz no puede ser parte de ninguna guerra, se mancharían de nimiedad. Un nombre no es un título de propiedad. Un nombre es solo un nombre. El Guernica es más que un nombre, es símbolo, un cuadro contra todas las guerras. Es un cuadro republicano pintado para la República, para sus valores, para los nuestros. Es universal, sin fronteras, es mundo. Hoy se llama también Abdiján, Deraa, Hama, Manamá, Sanaa, Gaza.

Un cuadro de todos expuesto en una ciudad de todos, sufriente de otra manera, bombardeada y sitiada, dolida, víctima por cada víctima para que nadie olvide.

Límite de velocidad excepto urgencias

Los límites de velocidad son para lo cotidiano, para el ahorro de energía, para no tener que gastarnos el recorte social en adelantamientos tontos. Los Gobiernos, esa élite a parte de los mortales comunes, son los encargados -en su clarividencia- de tomar las decisiones que más nos convienes. Si hay que desmontar el Estado Social para que ningún inversor extranjero se quede sin sus beneficios, pues se desmonta.

Sobre todo en Portugal. No tengo ni idea de si Sócrates es bueno o malo, pero sí sé que heredó el desastre de Durao Barroso quien trasladó su ineptitud manifiesta a la Comisión Europea, con gran éxito de crítica, que no de público porque al publico no se le engaña tantas veces seguidas. Hay más dinero que nunca y está en menos más que nunca. Raúl Barbolla me manda sus vieñetas. Esta magistral la utilicé en el blog del periódico, pero no me resisto a repetir aquí. No sé cuánto nos cuesta cada día de ejercer de Primo de Zumosol sobre el Mediterráneo. Sería interesante saberlo. Mañana otro post. Buen día.

Unos ojos llamados Liz

Cuando coloco las palabras que pienso sobre la mesa del café y trato de meterlas en del ordenador, las palabras se mezclan alborotadas formando frases ingobernables. Muchas son fugaces que se encienden y apagan como las estrellas de agosto. Recuerdo dos: “Liz no se va, regresa”; y otra menos filosófica: “Qué ojos tenía”. No sé si era tan guapa, como parece que era, pues a la belleza hay que olerla y abrazarla para medirla. Nunca me crucé con ella más allá de algún saludo furtivo en la gran pantalla o en la televisión.

La recuerdo en blanco y negro. La mujer en color no actuaba, solo asistía a galas, siempre de blanco y acompañada de Michael Jackson o de Elton John. Debió ser una mujer compleja, difícil, actriz permanente, dentro y fuera de sus papeles de ser otra. Lo debió de ser por sus amores límite, amores-abismo como el de Burton. En la expresión de su rostro solo había espacio para la timidez, la dulzura y la inocencia. Era su disfraz, su muralla. Detrás de la máscara de Mujercitas se escondía una mujer-volcán. Me encantan las mujeres complejas, las que te dan vuelta como te descuides. Por eso me gustan Marilyn Monroe y Mónica Vitti. No es que las prefiera las rubias es que me gustan ellas.

La hoja de luz de mi casa baila y despide reflejos morados, malva. Parece un faro que advierte de un peligro celeste, un recuedo que me sobrevuela. Es tarde, es mañana. Los dedos se han cansado de cazar palabras danzarinas sobre la mesa del café. No quiero escribir sobre Liz Taylor, ni de cine, ni de nada, no quiero ni sé ni puedo con estas palabras que me han tocado en el Gran Sorteo de la Inspiración. Rastreo música para terminar. Que cada uno encuentre un trozo de su vida en ella, una razón para sentir y no olvidar. Somos memorias que crecen de tanta memoria arrastrada.

Vendedores de palabras en la Puerta del Sol

La Puerta del Sol de Madrid parece un universo averiado: un trozo de asfalto, granito, baldosas y coches oficiales aparcados donde no deben aparcar según sus normas de doble moral. En esa plaza que es puerta confluyen todos  frikis de la ciudad y alrededores, incluida Esperanza Aguirre. No importa a qué hora pase uno, allí están, los frikis, dándose el relevo unos a otros, de tribu urbana a tribu urbana, sea de día o de noche, pintarrajeando el paisaje de extrañezas. Enric González, el mejor periodista de mi periódico, sostiene en su libro Historias de Nueva York que Manhattan es la capital mundial de los raros. Debe de ser cierto porque allí me siento como en casa.

La Puerta del Sol no rivaliza con Time Square. Se trata solo un centro de control de nivel avanzado en suelo europeo. Los frikis que dan la talla aquí los mandan para allá. Los torpones se quedan en España o se trasladan a Italia, donde muchos hacen carrera por lo civil y por lo religioso. Un poco más abajo de Sol, en la carrera de San Jerónimo, trabajan unos cuantos frikis que creen que gobiernan España cuando a España la gobiernan los frikis listos de Wall Street.

No quiero extenderme en las variedades de frikis ni en sus uniformes ni peinados; tampoco en sus decires, que son de estudio, que todo ello da para unos cuantos post madrileños.

Solo escribiré, de momento, de los compradores de oro que se sitúan en las bocas del metro armados con unos chalecos amarillo-repelente. Estos frikis gritan: “Compro oro, compro oro, pago el mejor precio”. No solo me preocupa lo del “mejor precio”, casi tanto como el cartel de la M-40 que reza un imposible “todas las direcciones”, me preocupa que estén convencidos de que los viajeros del metro llevamos encima oro y una necesidad enfermiza de venderlo al primer postor.

Los buscadores de oro urbanos se sitúan en lo alto de la escalera, como una muralla humana. Allí, engrandecidos por la perspectiva, intimidan, molestan, vociferan. Gritan por gritar, porque lo demanda ell guión de los escandalosos, porque gritan como toreaba El Viti: mirando al tendido.

No sé para qué sirven estos vendedores distraídos. No vi nadie jamás a nadie venderles algo ni a ellos acompañar a un cliente a la casa donde compran el oro. Es posible que no sean vendedores sino extras de cine que están en la Puerta por ocurrencia del alcalde o de la friki Esperanza, para dar colorido, para que equilibren sonidos con el ciego del cuponazo y los Mariachis que le han tomado gusto a la salida de Mayor.

Un día tengo que probar. Preguntarles por su trabajo, saber de dónde vienen y si el suyo es una ocupación rentable, que tal y como está la crisis del periodismo me veo en unos años, o menos, con un peto naranja, para diferenciar, gritando: “Vendo palabras, vendo palabras, acepto cualquier precio”.

Plan de choque aunque me devore Silvio

El otro día me crucé en el espejo y me saludé creyendo que era otro. La memoria de mi mismo era generosa: me había embalsamado en 85 kilos, casi sin arrugas, pelo gris, nada de flotadores laterales ni curvas de la felicidad. Liso, pero sin exagerar. Nunca rivalicé con las tabletas de Cristiano Ronaldo. Y menos aún con las de Aznar, quien dedicó tanto talento a sus abdominales que olvidó  compartirlo con España.

No soy deportista. Jugué al balonmano de forma aceptable. Practiqué atletismo hasta que decepcioné en una salida de 110 valla en Vallehermoso. Nada más abrir los ojos, tras el impulso inicial, vi delante a un pelotón de insolidarios que me sacaba una considerable ventaja. Desconcertado no superé una sola valla. A la tercera me retiré simulando lesión en el ánimo. También futbuleé en los recreos del colegio como delantero estrella, es decir, delantero-centro-charla, el que departe sin moverse con el portero contrario hasta que le cae la pelota cerca y chuta. La mayoría de mis goles nacieron de la palabra, de mi capacidad de distraer al guardameta. Creo que hubiese sido un buen novelista. Sabía captar la atención del contrario desde el primer minuto.

El tipo que estaba dentro de mi espejo era un desafío, un insulto, nada que ver con mi redondez estomacal, llamada cervecera. Nace del estrés de dejar de fumar sin etapas ni autoengaños. La protuberancia es la reacción psicológica a la escasez brusca de nicotina. Los psicólogos lo llaman ansiedad; yo, mala leche.

Sea quien sea el tipo acristalado no me gustó nada más verlo. Tras unos ajustes mínimos, y horas de paciencia, acepté que era mi doble, o mi doble era yo respecto a él, no recuerdo bien. El caso es que me he puesto a adelgazar muerto de envidia. Objetivo: presentabilidad en cuatro semanas. Método: proteínas y más proteínas. Acabo de cenar un montón de guarradas y tengo hambre. Bebo té con sacarina pero la Nespresso me coquetea desde la cocina con voces de sirena. George Clooney, irritado por mi cambio de bando, me ha borrado de su lista de amigos de facebook.  Siempre supe que adelgazar era difícil, todo un reto; pero nunca tanto.

Me duele la tripa por dentro. Es como si un alien voraz y desalmado me estuviera devorando el estómago centímetro a centímetro. Escucho su masticar. El engorda, yo me escuchimizo. Mi tripa se parece a Italia con un Berlusconi insaciable dentro. No tengo miedo a quedarme vacío, oscuro, intrascendente. Lo que tengo miedo es a agacharme y que después me quieran falsificar la edad.

« Newer Posts - Older Posts »