Un cuadro que huele a pólvora y sal
Saturday, 26 de March de 2011 por Ramón
Cuando necesito sentir campo, oler verde y corteza, cuando necesito respirar me escapo al Jardín Botánico de Madrid. Paseo entre plantas y árboles de nombres incomprensibles esperando que alguno me hable. Me gustan los árboles que hablan, que piden un abrazo o una caricia. Coloco mi mano en sus rugosidades y percibo otras manos, manos que laten, que hablan a su manera como si fueran un árbol duplicado.
El Botánico no nació para exhibirse sino para ser escuela de olores y manos, de sentidos. La ultima que lo paseé era 10 de julio de 2010, el día en el que desaparecieron los cuadros del Museo Reina Sofía. Los visitantes, ignorantes del milagro, se maravilleaban ante paredes vacías, que ni letreros quedaban. Sala tras sala, el vacío, la evacuación. Parecía un juego del escondite. El único que no se movió fue el Guernica. Se sabe símbolo y los símbolos no corren ni huyen, solo se muestran con la cabeza muy alta.
Me gusta sentir el Guernica; respirarlo como si fuera un árbol pero no huele a verde ni a corteza, huele a pólvora y sal, sal de lágrima. Es una imagen que se cose los desgarros, hecha de puntos y rayas que construyen manos. Es un cuadro mudo lleno de ruido: a muerte, a madre, a toro, a dolores suspendidos. Es un cuadro silencioso que grita dentro de quien sabe mirarle.
Mirar un cuadro es palpitar con el, ser pincel, percibir el más suave de los deslizamientos.
Un cuadro inteligente escoge quien deben observarlo desde las entrañas. Los rechazados se colocan a los lados del elegido, molestos, envidiosos. La vida está llena de envidiosos sin talento ni espejo. Los envidiosos del elegido merodean los colores, los volúmenes, los vacíos, pero el cuadro se devuelve apagado, dormido porque cada emoción está reservada.
Me gusta mirar junto a quien me enseña a mirar. Me gusta mirar a través de un elegido. Desde él o de ella veo Guernicas agazapados en cada Guernica, en cada Botánico, en cada guerra. Los aromas del cuadro me acompañan para sentir campo, para tocar árboles y percibir vidas.
Algunos exigen llevarlo a Guernica; es una batalla antigua. Los cuadros de paz no puede ser parte de ninguna guerra, se mancharían de nimiedad. Un nombre no es un título de propiedad. Un nombre es solo un nombre. El Guernica es más que un nombre, es símbolo, un cuadro contra todas las guerras. Es un cuadro republicano pintado para la República, para sus valores, para los nuestros. Es universal, sin fronteras, es mundo. Hoy se llama también Abdiján, Deraa, Hama, Manamá, Sanaa, Gaza.
Un cuadro de todos expuesto en una ciudad de todos, sufriente de otra manera, bombardeada y sitiada, dolida, víctima por cada víctima para que nadie olvide.
