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Hay viernes que llegan a piezas

El viernes me llegó desmontado, a piezas. Es un problema grave porque en lugar de manos tengo dos torpes impaciencias. No me gusta sentirme inútil, vulnerable, fracasado. Escribo porque al escribir no pienso, vuelo, siento, los dedos deciden y deciden bien. Escribir en noches como esta parece un rescate; me rescato a mí mismo, letra a letra, coma a coma, hasta completarme.

Me aparezco duplicado en la pantalla del ordenador convertida en un espejo mágico. Le pregunto: ¿quién es la persona más delgada de la casa? Y me responde: tu. Es un juego; ambos obviamos lo obvio: que vivo solo. Nunca me interesó ser el mejor, el primero, el más guapo; nunca competí contra nadie, solo compito contra las historias que se resisten. Compito contra las palabras que me vienen al revés y contra los días que me aterrizan a piezas y sin numerar.

Y a veces compito por amor.

He colocado el viernes en el suelo junto a la puerta de la calle, para que no se me olvide llevarlo al trabajo, que los días sin nombre se ponen rebeldes, tontos.

Me cae un sueño espeso, como dos telones que descienden en cada párpado. Una niebla verdosa me envuelve. Es una niebla fría, de las que esconden fantasmas. Mis manos luchan en el teclado para rescatar letras que brotan lejos, de otras vidas, que  forman imágenes, sentires. No creo en las palabras frías, en las alteradas y en las dopadas con diccionarios, creo en las palabras libres que se posan donde quieren. Escribir sin rumbo es volar por volar, como un albatros. En las noches así, de víspera, de nervios, me gusta acompañarme de música.

Ahora escucho una canción que me empuja atrás en el tiempo, a mis años de radio. Trabajaba en una emisora fallida que me enseñó mucho. En los últimos meses, ante la desbandada de muchos jefes, dirigí un informativo. Me permitía el lujo de abrir y cerrar con un concierto de Rod Stewart en Valencia, o con una exposición de Dalí. O con el desembarco de los Reyes Magos en Cádiz.

Subo palabras del pozo de las palabras con una cuerda muy larga y estrecha; las subo letra a letra, coma a coma. y las pongo a secar junto a la puerta de mi casa, que no quiero salir a a calle preso de silencios. Feliz fin de semana

Viajar por dentro

Sé que las distancias y las acortaduras no son solo físicas; a veces, es la mente la que juega y confunde, la que inventa y desinventa. Me gusta recortar esas distancias figuradas, viajarlas, desmadejar sus trucos para sentir la brisa del mar, el viento cargado de salitre, el que pesa y araña.

La vida es un largo viaje hacia ningún sitio. Pensamos en años y en espacios físicos venideros, en metas y objetivos, pero el viaje verdadero es por dentro, entre las vísceras, allá donde se guardan los recuerdos y las emociones. Al final, cada uno vacía su saco de lo sentido en una báscula y lo pesa. Nadie juzga, nadie condena. Cada uno se mira al espejo y decide si mereció o no la pena.

Me queda tiempo para ese tránsito, espero; mientras colecciono generosidades, paciencias, sonrisas, labios que veso -veso de vuelo, no beso de cruz-, ojos azules redondos y unas piedras pintadas que cuando todo se oscurece brillan como meteoritos.

Una locura más: pago por leer

He caminado una hora y media a buen ritmo. Es posible que además de quemar calorías haya quemado neuronas. De las primeras, voy sobrado; de las segundas, escaso. La edad tiene ventajas: aprendes a disimular carencias y en las materias en las que eres torpe pareces callado.

El caso es que hoy he sentido un impulso animal, selvático, jacklondoniano y en plena crisis económica, y del periodismo impreso, he decidido hacer el dispendio, una locura: pagar por un producto digital. Puede ser escandaloso, una aberración, un contradios, puede que algún día los gurús del apocalipsis digan que gestos anarquistas como el mío merezcan un castigo.

Hoy he pagado por tener el derecho a leer sin límites la web del The New York Times, tanto en el ordenador como en mi futuro iPad2. Me gasto el límite de los 20 artículos gratuitos en una mañana y no estoy por la abstinencia. El NYT es uno de mis puertos obligados.

Sé que cobrar por algo que los consumidores digitales creen que es gratis resulta una decisión empresarial arriesgada. Lo es porque la esencia de Internet es la circulación libre de contenidos. Uno llega a muchos lectores potenciales pero no gana dinero. El NYT y otros grandes como Financial Times, The New Yorker pueden aspirar a cobrar por sus trabajos de alta calidad. Pagaría, como una donación para la superviviencia de un modo de entender este oficio y de practicarlo, desde el talento y la valentía, desde el peso de los lectores y desde la credibilidad. La credibilidad no se regala, no es un bien para premiar a los obedientes; la credibilidad nace del combate diario contra uno mismo.

Con la Red han muerto los textos aburridos, los que huelen a poco esfuerzo, los mal escritos. Nadie paga por cortar y pegar.

Con la decisión del NYT se inicia una guerra entre modelos, el mejor periódico del mundo frente a la gratuidad de la web del mejor periódico británico, The Guardian, que atacará ahora el mercado estadounidense.

Yo pagaría por un texto como este: ¿Dónde estaba yo cuando escribí esto? de Leila Guerriero.

Milito en el bando del periodismo, sin tener en cuenta el soporte; también milito en el bando de los que quieren viajar y cobrar cada mes. Nadie sabe qué va a pasar, cómo se va a transformar este universo, si habrá periódicos de papel, grandes novelas o solo tuits. A muchos les entra el pensamiento completo en 140 caracteres. Nadie sabe nada pero todos hablamos y escribimos, y gurueamos prediciendo varios fines del mundo simultáneos.

Cobrar o no cobrar esa es la cuestión. ¿Podrán mantenerse los medios impresos en un mercado de publicidad declinante y sin que la publicidad en Internet logre paliar las diferencias de ingresos? No es una cuestión de papel o digital, lo es entre hacer periodismo bueno o malo. El bueno cuesta, tiempo y dinero.

Hoy he pagado porque quiero que el NYT tenga éxito en su apuesta, para se abran caminos, alternativas, no para que se cierren. He pagado porque quiero leer textos de alta calidad y la calidad es cara, es la consecuencia de muchos años de aprendizaje. He pagado porque soy de los que tienen suerte y pueden dedicar medio dolar al día para navegar por un periódico extranjero. Muchos habitantes del planeta no cuentan con mucho más para sobrevivir cada día.

El periodismo gratis conduce a la muerte del periodismo, de su función social, si es que no hemos renunciado ya por comodidad y cobardía. Sin periodismo independiente perderemos las voces críticas (¿quedan?) y perderemos las historias de las personas que nunca tienen derecho a ver su historia publicada, a los sin voz. Pago porque quiero escuchar a la gente real . Dejo de leer, en papel y en la web, todo lo inerte, previsible, monótono y pretencioso fabricado desde la más absoluta monotonía.

Pago porque no quiero que se pierda un puesto más de periodista. Faltan reporteros, sobran financieros.

Periodistas con plan B

Tenemos a unos chavales de 14 años, el mío del Metro y a los vuestros de los comentarios, que leen periódicos. Gran noticia. Ellos son la vanguardia de la retaguardia, si es que se puede decir esta bobería. Phillip Meyer sostiene que en 2043 se imprimirá el último ejemplar de un periódico en papel; después, todo online o lo que venga. Es el límite estadístico de nuestra perdurabilidad.

Una de las opciones de defensa es concentrar todo nuestro esfuerzo en convencer a un lector voluntario para que pida un nuevo ejemplar al día siguiente de la impresión del último de Meyer. La demanda mueve la oferta. Eso dicen. Otra opción, mucho más cara, es hacer buenos periódicos que merezcan la pena comprarse todos los días para que nadie se olvide de ellos. La tercera, que es mayoritaria, es no hacer nada, y despedir y despedir.

Vengo de la primera de las dos reuniones del Premio Cirilo Rodríguez de Periodismo, que se entrega cada año en Segovia. En esta cita inicial se votan los tres finalistas entre los muchos presentados. Uno de los jurados veteranos, Alberto Pérez, un tipo estupendo, no ha podido ir a Segovia y defender al candidato de su periódico porque su periódico le acaba de despedir. Es una suerte que el diario en cuestión no haya despedido a su candidato, Luis de Vega, que estará en la final junto a Monica G. Prieto y Eugenio García Gascón.

Siempre dije: en los periódicos gobernados por periodistas se habla de periodismo y se practica un mejor periodismo. Hoy se habla más de recortes que de apuestas de riesgo. El gurú del 2034 debe de estar frotándose las manos con nuestra capacidad autodestructiva.

Por si no fuera suficiente para sostener la industria la existencia de unos chavales de 14 años que leen periódicos, hay que aprender un segundo oficio. Yo, por si acaso adelgazo para ser sílfide o variaciones. Hoy, -3,2 kilos en una semana.

Los periodistas del diario británico The Guardian, que tienen talento y humor, quizá esté muy unido, han grabado una versión de Creep, de Radiohead. Es una respuesta inteligente a la decisión del grupo de sacar un periódico para acompañar el lanzamiento de su próximo trabajo.

En el vídeo está la versión profesional y aquí la versión periodística y sin entrenamiento previo. Los periodistas tenemos un grave defecto: solo sabemoa hacer periodismo. Y no todos.

Tenemos futuro

Hoy sé que tenemos futuro, que el papel no se muere, que los gurús son como los sacerdotes: emisarios del miedo, cuanto más miedo, más necesidad de gurú, de Dios. Hoy sé que mi trabajo y el de los que vienen detrás y de los jóvenes que cultivan ilusiones en las universidades, no está perdido. Hoy lo sé. Hoy he visto a un chico de 14 años, imberbe, en chándal y zapatillas de salir corriendo, con pelo con alerones de cantante blanco de rap, leer un periódico en el metro. Era un gratuito, que no están los tiempos para dispendios en palabras, pero era un periódico. Buena semana.

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