Cuando estoy triste o preocupado, invadido de saudades sin nombre ni patria, me gusta pasear, escuchar los pies y respirar (humo). Tengo recorridos según la pena: rutas conversadas; rutas de silencio. Las primeras acaban en la librería Méndez de la calle Mayor donde me empapo de inteligencia y libros que huelen a libro, a tinta. No es nostalgia, solo una manía. Las segundas me conducen a plazas, nunca a parques, que en tiempos de desnortanza el verde produce ansias de campo, delirios bucólicos e ideas locas.
Las plazas en el otoño de Madrid son un teatro de lo efímero: hojas amarilleando, rojizas y años vividos que no retornan. Los ciudadanos buscan paz, se sientan a leer en su libro-mapa o su libro-volador, como los de Mía Couto.
Una señora otoñal como el otoño pidió permiso para ocupar la otra punta del banco. Dio las buenas tardes, como se dan en los pueblos y en la memoria de tiempos lentos. En Madrid solo damos los buenos días y las tardes si hay un descansillo de madera de por medio y algo de educación en los bolsillos. Buenas tardes, respondió la joven de pelo largo. Corría aire cálido en la plaza de Oriente. La mujer terminó sus crucigramas, cerró el bolso y volvió a dar las buenas tardes, estas de salida, de adiós, hasta otro día. Un hombre de mediana edad ocupó el sitio. Su rostro y su habla eran de otro país, un país que cuando se pasea por la ruta del silencio nadie sabe estar callado. El hombre se interesó por la cubierta del libro, la historia de la tierra sonámbula y los motivos de la joven hermosa. El hombre que desconocía las rutas calladas fue demasiado veloz. La joven sonrió, cerró el libro y voló como vuelvan las hojas secas y los pájaros: sin volver la vista atrás. Pasó delante de la fila de los reyes godos. Fui detrás, no por perseguir ni molestar, solo por recordar los nombres olvidados del colegio: Chisdasvinto, Leovegildo, Sisebuto, Suinthila, Wamba…
Esta noche nos inocularán humo sin condón. Será indoloro, ya estamos acostumbrados a la mentira. Lo escribí el domingo en Twitter: será un debate sobre la nada entre un sordo y un mudo. En medio de una crisis económica provocada por la gula de unos pocos, que siguen en el engorde en las vacas flacas, de recorte brutal de derechos políticos, sociales y sindicales, en medio del hundimiento de la utopía de Europa por falta de pilotos inteligentes, arriesgados, de soñadores de lo imposible, llega el debate que nos anunciará la llegada de un nuevo don Nadie. Gambito de don Nadies. Se escucharán promesas, dispararán descalificaciones, lloverán los “y tú más”. Nada de programas, que los carga el diablo.
Pinchad en este dibujo de Raúl Barbolla. Lo resume todo.
Esta mañana me miré al espejo; no de frente, sino de reojo, disimulándome, sin asustarme. El espejo me devolvió una imagen que no es mía. Más que una persona recién levantada era un laberinto surrealista sin entradas ni salidas. Me sentí euro, griego, referéndum, incluso un poco Merkozy. Los laberintos son divertidos de niño, cuando se acude protegido por los padres y las migas de Pulgarcito, o de joven y en pareja, que de las confusiones llegan los grandes momentos.
De mayor, o de previejo, como es el caso, los laberintos asustan. Quizá sea el tiempo; al escasear los minutos venideros toda pérdida es una resta irrecuperable. Me acuerdo de El resplandor y su laberinto nevado con Jack Nicholson haciendo de Nicholson. Estoy seguro de que en alguna película de Hitchcock hay laberintos que aterran. Está en el inconsciente colectivo. A nadie le agrada sentirse atrapado, sin salida, enterrado.
Pienso en los desvalidos líderes europeos, con el esfuerzo que hicieron la semana pasada en ponerse de acuerdo sobre algo que no se entendía. Allí están todos en el G-20, empantanados en el laberinto griego. Mucho peor lo tienen los inventores de la democracia cuando el Estado ateniense era poco más que una casa de vecinos con ágora. Ellos sí que están entrampados en un laberinto de recortes de salarios, jubilaciones y derechos, metidos en un agujero negro que todo lo succiona.
Yo mismo estoy en un laberinto telefónico con la compañía de referencia cobrándome tres meses seguidos una línea que di de baja el 1 de agosto. Cada vez que llamo me cuentan una milonga nueva y no devuelven el dinero, la pasta gansa. La próxima vez les llamaré algo gordo, Leheman Brothers, por ejemplo. Eso dolerá de lo lindo, o gustará, que de cataduras morales hay poco escrito. También andan los telefónicos empeñados en cobrarme por un móvil que no tengo ni uso. Como lo di de baja cuando me saquearon 14 euros en enero, ahora me cobran 155,35 por no cumplir la permanencia exigida. Kafka era español.
Pienso en la plaza Syntagma, en su modo sencillo y directo de expresar el descontento mientras que aquí vamos de una ventanilla a otra hablando con descerebrados de voz agradable. En la última queja, la señorita informó de que me iban a hacer una encuesta telefónica sobre el servicio. Le respondí como en el Oeste: “Yo que tú no lo haría, forastera”. Y aquí sigo, enredado, viéndome y sintiéndome laberinto surrealista, dormido de nuevo, mientras me sangran a cobros ilegales. Y después se meten con los griegos. Esto necesita un buen meneo.
No me gustan los profetas ni los listos, pero el 20 de marzo escribí esto:
Hemos creado dos bandos: el de los buenos y el de los malos. Los programadores están convencidos de que la simplificación da bien en televisión; otros creen que ayuda al lector o al oyente a comprender la realidad. El malo oficial de esta guerra es Muamar el Gadafi. Se ha ganado el papel estelar tras 42 años de abusos, detenciones arbitrarias, desapariciones, asesinatos y atentados terroristas patrocinados en el extranjero, además de sufragar a las guerrillas en Liberia y Sierra Leona, entre otros países africanos.
Los buenos son los rebeldes de Bengasi, a los que llamamos “civiles” , quizá para justificar la respuesta bélica. En la propaganda no importa qué se dice, solo cuentan los resultados. ¿Civiles? Los civiles que nos llegan a través de las imágenes son milicianos encaramados en carros de combate, hombres que disparan con antiaéreos y derriban aviones.
Suena una flauta más allá del pasillo de la casa. Como no es Hamelin, sino una niña de once años que aprende las notas y enseña simultáneamente paciencia, me quedó sentado, tecleando las palabras que me llegan en tobogán desde algún lugar del cerebro. Las notas que se aprenden no son como las aprendidas; carecen de armonía, están salpicas de gallos y se repiten tozudamente, una y otra vez.
La flauta tiene patas de ciempiés y con ellos me trae los pitidos jugando al tejo por las baldosas negras y blancas del pasillo. Las notas me escalan la pierna y se meten en el teclado del ordenador. Ahora oigo palabras mudas, en huelga de sonido. No me atrevo a decir nada a la niña que entrena, no vaya a ser que frustre una carrera prometedora. Aprendo en su do-re-mi el valor de mi pa-cien-cia.
Conocí a Pablo Carboné en Washington, en 1985. Tocaba un piano de cola en una casa grande de la calle 14, la de las putas. Cuando se mudaba de un lugar a otro no veía habitaciones, ni baños, ni el equipamiento en la cocina, solo veía salones con forma de piano, que podría ser el título de un concierto surrealista. Aquel año estuvo meses entrenando en su casa-barco el concierto para piano y orquesta número uno de Rachmaninov. Lo interpretó con éxito en el Kennedy Center. Entre el público que le aplaudió estaban sus vecinos, quienes le dijeron que tras la tortura del entrenamiento tenían derecho a disfrutar del resultado.
Yo no sé música. Carezco de oído. De los dos canales de escuchar, por el que entran las melodías y por el que entran las palabras, solo funciona el segundo, y tiene días. Pese a mi tara goyesca, las notas de la flauta han encontrado un atajo para taladrarme el cerebro. No sé cantar, aunque las canciones me suenan armoniosas en el cerebro después son incapaces de descender a mis labios.
Cuando la niña de once años termina, le digo que le ha salido muy bien, que la canción es hermosa y que tendrá una buena nota en el colegio. La canción se me queda duplicada en algún lugar de la casa, tal vez en el techo, agarrada como un murciélago. Creo que deberé aprender más paciencia conmigo mismo, con mi oído-oreja-zapatilla, antes de que pueda cantarla en este blog de palabras.