Una voz imperativa nos bajó hoy del convoy en la estación de Ópera: “Por avería en la línea….” Todos obedecimos al mando, ¡ar!, y el andén se pobló de pasajeros desprogramados, arrancados del riel de la costumbre, del piloto automático que permite viajar sin pensar. Los más ansiosos y despiertos salieron a la calle, al frío; los dormidos, la mayoría, nos quedamos como maniquíes mientras que el tren vacío se iba marcha atrás. Otra voz nos anunció una espera de 20 minutos.
Un nuevo convoy apareció con gente a los cinco minutos, lo que demuestra que nunca hay que confiar en los pesimistas. El trajín de entrar y salir multiplicó el retraso y los pasajeros, los sudores propios y ajenos. Sin libertad de movimiento, preso en una camisa de fuerza colectiva, me dejé llevar. Cerré los ojos y de repente sonó en mi cerebro Chiquita madame de Josephine Baker. Como no llevaba auriculares, debió sonar a todo volumen, y en ese vagón enlatado se organizó un baile monumental: todos dando saltos, hacia adelante, hacia atrás. Un, dos, tres. Y la Baker dirigiendo.
En Alonso Martínez desertamos del vagón y nos fuimos a la conga, o como se llame, por los pasillos subterráneos. Se unieron pasajeros de otras líneas, transeúntes, curiosos, balas perdidas y músicos inmigrantes. Una señora mayor que cojeaba dejó de cojear y una japonesa encaramada en unos tacones dorados daba vaivenes rítmicos. Parecíamos la orquesta de Jack Lemon y Tony Curtis en la película de Marilyn, Con faldas y a lo loco.
Al salir a la calle, los conductores abandonaron sus coches y se sumaron a la bulla. La policía antidisturbios nos rodeó y ordenó por megafonía la disolución de este cachondeo hijo del 15M o del 15O, que hay un poco de lío. Pero el baile se extendió por Madrid y alrededores. Los estrategas del PP buscaron rubalcabismos que pudieran justificar una acción policial, pero no hallaron ninguno, solo mucha gente harta de tanta grisura, de tanta crisis, de tanto robo de cuello blanco. Cuando abrí los ojos cesó la música pero todo el vagón sonreía, se atusaba el pelo y ajustaba la ropa. La japonesa de los tacones dorados me dijo al oído: “Spain is wonderful”. Y la música regresó. Buen miércoles a todos.
Llueve sobre Madrid, apenas unas gotas y se forman atascos cairotas. Llueve y la ciudad huele a naftalina, a impermeables poco aireados, a paraguas arrancados de un armario, que en lugar de invernar, veraneaban.
Llegó el otoño en las puertas del invierno después de meses de sol, terrazas ruidosas y calles repletas. Hasta el metro se transforma en los días grises; los silenciosos dormidos de cada mañana se transmutan en ruidosos conversadores de lo insignificante. El ruido urbano se multiplica subterráneo, como si esas gotas permitirán el arranque de una conversación entre desconocidos, “pues como está el tiempo hoy”.
Llueve sobre Madrid y Telefónica cuenta los dineros recaudados y en esa pereza contable, la conexión de Internet se vuelve lenta, cansina. Hasta los cajeros automáticos de los bancos se ponen antifaz, como los ladrones de antes. Con lluvia hay prisa, no importan las comisiones. Llueve y se mudan los personajes, de lo liviano a lo encapotado. Hoy me escogí invisible. Y así sigo, silueteado, en espera de una abracadabra.
Madrid no es Santiago; allí lo extraordinario es la luz limpia y el sol. Lo seco. Es esa ausencia de lluvia la que cultiva las saudades que todos llevamos dentro, incluso los invisibles.
Standard & Poor’s me ha rebajado la nota de una deuda que no tengo. Me lo comunicó a mediodía a través de una llamada telefónica a cobro revertido. Una voz metalizada, neutra, ni de hombre ni de mujer, me espetó: “Le quitamos el AA+. Pasa al sin+”. De poco sirvió mi protesta y la afirmación de que soy una persona rica, es decir sin deudas, que abona sin remedio sus impuestos a la hacienda pública y paga las comisiones que los bancos cobran por pasear delante de sus cajeros. La voz era inflexible: “Sin plus, sin plus”.
Al caer la noche, cuando encendí la televisión, me quedé atónito, mudo: me habían retirado el acceso a Canal Plus, a la Sexta y TVE en cualquiera de sus versiones. No me permitían asomarme siquiera la inocente Antena 3. Solo TeleMadrid, Telecinco y los canales de la TDT, incluido el insufrible profesor de inglés. Llamé a Standard &Poor’s para quejarme del exceso, de la tortura. Respondió una máquina que exigía que apretara todo tipo de botones en la espera mientras me fustigaba con canciones de los Bee Gees de fondo. Una hora después, la primera voz reapareció: “Ahora nos debe 10.000 euros de llamada en espera. Le vamos a crujir”. En la radio narraban en directo la caída libre de mi cotización personal en Wall Street, tanto en presente como en futuros. Ahora soy una acción-basura, es decir, una mierda.
Tras las emociones del fin de semana, las movilizaciones, las esperanzas, es posible que muchos se sientan hoy un poco vacíos. Se lucha, se grita, pero desde el otro lado, desde la muralla, solo devuelven silencio, nada. Es lógico, silencio es lo único que bulle en los cerebros que no crean, no imaginan, no sueñan no inventan, solo repiten un casete heredado. Es la política del papagayo.
Frente a ese desánimo posible, una frase iluminadora de la escritora estadounidense Martha Gellhorn: “Tiro piedras sobre un estanque, no sé qué efecto producen en el agua, pero yo al menos tiro piedras”. Feliz semana