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El dedo que enseña valores

P se dobló hoy el dedo pulgar en la clase de gimnasia. Lloró; más lloró el dedo, confundido y tumefacto, por los ires y venires del balón canastero. Tras los dolores primeros, las contradicciones, los cambios: un amoratamiento de Semana Santa en vísperas de Navidad. Hacia tiempo que no pisaba un ambulatorio, a los que tuve que renunciar por orden de la autoridad impertinente a cambio del seguro médico de la Asociación de la Prensa. P entró en uno de esos centros de atención primaria, que en este caso parecía un registro de últimas voluntades.

Tres mujeres embatadas en edad de maduración tardía aguardaban en posición de combate laboral al otro lado del mostrador-muro. El carné andaluz de salud generó los problemas burocráticos necesarios para esquivar el ajetreo y parapetarse en el trabajo mínimo. La que atendió desde una altivez guerrera era incapaz de comprender que los datos que le  faltaban en el primer carné (“aquí no tenemos chip”) estaban dispuestos a ser copiados en el carné europeo de salud: “No; ese no vale”, dijo la señora estajanovista. ¿Una euroescéptica? Por el bien del dedo doblado guardamos silencio.

Nos atendió una médica amable. Tras una inspección ocular, mandó a P otro centro para realizar una radiografía. “No se la darán”, dijo algo flamenca para ser de Madrid; “no es necesario porque me la envían por Internet y la vemos luego juntos”. Pareció un adelanto que merecía un copago, un repago y un retropago. De vuelta una hora después al centro de las últimas voluntades, la doctora peleó un buen rato con su ordenador sin poder abrir la presunta radiografía. Vendó a la niña con una peligrosa escasez de medios: cada solución médica se enfrenta a una carestía presupuestaria.

Al salir del centro dije a P que era afortunada, pues en Catalunya con tanto recorte salvaje le hubieran amputado el dedo. Ya en casa le expliqué la diferencia política entre la derecha y la (presunta) izquierda. Creo que entendió: el dedo se salva, la niña también.

Arte robotizado frente al arte que calienta

No sé cantar. Creo que ya lo había confesado. La música suena bien en mi cabeza, parece armónica, tiene compás, pero con solo imaginarla aterrizando en mis labios, sin pronunciarse aún, todo se desentona, se vuelve ruido, molestia. Me llama la atención el talento. Este vídeo navega por Internet cargado de talento. Son solo tres niños que cantan a Adele; es un vídeo editado, hay mano paterna, plan de negocio, pero la voz de ella es real. Tiene sentimiento. No es fácil sentir cuando se toca un instrumento, y la voz es el más perfecto de todos. Construimos muros entre ese instrumento y el corazón de quien lo toca. A los niños se les enseña la importancia de la técnica, su supremacía, y acaban robotizados, más pendientes de la mano o del movimiento de los labios, que del timbre de la voz, del calor.

Sucede a los fotógrafos. Los mejores son autodidactos. Aprenden más de su ojo, el que ve, enfoca y dispara, que de los dedos que mueven el diafragma. Hoy las cámaras fotografían solas, sus automatismo son casi perfectos, pero ninguna cámara reemplaza el encuadre, la mirada, el lenguaje interior de quien fotografía.

Me gusta la libertad, suena mejor que el método. Odio lo que es así porque siempre ha sido así, o porque soy tu padre, tu maestro. El método carece de argumentos, de discurso, es solo un ¡ar! Nadie con imaginación escribe desde la rigidez de lo que debe ser, desde las palabras permitidas, desde las imágenes aceptadas. El arte es libertad, frescura, y por desgracia, también negocio. Los mejores, y está por ver si estos niños lo serán, lo son pese al circo. Pienso en Pavarotti, en Fabio Biodi y su violín, en Vargas Llosa. El arte es la única vía de escape de esa mediocridad aplastante; la única que nos hace mejores, que nos resucita y salva.

Cuadros de Velazquez sobre Madrid

Día frío, luminoso y agradable en Madrid: un cuadro en tránsito. Entre nubles volaba un sol cargado con todas la gamas del gris. En el centro, un foco sobre el escenario. No se escuchaba música, solo el ruido constante de los motores y un goteo de gasolina y aceite aterrizando sobre el centro de la ciudad. No sentí palabras solo murmureos de boca para dentro que llamamos pensamientos. Me gusta la luz de Madrid porque es la luz de Velázquez, una luz que respira. Yo no pinto, solo navego, imagino.

Algunas personas caminaban por la calle Bailén escondidas bajo un iglú de lanas: abrigo, bufanda y un cuello calentador; otros, a pecho casi descubierto. Pensé en las tumbas repletas de valientes equivocados. Tres perros se perseguían sobre el césped: la vida como un juego. En la salida del garaje del Senado, un policía detuvo a los peatones: alto, la autoridad, y los orilló como Moisés. Los que pagan la función esperaron varios minutos a que saliera el actor. No hubo aplausos ni histerias de fan. Era un donnadie.

La vida de los actores de la política es muy dura, siempre de boato en boato con el el cuerpo rígido y el mentón puntiagudo. Pasó el presunto principal en un coche que no paga, que pagamos. Los invisibles reanudaron la marcha como si fueran maniquíes en desuso. Escuché los goznes. Tropecé conmigo mismo por quinta vez en el día. ¡Vejez! Hay días que arrancan torpones y torpes mueren.

Tengo sueño: dos navidades al peso en cada ojo. Me disfrazaré de Papá Noel, que la tripa la pongo yo, y ganaré un aguinaldo para locuras. Escucho villancicos. Una madre se los tararea a su hijo cunero. Llovizna en la oscuridad. El senador sobrevuela de regreso subido a una escoba oficial, que no es suya, es nuestra. Hace cabriolas con el artefacto y me pasa entre las piernas. Suena un gong. Duele como un balonazo. Quito una bombilla que apaga el barrio. Quiero ser invisible. Ya no suenan el reloj ni mis tripas ni llueve aceite. Es hora de dormir. Feliz semana.

Huele a Navidad y a mar

Madrid amaneció iluminado por un sol que aprimaveró el otoño: catorce grados. Daba gusto pasear por El Retiro, un pulmón en medio de la contaminación diaria; un trozo de campo frente al asfalto, los cláxones y las prisas. En el túnel que une la calle Lagasca con el parque, tocaba el acordeón un hombre sentado; sonaba a París, ciudad de ciudades superpuestas y pasadizos secretos. Toqué los goznes pero no apareció Hemingway.

Madrid estaba ocupado, conquistado por decenas de miles de personas: calles atestadas, enlatadas; seres que entraban y salían de las tiendas abiertas, encaramados a un tiovivo.

Madrid fue ocupado también por la ostentación de los coches oficiales que dobleaban las filas cerca de las Cortes. Es día de memorias constitucionales: instituciones que entreabren unas puertas que siempre están cerradas. Allí estaban las televisiones con sus directos sobre la nada.

Huele a Navidad; época de alegrías, regalos, recuentos de ausencias, promesas y falsedades, casi nunca de reflexiones. Me gusta este documental de David Beriain y Sergio Caro porque trata de los invisibles de las rocas, de los percebeiros que se juegan la vida para que nuestro plato huela a mar. Detrás del ruido y el teatro están las historias de la gente que importa, el buen periodismo, la realidad.

Percebeiros (Sea Bites) 1920×1080 from enpiedeguerra on Vimeo.

Bancos que hablan

En esta foto de André Kertész -Broken bench-, realizada el 20 de septiembre de 1962 en Nueva York, no hay pinceles, solo luz, blanco y negro, vida suspendida en un instante. El hombre parece mirar a dos mujeres sentadas en un parque. No tiene cabeza pero me lo imagino con sombrero. A la izquierda: coches, árboles, carteles, quietud; a la derecha, dando profundidad a la imagen, cuatro bancos vacíos, soledades, el frío anticipado del otoño. El primero tiene la espalda rota, le faltan dos traviesas, solo es un banco herido. Parece hablar al hombre que no le mira. Pide socorro, tal vez mendiga unos dólares para acudir al arreglador de bancos antes de que sea tarde; quizá solo le pide una oportunidad.

No es un banco acostumbrado a las artes del pedir. Sucede a las personas. Las hay que cuando se sientan sobre el suelo y extienden la mano, o la gorra, parecen expertos en la necesidad. Los nuevos carecen de la compostura precisa; hay algo en su mirada que los delata, o son las manos que no se curvan lo suficiente, que se resisten a aceptar la desgracia. Hay pobres que para solucionar el problema de las manos tocan un instrumento, o el lomo de un gato. Otros se quedan inmóviles, convertidos en estatuas.

Ser pobre y mostrarse es un acto de valentía. Los menos expertos lo sienten como una humillación. En este mundo de nuevos ricos en el que nadie ve al Otro, es necesario hacerse visible, iluminarse como Diógenes. El banco de las traviesas parece una boca que sonríe, que grita: “Soy un banco roto, es vedad, pero te puedes sentar en mi esquina sana”. Un banco roto, un hombre viejo, no son trastos inútiles.

Llega la Navidad, la masa humana lo cubre todo: pobres, bancos  y ricos, solo deja tras de sí un niebla de galopes hacia ningún lado.

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