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Cuando un periódico muere

Los gramos de libertad respirable están contados. También están en la fila de los recortes. Cuando uno muere o lo asesinan por dejadez, incompetencia o falta de dinero, que hasta sobrevivir es un negocio, se reduce la calidad del aire y aumenta la asfixia general. No es un asunto medioambiental, sino un asunto pivotal en una democracia: un sistema de personas que respiran libremente sin seguir ordenes dictadas por megáfonos: “Un, dos; un, dos”.

No importa el formato: digital, papel, tuiteado, de pago o gratis, hablado o en movimiento; lo que importa es el peso de las palabras, de las imágenes, que son las que alimentan y protegen la democracia, sea imperfecta, adulterada o secuestrada. Siempre es mejor esto que Pyongyang.

Ha muerto ADN y sus periodistas salen a ley de la selva. Lo siento por ellos; les doy las gracias por un producto honesto y digno y les deseo toda la suerte del mundo.

Pese a esta ‘limpieza étnica -uno de cada cuatro periodistas perdió su trabajo en España en 2011-, somos unos privilegiados comparados con otros, que su desgracia llega vestida de muerte. Nosotros somos víctimas de la crisis; ellos de la defensa de la libertad, también de la nuestra y la de los impasibles y callados,

Un fuerte abrazo, México.

El portal de Belén que protesta

El Belén del periódico es un retrato social con las decoraciones típicas de Navidad; una declaración de doble y democrática lectura: los creyentes tienen para disfrutar sus símbolos más queridos: el portal, la virgen, los reyes  magos; los catalanes, su caganet (siempre útil) y los agnósticos, ateos y demás pecadores, los mensajes reivindicativos. Se llama convivencia en la tolerancia: Estado laico.

Casi nunca falla un camión en miniatura con el lema: “Sáhara Libre”, que esta vez debe andar cercado en algún atasco o en una primavera árabe.

Hace dos años, un desaprensivo robó el niño Jesús. No hubo llamada reivindicativa ni petición de rescate. Siempre defendí que fue un acto xenófobo: el niño era negro, en homenaje a los inmigrantes. Me dedico en el tiempo que está expuesto a colocar algunos animales en posición de disfrute sexual. Me gusta provocar a Teresa y Carlos. Ellos, tras reñirme con un sonrisa y teatralizando escándalo, los devuelven a la paz de dios y de esa paz los saco algo aburridos al día siguiente.

Este año el portal de Belén está vacío; solo quedan el asno y el buey, supongo que para conservar la calefacción. Sobre el tejado, un cartel de desahucio. A diferencia de otros años, las figuritas no están esparcidas simulando movimiento por el escenario, sino arracimadas en una esquina. Parecen en asamblea. Es nuestro homenaje al 15-M. No somos la revista Time, pero también tiene su aquel. Para los despistados, que entre los periodistas y los genios hay legión, se ha colocado un foto de la Puerta del Sol.

No aparecen Zapatero ni Rajoy y su Gobierno. Ni ha dado tiempo invitar a Pedro Morenés, ministro de Defensa y exconsejero de Instalaza, empresa que fabricaba bombas de racimo. Las mismas que Zapatero vendió después a Gadafi, cuando no era ni bueno ni malo, y que el difunto las lanzó este año contra Misrata.

Pero yo no quiero hablar de política ni de esta gran nación de la que ya estoy harto, solo quiero escuchar a John Lennon y mirar al techo, al camino por el desfilan cada noche las moscas que olvidaron volar.

Décimos que sueñan

Madrid está estos días regado de cuentas de la lechera: locales iluminados en los que por 20 euros se puede comprar un piso sin pasar por el banco, viajar más allá del Caribe, a tierras ignotas que nunca salen en los paquetes al por mayor de las agencias de viajes sin viaje. Viajar no es filmar, fotografiar ametrallando objetivos, correr detrás de un guía con cartel: “Soy Hamelin”. Viajar es perderse, olvidarse, desnudarse. El viaje es pausa, sorpresa, respirar.

Si me tocara el gordo, perdón por la redundancia, viajaría un año entero cargado de lápices y cuadernos para aspirar cada metro del camino de Cavafis, mi favorito. Me gustaría recorrer América, desde la Patagonia de Bruce Chatwin hasta la Alaska de Jack London; un viaje henrystanleyniano: largo, bien largo.

Estos días de colas ante el altar de Doña Manolita (compré en La Pajarita, por volar), los sueños individuales gritan, murmurean los nombres de las utopías de bolsillo, y de tanto hablar a la vez se entremezclan en un sueño incomprensible, balélico. Ese es el primer premio: soñar por unos días una vida imposible.

Sueño con un apartamento, no muy grande, en Nueva York, la ciudad de los locos, mi ciudad. Sueño con trabajar desde un portátil, sin exigencia de presencia física ni obligaciones geográficas. Sueño que sueño un sueño sin fin, de enero a diciembre. Sueño que leo, escribo y escucho música en directo en lugares pequeños.

Sueño que no madrugo.

Me gustaría ser rico para sumergirme en grandes reportajes, como los The New Yorker, y no tener que vivir de su venta. Sueño que a mi familia y a mis amigos, vosotros también, les va bonito en medio de esta tormenta perfecta, que más que tormenta es un saqueo pirata.

El 22, consumida la letanía de los números  cantados, que es parte del sonido de la infancia, llegarán las imágenes de los afortunados brincando y bebiendo el cava de salir en la tele. Hay personas que no sueñan, que solo quieren producir envidia. Y las radios y las cadenas de lo insustancial en movimiento, preguntando: “A usted ¿cuánto le ha tocado?” Y el-la loter@ diciendo: “Qué felicidad haber dado el gordo”.

La magia de los sueños de los días previos muere en el instante que un-una niñ@ de San Ildefonso tararea el gordo. Se esfuman los sueños y los soñadores; entran en el escenario los simuladores, los charlatanes. Es la sociedad sin pose: un blablablá, una mentira que no sueña, solo promete, se enrabieta, envidia, critica y roba con el guante blanco, que la mano sucia es la que va a la cárcel. Feliz semana.

Saudade de ti, Cesarea

Miles de personas atropellantes ocupan el centro de Madrid. Nadie parece saber cómo se navega entre la marabunta: los van, ocupan el carril de los que vienen; los que vienen, invaden el de los que van. Entran y salen de las tiendas de lo efímero; pasan de largo de Méndez, mi librería de cabecera, donde se venden sueños para vivir varias veces, una forma de eternidad.

Allí, entre palabras murmurantes, supe por Alberto de la muerte -del tránsito, que es más africano- de Cesarea Évora. Nos queda la voz, la ética de los pies desnudos siempre firmes sobre la tierra: una forma de estar en la vida ajena al éxito. Boa viagem, amiga. Nos veremos de nuevo, quizá más tarde que pronto.

Yo también quiero ir al cielo

El cardenal Rouco Varela va a presidir el 30 de diciembre una misa en la plaza de Colón. La llaman de las familias, pero quieren rezar por los divorciados independientemente de que tengan ya otra familia y sean felices. Dios no concede amnistías ni indultos a los pecadores.

No sé para qué sirven las iglesias y las catedrales si al final los fieles están todo el día en la calle rezando por los que no entran en sus templos.

Rezar por los divorciados es generoso. Lo agradezco. Algún día lo devolveré; quizá cuando recen por los miles de niños que padecieron la pederastia. O por los que se organizaron durante décadas para proteger a los delincuentes. Que me reserven asiento en esa misa por los inocentes, que yo también quiero ir al cielo.

Prefiero a las personas que no agreden desde un púlpito o desde un escaño sean de derechas o de izquierdas; me gusta la gente honesta que respeta y se hace respetar. También deberían rezar por todos esos curas que se han dejado años de vida en África, como Chema Caballero y José Carlos Rodríguez Soto, entre otros. Las envidias y zancadillas de sus superiores les obligaron a buscar otros caminos lejos de la obediencia debida. También deberían rezar por la partícula de Higgs, para que resulte falsa, como falso es que la Tierra es redonda y gira alrededor del sol.

Feliz fin de semana

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