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Claudio y la luna loca

Acabo de caer de pie de una pesadilla ya soñada. Soñé que mi gato Claudio, difunto desde hace años, caminaba de noche por una calle desierta: adoquines, luz amarillenta de farolas, rocío, vapor. Parecía el París de Woody Allen. Yo le seguía a cierta distancia, como un amante furtivo. Caminamos un buen trecho: comercios cerrados, coches aparcados, ni un alma humana o animal. Sentí frío. Me miré: vestía pijama, zapatillas de abuelo y abrigo. Llevaba gorro de lana negro enrollado sobre las sienes. Parecía el abad trapense de De dioses y hombres. Claudio se deslizó entre las rejas entreabiertas de un cine abandonado. No me fijé en su nombre ni en el cartel de su última película. Parecía la entrada de una estación de metro: un túnel decorado con azulejos blancos; quizá la fantasmal Chamberí que me devolvía al colegio.

Entre escombros y suciedades seguí a Claudio piso de arriba. Recordé Cinema Paradiso, su cuarto de máquinas; también el cine de Charikar, en Afganistán, del que escribí un reportaje en 2001 y un cuaderno en 2009. En una habitación secundaria, esquinada y alfombrada con restos de cintas de películas, descubrí a Claudio asomado a la ventana. Seguía absorto el movimiento de la luna llena. No era una luna fija, quieta, lenta, sino otra loca que brincaba por los tejados. Salté sobre mi gato apartándolo de la ventana, de la tentación de ir tras ella. El animal aún temblaba, tenía los ojos saltarines y la lengua fuera.  “Le ha engatusado”, grité.

Ahora, sudoroso, desvelado, sin gato ni luna, ni París ni Woody Allen, tengo miedo de regresar a la cama. Todo parece bailar a mi alrededor: muebles, libros, objetos, casa, ciudad, país. Pienso en un antídoto salvador y no encuentro nada. Solo música. Ahora sí; una deuda: Luis Eduardo Aute.

Cuesta de enero

Miércoles. Cuesta de enero. Desde la torre tiran piedras, escupen, mean. Son los inmunes. Los de abajo, los apedreados, los escupidos, los meados esperamos la llegada de la primavera. Desde el campamento base vemos la luna, ya menos llena, y escuchamos el rotor de los autómatas en su caminar por las aceras. Alguien pone música y desde el interior de otro alguien brota una voz, un canto que se transforma en rebelión.

Me gusta este One Love de U2: escenarios, luces, glamour.

Ser giralunas en un mundo de girasoles

Existen las plantas-girasol y las personas-girasol. Basta con plantarse en un campo, redondear la cara, amarillearla y seguir el sol desplazando levemente los ojos de Este a Oeste para ser uno de ellos. Los girasoles no piensan demasiado, si es que alguna vez pensaron algo. Solo buscan el calor, la luz, la seguridad de los días rutinarios en su perseguir constante del sol-poder, el centro de su universo.

En los días nublados, los girasoles cierran los párpados y se dejan guiar por la memoria de generaciones de girasoles que conocen el movimiento exacto. Es como una religión o una ideología embutida en unas siglas: algo superior decide por cada uno. Así, un día tras otro; desde el nacimiento hasta la muerte, tic-tac, tic-tac, sin cuestionarse la razón y el goce de la existencia, de su servicio de proveedor mundial de pipas o de síes, de los síes de sí señor, señor.

A las personas-girasol les gustaría ser piedra: una vida inmóvil, previsible, segura.

Dentro de los campos amarillentos y de las ciudades y pueblos grises viven disfrazados de girasol los giralunas. Mientras sus primos diurnos estiran el cuello para perseguir su sol y realizar la función que se espera de ellos, los giralunas se agachan y duermen, tal vez por sueño, tal vez por rebeldía. Cuando los girasoles terminan su jornada laboral, los giralunas se despiertan en silencio, casi clandestinamente, y pasan la noche observando la luna y las estrellas, preguntándose.

Los giralunas rechazan la obediencia debida, lo políticamente correcto, la normalidad, el grupo, la dictadura del metroymedio. Los giralunas nunca dan pipas, solo esperanzas. Ser giralunas no se aprende, es una cuestión de piel, una actitud.

Salta, quédate

Componer, escribir, sentir, cantar, leer un poema mojándose en cada melancolía son maneras de sentarse en el borde del abismo: salta, quédate. Saltar es una mala opción porque en ella terminan las canciones, las palabras, los sentimientos, las esperanzas. No es sencillo el manejo de esa huella dactilar vital y única: la mochila del viaje y el impacto que este ha tenido y tiene sobre nuestra forma personal de sentir el mundo que nos rodea. No es fácil cuando se vive de una manera intensa, apasionada, tal vez ilusa.

Algunos pierden la capacidad de escuchar música, palabras, de disfrutar y solo oyen ruido. Cuando les llega el momento -salta, quédate- se hallan indefensos, sin amarras, en peligro.

La mayoría está aparentemente a salvo. No pierde ni gana ni empata. La mayoría renuncia, se mutila y se desprende sin dolor de la parte infantil, peterpanesca, para sobrevivirse en una existencia de adultos y disimulos: machos alfas, mujeres imbatibles sin derecho a un desliz y niños con la lágrima prohibida. Si algún día les llegara la tentanción -salta, quédate- serían los más frágiles de todos porque nunca aprendieron a luchar, solo a derrotarse a sí mimos en una guerra civil íntima y silenciosa, innecesaria.

Navegando encontré esta entrevista a Neil Diamond, un cantante que me gusta desde hace casi 40 años. El 24 de enero Diamond cumple 71. Ayer, David Bowie alcanzó los 65. Mis gustos parecen un asilo. Los iconos envejecen, pero permanece su música aún caliente sonando en mi memoria, otra forma de singularidad. En la entrevista, el cantante de Nueva York aparece desnudo junto a su guitarra. No lleva la pose ni el peinado de la estrella que está en promoción. Parece un hombre normal, un poco asustado, que ha aprendido a hablar de sus sentimientos, a expresarlos a través de las cuerdas, notas y el compás. Siempre el compás, cada uno con el suyo. Una forma segura de no saltar, de quedarse. Feliz semana.

Escupiendo polvo, meando polvo

Pasaron las fiestas al galope, como siempre. Aún siento el viento en el rostro. Estoy sentado en medio de un desierto escupiendo polvo, meando polvo, con la mirada de polvo. No eran fiestas de Navidad sino una gran tempestad de arena y polvo que me zarandeó en catorce torbellinos. Aquí estoy, varado tierra adentro, lejos del océano mar. No hubo cambio de año, solo tránsito desordenado de cansancios. A un lado, los 12 meses ya vividos empaquetados para el reciclaje; al otro, una caja nueva, vacía, dispuesta a recibir experiencias, ilusiones, o las mismas recargadas.

El tiempo carece de segundos, días, meses y años. Nuestro tiempo es una ficción intelectualizada para percibir y soportar su avance desde el nacimiento a la muerte. Es este el camino de Cavafis hacia Ítaca. Cada uno tiene el poder y la libertad de colmarlo de tesoros o de basuras. Al final de ese tiempo falseado en su medición, llegará el examen final, un examen real e íntimo sin ángeles ni arcángeles: mereció la pena o todo fue un desperdicio de oportunidades y talento.

El tiempo es el camino. Lo valioso no es lo que depositamos, o abandonamos, en él. Lo valioso,  lo útil, es lo que nos llevamos. Las cosas más llamativas y golosas son las más inútiles, pese a su apariencia: pesan, nos retrasan, impiden ver otras diminutas y mejores. No son los BMW, ni las casas hipotecadas, ni los matrimonios arrastrados por negocio o engaño los que darán lustre al examen definitivo, sino los olores y los sabores; las memorias concretas, las personas que hemos conocido, saludado y querido; las aventuras vitales escuchadas y compartidas, vividas de segunda o tercera mano. Todo es transcendente pues habrá un examen de sonidos y otro de silencios.

Las fiestas, esa tempestad de luces, engaños y gastos que me confunden cada año humano, no sirven para contar vida. En África la existencia se cuenta por acontecimientos: el año de la gran sequía, de la construcción de una escuela, de un pozo o un dispensario… El año de la llegada de un misionero, un médico o un muzungu (el que viene de muy lejos en suajili que se aplica a los blancos).

Son hechos que marcan un antes y un después en la organización mental de una familia o de un grupo. A veces sueño que he podido ser ese gran acontecimiento para alguna de las personas con las que me crucé: algún niño de Congo o Sierra Leona, como aquel exguerrillero a quien regalé mi pañuelo y se lo puso años después en una boda pues era su prenda más querida. A veces sueño, deseo, que él y su familia miden su existencia marcada por el año que pasó el blanco de la barba blanca. Es solo una ilusión, no un acto egocéntrico. Espero.

Cuando se consume ese tiempo imaginario, el camino, cuando tomas conciencia del desgaste, de la inevitabilidad de todo final, remueves entre tu vida reciclada en busca de porqués que te salven. Observo desde donde escribo los objetos acumulados. No veo formas; escucho risas, voces, saludos. Cada uno es una película. Todas juntas, ordenadas, es lo vivido. No está mal, de momento. Feliz fin de semana; feliz cuesta de enero.

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