Dos años más de recesión, dicen; dos años más de excusas para la poda, para la quema; dos años más de jubilaciones santanderinas millonarias, de bonus de escándalo, de silencios cómplices, de sociedad inanimada, muerta, dividida, asustada. La gran estafa continua en medio de leyes que la amparan y protegen al tanto por ciento de complicidad. Es sábado, llueve un sol que no es de invierno; hasta el clima anda errante y confuso. Música de escape: un aeroplano para soñar. Buen fin de semana.
En las redes sociales fluye un debate apasionante, de cierta altura, que no está en la política ni en los medios de comunicación tradicionales, por lo general más dados a la desmesura fúnebre y a la desmemoria; recordar cuesta trabajo, tiempo y dinero. Para recordar son necesarios los viejos, los que tienen la lengua larga y la ambición corta. Hoy escribí en esas redes: “Transición española: se juzga al juez que intentó mirar debajo de la alfombra y se tiñe de oro la biografía de un franquista. Algo falla”. Después elevé el invite: “Este país necesita una comisión de la verdad, que se recuperen los m?s de cien mil desaparecidos y que todos pidan perdón. Este país lleva mintiéndose desde el Cid, un señor de la guerra por beneficio propio y no el héroe cristiano que vende la historia imperial, la misma que ahora ensalza a Fraga”. Un periodista a quien respeto y quiero me corrigió: “Lo que necesita este país es trabajo”. Me hizo pensar.
Creo que la memoria histórica, asumir un pasado trágico común, y pedir perdón a quien sea, a los vivos o a los muertos, debería ser una exigencia ética; un primer paso esencial para la construcción de una sociedad limpia, sana, capaz de esperanza. Quedan más de 100.000 desaparecidos en fosas comunes y cunetas. ¿Podemos avanzar sin devolverles su nombre? ¿Sin entregar los restos a sus familias? Os recomiendo el libro de Gervasio Sánchez: Desaparecidos.
La transición española tuvo grandes aciertos, el principal evitar otra confrontación, y errores: aceptar una amnesia nacional sin contrapartidas, sin un ‘lo siento’. Un ‘lo siento’ sin colores ni ideologías, de muerto a muerto, de víctima a víctima.
Esa España sin memoria nació en 1977 carente de ética colectiva, ayudó a apuntalar una sociedad poco crítica, quejosa, acostumbrada a la sumisión, a mirar hacia otro lado; una sociedad obediente de nuevos ricos que solo pensaban en endeudarse como si esto fuese jauja: pisos, cochazos, joyas, vacaciones, apariencias. Unos pedían créditos; otros, los bancos, se forraban en la ruleta de la morosidad.
Sin ética colectiva ha triunfado la España de los listos, de los roldanitos y gürtelitos, la España sinvergüenza. Nadamos en paro porque no tenemos ética colectiva, porque nuestra democracia ha sido incapaz de crear una economía productiva más allá del amiguete, el comisionista y el bien colocado que canta a tiempo la ganga urbanística. Tenemos paro porque solo hemos producido corruptos y especuladores. No hay trabajo, solo saldos con contrato basura. Las excepciones, que las hay aunque externalicen beneficios, son héroes. Sin ética colectiva no existe sociedad civil ni exigencia de castigo a los mentirosos, a los defraudadores. El ayer es la base de hoy, de mañana. Quizá perdimos una oportunidad histórica en la transición. Quizá perdimos la oportunidad de tener un himno hermoso, sin vencedores ni vencidos, un himno de todos como este pasodoble maravilloso: Suspiros de España.
Tengo un defecto: capacidad de memoria; no me la pudieron extirpar. Crecí con recuerdos en una España gris, negra. Los recuerdos que se multiplicaron durante mi infancia y juventud. Me salvé por un año de cantar la canción de los vencedores formado en el patio del colegio. Nací en una familia dividida, como tantas en un país dividido: unos en el exilio; otros, bajo palio. Me educaron sin odio en una de las dos Españas que ha de helarte el corazón, en la España de la sotana, de los santos y los milagros.
Me gusta esta España democrática llena de defectos y me gustan sus gentes aunque nací en otro por casualidad. Me siento de este país, de los dos, del país completo, el de los millones de personas que supieron festejar la victoria futbolera sudafricana sin miedo a los símbolos. No supimos forjar una nación, un Estado. Basta con leer a Américo Castro. No aprendimos a convencer, solo a vencer, aplastar. No hubo demasiadas luces y libertad en un mundo de sombras e inquisición.
Somos un país que se amputó hace siglos cuando abandonó el espíritu de Alfonso VI, rey de las tres religiones y respetuoso con todas ellas.
Solo quería escribir que la muerte no canoniza, no lava, no borra, no quita líneas, párrafos y folios de una biografía. La de Fraga está llena de sombras; también hay luces: guiar como un Moisés a la derecha franquista hasta la democracia. Fue un largo camino pues venían de muy lejos. Fue un hombre inteligente, iracundo y escaso de humildad que dedicó su vida a reinventarse. Por lo leído, lo logró. De aquella derecha respeto mucho a Adolfo Suárez, a Torcuato Fernández Miranda y a otros. A Fraga, no. Le veo como un Hércules con la calle, que era suya, a cuestas.
Nací con memoria y la conservo. Un problema en un país que decidió librarse de ella, prohibirla. De las dos Españas me gusta la tercera, a la quedó aplastada en la guerra, la que no pudo ser, la España de la Institución de Libre Enseñanza, del voto femenino, de los derechos humanos, la de Chavez Nogales, la de mi abuelo y bisabuelo. Con permiso, me pongo música de esperanza. Feliz día a las tres Españas.
Tres memorias entre miles de un tiempo muy largo; son memorias personales, de jóvenes como yo en 1977 que murieron a manos de la policía o de la extrema derecha en las mismas manifestaciones en las que yo participaba. Hoy no escribo del ministro de Interior fallecido (Vitoria, Almería) ni del sustituto, su proahijado Rodolfo Martín Villa, hoy escribo de los olvidados: Carlos González, Mari Luz Nájera y Arturo Ruíz.
No lloro, no participo en la fiesta del olvido colectivo, en el homenaje póstumo a quien no lo mereció en vida, hoy solo recuerdo.
Parece optimista; un desafío a la que está cayendo en medio del silencio. Me ha arrancado una sonrisa de vaho. Imaginé a una persona fabricando el cartel, colgándolo de su ventana: verde que te quiero verde, lorquiano. Imaginé su paciencia, su sonrisa. En calle había sol, un sol de calor que matizaba el frío de Madrid. A la vuelta no miré el cartel. El cielo estaba sombrío y mi ánimo poco dispuesto a las decepciones. Me sentía lunes: regreso al trabajo, a la madrugada. Pensé en una segunda persona creando un cartel rival: “A pesar del optimismo de mi vecino, cada tarde desaparece el sol”.
Sol, luna… El problema somos nosotros; nuestra resignada complacencia sin preguntas. Buena semana a todos.