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Voces en The Artist

The Artist. En mi cabeza suenan las voces no escuchadas, los ladridos, el mundo en blanco y negro previo a la Gran Depresión, a la Gran Hecatombe. En mi cabeza suena Etta James, que no hace mucho cambió de tren para viajar en dirección opuesta a la mía. Suenan muchas cosas; me siento lleno, colmado. El cine, como la Literatura, permite vivir varias veces, apropiarse de otros para ser más tú, mejor tú.

Me gusta cuando las historias escapan al telón del The End; cuando se duplican y mezclan con lo vivido. En The Artist salen mudas de la pantalla y crecen habladas con el paso de los minutos, las horas.

Debió ser una tragedia para muchos el salto del cine mudo al sonoro. Lo es ahora el cambio de la prensa impresa a la era Internet, también en tiempos de grave turbulencia económica. Todo cambio brusco deja cadáveres en el camino: personas, ideas, olores, sueños. El cine y la Literatura son instrumentos al alcance para capturar lo que se esfuma, lo que se esfumó, y conservarlo. La memoria es un museo, nuestro patrimonio. Ver y leer es resucitar. Somos gracias a lo que dejó de ser; somos solo peldaños de una escalera.

The Artist tiene dos grandes interpretaciones, pero la del perro es única, un contrapunto de ternura; un sentimiento que para muchos dejó de ser, lo perdieron en algún ascenso social. The Artist emociona. Para emocionarse es necesario bajarse de la coraza, del personaje, del ego que domina. La oscuridad de una sala de cine ofrece una oportunidad única de clandestinidad. Desde hace muchos años me da igual si me ven emocionarte, sentir. He aprendido que vivir es ser uno mismo, no lo que esperan los demás.

Buen fin de semana.

Por fin, la tecla

Después de nueve encuentros jugando a bloquear de mala manera al Barcelona, Mourinho ha encontrado, quizá sin desearlo, la tecla para ser mejor: jugar al fútbol. Este partido lo mereció el Real Madrid: en la primera media hora y, sobre todo, en la segunda parte. Es la primera vez que veo al Barcelona asustado, frágil.

Esta eliminatoria la perdió su entrenador en la ida y en dejar a Benzemá, su mejor jugador, en el banquillo. El resultado es malo y bueno, muy bueno; se pierde pero se rompe el bloqueo psicológico del club ante este Barça. Los jugadores, y espero que su entrenador, ya saben que pueden ganar. No son imbatibles. Solo hay que ser mejores y tener suerte. Esto servirá para los próximos partidos, quizá en la Champion. Este partido, el modo brillante en el que se ha jugado, es gasolina para la Liga. Una dosis de confianza: es un torneo que se puede y debe ganar.

El árbitro Texeira ha estado desastroso. Erró en tres penalies: dos a favor del Madrid y uno de Barça; pitó mal varios fueras de juego perjudicando a ambos y fue muy casero en las faltas. Pudo expulsar a Lass, nunca a Sergio Ramos. Lo mejor del encuentro es que ahora solo recuerdo el juego desplegado de dos equipos de calidad entregados, con mucha lucha y buenas jugadas. Espero que el Barça se canse mucho en la siguiente eliminatoria con el Valencia. Ahora soy del Mirandés.

El puente de Baudelaire

Si tienes talento escribes debajo de un puente; eso dicen que decía Baudelaire. No tengo puente, pero si una niña cerca que canta, salta, toca la flauta, me pide que le tome la lección y vuelve a cantar. Creo que Baudelaire tendría graves problemas para redactar un post en estos momentos. En las redacciones se escribe en medio de un silencio funeral; no se escucha el teclear de una mosca ni el vuelo de una mala idea. Todos con la cabeza en las pantallas, escondidos, absortos en el más allá, incluso más lejos, algo contraproducente cuando trabajamos con y para el más acá. A veces se escucha un grito en 140 caracteres desde las mesas digitales: ¿Quién está con no sé qué? Y quién responde tímido: yo.

Hemos perdido el vértigo de Baudelaire, el bullicio, el cachondeo, la risa. No pasan carretas ni camiones sobre nuestras cabezas. Tampoco nubes ni soles de invierno encerrados como estamos en edificios inteligentes que, de momento y por fortuna, no saben redactar noticias.

Como no volverán las oscuras golondrinas de Bécquer ni las máquinas de escribir ni el humo del tabaco del puro de Rajoy ni las blasfemias, una solución podría ser poblar las redacciones de niñ@s armados con flautas para que cada periodista recupere el tino de trabajar en medio del carajal, de la marabunta, del griterío, de la urgencia y el caos, no vaya ser que la culpa de nuestros males no sea Internet o nuestra impericia demostrada sino ese maldito y puñetero silencio.

No sé si desaparecerán los periódicos impresos y todo serán webs y periodistas ciudadanos digitales a los que no habrá que pagar: miles de tuits y fotos tomadas por cámaras superinteligentes que permitirán editar después desenfoques, luces y cagadas.

Me gusta el papel, el libro, su tacto, su olor. Antes de que sea tarde busquemos salidas prácticas, de sostenibilidad económica, ideas imaginativas que colmen a empresarios, anunciantes, peatones y kioskeros, y salvemos de este modo nuestro oficio.

He redescubierto el Bovril

De Portugal me gustan Lisboa: cuando amaneces pareces un barco que navega, decía Cardoso Pires en su último libro; y el fado, su saudade interior. Me gustan sus gentes, la comida, la educación, la costa alentejana. Hay días que me levanto con ganas de ser portugués. De Portugal me gusta Saramago, su obra, su olor a un mundo que se esfuma irremediablemente; otro tipo de saudade entre silencios.

He redescubierto el Bovril, tan inglés, tan portugués, tan saramagoniano. Un sabor que me arrastra a mi infancia, a Inglaterra, a mis abuelos. A la estación de Goring-by-Sea, al sendero de la yerba quemada, la lluvia y al bovril del té a las cinco. Recuerdo a mis amigos del Pinar de Chamartín subir a casa de mis padres para asistir incrédulos al espectáculo de verme merendar extracto de carne untado en tostadas de pan con mantequilla. “Es comer avecren”, decían.

Vuelvo a desayunar bovril untado en mis desayunos. Es defensa propia: comerse un vaca loca para sobrevivir en un mundo de presuntos cuerdos. ¿Escribía de Portugal? Me gusta ese país. Me gusta Miguel Torga que me regaló el título de lo que es vivir una vida: construir tu propio mundo. Ayer hice años, como se dice en los pueblos, como decía Saramago. Hacer, construir, participar. No es una condena, es solo un caminar más o menos lento hacia algún sitio.

No tengo fuentes pero sé lo que va a pasar


No tengo fuentes en el vestuario; ni con los españoles ni con los portugueses; no tengo acceso al entorno de Mourinho, que no es otra cosa que la extensión de su ego con otras voces y el mismo cansino decir; no tengo el teléfono móvil del afamado intermediario que todo se lo cuela al presidente del Real Madrid. Solo tengo ojos y un poco de cerebro para sacar conclusiones. Si ganara la Liga este año, el llamado The Special One, hará sus maletas, cobrará una talegada (a la que no renunciará ni por dimisión) y se marchará a Inglaterra. Allí le esperan en Manchester, no sé si en el United de su todavía amigo Ferguson o en el City del nulo Mancini.

Se irá diciendo: “Yo gané esto y aquello y bla bla bla”. Se irá para no soportar la comparación diaria con Messi y Guardiola, sus antípodas. Se irá para no empequeñecerse más, y en esto debe darse prisa o acabará en miniJose. Llegó con la vitola de ‘mejor entrenador del mundo’ y se irá sin maillot y el culo colorao.

En Inglaterra le ríen mejor sus gracias en tres idiomas simultáneos, que aquí siempre anduvimos mal de lenguas extranjeras. Allí, con suerte, solo se verá una vez al año con el Barça; con mala, dos. Allí podrá sobrevivir lejos del reinado de la excelencia de Xavi Hernández y simular el suyo, su pompa y circunstancia.

Tal vez le acompañe Ronaldo en la escapada, un excelente delantero que necesita un equipo que juegue para él. Prefiero a los Messi, Silva, Özil, que logran mejorar a cualquier equipo, que juegan en grupo y para el grupo. Debería seguirle Pepe con su disfraz al descubierto de Anibal Leckter, que aquí ya tiene puesta una cruz, tal vez excesiva, pero ganada a pulso.

Mourinho vive entre dos mitos: su victoria con el Inter en aquella semifinal, una anomalía, y el 5-0 del Nou Camp, otro tipo de accidente. De cien Barça-Inter solo uno calificaría a los italianos. Lo suyo no fue sapiencia futbolística, táctica, fue solo el sonido de la flauta del burro de la fábula. Ha intentado variedades sobre su casualidad interista, pero nunca ha intentado jugar al fútbol como ayer contra el Athletic de Bilbao.

El Bernabéu ha perdido el respeto a Mourinho y le carga la chulería insaciable de Cristiano; yo nunca se la tuve al primero, y me remito a los post proPellegrini que escribí en su momento. Mourinho representa los valores que detesto; es la cara futbolera del todo vale, del capitalismo salvaje, de los sin-valores.

Mientras que espero un milagro el miércoles, sueño con otro a medio plazo: un Real Madrid sin dioses, sin seres superiores. Me bastan Özil y los magos silenciosos.

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