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Caen congeladores sobre Madrid

Vengo seco, helado, siberiado, con la garganta quejosa, cansada. Hablé esta tarde y hablé demasiado, como siempre, quizá disperso. Por la mañana estuve dos horas con jóvenes, casi niños. Dos clases juntas. No sé qué efecto producen las palabras flotantes cuando se depositan en personas que no las esperan, personas distraídas, con la guardia baja. Libero palabras viajeras y viajadas, emociones de ida y vuelta, las que me salen de dentro y las que regresaron recargadas.

Cuando escribes no sabes quién lee, si es que alguien lee; no ves la cara, su expresión, los ojos, la sorpresa, la indiferencia. No escuchas su voz. Cuando das una charla tienes la respuesta inmediata: el lenguaje corporal, los gestos, el bostezo, la sonrisa. Esta tarde se levantó un hombre nada más empezar y se marchó con paso firme, demasiado firme, parecía airado, molesto; quizá iba a otra charla, quizá no iba a ninguna. “Libertad de expresión”, exclamé.

Los más resistieron. Gracias. Había universitarios sin esperanza, temerosos; personas asentadas, creciendo. Traté de ser optimista porque lo soy. Me niego a la melaconlía aunque me invada cuado escribo. Escribir es mostrarse, dolerse.

Creo que está En España la cantante portuguesa Lula Pena, mi favorita desde hace años. Me gustaría oler su música. Su canto está preñado de saudades, pero tiene luz, camino. Me gustan sus argonautas, parecen marinos, ecos, olas. Es jueves, casi viernes, caen congeladores en la calle. Echo de menos el miércoles; no por nada, solo porque parecía primavera. Buen fin de semana,

Caminando sobre piedras

Camino sobre una bola de piedra que gira sobre sí misma; no avanzo, apenas me muevo. Aunque creo la ilusión del movimiento utópico en mis piernas mi cabeza conoce la verdad, la trampa. Los cuerpos que se disocian generan quejidos, nudos, dolores de espalda. Escribo en una cocina prestada frente a una pared de azulejos añiles y crema. Parecen un cuadro, una tercera Gioconda. Dentro de cada uno vive una hormiga encaramada a una grava minúscula. Las hormigas pedalean en una quietud de muerto. Es el siglo XXI que no corre, se despeña.

Vivo en un mundo construido sobre una roca. Dentro de ese mundo hay millones de personas que ni siquiera tienen piedra, ni agua potable, ni luz, ni motivos para engañarse. Son espectros, respiran invisibles. A ambos nos rodea un mundo superpuesto, celestial, de caballeros autosuficientes armados con tijeras, mazos y picos. Los que nos amenazan no caminan, viajan en coche oficial, mandan.

Aparco rebelde mi piedra en zona prohibida. Dejo las llaves puestas para me la roben, para que se la lleve la grúa. Carece de matrícula, de dueño. Estoy a salvo.

La democracia es un invento disociado. Cuando la democracia padece dos discursos simultáneos y opuestos se multiplica la sordera colectiva. Ahora, con la crisis y los recortes ha desparecido el segundo blablablá; queda Orwell, 1984. Cuando sales a la calle para gritar rabia, el grito regresa con un esparadrapo en la boca. Hoy pasé bajo un balcón en el que colgaban dos sábanas con eslóganes de segunda mano, que hasta la rebelión se repite, como los políticos.

Recordé a Eduardo Galeano, a sus palabras andantes; en ellas recogía un lema majestuoso, inteligente, fresco, escrito sobre una pared de Medelllín: “Proletarios del mundo, uníos (último aviso)“. Subo la música. Es Aute, más viejo, más vivo. Quiéreme aunque sea de verdad.

Un mundo despacio

En el vagón del Metro mañanero, madrugador, hay igualdad apretujada: un mundo que se mueve a la misma velocidad. Unos leen, otros dormitan; los más, miran, piensan, sueñan, respiran como un pez. Pocos hablan y cuando lo hacen picapedrean el cerebro de los que callan. En las paradas entran y salen actores del escenario, se barajan las personas, nunca los papeles ni el traqueteo. Es un mundo que se desplaza compacto debajo de otro apresurado en el que muchos corren, bocinean, resoplan, gritan. Una manada desbocada.

Desde que dieron señal en los túneles a los teléfonos móviles, el mundo ruidoso trata de alterar la paz del mundo callado. Nadie protesta; si el enviado sube el volumen, los demás aumentan la desconexión.

En el mundo subterráneo también viajan los últimos inventos tecnológicos, pero abajo parecen inofensivos. Arriba, cada día es un estrés: la reinvención constante de uno mismo, un retarse modernamente en estar a la moda. Si descansas, si no consumes gadgets, te quedas analfabeto, fuera de la manada.

Cada vez veo más libros electrónicos en el mundo subterráneo. Aún no sé si son mejores que los impresos en papel porque la gente que los lleva parece más pendiente de que les vean que de leer.

Dentro del vagón del metro prefiero observar, estudiar los rostros, las manos, los zapatos e imaginarme a las personas, su vida. Hoy entró una mujer hermosa: pelo castaño, ojos castaños, ropa castaña y un lunar cerca del ojo izquierdo. Tenía una mirada castaña, melancólica. Me levanté y le cedí el asiento. No era anciana ni estaba embarazada ni usaba bastón ni muletas. Solo era un mujer triste, amputada, invalidada de otra manera. La mujer me miró, sonrió y se sentó despaciosamente. No hubo palabras, solo una conversación.

Una nadería de nada

Un ejercicio de resistencia frente a un mundo veloz: sentarse en cuclillas ante un grifo que gotea despaciosamente, dejándose la eternidad entre gota y gota. Tengo que vaciar la mente, neurona a neurona; cerrarla, ventana a ventana. Lo intento una y otra vez pero en lugar de gotas caen torrentes de letras apretujadas en tuits incomprensibles. Escucho el ruido de la velocidad de la intrascendencia golpeando el suelo de madera. Parece un fantasma llamando a la puerta del castillo.

Subo el volumen de mi camisa de fuerza. Suenan los directos de las televisiones superpuestas: miles de voces narrando en decenas de idiomas lo irrelevante, la nada. Enciendo la televisión de casa. Veo un pasillo de asfalto por el que circulan caravanas de coches que escupen líderes ante unos periodistas enjaulados. Los periodistas extienden los micrófonos, gritan; los líderes saludan, murmuran reiteraciones.

Intento un segundo ejercicio de calma frente a este mundo vacuo: una semana sin leer periódicos, sin abrir el ordenador. Un amigo me deja cada mañana en el felpudo el dibujo de El Roto y una barra de pan (integral, por favor). Desayuno sus personajes a palo seco, sin mojar, según me vienen. Los personajes de ficción son mejores que los reales: no engordan.

Prendo un fuego en la chimenea que no tengo y observo las llamas. Me gustan sus juegos de transformaciones. Cojo un puñado de tuits del grifo y los arrojo a la hoguera, como en la Inquisición. No se escuchan ayes ni protestas. Son tuits-corderos. Golpes en la puerta. ¡Abra! ¡Policía! Es el FBI; entran armados, como en las películas. Me acusan de ser un anarquista, un incendiario. Me defiendo con el argumento de que tengo un piso pagado. Responden que entonces soy un anarquista con suerte y sin principios.

Suena un gong. Es Wall Street que acaba de cerrar la sesión con pérdidas. Una voz grave lee los nombres de los que se han quedado sin ahorros. Uno de ellos es el mío. El público del plató aplaude, se desternilla. Parece un reality show, pero es solo una pesadilla que se repite.

El silencio en The Artist (y 2)

The Artist me crece, se recrea una y otra vez dentro de mis entrañas. Su mudez, su silencio, son un desafío a este tiempo ruidoso, vorágine e intrascendente: miles de luces de neón pasándonos delante de los ojos de persiana en persiana, de ciudad en ciudad. Es una película que invita a la pausa, a parar, a sentir. Una amiga sostiene que vivimos una vida en las que se nos exige reinventarnos cada día para no quedar obsoletos. Siempre a la última, siempre en el ruido, en marcha, una vida de cien metros lisos.

The Artist parece un desafío a ese estrés, a la locura de correr sin sentido hacia ninguna parte. La película me crece y dejaré que así sea, que me empape y desborde. Después, sin el efecto-bálsamo, volveré a verla en la sesión de las 1540 en un cine semivacío en una ciudad apresurada; una hora lenta, callada, para que no olvide que la existencia es un hermoso maratón.

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