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Tengo los antidisturbios dentro

Llevo todo el fin de semana con ganas de vomitar. Mi estómago se adelantó a los sindicatos y ha iniciado unas concertaciones no autorizadas por su cuenta. No me gustan los estómagos con ideas propias. La gobernadora civil de Madrid -¿se llama así?- ha enviado a mis conductos gástricos una dotación de antidisturbios que al parecer “se ha visto obligada” a intervenir. Escucho explosiones y disparos; carreras y gritos; vuelan pelotas de goma que rebotan dentro y duelen fuera. No son gases; solo falta de tolerancia.

He acudido a urgencias de forma urgente, antes de que aprueben el copago o requetepago, que será lo siguiente. Tras numerosas pruebas me han anunciado que tengo una indigestión causada por una reforma laboral en mal estado. Me han practicado un lavado de estómago y según salían las frases del decreto-ley, por donde deben salir estas cosas, una auxiliar las lavaba, otra las secaba y una tercera las leía desde la ventana a una multitud congregada en la calle que gritaba ¡Vivan las cadenas!

Al escucharlo, me incorporé del paritorio y pregunté: ¿Siglo XIX? La enfermera me acaricio el poco pelo que tengo, sonrió como solo saben sonreír las enfermeras y dijo: Tranquilo, descansa, que aún quedan por salir las causas objetivas del despido procedente y los ERES sin autorización administrativa.

Nunca he sido madre, pero parir un decreto con tanta arista, letra pequeña y mala leche es un sufrimiento. Se lo confesé a la enfermera. Se puso seria, me soltó la mano y dijo: Eres una experiencia piloto promocional con derecho a cuidados especiales, pero a partir de mañana se lo aplicarán a todo el mundo, a pelo y sin lavativa. Y ser experiencia piloto no te libra de repetir experiencia.

Los últimos en salir de mi estomago fueron los antidisturbios. Saludé al capitán. Me pareció lo más educado por ser el dueño del campo de batalla. El capitán me miró con frialdad y dijo: Volveremos.

Los comentarios, una disculpa

World press es efectivo para detectar los mensajes chungos y enviarlos a un lugar llamado spam, antes conocido como infierno. Pero resulta bastante torpe con muchos de vuestros comentarios; los coloca caprichosamente en una carpeta llamada ‘pendiente’, antes purgatorio. Cuando me acuerdo de esta faena, que no es todos los días, acudo al lugar y libero a los justos allí encerrados. Después, ya en el cielo, el paraíso, como se quiera llamar, los leo con calma, disfruto.

Ya os comenté que el nivel de mensajes es muy bueno, anima y guía. Parecemos una pequeña comunidad, incluidos los críticos, claro. Pido disculpas por la torpeza de la herramienta y por mi falta de atención diaria con el estado del purgatorio. No puedo prometer cambios en la máquina ni en el hombre, pero iremos trampeando con la vida en medio del sitio. Sitio de sitiados porque hemos de reconocer que nos tienen bien rodeados. Bandera blanca, nunca.

Feliz fin de semana.

Hoy me gustaría ser extranjero

Lo unánime no es lo verdadero. A veces lo unánime resulta vergonzoso, injusto. Nada es blanco o negro. Todo es complejo, pero en las prisas y en los prejuicios, en los linchamientos políticos, no hay tiempo para grises. Le sucede a los dos bandos.

Tal vez habrá sobrepasado sus funciones, los procedimientos, escuchado donde no debía… Baltasar Garzón ha acumulado una carrera de pisacallista, de tocahuevos, que ahora le pasa factura. Hace años se lo advirtieron a un amigo periodista: “No seas tan brillante, es peligroso”.

Garzón es un elefante, un iluso, un utópico. Me gustan las personas que estiran la ley para detener a un asesino de masas con uniforme de tirano banderas. Me gustan las personas que estiran la ley para dejar a los que matan con parabelum sin dinero para seguir matando. Me gustan las  personas que estiran la ley para buscar a los más de 100.000 desaparecidos, los esfumados, los escondidos, los nadie de Galeano que pueblan caminos y nuestra desverguenza colectiva.

No me gustan los que encogen la ley por miedo, por medrar, por el qué dirán.

Me gustan las personas como Gervasio Sánchez que no se muerden la lengua, que no miden si esto les beneficia o les perjudica, personas que denuncian, que molestan. Me gustan los que no son serviles, paniaguados, temerosos de dios o del diablo, o de su jefe. Me gusta la gente honrada, limpia. Los imprescindibles.

Le han condenado siete jueces unánimes por saltarse las reglas. Con otros suprimieron las pruebas obtenidas de manera ilegal; a este le suprimen la toga entera. Contentas deben andar las dos juezas socialistas que tanta inquina le guardaban, los mediocres que le envidiaban y los demócratas de las JONS que sobrevivieron mudandose de uniforme que no de ideas.

Le librarán de penarle con los presuntos delitos contra la ley de amnesia, daría mala imagen, y cargarán las escopetas en el tercer caso. El guión del ajuste de cuentas está cantado, pero esto no es prevaricación, solo justicia.

Hoy me gustaría ser extranjero, etéreo, otro. Hoy me gustaría ser conciencia, como Labordeta.

Personas iglú bajo una luna que decrece

Madrid, aire gélido, personas-iglú encogidas, envueltas en lanas y prendas. Luna llena que decrece. No hay invisibles, y si los hubiera no los veo. Los perros caminan al trote con una sonrisa en los labios; los gatos que cazan ratones no han salido de paseo, ven la televisión. Escucho música, La flauta mágica. Cuando me sumerjo en esta maravillosa ópera de Mózart sé que algo crece dentro de mí, algo bulle, quizá un manojo de palabras, quizá el resto de una novela dormida. Tengo que leer lo escrito en Roma, enfrentarme a la seguridad del desescanto. Primero, la sentencia: “¡Vaya mierda!”; después, un lento enamoramiento: “Pues no está tan mal; habrá que trabajarlo”. Es un proceso. Cuando la historia se pone en pie y te habita, te gobierna, te hace soñar, dormido y despierto, escribir es un trabajo de copista; la imaginación dicta, tú escribes. Me encanta navegar en un mundo creado por uno mismo, huido de este otro sucio y previsible, corrupto e injusto. Hay un tiempo para gritar y un tiempo para gritar más fuerte. Este es el tiempo, este es el momento.

Un hombre se levantó y dijo: “Hablar del Holocausto es reabrir las heridas de Alemania y además no fueron tantos como se dice”. Otro, no lejos, añadió: “Lo de Sadam Husein no fue una dictadura, fue un Gobierno autoritario; Irak necesita un hombre fuerte”. Un tercero, afirmó: “Buscar desaparecidos en Guatemala es tirar el dinero con la crisis que tenemos”. Un cuarto tomó el micrófono: “Es posible que Stalin matara a algunas personas, pero los otros también”.

Ningún demócrata, de derechas o de izquierdas, toleraría este tipo de comentarios sin responder. ¿Por qué en España callan?

Aquí no solo se perdió una guerra civil, se perdió todo el siglo XIX. La democracia no amnistío, se amnesió y renunció a escribir una historia común sin vencedores ni vencidos. Pinochet murió en la cama sin condena alguna, pero gracias a Baltasar Garzón y a otras personas, el dictador perdió el sitio que se había reservado en la Historia de Chile para acabar en el que se merece, en la de la infamia. En España hay más desaparecidos que Chile, Argentina, Brasil y Paraguay juntos. ¿No son suficientes 100.000?

Aquí la derecha no llama dictador a Franco ni condena sus crímenes ni ayuda a buscar a sus víctimas. En España se persigue al juez que quiso saber. Una democracia sin justicia es un sistema amputado, impostor. Gracias al juez juzgado, el Supremo que le persigue con tanta saña tiene que escuchar cada día los testimonios de hijos de desaparecidos. No es justicia, solo un paso, que las voces impregnen paredes y togas para que nadie, ni los desmemoriados, ni los hijos de los otros, olviden. Recordar es la garantía, es el futuro.

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