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Soy lento: me empiezan a gustar las vanguardias cuando han pasado de moda. Me resulta más fiable un artista muerto que uno vivo; no puede defraudar con una mala obra, una estupidez, un tuit. El sábado, el día del Partido, vi Vida y resurrección de Marina Abramovic en el Teatro Real de Madrid. La crítica había sido entusiasta y generosa. Notable alto.

Quizá me falte cultura, sensibilidad, horas encerrado con Bob Wilson en un cuarto vacío con paredes que sacan la lengua, pero la obra me pareció un bodrio hasta la penúltima escena del primer acto. Me encantó la última: la música de Anthony, el movimiento de los actores, las luces y el juego de las banderas blancas. Era un símbolo de toda la obra: sobraba Marina Abramovic vestida de militar encaramada en un caballo de madera: rostro ateatral, haciendo nada, siendo solo ella misma, como si eso fuese importante. La segunda parte tiene una ventaja sobre la primera: es más corta, quizá por eso me gustó.

Lo mejor: la exhibición de William Defoe, ¡qué actor!, ¡qué forma de transmitir! En el supuesto diálogo que sotiene con la señora Abramovic, él interpreta un texto; ella, automatiza, fría como un témpano. Me encantó el monólogo sobre el sistema balcánico de cazar ratas, referencia a las guerras, a la locura, el odio prefabricado y el nacionalismo como arma destrucción del Otro. Los textos son buenos, pero igualan lo sublime (las recetas) con lo banal. No jerarquiza, no hay escaparate, parece un todo a cien, casi un periódico en medio de la crisis.

Anthony parece una primadonna; me conmovió la segunda canción, aunque no sé qué hacía vestido de hija de Zapatero. No es una ópera y resulta una estafa programarla como tal. Unos cuantos habituales se marcharon ofendidos en el descanso. Los vídeos me parecieron vacuos. Si tengo que poner mi imaginación para insuflar vida a una muestra artística deberían pagarme el sueldo del autor, no cobrarme la entrada.

Los problemas de la infancia de Marina, su pésima relación son su madre-padre, no son serbios ni extraordinarios, son universales. Su pequeño mundo se queda en su mundo pequeño, no se eleva, no transciende. Por lo menos, a mí no me llegó; fue una lluvia intermitente, calabobos: no moja, no empapa, no queda. Me gustó que la bala del juego de la ruleta rusa con un amigo acabara incrustado en El idiota de Dostoievski. Otra metáfora de la misma obra. Pese a todo, pese a que el asiento del Real parecía de piedra, mereció la pena ir, perderse el Partido (grabado), siempre queda algo para el recuerdo: la imagen del público revanguardista puesto en pie aclamando a Marina. Solo faltó que alguien gritara: “¡El rey está desnudo!”. Quizá no sea o más adecuado en un teatro tan monárquico.

Aquí estamos y con librito

No sé bien por dónde empezar. Quizá, una buena idea es dar las gracias por los mensajes y ánimos recibidos. Me he sentido acompañado, feliz. Supongo que todo irá saliendo, sin prisa, sin necesidad de exhibir nada, solo como parte de uno que se desgrana: el susto, la lucha cotidiana por encontrar los alimentos sin sal, el reseteo mental, el vértigo de lo que pudo haber sido y no fue. En este mes he aprendido a pausarme por dentro, he recordado las prioridades vitales. Espero no volver a olvidarlas. Tengo una segunda oportunidad y mucha suerte.

Además de regresar hoy al trabajo (¡coño, lo he echado mucho de menos!; sobre todo a los compañeros), aparece en las librerías un librito: El autotoestopista de Grozni (y otras historias de fútbol y guerra) publicado por Libros del KO, grandes y minuciosos editores con futuro en este mundo que se desmorona para resucitar de otra forma. Podría haber sido semipóstumo para clamor de las ventas, pero no lo es. Pertenece a una colección en la que participan Enric González y Manuel Jabois, entre otros.

En el librito cuento mis peripecias como merengue (nadie es perfecto; lo sé) en Chechenia, Bosnia-Herzegovina, Irak y África; cómo fui Iker Casillas por un día en una playa de Liberia ante un exguerrillero de mirada torva. Espero que guste.

Tendrá más sabor si lo compraís en mi librería de cabecera, que visito casi a diario: Méndez, en la calle Mayor de Madrid. Antonio es del Real Madrid y Alberto, del Atleti, ¡y funciona! En caso de emergencia o distancia supongo que servirá cualquier otra. Feliz Día del Libro. Besos y abrazos.

Más paciencia, más descanso

Ya no se me pierden palabras, pero la doctora manda un poco más de descanso y paciencia. Seguiré en silencio, alimentándome de otras cosas. Espero regresar a partir del 20 de abril, fecha sin sobresaltos históricos, que yo sepa. No es el 14 ni el 25. Muchas gracias por los mensajes. Besos y abrazos.

Lobo reseteado

Intento escribir, explicar el silencio bloguero de estos días, la mudez terapéutica y obligada más allá de un par de tuits, pero me agota pensar, construir más de 140 caracteres. He pasado de una tensión sanguínea muy alta -que me llevó al hospital el lunes 19- a otra regulada, baja, que me garantiza vida teórica. Dicen  que tardaré semanas en acostumbrarme a este sosiego interno dictado por la química y las buenas costumbres: dormir ocho horas y comer sano.

A veces se me extravían palabras, como si cayeran en un pozo. No es un olvido transitorio, un lo tengo en la punta de la lengua como los de antes. Es una desaparición súbita que requiere rescate y paciencia. En la Libreta de las Palabras Perdidas apunto cada una, para retenerla. No son muchas, pero asustan, agitan el fantasma de la mente vacía. La libreta ayuda a recordar resonancia magnética, la que más se resiste por causas de rechazo inconsciente.

Pasó el rayo por la cabeza, alteró por unos minutos el habla y el entendimiento, que no era mucho antes del accidente. No hay secuelas, solo confusión. Hubo suerte, muchísima suerte. Un aviso, dicen. Después, con los días y las conversaciones, averiguo que es una mala tradición en una parte de la familia morirse de las cosas del cerebro.

En la Libreta de las Palabras Perdidas hay espacio para las palabras halladas: episodio, sinónimo médico de lo sucedido; el número de la habitación con vistas maravillosas, el nombre de las enfermeras… De todas las regaladas me gusta esta: segunda oportunidad; así se llama lo que ahora comienza.

Regresaré después de Semana Santa. Gracias por los mensajes. Muchos besos y abrazos.

Si nos van a matar no te suicides

Este título tan clarividente y rompedor solo puede pertenecer a una periodista del talento de Soledad Gallego Díaz, quien ayer pronunció la conferencia magistral ante la Escuela de Periodismo de El País-Universidad Autónoma de Madrid. Es la primera vez en 26 años que la dicta una mujer. ¡Avanzamos!

Habló de la crisis de los medios de comunicación, Internet y Periodismo. Vivimos una gran revolución, un terremoto, una guerra que va a modificar, o enterrar, la industria que conocemos. Este es el trabajo de los periodistas: vivir los cambios, comprenderlos y contarlos dentro de un contexto. Esta vez será complicado porque en la batalla morirán, o moriremos, cientos de periodistas, que engordarán las listas del paro. Que nadie se sienta inmune porque también morirán periódicos con sus tertulianos y gurus a bordo predicando la tierra prometida con un mapa al revés. En este cambio brutal podemos morir todos, incluido el apuntador.

Sol asegura que Internet no es el enemigo; tampoco lo son las redes sociales, las tabletas ni los ordenadores. El enemigo somos nosotros, que olvidamos lo esencial: el debate no es el soporte, sino el contenido. La calidad cabe en la pata de una paloma mensajera.

Sol Gallego está siendo evangelizada en las nuevas tecnologías por una amiga a quien imagino paciente, respetuosa. La conferenciante sabe que estas herramientas son el presente y el futuro del oficio, que no hay vuelta atrás hacia un paraíso magnificado por la memoria selectiva. Nada volverá a ser como antes. Ni medios ni lectores; tampoco los ingresos.

En su charla nos alertó de la existencia de virus que viajan adheridos a la revolución, unas toxicidades que podrían suponer la muerte del oficio: la inmediatez como máxima de un periodismo en cascada, de corta y pega, de comprobar poco para no nos gane la competencia. Gabriel García Márquez enseña en su escuela colombiana: “Primicia es el primero que lo cuenta bien”.

Frente a la celeridad, al vende, vende, verde, de los corredores de bolsa, en el buen periodismo de Sol Gallego Díaz reina la pausa, la reflexión, el saber qué decir. Otra amenaza, otro suicidio declarado, es confundir información y comunicación, lo llamativo con lo importante. Sol detesta denominar usuario al lector. “Si voy al médico y me llama cliente en vez de paciente saldría corriendo”.

Un periódico es una cabecera de la que cuelga inteligencia, buen hacer, rigor, escritura cuidada, respeto al lector, nuestro verdadero jefe. Una cabecera es la suma de años, de cientos o miles de buenos periodistas haciendo su trabajo, ganándose a los lectores que confían en la honestidad de lo que leen. Una buena cabecera es un control de calidad, una garantía.

Hay personas que sostienen que el periódico de papel es una antigualla a punto de desaparecer, una irrelevancia, una anormalidad tecnológica. Todos empujamos de alguna manera hacia un suicidio colectivo. Cambiamos todo, formatos y costumbres por Eldorado cuando quizá sea solo un reflejo, un espejismo. De momento, es ese papel cadavérico el que paga los salarios de los periodistas.

Una idea para reeducar a los visionarios sin GPS, acomodados o no en una corresponsalía europea:  vincular su salario a los ingresos de la web; quizá así logremos su caída del caballo, su reconversión súbita o, al menos, su silencio. Feliz fin de semana.

(¡El sábado concentración de periodistas en Sevilla!).

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