Pasé por delante de la fachada de un banco que no era el mío y un señor alto con barba agrisada, gafas, ojos inquietos y traje gris, vamos, un tergalillo de toda la vida, me invitó a pasar. El hombre llevaba en la mano derecha un gran fajo de billetes de euros que blandía sin cesar: “Al rico dinero, oiga, al rico dinero”. Entré con cautela, dispuesto a salir a la carrera. No sonó el arco detector de metales, tampoco el de morosos.
Dentro, una señora con barba agrisada, gafas, ojos inquietos y traje gris me preparó 25.000 euros en una bolsa de deportes que llevaba impresa una foto descolorida de Baviera. Traté de interrumpir su entusiasmo emprendedor con una pregunta simple: para qué es este dinero. Aseguró que se trata de un rescate personal sin condiciones a un interés estupendo que no tendré que devolver nunca pues para eso está el Estado. Murmuré: “Bien, pero cuál es el interés”. La señora barbuda dijo que aún no se sabía, pero que no más del 3%, y que no me preocupara por esos detalles, hilillos de plastilina los llamó, porque tampoco se pagarán: computan como déficit del Estado.
¿Y la letra pequeña?, insistí. Entraron dos guardias de seguridad vestidos de jueces, también barbudos y con tics en los ojos, y me dieron una paliza de tomo y lomo por “comunista” y “mal agradecido”. Después sacaron el dinero de la bolsa y amenazaron con introducirme el contenido, billete a billete, por donde la espalda pierde su casto nombre. La visión de aquel tormento capitalista ablandó mis principios y tras sonreír sin pasión, como el ministro de Hacienda, dije: “Bueno, pues que sean 50.000”.
El día que sea presidente del Gobierno exigiré una televisión LED de máximo tamaño para pasar los domingos como a mí me gusta: en sosiego y sin ir a misa. Veré la final de Roland Garros a mediodía, a la selección española después y un poco de fórmula uno más tarde mientras mis portavoces venden motos sobre mis denodados esfuerzos por salvar España, por presionar a la troika, a la Eurozona, a la UE y a la ONU entera. Lo más importante de gobernar es parecer que se hace.
Me encantaría gobernar en pijama, rascándome la cosa con una mano y zetapeando con la otra. Me encantaría levantarme tarde, tomar desayuno inglés, o alemán si se tercia, que me lean los periódicos en un susurro (solo sección de deportes) y me cuenten en titulares cómo gira el mundo.
Si algún día soy presidente procuraré que todos los días sean domingo aunque tenga que multiplicar el numero de portavoces.
Un buen presidente no convoca ruedas de prensa, ni acude a dar explicaciones al Congreso de los Diputados ni celebra debates sobre el Estado ni acepta comisiones de investigación. Un buen presidente no abre la boca, solo espera a que las cosas se resuelvan solas y entonces, en ese preciso instante, como un dios resucitado se aparece levitante a los suyos para endulzarles la vida, y a los otros, a los malos, para acoquinarles. Aparecerse es agotador y hay que reservar energías para prometer las mismas cosas con otro envoltorio, para las elecciones, para sonreír, para obtener el derecho a seguir otros cuatro años delante de la televisión con el mando en la mano, el de Peter Sellers en la película Bienvenido Míster Chance.
Me da vergüenza decirlo, pero me da mucha más que no venga nadie. Mañana, sábado 9 de junio, firmaré ejemplares de El autoestopista de Grozni (Libros del KO) junto a Manuel Jabois, Julián Ruiz y Ander Izaguirre con su estupendo Plomo en los bolsillos. Será a partir de las 18.00 en la caseta 96 (Estéban Sanz). Se hacéis cola por cualquiera no confeséis quién para que la ilusión sea colectiva. Si no tenéis dinero, comprad un ejemplar y firmamos todos.
Será mi segunda experiencia en la Feria del Libro. La anterior, en 1999 o 2000, resultó bochornosa: de los siete ejempalres de El héroe inexistenta, cinco eran amigos convocados para la ocasión. Feliz fin de semana.
Hay días como este en que deposito los dedos sobre el teclado y mi cabeza emite vacíos, nadas. Estoy acostumbrado a que sean esos dedos los que decidan el orden exacto de las palabras, la estructura de las crónicas y los reportajes; los post y los moleskines que tanto me abundan.
Aún no sé qué es escribir. ¿Un acto de sinceridad extrema o de soberbia mal disimulada? Tal vez consista solo en devolver lo leído, como Ray Bradbury: masticado, mezclado, creando mundo propios. O en vaciarse para uno mismo, sin exposiciones. Escribir es arrancarse, dañarse íntimamente. Escribir es un acto privado que hacemos público por ego, temeridad o ambas cosas. Yo ni siquiera escribo lo que leo ni lo que invento. Pierdo el tiempo escudándome en excusas que muchos compran pero que a mí no me engañan.
Leer es escuchar lo escrito por otros, entrar en su mundo subterráneo, bucear en busca de puertas, de ventanas, respirar de otra manera.
Vivo en un mundo acelerado, sin pensamiento, de pasarela. Soy parte del problema. Me faltan valentías para escapar, para subirme a un árbol y esperar a que Italo Calvino me explique la manera de descender sin lastimarse.
Escribo en este blog convertido en un bote salvavidas; escribo de temas cambiantes, a menudo livianos, y visitas escasas. Pasan los autobuses por mi cabeza y por el post atrapados en una rotonda ajardinada. Una diosa de piedra escupe agua contaminada por los pechos. No hay paradas de subida, no las hay de bajada. Los pasajeros saludan vestidos de blanco y negro. Creen que es un tiovivo de feria, pero es solo una pesadilla que se me escapó de la cama.
Subo el Alpe D’Huez con la lengua arrastrada. En los auriculares canta Enrique Morente. No veo curvas ni rampas ni letras de ánimo escritas sobre el asfalto. Solo veo una recta interminable y empinada. No existen el paisaje ni los rostros de las personas ni las manos que se agitan. A la velocidad del agotamiento extremo solo distingo una paleta de pintor descolorida, goteante. Escucho voces sin palabras. Persigo a un fantasma encaramado en un bicecleta de cuatro ruedas, un tacataca. Al llegar a meta con los brazos rígidos, las piernas rígidas, la mirada rígida, un tipo me cubre con una manta de muerto, me da palmadas en la espalda rígida y me ofrece agua resucitadora de Lourdes. Me bajan de la bicicleta entre tres mecánicos. Soy una estatua ganadora. Me colocan a un lado mientras que los informadores me lanzan preguntas y fotos. Cuando abro la boca salen quejíos flamencos, como un morente duplicado. Antes de subir al podium me cambian de gorra y de gafas; también me ponen sonrisa. En lo alto me comen a besos. Es lo bueno de las victorias, que te coman sin masticar. En la derrota nadie come, solo devoran al perdido. Cuando subo una montaña no pienso en los besos, solo en el baño caliente del hotel: el cuerpo dentro, humeante. Pienso en el masaje, en volverme persona centímetro a centímetro.