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He descubierto unas hierbas medicinales que ahorran dinero a la Seguridad Social y bloquean la voz de Ana Mato. Son milagrosas. Cuando la ministra aparece en su atril soltando sandeces aflautadas, las hierbas activan un mute mental que la deja en pausa, detenida, con los ojos en blanco y los labios lineales formando una peligrosa y diminuta o; una o de #oslavamosameter.

En el caso de Esperanza y Botella, juntas o separadas, es necesario triplicar la ración; algo arriesgado porque en la sobredosis se te aparece el Consejo de Ministros en pleno y después tienes monserga personalizada de Alberto Gallardón sobre el verdadero matrimonio, el de toda la vida, con o sin amantes, el de guardar las santas apariencias.

Me sucedió el día de la célebre jura de la bandera en la plaza de Oriente: en vez de una presidenta y una alcaldesa, vi a la cabra de la Legión duplicada comiéndose unas preferentes-basura de la papelera de un Banco Roto.

No pregunto el origen ni las propiedades medicinales de la planta por no molestar, por no parecer antipatriota en esto del ahorro como bandera, pero me da que es alucinógena y que Guindos y Montoro tienen un bosque animado en casa.

No digo “me he fumado un porro” porque no es verdad y quizá sea delito presumir de ello, pero es para fumárselo sin filtro y en ración doble. Es mejor ser como Ana Mato y hablar de plantas y árboles mágicos; parecer inocente, esa inocencia tan española capaz de no ver un jaguar en la puerta de tu casa.

Este Gobierno miente tanto que ya parece natural. Todo el mundo lo ha descodificado: sabe que cuando dice una cosa va a hacer la otra. No habrá subida de IVA, pues toma subidita; que los 100.000 son una bicoca sin letra pequeña, toma subidita por aquí, recorte por allá. El riesgo es que olvidemos que somos nosotros los que traducimos, los que hacemos el esfuerzo mental de saber qué es verdad y no ellos los que la dicen. Es importante a la hora de votar. O de botar.

La clave siempre está en la Educación. Crear ciudadanos conscientes de serlo, de sus derechos y deberes, críticos, capaces de dudar y pensar por ellos mismos. Era el sueño de la Escuela Libre de Enseñanza. Este es el mayor peligro para las castas; por eso existen tipos como Wert, para impedirlo.

Echo de menos un país inteligente. Italo Calvino, uno de mis favoritos, decía que la vida es encontrar el país donde mejor te sientes como extranjero. De momento es España. Se admiten propuestas.

Vamos a ser optimistas tralará

Arranca una semana histórica. Sí, una más; lo resistiremos, ya es pura rutina, parte del paisaje. Cumbre en Bruselas: veintisiete jefes de Estado y primeros ministros bajándose de sus coches de alquiler (es broma), acompañados de una ‘troupe’ de asesores, sostienecarteras, soplagaitas (solo en el caso de Mariano, para combatir la morriña-saudade), jefes de protocolo, de gabinete, de cuarto de baño, traductores (solo para Rajoy), jefes de prensa (en el caso de nuestro jefe de dónde diablos está el garaje). Los periodistas arracimados detrás de una valla con los micrófonos tiesos como vergas (perdón, pero esto me pone) lanzando preguntas que nadie contesta salvo algún ‘alelao’ o listo, que a veces no se nota la diferencia, deseoso de chupar cámara por razones domésticas.

Después, la cumbre misma, con su liturgia milimetrada como una misa solemne: todos asomados al precipicio durante una cena copiosa, ventoseando como locos (dicen que Merkel es la peor, la más certera), amenazándose con calamidades bíblicas o hundimientos económicos. En ese momento crucial del póker es importante no ponerse nervioso, no pestañear (ojo Mariano), no usar sinónimos a destiempo -hilillos de plastilina a la mar, líneas de crédito blandas- o afirmar que Junker no se entera de nada. Hizo mal Guindos en insultar al jefe del Eurogrupo, el que soltará la pasta, al croupier.

Hizo mal porque el mismo Guindos no se enteró que trabajaba para unos cuatreros de guante blanco que vendieron toxicidades financieras a medio mundo y luego petaron como un ciclista en pleno ascenso al Galibier dejando un reguero de mierda. Su banco, Leheman Brothers, fue el que la lió parda en 2008 y cuyos platos rotos pagamos nosotros, los que sufrimos la crisis, los recortes, los EREs. Con un currículo tan despistado no se deberían dar lecciones a nadie.

Y encima aparece Cristobal Montoro, nuestro Alfredo Landa sin talento, arremetiendo contra el Banco Central Europeo.

En el  PP se apresuran a vender que Mariano nos ha colocado entre los grandes solo porque le invitaron a Roma a cuenta del rescate que no es. Allí estaban los don nadie, los Monti, Hollande y Merkel, escuchando lecciones del sabio español, sufriendo su marcaje, la presión sin igual.

La música es de Sierra Leona, uno de mis países favoritos. Ellos son tan listos que no saben quién es Guindos ni Junker, no esperan rescates, piratean todas las señales de televisión para disfrutar de los partidos de Eurocopa y nunca ven Telecinco. Feliz semana.

Viernes viernero

Viernes viernero. Dormí mal, poco. No había fantasmas, solo vivos encaramados a un tiovivo. Me llega música bañada en humus. Doy vueltas a la mesa, hablo con las plantas. No estoy loco; solo soy educado. Ellas me responden, ríen. Es viernes, casi lunes de nuevo. Muevo los pies como un autómata. Fuera, gritos. No es gol de España; es que ha vuelto a hablar el señor Montoro. La prima de riesgo está tomándose un café con leche en la esquina.

Cuento las monedas de mi bolsillo y tomo decisiones, cómo invertirlas, en qué paraíso esconderlas. ¿Dólares? ¿Libras esterlinas? ¿Francos suizos? Me siento rico, casi mercado. Consulto la prensa económica, escucho a las brujas falsas de la televisión y al final me decido por lo seguro: la máquina tragaperras. Después de una hora probando fortuna me quedé sin blanca, seco, como los accionistas preferentes de los Bancos Rotos: jubilados e incautos trileroados. Ahora espero sentado en la acera a que venga el camión de la basura y me rescate. Dicen que es gratis.

Es viernes y mucha gente no lo sabe. Son los que nunca cuentan los días. Algunos por pobres, paupérrimos; otros, por listos: los que se bajaron de esta pasarela de apariencias y naderías y caminan por la realidad.

Maya en la barca de Caronte

Llevo un tiempo mudo, sellado. Escribir un blog es un placer, una ventana a la que te asomas y expones, en la que compartes ideas, enfados, sentimientos, sueños, músicas. Un blog nunca debe ser una obligación, un trabajo.

El lunes murió Maya, la perra que vino desde Huelva para vivir Madrid, su invierno, los gases, la plaza de la Paja, la primavera, el sol velazquiano del atardecer. Era muy vieja, más de 15 años. Arrastraba una espalda doliente repleta de cuernos de artrosis. Parecía feliz en su mundo reducido, renqueante, de pequeñas alegrías: las caricias entre las orejas, las salchichas de premio…

Le cogí mucho cariño a Maya. Al principio batallamos. Somos territoriales; ella, perra; yo, Lobo. Poco a poco fuimos aceptándonos entre gruñidos. Me permitía guiarla durante los paseos, decidir la dirección, las paradas, qué pises íbamos a oler y cuáles no.

Empeoraron sus dolencias en las tres últimas semanas, apenas podía caminar, levantarse. El tratamiento para mejorar los huesos agravó el estómago. El lunes 18, un día después de que los griegos sacaran bandera blanca electoral, hartos de presiones antidemocráticas y declaraciones alarmistas, Maya dijo: “He llegado al final de mi camino” y se puso en pie en dirección al veterinario. Cuando una perra de carácter que ha sobrevivido a la muerte (fue abandonada de cachorro en un vertedero) toma la decisión de cruzar el puente no hay nada que discutir, solo acompañarla, despedirla; proteger y conservar la memoria del tiempo común, toda una vida en el caso de la dueña.

Tengo una relación compleja con la muerte, quizá fría. Sé desde muy joven que voy a morir. No sé de qué ni cuándo, aunque empiezo a tener pistas. Vivo sabiendo que moriré, sin ilusiones de inmortalidad. Quizá por eso no tengo ambiciones laborales, ni traiciono a amigos, ni piso cabezas por llegar a ningún sitio; solo me dejo ir, fluyo rodeado de mis equivocaciones.

Asistir al tránsito de Maya, sentada en la barca de Caronte, me recuerda lo fácil que es marcharse; también, la obligación que tenemos de construir una vida para morir mejor, con más sentido, satisfechos, plenos.

La diferencia entre un vivo y un muerto es un suspiro, una inyección. Lo complejo es vivir, resistir, luchar. Las religiones del Libro convierten la muerte en dolor, en miedo al castigo tras haber prohibido vivir la vida en cualquiera de sus formas de felicidad. Vivir bien para morir mejor, con dignidad.

Maya se fue por el camino que todos vamos a recorrer. Nadie regresa a revelar los secretos de la barca, de Ítaca; es un viaje personal, intransferible. A veces siento curiosidad, me imagino situaciones. Gervasio Sánchez y yo hacíamos bromas sobre cómo serían nuestros funerales. A veces, los representábamos entre carcajadas. El humor negro, una forma de silenciar el pánico.

No creo en nada después de la muerte. Sólo vacío. Silencio. El cuerpo es un envoltorio. Los católicos creen en el alma; yo, en la memoria, en el sentir. Dejo atrás el cadáver de Maya, el de mis gatos, difuntos desde hace años, y salgo con todos ellos dentro, ordenados, adheridos para siempre. Me sucede con las personas, sepa o no sepa su nombre, su vida, su historia. Soy un depósito de emociones vividas; esa es la gran victoria.

Cuando alguien muere, el muerto se clava en los vivos, araña, duele; es una pérdida difícil de manejar. Con el tiempo, esa ausencia hiriente se transforma en una presencia agradable que acompaña y guía. África no mata a sus muertos, los traslada a una dimensión paralela; los convierte en antepasados. En esa frontera me muevo de vez en cuando. Entro y salgo, cruzo, saludo a mis difuntos, a mis abuelos y tías, a mi padre, a los gatos Claudio y Oliverio, y regreso feliz, tranquilo, al mundo de los vivos que no saben que algún día estarán completamente muertos.

#lodehoy no tiene nombre

Lo de hoy no tiene nombre, quizá, pero cada vez que intento escribirlo en el ordenador me sale Mariano con #lodeayer y su línea de crédito salvadora. Me voy acostumbrando a su voz, a sus peculiares eses trabadas que suelen coincidir con algún tic delator en los ojos; también, a sus papeles salvadores con sinónimos multiplicantes, por si acaso se le olvida uno. Esos papeles multiuso me recuerdan a mi breve etapa de guionista de tres al cuarto en un programa fallido de María José Cantudo, en Radio Intercontinental. Aguanté nada porque tenía que escribirle hasta los buenos días para que no se trabara.

El hombre que habita el traje de presidente del Gobierno de este país, llamado selección española de fútbol. sigue enzopencado en negar la realidad y sus aledaños. Exhibe un discurso chulo que está cabreando a los que le van a dar el dinero, la pasta gansa, los cien mil millones gratis, y que aún tienen que fijar las condiciones de la bicoca. Como táctica parece de las mejores.

Anda el líder asomado al patio de vecinos predicando sus cosas sin darse cuenta de que vive en un Gran Hermano global. Me molesta que le tomen a chanza o por tonto, que no lo es, porque con su imagen se deteriora la mía. Por eso he iniciado unas clases particulares de dicción, para que no se distraigan las eses ni se me desmemorie la palabra maldita. Estoy como Rosa Díaz, deletreando, silabeando. Es un éxito pues hace un rato han comenzado a  imitarme los de la casa de enfrente. Ya oigo a los de la parada del autobús: RES-CA-TE. RES-CA-TE En nada, un clamor nacional. Buen jueves.

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