Escucho el telediario de los que no salen a la calle, ni la pisan ni la huelen. De los que han aterrizado en RTVE con mando en plaza y órdenes claras: “Tú, realidad, quién te has creído que eres para ir por ahí estropeándonos las encuestas”. Sale Mariano desde Nueva York con sus tics de toda la vida, esos que se le alborotan cuando las palabras no coinciden con las ideas que bullen en el cerebro, cuando miente, lanza balones fuera o se inventa sinónimos.
Da las gracias, Mariano el Neoyorquino, a los millones de españoles que no se manifiestan, a los que se joden en silencio, a los que tragan promesas incumplidas, falsedades, los que asumen los recortes de sus derechos, de la Sanidad, la Educación y las pensiones, que todo llegará. A Rajoy le encanta la España cobarde, la silenciada, la que síseñorea asustada. La España de los Santos Inocentes que reflejó Delibes.
Mariano vive en una nube enmoquetada, como la mayoría de la clase politica; encerrados todos en una habitación blindada, aire puro y servicio gratis asegurado. Viajan en esa nube, en primera clase, de un lado a otro a varios metros del suelo, junto a los ángeles y arcángeles, sin rozarse con la mugre, los invisibles, los cabreados.
Abajo, a pie de tierra, de suelo, está la mayoría que deja de ser silenciosa poco a poco: los parados, los pensionistas, las pymes que las pasan canutas, los desahuciados, los estafados por las preferentes, los muertos de ERE, los indignados, los que tienen voz y la usan, los que acampan, los que se manifiestan, los que tienen memoria, los que luchan por un país mejor, los Nadies, los imprescindibles.
En democracia no existen las zonas de exclusión ciudadana. No existen las No-Go-Zone. La protesta, la presión, el cabreo, los gritos y cánticos, el estoy hasta los huevos son derechos democráticos inalienables que se pueden y deben expresar en la calle y ¡en las urnas!
El Congreso, donde reside la soberanía popular, es el lugar perfecto para hacer oír las voces de la hartura ciudadana porque es allí donde se asientan (escañan) los representantes elegidos teóricamente por el pueblo, por nosotros, y no por las cúpulas de los partidos al peso de su obediencia y sumisión al orden y mando.
Muchas cosas deben cambiar para regenerar esta democracia imperfecta, pero democracia, no lo olvidemos; no somos Corea del Norte ni Rusia.
La primera, liberar a los diputados de las cadenas de la obediencia paniguada para que sean de una vez representantes interesados en los asuntos ciudadanos, que pelean por resolverlos, capaces de explicar las dificultades e imposibles. Necesitamos un Parlamento de cristal, transparente, con luz y taquígrafos y las cuentas claras, sin más privilegios que los necesarios para el ejercicio del trabajo.
Necesitamos una democracia que genere un relato común de nuestra historia común, que pacte una Educación estable, abierta, laica y plural que genere ciudadanos libres, con criterio, críticos, responsables, maduros, exigentes.
Necesitamos una democracia que detecte y expulse a los corruptos, sean de las siglas que sean. Necesitamos una sociedad con una tolerancia cero al saqueo organizado, sean concejales, alcaldes, presidentes de lo que sea, ministros o jefes del Gobierno. Necesitamos un país con otras empresas eléctricas, con otro empresariado (hay excepciones extraordinarias). Necesitamos una democracia basada en el mérito, no en el amiguismo y el clientelismo.
Necesitamos una democracia sin privilegios, sin pluses para vivienda y manutención, sin tarjetas de 3.000 euros año para viajar en taxi, sin comedores parlamentarios a 3,50 euros al menú cuando quieren cobrar a tres los tupperware de los escolares. Otra democracia es posible, necesaria y urgente.
Tenemos derecho a rodear pacíficamente el Congreso y el parque del Retiro, si nos de la gana. Es de primero de democracia: libre expresión.
La actuación policial, bruta y desproporcionada, nace de las declaraciones de algunos políticos, como la insufrible Cospedal, y de la señora gobernadora civil de Madrid, siempre atenta a la seguridad: 1.500 policías con porras, escudos y armas para proteger a los representantes de los representados.
No dudo de la presencia de exaltados, gamberros y provocadores. Tampoco dudo de que es una táctica policial infiltrarse enmascarada entre los manifestantes para que se monte el lío, para criminalizar la protesta, el mensaje.
Las imágenes son lamentables. Tengo en la retina a dos jóvenes en el suelo sujetos por la camiseta, ya detenidos, a los que seguían aporreando. Parecían los grises. Hubo cargas incluso dentro del metro. Violencia ciega contra todo tipo de manifestante. La policía hizo su trabajo. Las autoridades pueden estar satisfechas. Ya tienen la foto: Franco no ha muerto. No me extraña que los catalanes se quieran marchar de este país. Deberíamos irnos todos. Ya lo decía el viejo chiste de los setenta: “España, una, grande y libre. Una, porque si hubiera dos nos iríamos a la otra; grande, porque cabemos nosotros y las bases americanas; libre, porque cada uno es libre de comprar el ABC en el quiosco que quiera”.
Alfredo Pérez Rubalcaba propone, varios años tarde, un Estado federal como solución. Artur Mas, armado con la vara de abrir los mares, quiere consultar a su pueblo e iniciar un proceso de secesión sin explicar el método ni revelar el calendario. Mariano Rajoy calla o dice que no toca, frase que expone una soberbia insoportable; o tal vez sea solo necedad supina.
El embrollo político es enorme y creciente, peligroso. Los actores, a los que se les supone cordura, se han metido en un laberinto persiguiendo un sueño, el eco de una manifestación que no supieron anticipar, ni leer, en la que intuyen están los votos, un futuro seguro, el de ellos en el mangoneo desde el poder.
Es difícil interpretar la Diada de 2012: cientos de miles de personas en las calles de Barcelona y millones más con la bandera independentista colgada en los balcones y en los bares de los pueblos. Fue una explosión de júbilo en medio de la negrura de una crisis económica y ética insufrible, de un cansancio colectivo de los Aguirre-Wert-Gallardón.
Cada uno fue por sus motivos. Cada uno de esos motivos tendrá una duración, un ciclo antes de expirar: horas, días, meses, años. Hubo independentistas de primera hora, de segunda y recién llegados, mediopensionistas, cabreados, esperanzados, inmigrantes, jóvenes sin futuro ni presente, jubilados. Quizá fue un 15M multiplicado con un objetivo más definido.
Lo que estalló ese día en Catalunya fue un sentimiento, una emoción reprimida.
La propuesta federal es interesante, más por la semántica que por el contendido porque Catalunya tiene más competencias que un Lander federal alemán. España es un país sin un relato común y con una memoria histórica amputada, reprimida. Arrastramos palabras prohibidas, frases-negadas, ideas-bomba: Estado Federal, fosas comunes, frente popular, Guernika no fue solo la Legión Cóndor, Franco-dictador-fascista, etc. Es bueno empezar a desenterrarlas.
Catalunya se ha ido construyendo en los treinta y tantos años de democracia un relato común propio, ajeno a los dos del resto del país; es lo que ha enseñado en sus escuelas. El nuevo relato, y la crisis económica, explican la presencia de los más jóvenes, los veinteañeros. Todas las naciones inventan su pasado. Lo hizo Castilla. Lo hace Catalunya. Nadie está a salvo de la ficción cuando enferma de nacionalismo.
Xavier Vidal Folch escribe hoy que el término independencia carece de sentido dentro de una UE que camina hacia la limitación de las soberanías nacionales. Así es, ser independiente es solo una silla más en la cena de Bruselas, la sensación de que uno toma decisiones sobre sus asuntos.
Sentimientos, sensaciones. ¿Cómo se traducen? Es campo para los oportunistas como Mas, reconvertido en un Cid Campeador al revés; perdón por la referencia, pero después de todo solo fue un héroe inventado dentro del invento de Castilla, o de Sandro Rosell, otro tibio que sale caliente a cada titular que pasa a ver si pilla algo. También es campo abonado para los españolistas, los Aznar, ¡qué tipo más insufrible!
Será la mayoría de los catalanes, como mandan las reglas en democracia, la que decida el camino a seguir y qué líderes les acompañan. Es su responsabilidad, como también lo será pagar la factura de la foto de la cena en Bruselas.
Solo cabe desear cordura y negociación, otras dos palabras, y conceptos, ausentes en la historia de este país llámese como se llame: España, las Españas, Iberia, Catalunya ampliada, Alemania y la periferia.
Yo preferiría que los millones de hartos en cualquier parte, en todas las partes, nos independizáramos de los incapaces, de los listos, de los corruptos, de los ladrones de cuello blanco, de los comisionistas, de la factura de la luz y el gas, de los negacionistas del franquismo, de los chulos, de las cospedales y de los necios. También de los insolidarios. Nunca me gustaron las banderas, ni los himnos (excepto La Marsellesa en Casablanca), ni las exclusiones, ni las identidades. Soy un utópico, lo sé; así me va: jodido y sin nación a la que escapar.
Son las últimas rampas de la cuesta de Septiembre. Jadeamos con el bofe fuera. Después, el puerto maldito Octubre al que arrancaron los quitamiedos por orden de Angela Merkel. Tras él, los empinadísimos Noviembre y Diciembre seguidos, final en alto y rampas del 24 y 31%. Sin tiempo para estirar las piernas, orinar de mala manera sin mancharse las piernas y avituallarse de paciencia, aparecerá la etapa reina, el etapón. Lo llaman 2013, que será malo de solemnidad (valen otros sinónimos al gusto), según viborean los analistas bancarios. Los más optimistas ven destellos, en el año siguiente, pero eso mismo decían de 2012 en los albores de 2010 y ya ven, aquí estamos, bien jodidos.
Los periodistas hemos perdido en la crisis más puestos de trabajo que el sector de la construcción, el de la burbuja inflada por los cuatreros, y este otoño se anuncia depredador. Los periódicos se vacían de criterio y la televisiones se banalizan de blablabeantes que simulan gresca a tanto el punto de audiencia. Pese a todo, hay personas que pelean y no se rinden, como los aguerridos de El Diario.es.
Pese a todos los tours de Alemania, la publicidad empieza a regresar, renqueante y barata, pero regresa. También en la Red, la gran esperanza. Cuando pase la tormenta quedarán en pie los que se supieron adaptar. Espero que también queden suficientes lectores críticos ansiosos por saber lo que sucede y por qué sucede y no fanáticos que solo quieren escuchar la misma cantinela: sus prejuicios. La democracia depende de los primeros para defenderse de los segundos.
Todo el rollo era para decir que esta semana sale a la venta un libro, Queremos saber, firmado por varios periodistas, algunos jóvenes y capaces como Mikel Ayestarán y Marc Bassets, otros en edad aún indefinida como David Jiménez, Javier Espinosa y Mónica García Prieto. En él se reflexiona sobre el oficio, el futuro, los problemas y las ilusiones. Lo publica Debate. No faltan carcamales como Enric González y el que escribe en este blog.
Hay muchas ciudades visibles e invisibles en una misma ciudad. Se muestran y esconden. Cambian por barrios y calles: aquí, paseo; allá, peligro. Las fronteras son imperceptibles. El Madrid de las siete de la mañana del domingo huele a garrafón y farra. Cruzo la plaza Mayor y Sol y me topo con la noche alargada: parejas que se besan sin correr a una cama, grupos que cantan y gritan como si fuese divertido. Miro las ventanas de las casas de los que duermen, de los follados hace varias horas, de los que trabajan cada día, de los que se amargan en una vida enredada y difícil. Dos jóvenes góticas se agachan para acariciar un perro peludo minúsculo en la calle Preciados. Sus hombres de negro y cadenas apremian con voz impostada, de macarra: “vamos ya”.
La Gran Vía está vacía, sucia, como si hubiese pasado Atila: papeles, cartones, comida, botellines rotos. Sobre un cubo de basura, un vaso de plástico con un gin tonic aguado. Una prostituta africana me llama guapo en la puerta de la SER. Antes del programa, A vivir que son dos días, me asomo a la terraza con Javier del Pino, Lourdes Lancho y parte del equipo. El amanecer me apasiona. Hoy nació rojo otoño. Madrid se teñía nube a nube.
De vuelta apenas quedan habitantes de la ciudad noctámbula. Es domingo y no bulle la ciudad que trabaja. Hay calles vacías. Me gusta ese silencio irreal. Serpenteo por las calles pequeñas y las plazas diminutas, como la del Alamillo, donde los tribunales islámicos del primer Madrid impartían justicia. Cruzo la plaza de la Paja, majestuosa a estas horas vaciadas, y pienso en las ejecuciones cristianas.
Llego a casa, preparo un café, respondo a las partidas de Apalabrados, mi nuevo vicio inconfesable, y escucho la ciudad despertada correr debajo de mi ventana. Pongo música, cuelgo una foto, y regreso a la cama. ¡Cómo me gusta madrugar! Buen domingo.