Un periódico se hace con prisa, bajo presión, a contrarreloj. Nadie está libre de errores, incluso de errores monumentales. Ahí están las hemerotecas. Un periodista no debe fiarse de nadie; ni siquiera de un presidente de Gobierno que telefonea para colocar su versión de un atentado.
El poder miente, las fuentes tienen intereses, manipulan.
Una rueda de prensa, cuando la hay, es un acto publicitario en el que el protagonista trata de ocultar más de lo que pretende mostrar, vender. De ahí la importancia de las preguntas, de las preguntas inteligentes.
Una de las primeras obligaciones del periodista es dudar de la información que recibe, comprobar su verosimilitud, y después volver a comprobar. Dos, tres, las veces que sean menester. Nadie debe fiar esa labor esencial en el oficio a alguien ajeno al medio. Es suicida. Un medio son sus lectores, sus periodistas y trabajadores, nunca sus proveedores.
Gabriel García Márquez tiene una frase capital: “Primicia es el primero que lo cuenta bien”. Debería formar parte del frontispicio de cualquier redacción. La paciencia, la verificación de cada dato, las dos fuentes, y la mejora de un texto rinden más que una urgencia.
Si nuestra misión es tocar los huevos al poder, el periodista debe empezar por tocárselos a sus jefes, para que no pierdan la costumbre. Los grandes periódicos fomentan el debate, la crítica; por eso son buenos.
Diego Caballo, histórico jefe de Fotografía de la agencia EFE, acaba de publicar Fotografía sin verdad (Editorial Universitas), de lectura obligada. Caballo cree que el límite entre una foto publicable y otra desechable está en el respeto. “Hay una fórmula sencilla: imaginarte que es tu padre o tu madre quien sale en la foto”, asegura a sus alumnos.
Es loable la explicación de El País, y la celebro como lector, pero me parece que las causas estructurales que permiten el desatino siguen intactas.