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Aún siento rescoldos en la garganta

Aún siento rescoldos en la garganta. Los bomberos del paracetamol acuden cada siete horas al monte quemado para vigilar que no reaparezcan las llamas, retirar la hojarasca seca, trazar cortafuegos con las partes sanas del cuerpo. El paisaje es desolador. Me duelen las costillas de toser. Me salieron tabletillas-Cristiano en el estómago, pero por dentro. Me esculpo tos a tos sin disimular la tripa, con humildad, para que después digan que soy egocéntrico.

Los trumpismos siguen arrasando el paisaje ético. Firmar una orden ejecutiva xenófoba el día del Holocausto, en el que se conmemora la liberación de Auschwitz, es un símbolo. El personaje tiene tanto “yo” y tanto odio que no le caben los matices. Llevamos nueve días. Quedan cuatro años.

La novela sigue dormida. Sé que no está muerta porque la escucho roncar por las noches. Solo está fuera de mi. Desde hace un par de días noto que empieza a moverse, como si se desperezara pese a que aún inverna dentro y fuera de la cueva. Tal vez fue la fiebre, un espejismo.

El jueves cerraré físicamente una parte de mi infancia y juventud. Necesito dejarme vivir ese acontecimiento, empaparme de sensaciones y emociones sobre las que algún escribiré más Náufragos. Necesito centrarme en lo esencial sin que me perturben otras voces del mismo hundimiento. El lunes se cumple un año sin Blanca, la voz que fue y que tanto echamos de menos.

Feliz fin de semana.

62 no 26

Soy la prueba -todos lo somos aunque nos hagamos el longui- de que el orden de factores afecta al producto. Me miro (poco) al espejo y veo el galope del tiempo debajo de los ojos, en el cuello, en las manos. Cada marca, cada deterioro tiene una historia. Crecer es acumular relatos por si alguien los quisiera escuchar.

Prefiero hacer años que cumplirlos, tiene más construcción.

Al cruzar los 60 empecé a fijarme en los que no llegaron. Vivir es ir quedándose con los recuerdos hasta que aguanten. Vivir es un juego de desapariciones.

Envejecer, deteriorarse, entorpecerse es un lujo y una jodienda. Más en una sociedad que pasó de percibir a sus ancianos (aún no llegué) como fuente de sabiduría a verlos como bultos torpes que cuestan dinero al erario público y a las familias. Por eso tengo gatos, para no me afeen mi estado.

En muchas culturas africanas, el anciano está en contacto con los antepasados. Es el que puede interpretar sus deseos y escuchar sus consejos. Es quien está más próximo del espacio difuso y mágico en el que se mezclan la vida y la muerte.

Cumplir años afloja la lengua. Desaparecen las ambiciones, se simplifican los anhelos. se evaporan los cálculos, los planes, los adjetivos. Es el regreso a lo esencial, al sustantivo.

Empieza un camino de 12 meses hasta la cumbre de los 63, una edad con yuyu familiar. Al comienzo de la ruta, mi madre cumplirá 93, que tampoco es lo mismo que 39. Me conformo con los 82 de Leonard Cohen, en pleno uso de sus facultades mentales. Muchas gracias por las felicitaciones y los buenos deseos.

Me gustan estos versos de Saramago, y me gusta Bruce en su homenaje a Prince.

“¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento”.

10 canciones para sobrevivir

Llegó el día: viernes 20 de enero. Son solo diez canciones que me gustan. Empezamos con un pequeño diálogo de Joe Strummer.

Feliz cuatrienio de resistencia pacífica.

El mar, sus olores y fantasmas

A veces cierro los ojos y siento la brisa del mar, sus olores y náufragos. En los días temporal dejo que los 32 vientos de la rosa de los vientos me limpien por dentro y me habiten palabras traídas de países muy lejanos. En los días de temporal me despierto con el rostro mojado hablando idiomas desconocidos.

En Galicia percibo el poder telúrico de la tierra y el agua. En la Costa de la Muerte todo parece embrujado: piedras, árboles, gaviotas, barcos, gentes. Siempre quise ser navegante, explorador, tener un río por el que escapar. Y lo he sido de alguna manera.

Hoy visité una residencia. Quedé aplastado por la industrialización de la vejez. Me tocó asitir al turno de comida de los ancianos que necesitan asistencia. Me impacta estar con seres que extraviaron la maleta de su vida, sus recuerdos. Una mujer me miró con la boca ladeada y los ojos idos. En ellos había un hilo de luz, una última conexión que se resistía a ceder.

Caminé por la ciudad como si las aceras fuesen alcantilados. Hay un miedo concreto y próximo que me zarandea. Solo sé que no llegaré a ese estado. Antes volaré hacia el mar. Seré pájaro.

Viernes de catarro con música

Viernes, catarro y frío polar. Desempolvé algunos aperos de sentirse mal: aspirinas, termómetros que no funcionan, Vick Vaporub. Huelo a boticario.

Traje una toalla vieja de casa de mi madre para proteger el transporte de una lámpara de mis abuelos. Los gatos la han hecho suya, impregnándola de olores. Es un territorio de paz. Ni juegan ni pelean. Duermen pegados, se acicalan. No hay sitio para el gato grande que debe conformarse con escribir en el ordenador.

El miércoles estuve en Valencia: arroz caldoso y Ópera con el maestro Fabio Biondi a la batuta: Philemon und Baucis de Haydn, un ópera corta con marionetas. Una joya. Me gustó mucho la soprano Rita Marques. Tiene una voz que sobresale, de esas que identificas dentro de un coro. Feliz fin de semana.

Echo de menos Nueva York, sus habitantes amigos: Antonio, Grace, Idoia, Francesc, Rosa…

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