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Ricardo Ortega

Ricardo Ortega murió hace cinco años en Haití. Parece que fue ayer. Aún recuerdo su crónica en directo después de que Colin Powell presentara en el Consejo de Seguridad unas supuestas pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak encerradas en un tubito. Todos los medios de comunicación, norteamericanos y europeos, creyeron la versión del secretario de Estado. Todos, menos Ricardo, que trabajaba para una cadena de televisión llamada Antena 3, devota del Gobierno conservador de José María Aznar.

Con esa rotundidad que le caracterizaba en las entradillas, dijo: “Para creer en lo que ha dicho hoy Colin Powell hay que partir de tres axiomas: la CIA nunca miente, nunca se equivoca y los inspectores de Naciones Unidas son unos incapaces”. En la redacción hubo aplausos y vítores; en los despachos de sus jefes, una llamada de La Moncloa. En un ejercicio de independencia informativa, y de empresa también -¿se dice así?-, Ricardo fue semidespedido. Algunos, y algunas, de los que firmaron esa sentencia aún se pavonean apropiándose de la libertad de expresión y de su memoria. Ellos son los inmorales.

Ricardo viajó a Puerto Príncipe con una cámara y un mal acuerdo de colaboración con Antena 3. Murió poco después de llegar, el 7 de marzo de 2004, cuatro días antes de la tragedia del 11-M que multiplicó los duelos y las mentiras. Ayer, los padres de Ricardo, José Luis y Charo, y unos cuantos amigos, entre ellos algunos heroicos de Antena 3, se reunieron en la Asociación de la Prensa de Madrid para hablar de él y de periodismo. Malos tiempos estos con la crisis económica que no toca fondo y con diarios centenarios que presentan EREs sobre el 52% de su plantilla y no informan de ello a sus lectores. Malos tiempos en los que es más necesario que nunca el liderazgo de los mejores, aunque estén muertos, como Ricardo y tantos otros: Juantxu, Miguel, Julio… Ellos son los imprescindibles.

Hace años, en uno de los aniversarios, un apparatchik de A-3 dijo sin rubor: “Ricardo murió por ser como era, por no amoldarse”. Se refería a su indomable deseo de independencia, por no plegarse a las órdenes. Estos son los mercenarios.

Contra la estupidez, la ética:

“En la segunda mitad del siglo XX, especialmente en estos últimos años, tras el fin de la Guerra Fría, con la revolución de la electrónica y de la comunicación, el mundo de los negocios descubre de repente que la verdad no es importante, y que ni siquiera la lucha política es importante; que lo que cuenta, en la información, es el espectáculo. Y, una vez que hemos creado la información-espectáculo, podemos vender esta información en cualquier parte. Cuanto más espectacular es la información, más dinero podemos ganar con ella”.

Ryszard Kapuscinski. Los cínicos no sirven para este oficio. Editorial Anagrama.

PD. Aunque mis amigos más blogueros me dicen que no meta vídeos musicales porque no pegan, el rebelde irredento que anida en mí desde la infancia se niega a obedecer. La música es una forma de expresar sentimientos y este soberbio Cry Baby de Janis Joplin en una versión en directo de 1970 me recuerda a Ricardo y a todos los años que disfrutamos de él:

Níger

Recuerdo con cariño Níger: fue el viaje que me sirvió para dejar de fumar. Volé desde París con la decisión de abandonar los dos paquetes diarios de Camel con filtro. Al llegar al aeropuerto de Niamey me recibió Juan Carlos Tomasi. Había aplazado su regreso a casa con el objetivo de preparar juntos un reportaje para el EPS, la revista dominical de El País. Queríamos comparar los dos extremos de la lista del Programa de Naciones Unidas (PNUD) sobre desarrollo humano, que mide cada año el índice de calidad de vida. A Ignacio Vidal-Folch le tocó Noruega; a mí, Níger. Estoy convencido de que ambos celebramos nuestra suerte: poder contar algo en cualquier parte del mundo. Pactamos con el EPS aspectos comunes: había que describir la vida cotidiana, el acceso al agua y a la educación, la sanidad y el ocio. Llegué a Niamey con la decisión de no fumar más y me encontré en una casa de Médicos Sin Fronteras en la que todos los médicos fumaban sin parar. Resistí y aún resisto.

El resultado estuvo bien: Níger, infierno en el Sur (11-12-2005).

En el mismo viaje, Juan Carlos y yo visitamos Agadez, ciudad de arena a los pies del Sahara y puerta de la inmigración que sueña con una vida mejor: La ruta de los desesperados hasta la verja de Melilla. Miles de emigrantes, subidos en vehículos atestados, cruzan Níger en su peligroso viaje por el desierto hacia España e Italia (31-20-2005).

Piedras sobre el estanque

Martha Gellhorn fue una gran dama del periodismo. Con 81 años cubrió la invasión estadounidense de Panamá y cuando estalló la guerra de Bosnia-Herzegovina en 1992, dijo: “Creo que soy demasiado vieja para ir”. Murió seis años después, en 1998, a los 89 años de edad: “Me siento más que privilegiada. He tenido una vida maravillosa. No la merecía, pero la tuve”.

Gellhorn firmó excelentes reportajes sobre las consecuencias de la Gran Depresión en Estados Unidos, un tipo de historias que deberíamos recuperar dadas las circunstancias, y fue una gran corresponsal en la Guerra Civil española. Estuvo casada cinco años con Ernest Hemingway, quien le dedicó su novela Por quién doblan las campanas y gran parte del personaje de María. Hay dos frases suyas que me gustan, una ataca al periodismo declarativo, un vicio en España; la segunda, explica por qué hacemos este trabajo:

“Todos los políticos son aburridos, mentirosos y falsos. Yo hablo solo con la gente”

“Tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras”

Jim Bellows ha muerto a los 86 años. Todo un símbolo en la era del fin de la prensa. El hombre que inventó el nuevo periodismo, que hizo a Tom Wolfe o Jimmy Breslin escribir y escribir para contar cómo eran las cosas sin aburrir al lector, ha muerto en plena defunción de una forma de hacer periodismo y de mantener su negocio. Su grito fue siempre que los buenos diarios no tenían que ser aburridos. Y pertrechado con esa consigna luchó por diarios revolucionarios como el New York Herald Tribune, The Washington Star o Los Angeles Herald Examiner. Y perdió por la tozudez de los editores, la ceguera de los tipógrafos y sus huelgas de los años de la revolución de la impresión en frío. Y porque el periodismo también es un negocio de poder. Animó a Wolfe a escribir sin parar para contar hasta el mínimo detalle de cómo estaba cambiando la gente en los sesenta del pasado siglo. A Breslin lo empujó a las calles de Nueva York para que cubriera la información local como escribía de partidos de béisbol. Insultó a Norman Breslin cuando ya era una estrella literaria y política hasta que consiguió que sus artículos mejoraran. “¿Quién ha dicho que los buenos diarios tienen que ser aburridos?”, gritaba.

Más en Muere el director que inventó en el nuevo Periodismo. (Periodistas 21)

Los dictadores no juegan al póquer

No siempre es fácil distinguir a un dictador. A veces, como en el caso de Sadam Husein, se le confunde durante mucho tiempo con un amigo, un aliado útil que realiza trabajos sucios (contra el Irán del imán Jomeini). Franklin Delano Roosevelt, en cambio, nunca los confundía, pero los clasificaba por categorías. Suya es la célebre frase sobre el dictador nicaragüense Tacho Somoza: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, que copió después Henry Kissinger al referirse al segundo Somoza, también dictador.

Con Slobodan Milosevic -el precedente legal inmediato del sudanés Omar al Bashir– se repitieron los problemas de adjetivación. Pese a que el serbio fue uno de los impulsores de los crímenes cometidos en Bosnia-Herzegovina (1992-1995), la comunidad internacional le premió con un asiento de honor entre los padres de la paz. Junto a la virtud -los dictadores se camuflan muy bien-, el defecto: son pésimos jugadores de póquer, no saben plantarse. A Husein le pasó en Kuwait; a Milosevic, en Kosovo, donde siguió apostando hasta que lo perdió todo: prestigio, la vida y un lugar decente en la sombra de la historia.

Más en Los dictadores no juegan al póquer (08-03-2009). El presidente de Sudán se creía inmune como Milosevic en Serbia

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