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El 0,7% que nunca llega

Hace 39 años, en la Asamblea General de Naciones Unidas, los países más ricos se comprometieron a entregar el 0.7% de su PIB en ayudas al desarrollo para sacar de la miseria a gran parte del planeta. No era caridad, si no una inversión: el negocio de la paz es más rentable que el de la guerra. Aquel compromiso histórico fue refrendado en la cumbre de Monterrey en 2002, en la que los organizadores erigieron un muro para que los dignatarios no tuvieran que ver la pobreza mientras hablaban de ella, y en otras que siguieron, como la dedicada a los objetivos del Milenio (¿de qué milenio?). Mucho bla bla bla y pocos resultados. Veremos lo que sucede ahora, en este G-20 dedicado a hablar de nuestra crisis, no de la crisis de todos.

Cinco países han cumplido con aquel compromiso de 1970: Suecia, Luxemburgo, Noruega, Dinamarca y Holanda. Destaca el escaso compromiso de las dos principales economías del mundo: EEUU y Japón, y que el G-7 sigue el furgón de cola. Dando ejemplo, como siempre. Más en The Economist.

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Paciencia en África

Una de las virtudes esenciales que debe tener el periodista que viaja a África es la paciencia: una forma de estar, de educación y respeto, que permite transmitir al Otro que se ha venido desde muy lejos y que se tiene todo el tiempo del mundo para escuchar su relato. Que él es el importante, el verdadero protagonista. Con la paciencia surgen las sorpresas, la magia, porque detrás de la historia aparente está la otra, la que merece el viaje, la gota que explica el universo que decía Ryszard Kapuscinski. Por eso me ha gustado mucho este diálogo del libro del que ya hablé en el post anterior Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias (Debate) del periodista Philip Gourevitch

-¿Mi historia desde que nací?- exclamó Odette Nyiramilimo- ¿De verdad tiene tiempo para eso?

-Sí-, respondí.

Crisis, semen presidencial y muertos

Acabo de releer un libro conmovedor sobre lo ocurrido en Ruanda: Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias (Debate) del periodista estadounidense Philip Gourevitch. No es una ficción, sucedió en la primavera de 1994. Agita conciencias y pone en orden tiempos y hechos olvidados por muchos, cuando la comunidad internacional -su país, sobre todo- no se atrevía a pronunciar la palabra genocidio por miedo a las consecuencias legales que de ella se derivaban. Un genocidio obliga actuar a los que solo desean mirar y callar, como ahora en Sudán. Desde el Holocausto, y seguramente desde mucho antes, el ser humano es un animal que se ha especializado en mirar hacia otro lado. En callar para sobrevivir; y peor: para medrar. Ocurrió en Alemania, Argentina… Mirar a otro lado mientras otros matan y mueren. Muertos de otra clase social, de otra religión, de otro color político y físico, muertos que no se descuentan en nuestra conciencia ni afectan al fortín de nuestra calidad de vida.

La presidencia de Bill Clinton fue culpable de mirar hacia otro lado en Ruanda (800.000 muertos en 100 días) y en Sierra Leona en 1999 (7.000 muertos en Freetown en solo tres semanas; y pocos periodistas para contarlo). Una responsabilidad que en el caso de Clinton se extiende a senadores y a la prensa en general, más preocupados por los debates parlamentarios sobre el vestido de una becaria manchado con una sustancia presidencial sospechosa que de la muerte de Otros. Peor fue la Francia oficial que armó a los genocidas y aún no ha pedido perdón a los muertos ni a los supervivientes ni a muchos franceses. Ruanda: 333, la hora; cinco muertos, por minuto… ¿Cuántas veces hay que decir nunca más hasta que sea Nunca Más? Clinton, Mitterrand… ¡Qué izquierda es ésa!

Ahora, los medios de comunicación retransmitimos en directo otro desastre, el de un chiringuito financiero global, la estafa múltiple y consentida que ha provocado una recesión que se lleva empleos, empresas, familias e ilusiones. Tampoco esta vez abundan los relatos de las víctimas frente a la superabundacia de detalles de la vida lujosa de los delincuentes que robaron el dinero. Dice Gourevitch en su libro sobre el genocidio ruandés que “el poder consiste en la habilidad de hacer que otros habiten tu historia de la realidad”. Si es así, que lo es, hemos sido derrotados doblemente: de tanto saltar con la música equivocada ya no sabemos cuál la nuestra realidad ni nuestra historia ni nuestra música. Acostumbrados a mirar a otro lado, a jugar con cifras sin rostro y conceptos políticos sin personas, hemos perdido el rastro de la gente.

Esta vez, a diferencia de Ruanda y Sierra Leona, la crisis no es un genocidio o una guerra por (nuestros) diamantes, esta vez se trata de la injusticia que generó aquellos crímenes y en la que se basa todo un sistema internacional dedicado al lucro de unos pocos a cambio del saqueo de unos muchos, un sistema que solo cree en valores cuando hay negocio.

Del equipo de Barack Obama, que en gran parte procede de la Administración Clinton, no espero nada. Dé él, todo. Bastaría un Nelson Mandela de bolsillo en la Casa Blanca para poner patas arriba este engaño.

Krugman y la crisis

Robado a Barbara Celis en sus cronicasbarbaras que a su vez lo debió robar de You Tube. El caso es que es genial.

Canciones contra la melancolía

Escribí el viernes en un post: existen canciones tristes que blindan contra la tristeza. Pero no protegen tanto contra la melancolía, palabra hermosa como saudade aunque no signifique lo mismo. La melancolía podría ser más que una tristeza constante, una inteligente y profunda, del que ve y entiende y se rebela. Por ése motivo carece de cura, solo es posible su alivio.

Brothers in Arms de Dire Straits me recuerda por algún extraño mecanismo cerebral a Sarajevo y al olor agrio de los contenedores metálicos quemando basura en una ciudad sitiada.

También es la más adecuada para estas vísperas de Obamanía desatada que nos espera durante la semana: G-20, OTAN, cumbre UE-EEUU con la crisis económica y la guerra de Afganistán de fondo.

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