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Sigo con la serie Fantasmas de Ruanda, de Frontline (PBS), para alegrarnos el verano. Es cuarta toma. Aquel genocidio y lo que siguió después es una de las grandes vergüenzas de finales del siglo XX. Me temo que nada esencial ha cambiado en los mecanismos internacionales de prevención y en el complejo sistema de toma de decisiones de la ONU -es decir los cinco grandes, que además de grandes son los principales vendedores de armas- y que otro genocidio es posible.

No quiero fumar el humo de Esperanza

Vivir en Grecia empieza a ser mejor para la salud que vivir en España. El Gobierno de Atenas acaba de promover una ley antitabaco que prohíbe fumar en bares, restaurantes y en todo recinto cerrado. Como en Italia, donde se respeta a rajatabla a pesar de la fama. Mientras, aquí, en mi país, un Gobierno que se ha distinguido por su sensibilidad en algunas cuestiones sociales (ley de dependencia, matrimonios homosexuales, etc.) no entiende que la salud del fumador, del no fumador y del camarer@ son asuntos prioritarios de Estado. Un dato: cada diez minutos muere una persona en España por una enfermedad relacionada con el tabaquismo.

Gracias a la tímida ley antitabaco de Elena Salgado dejé de fumar hace casi cuatro años y por ello le estoy muy agradecido. No me apetecía salir a la calle frente a mi centro de trabajo a dar caladas apresuradas junto a otros yonquis. No por humillación, sino porque el mismo acto de levantarse y caminar hacia cada cigarrillo era una representación de mi dependencia, y depender de algo me molesta mucho, me hace sentir vulnerable.

Pese a todo no ha sido una buena ley porque ha dejado a los locales la decisión de permitir fumar. Muchos han colocado carteles de “Aquí se permite fumar”, como si se tratase de un desafío, una machada ibérica o un no sé qué. “Aquí se permite envenenarse”, sería más propio. Media hora en un local de moda cuesta 16 o más euros a cambio de un aguarrás de marca, ver una camarera (o camarero) despampanante y oler durante horas a tabacazo, una peste que se mete en la ropa y en el pelo (en mi caso, sólo en la ropa).

Aunque era una ley incompleta, después llegó la lideresa Desesperanza Aguirre quien la corrigió a la baja en su reino de Madrid llenándola de agujeros como un queso gruyere, y no porque tuviera aspectos mejorables o se empeñara en proteger mejor la salud de todos, sino por fastidiar, que es su única ideología. Por darle una patada en la espinilla a Zetapé, a su vecino de partido o a su marido, que esta mujer no distingue, es capaz de repartir a sorteo unos cuantos cánceres de pulmón entre su comunidad. ¿Será denunciable ante los tribunales?: político peligroso atenta contra la salud de los ciudadanos.

Me gustaría que la actual ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, quien con tanto desvelo trabaja para frenar la gripe A, revisara las estadísticas de mortalidad del tabaco y sacara sus conclusiones. Las previsiones de la OMS (WHO, en inglés) son apabullantes: 10 millones de muertos al año hasta 2030. Al menos por las cifras, parece un asunto grave.

¿Es tan difícil lograr que el Parlamento apruebe una ley que prohíba fumar en todo recinto cerrado? ¿Contaría una ley de este tipo con el apoyo de Mariano Rajoy, el hombre que fuma tantos puros que el humo le impidió ver la realidad del 11-M durante cuatro años? No quiero morirme del tabaco ajeno sin verlo.

PD Empecé a fumar a los 12 años. A la salida del colegio Chamberí de Madrid caminaba a casa junto a dos amigos del barrio. El dinero ahorrado en el tranvía 61 nos permitía comprar cigarrillos sueltos de la marca Antillana, nuestros favoritos porque el papel era dulce. Cuando dejé de fumar en 1992 gracias a una novia militante mi vicio era una cajetilla. Cuatro años después, sin novia controladora caí por un habano que me dio Javier Ayuso en la fiesta del 20 aniversario de El País. Subí a los dos paquetes para recuperar las toxinas perdidas hasta que Elena Salgado acudió mi rescate. Ahora tengo diez kilos más, junto a los cinco que conservé del primer intento, he recuperado el olfato y el gusto y algo de inteligencia, por eso sé que no tengo derecho de criticar a los fumadores, pero sí a las autoridades que se atreven.

Tercera toma del reportaje sobre el genocidio de Ruanda de Frontline (PBS). Aunque tiene cinco años es de gran vigencia. Una lección de periodismo:

Robert McNamara

Gran necrológica de Tim Weiner en The New York Times, sobre uno de los personajes más contradictorios e interesantes de los últimos 50 años en EEUU:

Robert S. McNamara, the powerful defense secretary who helped lead the nation into the maelstrom of Vietnam and spent the rest of his life wrestling with the war’s moral consequences, died Monday at his home in Washington. He was 93. His wife, Diana, said Mr. McNamara died in his sleep at 5:30 a.m., adding that he had been in failing health for some time.

Mr. McNamara was the most influential defense secretary of the 20th century. Serving Presidents John F. Kennedy and Lyndon B. Johnson from 1961 to 1968, he oversaw hundreds of military missions, thousands of nuclear weapons and billions of dollars in military spending and foreign arms sales. He also enlarged the defense secretary’s role, handling foreign diplomacy and the dispatch of troops to enforce civil rights in the South.

“He’s like a jackhammer,” Johnson said. “No human being can take what he takes. He drives too hard. He is too perfect.”

As early as April 1964, Senator Wayne Morse, Democrat of Oregon, called Vietnam “McNamara’s War.” Mr. McNamara did not object. “I am pleased to be identified with it,” he said, “and do whatever I can to win it.”

Half a million American soldiers went to war on his watch. More than 16,000 died; 42,000 more would fall in the seven years to come.

Más en Robert S. McNamara, Former Defense Secretary, Dies at 93

Segunda entrega de Fantasmas de Ruanda, de Frontline, de PBS:

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