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Final de este gran reportaje de la cadena estadounidense PBS emitido en el programa Frontline con ocasión del 10º aniversario del genocidio de Ruanda. Han pasado cinco años de aquella emisión y poco ha cambiado, poco hemos aprendido. No sé si lo que sucede en Sudán o en algunos territorios ocupados son una prueba de nuestra (sobre todo, la de nuestros gobernantes) criminal indiferencia.

Propuestas contra la molicie

(Aunque pensé que era una idea fallida que no generaba comentarios ni aparentes entusiasmos, cuenta, al parecer, con sus (escasos) devotos. Regreso a ella los viernes, que tiene algo más de sentido. Se aceptan ideas y propuestas. Gracias).

Un libro: El hombre mojado no teme a la lluvia (Debate) de Olga Rodríguez. Sólo por el bellísimo título ya valdría la pena. Pero detrás de él habita un gran libro de personas que cuentan historias de personas. Un libro sobre dignidades que no se quiebran ni corrompen en las cloacas de nuestra democracia (Abu Ghraib, Bagram, Guantánamo, las cárceles secretas de la CIA…). Es un libro de luchas y esperanzas, como la de Parent’s Circle en Israel-Palestina, una ONG que ayuda a descubrir la existencia de otras víctimas para entender mejor el propio dolor.

Una canción: Elis Regina, Águas de Março. Maravillosa. La interpretación y ella. Murió en 1982 con apenas 36 años. Dicen que la causa fue una sobredosis. Es posible. Pero cuando alguien muere en una dictadura militar a la que critica se muere sobre todo de falta de libertad. Hay quien sostiene que fue asesinada. No está Regina, pero sí está su música. A ésa no se la puede matar. Ni callar.

Una película: El primer día del resto de mi vida dirigida por Rémi Bezançon. Francia. Trata de una familia de clase media venida a menos. Se estructura en cinco partes. Cada parte es un día en la vida de cada miembro de la familia que juntos cubren un periodo de 12 años. No se trata de una obra maestra pero es de esas películas más que notables que te dejan con una sonrisa en la boca y muchas ganas de vivir.

Una sonrisa: Forges, genial, dibuja las vacaciones, ése momento sublime en el que los no ricos (es decir, casi todos) sentimos por unos días cómo se debe de vivir sin dar golpe todo el año. Publicada el El País:

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Una frase: “¿Para qué sirve una utopía? Para caminar”. (Galeano)

Una reflexión: Gran poema Los Nadies escrito por Eduardo Galeano, uruguayo, escritor, persona. Cada verso es una propuesta para detenerse y pensar. Cada verso es un grito. He escogido la lectura de Caleb González por el acento y la música y porque está completo, y no hay publico desorientado que aplaude donde sólo hay que callar y escuchar:

Una mañana de enero de 1999, una excelente fotógrafa de una gran agencia internacional de prensa, y que por entonces tenía su base en Nairobi, telefoneó a su jefe en Londres. “Hay que ir a Sierra Leona”. Se había incendiado aquel país gemelo en historia y tragedias de Liberia situado al otro lado del continente. Una guerrilla cruel compuesta en parte por niños que cortaban manos había tomado dos tercios de la capital, Freetown, derrotando a los indisciplinados, corruptos y poco efectivos soldados nigerianos de la misión de paz regional (Ecomog).

Un equipo de la agencia rival había enviado un material terrorífico y de primera clase sobre aquella guerra: cuerpos hinchados por el sol y abandonados en la calle, buitres devorando las entrañas y, sobre todo, mucha desolación. El equipo de la agencia rival fue tiroteado a los pocos días. Murió el productor Miles Tierney, resultó herido de gravedad Ian Steward y el fotógrafo David Guttenfelder. Cuando matan a periodistas en una guerra olvidada muchos otros periodistas pierden interés. No fue el caso de Corinne Dufka, quien peleó duro por ir al centro de la noticia. Su jefe en Londres, tal vez sentado en un despacho de la agencia Reuters con una jarra de pésimo café inglés hirviendo a la mano, respondió: No interesa.

Esta negativa automática, y muy poco periodística, condenó a cientos de miles de personas a la invisibilidad informativa. Cerca de 7.000 seres humanos murieron en Freetown en tres semanas (un número muy elevado si tenemos en cuenta que 10.000 fueron los muertos durante tres años y medio del cerco criminal en Sarajevo) sin ocupar un lugar en los titulares de unas noticias internacionales que se nutrían sólo del morbo y el espectáculo de la mancha que le había salido al vestido de Monica Lewinsky.

A veces se nos olvida que el cáncer viene de lejos, que los síntomas del deterioro ya estaban allí. Si Dufka hubiese acudido a esa guerra, habría fotografiado con valor y calidad (como hizo en Centroamérica, Bosnia-Herzegovina y África) lo que sucedía debajo del iceberg (por el cartel del post: África en las noticias y el The New York Times y otros grandes periódicos anglosajones hubiesen tenido fotografías extraordinarias para sus primeras páginas.

Una foto, como del hombre con un agujero en la espalda caído sobre una valla en Sarajevo en agosto de 1995, tras el segundo bombardeo del mercado, es capaz de poner en marcha un mecanismo de respuesta. Sierra Leona no lo tuvo. Hay responsables de ese silencio.

En Sierra Leona, y Ruanda y en muchos otros lugares, no falló sólo la llamada comunidad internacional, fallamos los periodistas, los que dicen no interesa con una jarra de mal café inglés entre las manos y los que tienen miedo y también los que sólo miran presupuestos como si entre todos esos números estuviera la salvación de un oficio que se nutre de historias, de gente, de vida. La información no es una mercancía que se vende -verbo que se ha incrustado en el vocabulario de muchos-, la información libre es la base de la democracia. Eso es lo que está en juego: valores, ideas. Sin información solo hay una inmensa impunidad.

PD. Corinne Dufka dejó la agencia Reuters y el periodismo. Algo que benefició a África: es autora de extraordinarios informes para Human Rights Watch. Documentó con textos y fotografías el sufrimiento de Sierra Leona para que nadie pudiera decir nunca más No interesa.

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