Feed
Posts
Comentarios

El gran teatro nacional de Kabul es una metáfora de Afganistán. Hubo tiempos en los que más de mil personas se apretujaban en el graderío para asistir a una representación, un concierto o ver una película, que para todo daba su imponente escenario circular movido por una máquina de la que apenas queda un esqueleto herrumbroso. No hay asientos, ni gradas, solo el recuerdo que se niega a morir a través de personas como Asim, quien fue jefe de luces y mucho más.

Desde lo que debió ser el gallinero se distingue el imponte espacio escénico; desde abajo, se ve el palco blanco techado destinado al rey. El teatro nacional de Kabul funcionó hasta 1992, cuando empezó la guerra civil entre las facciones muyaidines. La ultima obra representada fue una versión de La madre de Máximo Gorki. El edificio y los alrededores fueron campo de batalla entre el general uzbeco Abdul Rashid Dostum y el islamista Gulbuddin Hekmatyar, dos tipos peligrosos que deberían estar presos en La Haya. No se sabe quién ganó, pero sí quién perdió: Afganistán, como siempre.

Cuando Asim pasa cerca de los fosos de la orquesta y de tramoya un impulso inconsciente le aleja del borde: allí es donde la gente de Dostum colocaba a sus prisioneros antes de fusilarlos. Los fosos dedicados a los instrumentos y a la ilusión de los decorados están bañados de memorias de sangre y cadáveres amontonados. Asim habla sin parar reviendo todo el teatro con sus palabras. “Aquí teníamos dos telones, uno mecánico y otro manual. Allá el sistema de focos. Cumplió los 58 y se pasa cada día por lo que fue su casa. Tiene 10 personas a su cargo y escasos ingresos. Ser jefe de luces en un país sin apenas electricidad tiene sus pequeños inconvenientes.

Kabul, de noche, es un rún rún de generadores, una ciudad oscura en la que los focos de los coches descubren la cortina de polvo que cada día se mete en los pulmones de la gente y en los ojos. Sin la luz del sol es una ciudad de sombras y gentes armadas. Los llaman policías, pero no siempre se sabe por qué.

Asim es amigo de Naimulá, que hace el papel de coordinador del teatro. Tiene más suerte porque su gobierno no es el de recuerdos y voces apagadas sino sobre la esperanza. Cerca del viejo teatro, imponente silueta en espera de una millonada para volver a caminar, está en nuevo, una sala semicircular con graderío de sillas. Desde julio se representa una obra infantil sobre dragones y montañas. Un grupo de actores y actrices ponen la voz a unas marionetas que cuentan historias de vida. “Es un proyecto noruego”, dice Naimulá. “Ellos pusieron el dinero para construir la sala, escribieron la obra y financiaron su puesta en escena. Desde que se estrenó han pasado por aquí más de 5.000 niños. Una empresa rusa facilitó el transporte y ayudaron ONG como Save the children”.

Ya no hay niños en las gradas, pero sí cómicos que representan la obra ante unas cámaras de vídeo. El objetivo es emitir la obra en la televisión y cambiar, gracias a los dragones y las montañas, una dinámica de guerra y odio. Suenan las voces de los actores, los galopes de los caballos y la música. No lejos del teatro vivo y del teatro muerto está el estadio nacional, donde los talibanes aprovechaban los partidos de fútbol para deleitar el público con sus ejecuciones sumarias, sus tiros en la nuca, sus asesinatos en nombre de dios.

El estadio y el viejo teatro unidos por los fusilamientos y el fanatismo se miran cada día, pero nunca se hablan. Entre ellos sólo puede haber silencio porque los edificios no saben pronunciar palabras, sólo escucharlas. El verdadero diálogo siempre es el de los hombres y ése, en Afganistán, está aún por escribir.

Publicado en Cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.

Cuadernos de Kabul: el fotógrafo de la Cruz Roja

En Kabul no hay fotomatones, esas cabinas con cortina sucia donde el interesado en retratarse simula expresiones de una seriedad insólita (los pasaportes siempre provocan una tentación de eternidad). En Kabul, en realidad, no hay nada: es una ciudad a medio destruir en espera de que alguna guerra nueva, o la misma con otro collar, termine el trabajo del picapedrero.

En ciudades así surgen tipos singulares como Amin, el fotógrafo callejero que se planta cada día delante del centro de rehabilitación de amputados del Comité Internacional de la Cruz Roja. Su trabajo es el retrato, peor aún: la foto carné. Armado con una caja negra de color rojo despliega sus malabarismos de quita y pon la tapa que permiten el paso de la luz para después de un tiempo aparecer como un ilusionista con unas pálidas fotografías en blanco y negro que impresionan al interesado, poco acostumbrado a la duplicación de su imagen.

“Compré esta cámara hace más de 10 años. Me costó 6.000 afganis [el equivalente a 120 dólares]. No sé cuántos años tiene, sólo que es muy vieja”, dice señalando el aparato que más parece una antigüedad que una cámara en activo. “No he pensado en venderla. Nadie puede vender su trabajo”, dice. Cajas negras como la suya, pese a las rozaduras y las arrugas de viejo, se cotizarían bien caras en el Primer Mundo, tan aficionado a decorar la vida con las cosas del Tercero.

“Creo que hace tiempo amorticé la cámara. Cada día hago unas 150 fotos. Trabajo seis días a la semana. Estoy aquí [delante del centro de rehabilitación] de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y gano, descontado los gastos de papel y líquidos, 150 afganis las día [tres dólares]. Cobro 15 afganis por cada dos fotos”.

Los clientes se sientan en un taburete delante de la caja negra de color rojo y se afanan en peinarse, alisarse o desenredarse la barba, o colocar mejor el gorro o el turbante, para salir favorecidos. Después de todo, poco importan las máquinas que se tiene enfrente, cada hombre es un proyecto de soledad que desea ser recordado guapo y feliz. Amin, que por alguna razón no sonríe, observa al cliente en sus cosas mientras él se afana con las suyas. Cuando ambos terminan de moverse, uno con la cámara, otro con el cabello, llega el momento delicado que exige del objeto, en este caso sujeto, una quietud absoluta para no salir movido.

El hombre que ha tomado cerca de 477.000 fotografías en su vida profesional no tiene cámara de fotos en su casa ni le gusta retratar a su familia. Va y viene a su cámara de caja negra, que deja guardada en la recepción del centro de la Cruz Rioja, como quien va al trabajo, a un puesto de cajero en un banco, o de lo que sea que no genera felicidad ni pasión. Horas y horas fotografiando compatriotas de un país en el que el tiempo es vertical, no avanza, sólo sube y baja dependiendo de quien hace la guerra. En un lugar donde cada día es una repetición cansina del anterior hasta los más optimistas tienen dificultades para ser felices. Quizá por eso Amin nunca sonríe, porque él y su cámara saben que hasta la esperanza tiene fecha de caducidad.

Publicados en Cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.

Cuadernos de Kabul: el hombre que planta Internet

Kabul no es Madrid, pero Madrid en algunas de sus calles podría ser Kabul. Aquí no rugen grandes máquinas excavadoras obsesionadas con multiplicar los aparcamientos ni agrandar las aceras para el paseo y el granito ni talar árboles con disimulo ni abrir zanjas, zanjones más bien, para mejorar las conducciones. No; en Kabul sólo se cavan fosas a pico, pala y sudor, y siempre a destajo, para introducir la modernidad: cables para el teléfono, Internet y televisión saltándose  los estadios intermedios de eso que llaman progreso: gas, luz, agua, alcantarillas.

Abdul Men tiene 60 años, una barba blanca poblada, la espalda recta y la mirada de pastun: ojos negros con un brillo de dignidad no importa qué pobreza lo envuelva. Trabaja metido en un agujero con una pala de siete de la mañana a las tres y media de la tarde, que en Kabul la noche se echa de repente y temprano. Gana unos 300 afganis diarios, el equivalente a seis dólares.

Su empleo no es fijo ni seguro. Contratan los obreros al por mayor durante 40 días y cuando terminan el trabajo deben buscar otro lugar y presentarse temprano ante el encargado que elige los mejores a ojo de buen capataz. Abdul Men, pese a su edad que supera la esperanza de vida estadística del país que le tocó en suerte, es un buen trabajador. “A veces estoy sin nada cinco días; otras, 10, pero siempre sale algo”. Vive con su mujer y dos hijos y paga 800 afganis al mes por el alquiler de una vivienda modesta.

El pastum que abre zanjas para Internet no sabe leer no escribir ni tiene electricidad en casa. Sus manos son duras y están pobladas de callos. Su vida se reduce a trabajar y sobrevivir. “Con el dinero que gano sólo puedo vivir al día, comprar pan y algo de comida para mi familia. Mis hijos van a un colegio público que es gratuito. No podría pagar una escuela para ellos, pero me gusta que aprendan las cosas que yo nunca pude aprender”.

La municipalidad, que es algo gallardoniana en estas cosas, tiene la ciudad llena de zanjas. Poco le preocupa el estado del asfalto de las calles principales, que en las secundarias sólo hay tierra modelada por las tormentas y las ruedas de los coches. El firme está mellado por la falta de mantenimiento y las bombas. Cada muesca de metralla tiene una firma. Cada firma un nombre de los señores de la guerra que destrozaron Kabul cuando se marcharon los soviéticos con su progreso ateo a cuestas y llegaron los otros sin progreso pero armados de manías y dioses.

Los atascos, que son parte inseparable del paisaje urbano, se forman por unos semáforos caprichosos que de tanta avería sufrida ya nadie se fía si ese rojo es una prohibición o un reflejo. Los policías de trafico, que apenas cobran el equivalente a 40 dólares al mes, complican la circulación con sus mordidas y caprichos. Al desastre cotidiano se han sumado las zanjas. Gente como Abdul Men se juega la vida cada vez que sale de una de ellas. No son ya los tropiezos o el riesgo de caerse bocabajo, son los coches que parecen divertirse apuntando al peatón que se tambalea. Es la ley de la selva, pero sin árboles.

Publicado en Cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.

Cuadernos de Kabul: el banquero de la calle

Amin Jon tiene 30 años y es banquero a su manera. Lo suyo no son las grandes operaciones bursátiles ni financiar OPAS hostiles. Tampoco otorgar créditos al por mayor o al por menor a cambio de 30 años de vida sumisa. Su especialidad son las divisas, algo simple y sencillo: gente que por alguna razón tiene un papel moneda de un color y desea cambiarlo por otro de menor prestancia escrito en una lengua diferente.

Tiene su puesto en una esquina de Kantai Sas, el barrio de los hazaras, la tercera etnia de Afganistán tras los mayoritarios pastunes y tayikos. Se trata de un pequeño cajón de madera de tapa abatible del que extrae billetes sujetos por una goma elástica y tarjetas para los teléfonos móviles, que en tiempos de achuche como estos siempre es bueno diversificar el negocio con un plan B. “La moneda que más se cambia el dólar americano. A veces traen algún que otro euro. Si el billete es de 100 siempre hay una pequeña rebaja”, explica mientras que no deja de atender a los clientes.

En África se pagan mejor los billetes grandes y se rechazan los dólares impresos antes de una fecha que se va modificando de forma inescrutable para el extranjero. “No; ése billete no vale”, dicen, y la sentencia es inapelable. En Kabul no tienen esas manías de cambista prepotente, aquí no se rechazan billetes por boberías, poco importan las fechas, rugosidades y suciedades mientras conserven el valor del que presumen. “Cada día cambio entre 2.000 y 3.000 dólares. La mayoría de mis clientes son afganos aunque a veces también aparece algún extranjero. En una buena jornada gano unos 250 afganis”, que equivalen a cinco dólares.

La jornada de Amir comienza a las siete y media de la mañana y termina a las ocho de la noche. Su primera misión es acudir a la central del dinero, al barrio de Garaj Shahzada, donde se reúnen los grandes cambistas, los señores de la guerra del dinero. Allí, sin pizarras, papeles o grandes paneles electrónicos, establecen cada día los precios, que debido la oferta y la demanda que es el nombre técnico que se da al capricho de los especuladores. Aquí, los precios de las divisas tienen un comportamiento similar al Primer Mundo: no importa lo que desee el cliente, comprar o vender, su posición siempre es perdedora, la que recibe menos a cambio de algo.

Amir se lleva cada mañana sus afganis a la caja del puesto de Kantai Sas. Cerca de un gran candado para dar seguridad en el transporte, reposa una pequeña calculadora. Sirve más para el sosiego de los clientes que para el suyo, porque a él las cuentas le salen hechas de la cabeza.

Dice que es el jefe, sobre él no manda nadie. Está casado y no tiene hijos, algo inhabitual en un país donde la fertilidad es uno de los barómetros de la felicidad, un signo externo del buen musulmán, de los que aceptan las loterías de la divinidad con los niños sin poner trabas occidentales a su voluntad. Los cinco dólares diarios de ganancia en un planeta donde más de mil millones de personas viven con menos de uno debe dar para caprichos. No es riqueza ni ostentación, pero Amir luce dos hermosos anillos, uno en cada mano.

Asegura que los tiempos son buenos dentro de lo malo que están los tiempos, que es una forma de medir la temperatura de un país que de tantas crisis y guerras se le quedó adormilada la memoria pues ya no le caben más desgracias. “Ahora no hay grandes problemas. Karzai sigue pero a nadie le importa demasiado que siga. Nuestra vida es esta y la suya es otra. Lo importante es que no llegue otra guerra a Kabul y que no regresen los talibanes con sus prohibiciones. Dentro de lo malo, estos no son malos años. Se puede ganar algo de dinero y vivir tranquilo”.

Publicado en Cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.

Cuadernos de Kabul: el niño que vende zumos de fruta

El niño Omid se esfuerza en meter las semillas de la granada, un fruto muy afgano, en una batidora de otro siglo. Se ayuda de una lata de zumo sin tapa para alcanzar la medida exacta, aquella que diferencia uno bueno de otro mediocre. Cada día abre el puesto de la calle Shani Now, en el corazón de Kabul, a las ocho de la mañana y lo cierra pasadas las nueve. Delante de él se mueve el tráfico infernal y los humos que se van quedando como parte del paisaje. Tiene 12 años, los ojos grandes y unos dientes que se le adelantaron al resto del cuerpo en eso de llegar a hombre. Asegura que acude a la escuela cuando su padre le da el relevo, pero son ya las once de la mañana y eso, al menos hoy, no hay sucedido.

En su carromato de licuador profesional de zumos expone plátanos, manzanas, zanahorias y granadas. Sus cuatro frutas favoritas, que en esto de la miseria también funciona la especialización. Cada vaso se paga a 40 afganis, algo menos de un dólar, y declara que al día hace una caja de mil afganis, unos 30 dólares.

Omid es pobre, como la mayoría de los niños de esta ciudad llena de pequeñas historias de esperanza. Cuando se le pregunta qué desea ser de mayor dice que no sabe, aún no ha tenido tiempo para pensarlo. Después de preparar dos zumos para unos clientes encorbatados, pues aquí también se practica una especie de fast food callejero, como en Nueva York, el niño corrige la primera respuesta: “Me gustaría ser médico”.

Trabaja seis días por semana. Cierran los viernes, el día santo de los musulmanes. Tiene suerte porque en muchos de los oficios que pueblan la ciudad descansar un día es cosa de ricos, o quizá mejor, de clase media, que los ricos libran dos.

“Ese día me quedo muchas horas en casa, estoy demasiado cansado. A veces salgo con mis amigos y juego un poco al fútbol. Me gustan el Real Madrid y el Barcelona y también me gusta hacer volar cometas”.

Omid es el mayor de cinco hermanos y sobre sus hombros ya siente una especie de peso familiar que le hace encorvarse hacia delante. Antes de comenzar la charla, cuando el traductor le explicaba de qué quería conversar el extranjero, el niño licuador de zumos respondió con un enigmático “No estoy preparado”.

La capital afgana está inundada de vendedores callejeros, muchos de ellos niños que se escapan de las horas de colegio para ganar unos afganis con los que ayudar a la familia, que el hambre tiene más agujeros y prioridades que la cultura. Pero en estas cosas de qué poner delante en la vida, si comer hoy o prepararse para comer mejor en un mañana que nunca llega, niños como Omid dan vueltas y vueltas a la pobreza sin hallar una puerta de salida, una escapatoria, y son tantos que al final es el país entero, con sus guerras y tradiciones, lo que da vueltas a un tiovivo.

Todos esperan que la máquina de la miseria se pare, deje de girar, para bajarse de ella y correr, pero ninguno de los que dan vueltas a los zumos, a las armas, a las corrupciones es consciente de que nadie excepto ellos puede detener el tiovivo. El problema es el interruptor. Averiguar donde está para apagar de una vez el dolor y rabia que fabrican la guerra.

Publicado en Los cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.

« Newer Posts - Older Posts »