Cuadernos de Kabul: la esperanza empieza en el teatro
Sunday, 8 de November de 2009 por Ramón
El gran teatro nacional de Kabul es una metáfora de Afganistán. Hubo tiempos en los que más de mil personas se apretujaban en el graderío para asistir a una representación, un concierto o ver una película, que para todo daba su imponente escenario circular movido por una máquina de la que apenas queda un esqueleto herrumbroso. No hay asientos, ni gradas, solo el recuerdo que se niega a morir a través de personas como Asim, quien fue jefe de luces y mucho más.
Desde lo que debió ser el gallinero se distingue el imponte espacio escénico; desde abajo, se ve el palco blanco techado destinado al rey. El teatro nacional de Kabul funcionó hasta 1992, cuando empezó la guerra civil entre las facciones muyaidines. La ultima obra representada fue una versión de La madre de Máximo Gorki. El edificio y los alrededores fueron campo de batalla entre el general uzbeco Abdul Rashid Dostum y el islamista Gulbuddin Hekmatyar, dos tipos peligrosos que deberían estar presos en La Haya. No se sabe quién ganó, pero sí quién perdió: Afganistán, como siempre.
Cuando Asim pasa cerca de los fosos de la orquesta y de tramoya un impulso inconsciente le aleja del borde: allí es donde la gente de Dostum colocaba a sus prisioneros antes de fusilarlos. Los fosos dedicados a los instrumentos y a la ilusión de los decorados están bañados de memorias de sangre y cadáveres amontonados. Asim habla sin parar reviendo todo el teatro con sus palabras. “Aquí teníamos dos telones, uno mecánico y otro manual. Allá el sistema de focos. Cumplió los 58 y se pasa cada día por lo que fue su casa. Tiene 10 personas a su cargo y escasos ingresos. Ser jefe de luces en un país sin apenas electricidad tiene sus pequeños inconvenientes.
Kabul, de noche, es un rún rún de generadores, una ciudad oscura en la que los focos de los coches descubren la cortina de polvo que cada día se mete en los pulmones de la gente y en los ojos. Sin la luz del sol es una ciudad de sombras y gentes armadas. Los llaman policías, pero no siempre se sabe por qué.
Asim es amigo de Naimulá, que hace el papel de coordinador del teatro. Tiene más suerte porque su gobierno no es el de recuerdos y voces apagadas sino sobre la esperanza. Cerca del viejo teatro, imponente silueta en espera de una millonada para volver a caminar, está en nuevo, una sala semicircular con graderío de sillas. Desde julio se representa una obra infantil sobre dragones y montañas. Un grupo de actores y actrices ponen la voz a unas marionetas que cuentan historias de vida. “Es un proyecto noruego”, dice Naimulá. “Ellos pusieron el dinero para construir la sala, escribieron la obra y financiaron su puesta en escena. Desde que se estrenó han pasado por aquí más de 5.000 niños. Una empresa rusa facilitó el transporte y ayudaron ONG como Save the children”.
Ya no hay niños en las gradas, pero sí cómicos que representan la obra ante unas cámaras de vídeo. El objetivo es emitir la obra en la televisión y cambiar, gracias a los dragones y las montañas, una dinámica de guerra y odio. Suenan las voces de los actores, los galopes de los caballos y la música. No lejos del teatro vivo y del teatro muerto está el estadio nacional, donde los talibanes aprovechaban los partidos de fútbol para deleitar el público con sus ejecuciones sumarias, sus tiros en la nuca, sus asesinatos en nombre de dios.
El estadio y el viejo teatro unidos por los fusilamientos y el fanatismo se miran cada día, pero nunca se hablan. Entre ellos sólo puede haber silencio porque los edificios no saben pronunciar palabras, sólo escucharlas. El verdadero diálogo siempre es el de los hombres y ése, en Afganistán, está aún por escribir.
Publicado en Cuadernos de Kabul, publicados en la web de El País.