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Por qué estoy en la Puerta del Sol

Vengo de la Puerta del Sol, a 200 metros de mi casa. Llego empapado de dignidad colectiva, de pertenencia, de ser parte de algo que podría llegar a ser grande. Es lo más importante que vivo desde los años de la Transición. Nunca pisé la plaza un 31 de diciembre, jamás me atraganté de uvas a pie de campanada en medio de una marabunta. Odio las marabuntas. Esta noche ha sido diferente, esta noche ha merecido la pena estar, participar, compartir, ser engullido, marabunteado.

A las doce menos un minuto, miles de personas que abarrotaban la plaza y las calles aledañas se sentaron en el suelo, cada uno como pudo. Algunos gritos aislados, mucho respeto. Esparadrapos en la boca en la mayoría por orden de la santa junta electoral, los guardiantes sordos de la ortodoxia. Se escucharon nítidas las campanadas. No había locutores de televisión confundiéndonos con los malditos cuartos. Tras la última, todo el mundo se incorporó y empezó a gritar: “El pueblo unido no será vencido”. Ha sido emocionante.

De regreso, un barullo, un sacacorchos: cada paso, una aventura, un retorcimiento no siempre en la dirección deseada. Me ha venido bien mi delgadez recién estrenada: me movía como una anguila. Escuché conversaciones. Había debate sobre si era mejor votar nulo, en blanco o a un partido pequeño, de los insignificantes. Los manifestantes parecían más sabios que muchos contertulios. Había más debate democrático a pie de calle que en las tarimas de los otros. Hay más inteligencia en los carteles pegados y paseados que en la campaña.

“La voz del pueblo no es ilegal”, gritaban miles de gargantas. Y Zapatero dice que entiende. Los que ocupan el centro de Madrid son las personas a las que ha defraudado, a las que ha fallado, mentido. Esa plaza es de izquierdas, pero de una izquierda sin izquierda. No vale IU, también en las nubes con sus querellas internas. El PP habla, protesta, teme y agita el fantasma del 13M porque aun no ha entendido que perdió aquellas elecciones por mentir, por deshonesto, por idiota, por no confiar en los ciudadanos. No debería alterarse ahora, la protesta no le robará votos. Sus votantes no tienen dudas: les gusta Camps, y Trillo.

Luego vendrán las elecciones generales y volverá a brotar la calle si que la calle se desmoviliza en los próximos días. Espero que no, que se mantenga: motivos abundan y se multiplican.

La clase política no entiende qué sucede. Falta inteligencia, honestidad intelectual y humildad. Ni siquiera sabía que existía ciudadanía. Se escuchan solo a sí mismos; leen periódicos, oyen radios y ven televisiones en las que solo salen ellos o se habla de ellos. Los periodistas que acuden a tertulias, a 59 segundos, por ejemplo, se reparten los roles de políticos y repiten sus palabras, sus vaciedades.

La protesta de Sol no es solo contra una clase política que vive fuera de la realidad de la mayoría, también lo es contra una clase periodística que salvo rarísimas excepciones ha renunciado a fiscalizarles, a inquietarles, a preguntarles. No es hora de sacar pecho, de ponerse medallas: somos cooperantes necesarios, culpables de tanta insensibilidad, de primar el corta y pega y las declaraciones vacuas, de no exigir, de no exigirnos, de renunciar a ser lo que somos y de pensar más en lo que cuesta en vez de pensar en lo qué es lo importante.

Esta es una sociedad mediocre en manos de mediocres. Sol es una ventana que se abre para que entre el aire y salga el humo. Respiremos.

Respiremos y exijamos. Listas abiertas en las que el votante pueda seleccionar a los mejores; políticos que atiendan a los ciudadanos, a los votantes, y no al dirigente que decide quién va en la lista y quién no, es decir, quien cobra y quien se queda en el paro. Habría que liberar a los políticos honestos, a los que aun quieren soñar y trabajar, del yugo de los aparatos, de los fontaneros, de los fabricantes de mentiras huecas. Hay que acabar con la obediencia debida, con los privilegios, con los coches oficiales y las pensiones vitalicias por decir sí señor durante dos legislaturas.

Hay que acabar con los corruptos, las comisiones ladronas, los bonus de los banqueros, sean privados o no, con los empresarios irresponsables, con los despidos en masa para aprovechar la coyuntura y con la dictadura de los mercados. Hay que acabar con las agencias que juegan con las deudas como quien juega en un casino. Hay que recuperar el Estado de bienestar, proteger a los ancianos, pelear por una educación de calidad y una sanidad cuyo beneficio sea curar y no ahorrar. Hay que desenmascarar a los medios de comunicación que basan su negocio en la mentira, el odio y la bazofia.

Cuando acabemos con todo esto, acabaremos con nosotros mismos. Después, con suerte, llegará el hombre nuevo. Ojala se llame Marx, Groucho Marx.

Dónde están las Cristinas

Es un mundo al revés; Cristina debería ser presidenta del Gobierno, o al menos contertuliana de RNE, y los que se expresaban en la tertulia con tanta inteligencia deberían estar en trabajos sociales con una condena de leer enterito un periódico al día, y pagando. No valen los titulares para tocar de oídas. Hay muchos ciudadanos como Cristiana, personas sin voz, bloqueadas por las burocracias de los partidos y de los medios.

En su lugar salen otros, los de siempre: el gracioso de Trillo -el comandante Yak- con sus gestos de persona educada, y Camps con sus trajes de tergalillo coste cero, y Pepin con sus trenes interestelares. No me gusta ninguno. Cayo Lara, tampoco, tan peripuesto con su reloj dando las campanadas de no se qué siglo.

Me gusta Cristina. Si se presentara a las elecciones, votaría por una mujer así: inteligente, bien hablada, que no necesita que ningún fontanero le escriba lo que debe decir. Vengo de la Puerta del Sol. No se oye aún a Cristina ni otras personas como ella, pero allí, en la acampada, está el espíritu de algo que podría dejar salir a miles de silenciados, de inexistentes, de mudos, de nadies y nadas.

Tengo sueño. Hartura. Llevo el olor de la calle adherido a las entrañas. Mi casa huele a esperanza y a víscera callejera, a ganas de revolverlo todo.

Me gusta Juan Ramón Lucas: aprende a escuchar y callar. Me gusta el mundo que no se ve, el que fluye paralelo, el de los escondidos, el de los no-son-ni-se-les-espera, el de casi todos los que viajan sin boato. Feliz fin de semana

Sol se extiende

He estado un buen rato en la Puerta del Sol, tomé nota de los carteles y escribí sobre ellos. Hablé con algunas personas y cotilleé conversaciones ajenas. Unos jóvenes debajo de unas lonas hablaban de las elecciones con otros jóvenes y con jubilados, que de todo había. Se escucha debate.

La junta electoral provincial considera que pedir el voto responsable puede afectar a la libertad y a la intención del voto. Esto debe de ser muy inteligente porque no lo entiendo. ¿Vender humo subido en un escenario, no? ¿Eso no afecta a la libertad de nadie? Gracias a esa junta electoral tan perspicaz en la defensa del patrimonio de lo que es lícito y que a buen seguro cobra de mis impuestos le haré el inmenso favor de no fatigarla en la noche electoral.

No voy a votar porque por primera vez en mi vida democrática no siento nada por el PP, PSOE e IU. Bueno, por el PP siento algo más, pero no me sirve para acudir a votar. No votaré nulo ni en blanco, solo no votaré, me abstendré de ir. Es mi derecho, mi protesta, como es el derecho de Bildu y Sortu -con los que no tengo nada que ver- a decir o dejar de decir lo que quieran mientras que no hagan apología de delitos penados.

Supongo que esta protesta callejera no llegará a nada, que se diluirá, ojalá me equivoque; faltan personas que tiren, empujen. Quizá, visto lo visto, es mejor que no salgan líderes y que democraticemos la responsabilidad. Internet no solo hunde una industria periodística, acaba también con una forma patrimonial de hacer política. Volvemos al ágora, pero esta vez será digital.

Todos los políticos reaccionan mal ante estas exhibiciones de libertad. Para ellos libertad son las ruedas de prensa sin preguntas, los minutos por ley en los informativos de televisión y los ciudadanos-todo-a-cien. Su baja calidad es culpa nuestra, por nuestra baja calidad como sociedad civil.

Ciudades que se despiertan

Mi ciudad se despierta. No son muchos, pero sí suficientes para sacudirse la molicie de una cotidianidad aplastante, de esa previsibilidad de la nada que ha invadido parques, plazas y discursos. Otras ciudades se desperezan. No son muchas, pero sí suficientes para decir no me conformo, rechazo, no me pliego.

Los de enfrente, los que caminan alzados en un atril portátil con los cristales tintados, no ven, no oyen, no miran. No hablo de política, hablo de inmunes, de los que se sienten por encima de la ley. También hay personas -valientes o ilusos, no sé- que creen que se puede cambiar el mundo desde un ayuntamiento. Se lucha, pero a veces el mundo es demasiado pesado y no cambia, te enfanga.

No creo que las siglas dividan y certifiquen: aquí, los mios, los buenos; allá, los otros, los malos. También estoy despierto, como una parte pequeña de mi ciudad. Escucho música y veo pasar cortejos fúnebres con y sin carroza, que en el tránsito también hay clases. Unos son para los muertos de postín, para los inmortales; otros, para los muertos sin nombre, los muertos lejanos; ellos no tienen derecho a dormir y despertar, a elegir, a quejarse, a ser.

Caí en medio de un lunes de asfalto

Caí en este lunes de mayo desde una altura considerable y caí de pie, con la sonrisa puesta y una canción en los oídos. Sonaba en estéreo, un placer que me está prohibido. En mitad del asfalto, con los pies-arena muy abiertos, casi coloso de Rodes, me ajusté el volumen de la imaginación y la música que escuchaba dentro se salió hacia afuera; otras personas que pasaban se agacharon y se comieron los trozoz, cada uno una nota, o dos, no más, que la música sin cocinar engorda una barbaridad. Después, los recién comidos de mi música imaginada vomitaron otras versiones desgarradas que a su vez recogieron otros peatones. Una hora después casi toda la ciudad cantaba, o se dejaba cantar.

En la Puerta del Sol, donde acampan unos jóvenes con la esperanza de multiplicarse, de encendernos, en demanda de democracia real y de cosas reales, rarezas bien raras: trabajo, vivienda, salud, educación, no cantaba nadie. Solo se escuchaba el murmurante altavoz del tenderete de un partido. De ese puesto de quita y pon no brotaban notas, sino ruido, gaviotas negras y unas consonantes oxidadas que al golpear el suelo resonaban a promesas vacías. En tiempos de campaña todas las promesa suenan igual, huecas.

Madrid es una ciudad en duelo, como el libro de Conrad: notas masticadas frente promesas cocinadas en exceso. Es lunes, noche; llueven notas y jóvenes de refuerzo sin paracaídas. Hace calor. Son las promesas rellenas de cemento express que no dejan correr el aire de la sierra.

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