Por qué estoy en la Puerta del Sol
Saturday, 21 de May de 2011 por Ramón
Vengo de la Puerta del Sol, a 200 metros de mi casa. Llego empapado de dignidad colectiva, de pertenencia, de ser parte de algo que podría llegar a ser grande. Es lo más importante que vivo desde los años de la Transición. Nunca pisé la plaza un 31 de diciembre, jamás me atraganté de uvas a pie de campanada en medio de una marabunta. Odio las marabuntas. Esta noche ha sido diferente, esta noche ha merecido la pena estar, participar, compartir, ser engullido, marabunteado.
A las doce menos un minuto, miles de personas que abarrotaban la plaza y las calles aledañas se sentaron en el suelo, cada uno como pudo. Algunos gritos aislados, mucho respeto. Esparadrapos en la boca en la mayoría por orden de la santa junta electoral, los guardiantes sordos de la ortodoxia. Se escucharon nítidas las campanadas. No había locutores de televisión confundiéndonos con los malditos cuartos. Tras la última, todo el mundo se incorporó y empezó a gritar: “El pueblo unido no será vencido”. Ha sido emocionante.
De regreso, un barullo, un sacacorchos: cada paso, una aventura, un retorcimiento no siempre en la dirección deseada. Me ha venido bien mi delgadez recién estrenada: me movía como una anguila. Escuché conversaciones. Había debate sobre si era mejor votar nulo, en blanco o a un partido pequeño, de los insignificantes. Los manifestantes parecían más sabios que muchos contertulios. Había más debate democrático a pie de calle que en las tarimas de los otros. Hay más inteligencia en los carteles pegados y paseados que en la campaña.
“La voz del pueblo no es ilegal”, gritaban miles de gargantas. Y Zapatero dice que entiende. Los que ocupan el centro de Madrid son las personas a las que ha defraudado, a las que ha fallado, mentido. Esa plaza es de izquierdas, pero de una izquierda sin izquierda. No vale IU, también en las nubes con sus querellas internas. El PP habla, protesta, teme y agita el fantasma del 13M porque aun no ha entendido que perdió aquellas elecciones por mentir, por deshonesto, por idiota, por no confiar en los ciudadanos. No debería alterarse ahora, la protesta no le robará votos. Sus votantes no tienen dudas: les gusta Camps, y Trillo.
Luego vendrán las elecciones generales y volverá a brotar la calle si que la calle se desmoviliza en los próximos días. Espero que no, que se mantenga: motivos abundan y se multiplican.
La clase política no entiende qué sucede. Falta inteligencia, honestidad intelectual y humildad. Ni siquiera sabía que existía ciudadanía. Se escuchan solo a sí mismos; leen periódicos, oyen radios y ven televisiones en las que solo salen ellos o se habla de ellos. Los periodistas que acuden a tertulias, a 59 segundos, por ejemplo, se reparten los roles de políticos y repiten sus palabras, sus vaciedades.
La protesta de Sol no es solo contra una clase política que vive fuera de la realidad de la mayoría, también lo es contra una clase periodística que salvo rarísimas excepciones ha renunciado a fiscalizarles, a inquietarles, a preguntarles. No es hora de sacar pecho, de ponerse medallas: somos cooperantes necesarios, culpables de tanta insensibilidad, de primar el corta y pega y las declaraciones vacuas, de no exigir, de no exigirnos, de renunciar a ser lo que somos y de pensar más en lo que cuesta en vez de pensar en lo qué es lo importante.
Esta es una sociedad mediocre en manos de mediocres. Sol es una ventana que se abre para que entre el aire y salga el humo. Respiremos.
Respiremos y exijamos. Listas abiertas en las que el votante pueda seleccionar a los mejores; políticos que atiendan a los ciudadanos, a los votantes, y no al dirigente que decide quién va en la lista y quién no, es decir, quien cobra y quien se queda en el paro. Habría que liberar a los políticos honestos, a los que aun quieren soñar y trabajar, del yugo de los aparatos, de los fontaneros, de los fabricantes de mentiras huecas. Hay que acabar con la obediencia debida, con los privilegios, con los coches oficiales y las pensiones vitalicias por decir sí señor durante dos legislaturas.
Hay que acabar con los corruptos, las comisiones ladronas, los bonus de los banqueros, sean privados o no, con los empresarios irresponsables, con los despidos en masa para aprovechar la coyuntura y con la dictadura de los mercados. Hay que acabar con las agencias que juegan con las deudas como quien juega en un casino. Hay que recuperar el Estado de bienestar, proteger a los ancianos, pelear por una educación de calidad y una sanidad cuyo beneficio sea curar y no ahorrar. Hay que desenmascarar a los medios de comunicación que basan su negocio en la mentira, el odio y la bazofia.
Cuando acabemos con todo esto, acabaremos con nosotros mismos. Después, con suerte, llegará el hombre nuevo. Ojala se llame Marx, Groucho Marx.
