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Para qué sirve la tinta

La tinta sirve para imprimir periódicos, revistas, libros; existe una tinta virtual que crea tuits, blogs, webs, diarios. Tenemos los instrumentos, pero se nos olvidó cómo utilizarlos. Los medios de comunicación sirven para contar lo que sucede; también para exponer lo que se oculta, las cloacas y la indecencia.

Nuestro trabajo es descubrir, revelar, incordiar, denunciar, dar noticias. No es llenar páginas, cortaypegar declaraciones vacuas, difundir un mundo feliz de sinónimos sin Bankias, ni subidas de impuestos, ni promesas incumplidas ni 15emes, ni oposiciones acogotadas.

En economía, tan de moda desde 2008, el trabajo es desenmascarar a los farsantes y trincones, y a sus protectores, a los que se atreven a decir ‘que este no es el momento’ de investigar, de investigarle a él en sus guerras cainitas con la defensora del himno y de sus gaitas. Es contar cómo se esfuma el dinero de unos balances teóricamente sanos sin afectar a los bonos de sus banqueros. También es contar cómo viven la tragedia los pequeños ahorradores, los inmigrantes atrapados en una hipoteca de varias generaciones, los empleados de toda la vida que van a ser despedidos.

La tinta salva vidas en las dictaduras. Las campañas de Amnistía Internacional y Human Rights Watch son nuestros ojos, nuestras armas, el instrumento constante para decir ‘lo sabemos’, ‘estamos vigilando vuestras cárceles’.

Pero no bastan las ONG, hay que tener una sociedad civil madura, responsable, exigente. Y Gobiernos honestos, decididos, capaces de mirar por encima de sus repsoles, mercados potenciales y demás zarandajas. Hace falta mucha inteligencia y  liderazgo para frenar a un asesino en masa. Con Gadafi se comerció hasta el último minuto. En 2009 se le vendieron armas y en 2011 se le liquidó con una resolución falseada dejando el país convertido en un campo de minas y de oportunidades de negocio.

Intervenir o no, es una decisión compleja. Entre mandar bombarderos y mandar a Kofi Annan para que haga el paripé ante las televisiones globales debería haber algo eficaz, que solucione un problema sin crear otro.

Se busca líder internacional sin cagadas en Afganistán e Irak, con capacidad de escuchar. Es urgente. Mueren personas por las armas y por inutilidad de los que nada quieren hacer.

Este país no es serio

Los Desayunos pasan revista a la prensa. Hoy se me han quedado ancladas en el cerebro las portadas de ABC y La Razón. No sé por que se me aparece fantasmal Federico Trillo encaramado en el mascarón de proa de un barco vestido de pirata, de pirata cojo de Sabina, diciendo la chorrada de “al amanecer, con 32 nudos…”.

Este país no es serio ni maduro. Una mayoría de lectores no busca la verdad, disponer de datos objetivos para formarse una opinión independiente, honesta. Muchos compran prejuicios diarios a precio de noticia y se van a casa, o al retrete de la oficina, para meterse esos prejuicios edulcorados en vena o por otro sitio, según gustos y habilidades. El objetivo es sobrevivir a la monotonía con placidez, ignorantes, sin ejercer la ciudadanía, la exigencia.

Tertulianos liberales de toda la vida aplauden entusiastas la idea de un banco público plagado de toxicidades que sufragará el contribuyente, sea liberal o no. Cada día son necesarios más miles de millones para tapar el agujero negro de Bankia. El PP no explica, centra su esfuerzo en destruir el prestigio del gobernador del Banco de España y en impedir que comparezca en el Parlamento. Dicen que es para proteger a Rato. Tanta artillería no es para un solo hombre; busca la inmunidad de Aguirre y Gallardón, del PP de Madrid, de la FAES y de las JONS.

Este país no es serio porque tiene una socialdemocracia empequeñecida por las urnas y por la vergüenza de verse ante un espejito mágico que le devuelve la imagen de lo que es: una derecha duplicada, cómplice, que ha participado en errores y en unos cuantos botines; una izquierda que no es inocente en Bankia.

Con un Gobierno atado al suicidio del ajuste y una oposición aturdida, inexistente, queda poco margen para esperar un cambio de rumbo. Queda el partido de fútbol de esta noche, claro; queda silbar al himno, el  que sea, y a Esperanza; queda hablar solo por la calle, dar limosna a los banqueros, lanzar ventosidades al paso de las caravanas de los coches oficiales, creer en la vida eterna y en Eurovisión.

Este país no es serio porque carece de una sociedad exigente, que no compra chorradas en el kiosco o en la televisión, que no olvida las promesas rotas en las siguientes elecciones, que expulsa a los corruptos de la política y de la economía, que mete en la cárcel a los ladrones en lugar de inhabilitarlos por 10 años; una sociedad que llama a la gente por su nombre, que no confunde a los chorizos con la jet set y los famosos del corazón.

No todos son iguales; existen muchos políticos que se entregan a diario en un trabajo en el que creen: el de cambiar el mundo, el de mejorar la vida de sus convecinos. Uno de los deberes de la prensa debería ser este: denunciar a los simuladores; mostrar los imprescindibles.

Buen fin de semana.

Perdidos fuera de la novela

Leo un libro que me confunde. Me aturde tanto que no sé que libro leo ni qué es real y qué inventado. Cuando piso la calle veo personajes novelados por el viejo Madrid. Hoy perseguí a un hombre que vestía unos pantalones anchos que delataban su pertenencia a la época de postguerra de mi novela. El hombre se movía veloz. Traté de adelantarle, quería ver su cara, saber si tenía rostro de novela. Una mujer morena de pelo rizado se abanicaba desnuda junto a un kiosko de prensa. Pensé que esto era ficción, o tal vez un truco desesperado de los pobres periódicos para vender su papel.

Las novelas son lugares divertidos cuando son buenas: espacios inmensos en los que caben las imaginaciones calenturientas del escritor y las de sus lectores. También cabe la imaginación de los personajes y de las cosas. Una novela es un laberinto cambiante de espejos, un juego de verdades y falsedades, de deseos cumplidos e incumplidos, un territorio abierto en espera de ser conquistado.

Me he subido a un coche antiguo que no arranca por falta de gasolina. Pertenece a la época del estraperlo y ese es su papel, no arrancar. La mujer del abanico me ha guiñado el ojo derecho; parece decirme algo con los labios pintados de rojo. Pasa Pedro Jota con tirantes vendiendo sus Orbyt a voz en grito. Si te suscribes un año hoy, te regala diez gratis en la vida eterna. No tiene éxito porque estas cosas de fe postmorten generan dudas tras tantos años de religión.

Me acerco a la mujer desnuda. Trato de no mirar los pechos para no ser libidinoso ni machista, pero corro el riesgo de parecer tonto. Leo un libro que me confunde. Me confunde tanto que no sé quién soy, ni qué pinto en este jueves de finales de mayo abrazado a una estatua de mármol de pelo negro y con los labios pitados de carmín. Llegan los loqueros. Me hablan desde una voz sonámbula. Están tranquilos; son de la escuela ‘vamos a negociar’.

No sé bien qué esta pasando. Hace calor. Yo solo leía una novela de Saramago, la primera, la que le negaron, la que le silenció por veinte años. Me tumbo en el césped y me dejo hacer. Los loqueros me meten en la ambulancia. Les pido que en vez de sirena pongan música Meat Loaf. Me sedan con una jeringuilla. Noto el sopor subir por mi brazo en dirección al cerebro. La mujer desnuda sonríe a mi lado, me acaricia la cabeza, sonríe como una madre. ¿Pero no eras estatua?, pregunté sorprendido. Me mandó callar. “Sssss. No digas nada, que yo también me he perdido en la novela”.

Sentado sobre las vías del tren o caminando por ellas hacia alguna parte me empapo de imágenes, voces, personas, canciones, silencios, libros, palabras… Acumulo objetos, personas, experiencias… Memorias que determinan lo que soy y me recuerdan lo que quería ser de niño, la edad en la que se extravían las utopías. Cada día mueren decenas de miles de desconocidos a los que no puedo echar de menos, ni seleccionar parte de su música para escribir una despedida. Ni pronunciar sus nombres. Pienso en los no Gibb y en el Gibb que se fue; allí iremos todos: los mudos y los ruidosos, los valientes y los cobardes, los mortales y los inmortales. Feliz semana..

Kafka nada por la tarde

Me escribe una amiga en Facebook una gran frase contra la crisis: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Escribió Franz Kafka en su diario en agosto de 1914.

Y yo le pongo música de supervivencia. Buen fin de semana bancario.

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