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Que se jodan

La diputada del PP Andrea Fabra, hija de Carlos Fabra, el que se ha hecho un aeropuerto para el aire en Castellón con el dinero de la lotería, se sienta en el hemiciclo de la soberania popular como representante de lo que sobra en este país. Mientras que Rajoy anunciaba los recortes más duros de toda la democracia, la señora en cuestión aplaudía y gritaba “¡Que se jodan!”.

Que se joda ¿quién? ¿Los funcionarios, los mineros, los ciudadanos..? Descartemos a la lotera de su padre, a los inspectores de Hacienda de Castellón, a los fiscales y jueces que no han hecho su trabajo, a todos los que han permitido el abuso y disfrute de la ley por parte de los sinvergüenzas.

La señora Fabra es el símbolo de lo que está mal. Una clase política que no trabaja para los ciudadanos sino para el que le pone en la lista, para quien te hace ministra de Trabajo sin haber trabajado en tu vida, para los que se dan palmadas en el hombro y echan risas sobre la jodienda de la mayoría.

Que se jodan dice la princesita de Castellón. No dimitirá del escaño que ensucia porque los jodidos de siempre, nosotros, la mayoría, tenemos las tragaderas más grandes y antidemocráticas del mundo. Así nos va.

Yo prefiero otro tipo de diputados, los honestos, los valientes, los cercanos.

Hoy me desperté con mi dedo sexual recortado

Me desperté sin el dedo sexual de la mano derecha. Una voz orweliana me informó desde el fondo de la taza del retrete de que había sido recortado por el bien de España y de Europa. También me dijo: “Si la prima de riesgo no cede tendremos que recortar el izquierdo”. No protesté porque tenía el baño invadido por cinco antidisturbios porra en ristre. Miré, conté. A ellos no les faltaba nada; nada que estuviera a la vista, claro.

Dije a la voz del retrete que lo comprendía, que España era una gran nación, pese a que mi dedo sexual derecho tenía unos deberes históricos con la sociedad en la que vivía y que sin él no solo sufría yo en mis partes íntimas; también, los placeres indirectos de otras personas. Tras mi discursito, un segundo del cuarto hora de fama de Warthol, se fueron los antidisturbios: un, dos; un, dos, ¡ar! El último, antes de salir, me dio un porrazo en el pie. Supongo que es su forma de comunicarse, de decirme que me quiere.

A los funcionarios les van a amputar la paga de diciembre enterita y unos cuantos moscosos de propina. Tienen suerte: conservan los dedos sexuales. En el caso de los polis se llaman dedos del orden público. Sirven para sujetar el disolvedor de manifestantes, una especie de vibrador negro en permanente excitación.

Las medidas de recorte anunciadas ayer por un señor con barba en la cara y tics en los ojos han gustado a los empresarios, no confundir con emprendedores. Algunos dicen que son oportunas y argumentan que sacarán a España del precipicio, aunque no descartan que volvamos a él. Los recortes que tanto gustan a los sectores no recortados tienen propiedades mágicas de quita y pon. Son un bosón paralelo en sí mismas.

La crisis es un agujero negro que todo lo chupa. Es un agujero negro selectivo, como el Ibex: solo se alimenta de derechos sociales y laborales, de sueldos y parados. Los bonus de los empresarios se los deja para después, para después del fin del (nuestro) mundo.

Bajé a la calle amputado, tímido de encontrarme a mi economía indirecta, y sin esperar, como dicta la cordura, a saber qué dicen los mercados; es decir, si llueve o no. Todos los peatones caminaban cabizbajos con un guante de Michael Jackson en la mano derecha. Parecía una epidemia. Deduje que el recorte de placeres era general, inapelable.

Pasaron tres coches oficiales que venían de boda, con sus tiras de colores anudadas a los tubos de escape. No cascabeleaban latas vacías, como manda la tradición cinematográfica, sino miles de dedos sexuales que emitían ayes al golpearse con el asfalto. Después pasó una escuálida banda de música con el pasodoble de Manolo Escobar en play back para ahorrar en músicos.

Los Jackson no aplaudimos por timidez y falta de costumbre en el aplauso mutilado. Transitaron más coches oficiales y autobuses cargados de asesores achispados por la farra y un circo con domadores sin leones, que se quedaron en las jaulas distraídos con Belén Esteban. Al final, tras las mayoretes disfrazadas de Cospedales, apareció el camión-escoba con un altavoz gigante en el techo que escupía un oeoeoeoeoeoeoeoeoe machacón. No era la selección. Solo un espejismo.

Termino con Francesco de Gregori, uno de mis favoritos: Titánic, una palabra de moda.

Antes debo confesar que sin el dedo sexual de la mano derecha tecleo peor y no sé llamar al ascensor. Ni saludar a los amigos. Tampoco sé mandar a cagar a los impostores. Mi gesto con el puño cerrado, vuelto hacia mi, y el dedo sexual tieso como…  ¡como un vibrador civil! resulta ridículo, incompleto, interruptus. No solo me han recortado el placer, también el derecho a una protesta contundente. Habrá que educar a los otros dedos. Buen fin de semana.

Marcha dignidad en Madrid

Madrid huele a carbón, a injusticia; y a resistencia, ¡qué coño! Tengo grabados en el cerebro los ojos rojos de los primeros mineros de la marcha negra al entrar en una Moncloa abarrotada. Miles de personas emocionadas aplaudían y gritaban “Sí, se puede”. Después se unieron a otras que esperaban en las aceras y todas juntas les acompañaron en su caminar con la cabeza alta, iluminada, por Princesa, plaza de España, Gran Vía, Alcalá y Sol. Esa puerta abierta que desde hace siglos escribe la gran historia de este país, y la pequeña de cada día: la de los hombres y mujeres estatua, de los mariachis, del ilusionista cubano de las cartas, de los que se buscan y quedan en la cola del caballo, de los que se besan.

Los mineros llegaron desde el fondo de la tierra para defender sus puestos de trabajo de los recortes, de la tijera de los que nunca se manchan las manos,  Anoche me martilleaban las palabras hirientes de la señora Cospedal, la mujer insensible, superlativamente ignorante de la vida menuda. ¿Son acaso privilegiados los mineros por tener el derecho a jubilarse antes con los pulmones destrozados? Lo dice una señora que pertenece a la casta de los fabricadores de leyes, los que se otorgan pensiones máximas por ocho años de síseñorear sin apenas abrir la boca, de cabestros que han aprendido a apretar el botón adecuado.

Están en juego las subvenciones de un sector que tiene fecha de caducidad europea. Se pide una prórroga, unas condiciones, unas alternativas para comarcas enteras que sin la minería quedarán sepultadas, muertas. La partida de los Presupuestos Generales de 2012 destinada a la explotación minera es de 523 millones de euros. El recorte sería del 65%. Hagan números, comparen urgencias y amistades.

Ya sé que me dirán: “Eso es demagogia”, lo que ya es de por si bastante demagógico. Pero estoy seguro de que con una parte de los bonus que se han llevado y llevan los bankstards, ya saben a quienes me refiero, se podría resolver el problema de las ayudas a la minería hasta que se pacten alternativas de desarrollo, como se hizo en la reconversión naval de los años ochenta. ¿Añadimos las cuentas de Bankia, CAM, Banco de Valencia y demás trileros preferentes?

No comparo cifras, solo dignidades. Sé en qué bando estoy: en de los que tratan de ser dignos aprendiendo de su dignidad; en el bando de los que gritan “Sí, se puede”, porque es verdad que se puede, porque hay esperanza.

Esta cantata de Quilapayún siempre me ha emocionado. No se pierdan la canción de despedida: “No sigan allí sentados pensando que ya pasó”.

El bosón de Arias Cañete y Wert

Estoy exhausto, lo admito. Después del esfuerzo intelectual realizado ayer por comprender el bosón de Higgs -y las diferencias filosóficas profundas entre traducir The God Particle como la partícula Dios o la partícula de Dios-, no me llegan las neuronas para entender las declaraciones de los ministros de Agricultura, Arias Cañete, y/e (des)Educación e (in)Cultura, Wert.

¿Qué hacen tan ilustres señores del Gobierno de España, esa gran nación campeona de dos Eurocopas consecutivas y un Mundial, hablando de Bankia? No parece su área de trabajo, por la que cobran cada mes de los Presupuestos Generales del Estado, y no del PP. Quizá el excelentísimo señor Arias Cañete tenga una excusa remota, retorcida, ocurrente: hay sucursales en zonas de campo, donde crecen las espigas y las deudas. ¡Pero Wert! Si su especialidad es la socialización de los niños en aulas con calzador.

Me inquieta no haber escuchado aún a Ana Mato, una especialista como Wert. O a Fátima Báñez, ministra de Trabajo sin haber trabajado en su vida como empresaria ni como empleada, más allá de la obediencia debida que tan buenos réditos produce en este país.

Arias Cañete, a quien tengo gran respeto, afirma que las citaciones de un juez de la Audiencia Nacional a casi todo el Consejo de Administración de Bankia -el dimitido o destituido, vaya usted a saber, son “indiscriminadas”. El segundo, con más vocabulario debido al cargo intelectual que le adorna, dice que el asunto está “sobredimensionado”.

El único partido que se ha movido es el de Rosa Díez, personaje que no habita en mi altar de preferidos. UPyD, presentador de la querella, le ha robado la foto a Izquierda Unida. Con Llamazares esto no pasaba.

Seguro que Wert, un hombre con serios problemas para contar los campus universitarios de California, no se ha enterado del agujero de Bankia, ni de los veintitresmil millones de euros que el Estado va a poner, que ya está poniendo, para sanear un banco que era el cuarto de España. Un banco que desde hace muchos años se ha gestionado como si fuera otra cosa, un cortijo, como la CAM y el Banco de Valencia, donde un tal Olivas, que sin duda conocerá de las reuniones del partido, ha superado en destreza a Lehman Brothers; todo presuntamente, claro.

Estos dos ministros extraterrestres tampoco deben haberse enterado de que el caso Bankia ha causado un daño mucho más irreparable al conjunto del Estado; un daño de imagen que nos ha puesto de rodillas como pendencieros ante Alemania y el resto del Eurogrupo. Y allí, en tan incómoda y peligrosa postura, esperamos el maná, la pasta para financiar la fiesta bancaria de nuestros consejos millonarios en bonus y desvergüenza.

Tampoco deben haber oído nada de las condiciones del rescate, o préstamo blando, como lo llaman en sus corrillos: subida del IVA, supresión de la desgravación por vivienda y otras lindezas que acabarán afectando a la edad laboral, a la prestación por desempleo y a las pensiones. ¿Sobredimensionado?

No sé si el juez de la Audiencia actúa con populismo. No se lo he preguntado. Sé que el Parlamento, en el que habita Arias Cañete como diputado elegido, no ha investigado nada. Nadie ha declarado ante nadie. Su partido, el PP, lo bloquea. ¡Qué envidia ayer la visión de los Comunes!: el ex consejo delegado de Barclays, Bob Diamond, ante una comisión parlamentaria, ante los representantes de la soberanía popular.

Deberían preocuparse más tan ilustres señores de las acciones preferentes que los bancos enfermos colocaron a miles de ciudadanos, muchos jubilados, en unas campañas de captación de fondos para el agujero negro, en las que abusaron de la confianza y el desconocimiento técnico de sus clientes. Si no fueron una estafa estuvieron muy cerca. Me gustaría que el presunto excesivo juez de la Audiencia Nacional ampliara su investigación a este escándalo; solo por encontrarle los adjetivos adecuados.

Por lo demás, sigo ahorrando para escapar a Nueva Zelanda, pero me han dicho que el descubrimiento del bosón de Higgs abrirá espacios nuevos y más lejanos en los que no llegará tanta insolencia cómplice. Buen día.

La Higgsteria

Estoy muy excitado esta mañana. No es sexo ni la prima de riesgo ni los ecos del oeoeoe; tampoco el olor de las vacaciones. Se trata del bosón de Higgs. En el CERN están seguros de haberla descubierto, pero como científicos serios que son necesitan realizar más pruebas, comprobaciones varias, antes de declarar la victoria total de manera oficial. Así era el periodismo antes de la aceleración de las noticias: un trabajo en el que primero se investigaba la veracidad de un hecho y después se divulgaba.

Leo en Twitter, en los medios tradicionales y en las webs extranjeras todo lo relacionado con el bosón. Me siento encaramado en el palo mayor de la carabela Santa María a punto de gritar ¡tierra! Mi problema, no sé si muy extendido, es que no me entero de nada, pero disimulo, silbo, sonrío. Quedarse callado siempre ha parecido un signo de inteligencia.

Acabo de regresar del mercado y era la comidilla. Todo el mundo hablaba con un conocimiento profundo. “Estamos ante un momento histórico de la ciencia”, exclamó el pollero mientras troceaba una pechuga. En la pescadería, dos señoras discutían acaloradamente sobre la supersimetría. En la cola del marisco, un hombre explicaba a otro la integración de la gravedad con el resto de las fuerzas de la naturaleza. En la carnecería el debate era la materia oscura.

He abierto el ordenador y me he puesto a leer Materia, una web especializada que acaba de nacer, experta en estos asuntos y en otros de tecnología, salud y medioamabiente. Parece muy buena, necesaria. Está escrita por periodistas conocedores capaces de explicar estas cosas tan complejas a personas de letras.

Desde hace tiempo me quedé atrancado en la idea de que el bosón de Higgs es la partícula Dios. Siento ilusión de ver cómo el avance constante de la ciencia, del conocimiento, del saber, arrincona un poco más la fabulación religiosa sobre los siete días de la Creación del universo, incluido el de descanso que Rajoy acabará suprimiendo. Dios no es ni está en ese instante, ni en otro; está en el miedo de las personas, en la pequeñez que sentimos, en la necesidad de inventarse una transcendencia para sobrevivir al terror de no ser nada, nadie.

Las religiones nacen de ese miedo, pero no ayudan a calmarlo, lo azuzan para expandirse, pervivir, mandar sin contestación posible. Hay fieles sabios que escapan al discurso piramidal de los sumos sacerdotes y transforman la creencia colectiva en un salvavidas individual. Le sucedió a mi abuela Germaine; fue creyente y feliz, una gran mujer.

Estoy acabando Sin alma de Andrés Ortega (Galaxia-Gutemberg), un libro que no habla del bosón, pero sí de esa frontera entre la inteligencia y el miedo; de la hipótesis innecesaria para explicar el mundo, el Big Bang, nosotros.

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