Omar Said regenta una minúscula tienda en el Bush Market de Kabul. Vende artilugios paramilitares. Prismáticos, enormes cuchillos, gafas presuntamente antibala, pistolas de fogueo, uniformes de camuflaje y decenas de recuerdos con el logotipo de Endurance Freedom (Libertad Duradera), la operación estadounidense simultánea a la de la OTAN. El mercado donde se asienta el negocio de Said lleva el nombre del anterior presidente de Estados Unidos porque en él “se venden auténticos productos americanos”, según sostienen los kabulíes. Aunque hubo alguna iniciativa entusiasta, la mayoría de los tenderos rechazaron rebautizarlo como Obama Market. Dicen que el nombre estaba puesto y que no se puede andar cambiando. Del techo del cubículo de Omar Said cuelgan unas camisetas grises con la palabra Army estampada en el pecho. Son una burda imitación, como casi todo en Bush Market. Preguntado si no teme perder su negocio si finalizara de repente la guerra, responde: “No, siempre habrá gente que necesite una mira telescópica para su Kaláshnikov”.
Tres décadas después de la invasión soviética y de guerra permanente, existe una pérdida colectiva del sentido de la honestidad. Cada afgano se ha convertido en un actor que trata de sobrevivir en un escenario en el que apenas ha cambiado el decorado: pobreza, corrupción y pólvora. “No soy optimista, pero nací afgano y me tengo que quedar; es mi destino”, asegura Zatu, que parece pensar cada palabra que pronuncia en inglés. Con paciencia y unos chai (té) -que debe hervirlos con taza y cuchara-, Zatu gana confianza, pierde su pátina patriótica y narra su huida en 1997 hacia Irán y Turquía en dirección a Inglaterra. “Crucé 10 fronteras y viví cuatro años en Londres. Cuando los talibanes fueron expulsados de Kabul, el Gobierno inglés me envió una carta diciendo que ya podría regresar porque había libertad y los soldados británicos se encargaban de protegerla. Si nada cambia, volveré a escapar; esta vez a Canadá”.
La nueva estrategia anunciada por el presidente Barack Obama en marzo se basa en tres pilares: presión militar sobre los talibanes y sus aliados, desarrollo económico y reconstrucción. En un país en el que el 42% de la población vive en la pobreza absoluta y al que la ONG Transparency International considera extremadamente corrupto -lo sitúa en el puesto 176 de 180 en transparencia-, la ambiciosa propuesta de Obama corre el riesgo de descarrilar, como le sucedió antes a británicos, rusos y soviéticos. El problema esencial de Afganistán es de mentalidad. Llevará generaciones modificarla. La burka sería la metáfora exacta: Occidente exige su supresión y olvida las causas culturales y tradicionales que la hacen posible. “Se han perdido ocho años”, dice una fuente que exige anonimato. “Ahora, los afganos tienen menos ilusión… y los extranjeros, menos credibilidad. Es una situación que no se puede alterar; el primer impulso se ha perdido”.
La comunidad internacional sostiene que las elecciones presidenciales y regionales que se celebrarán el próximo jueves son esenciales dentro de la nueva estrategia de EE UU. A pesar de que convocar unos comicios en medio de la guerra puede ser una ficción democrática, otros hablan de “elecciones simbólicas”, incluso “pedagógicas”.
Cerca del 45% de los distritos está amenazado por las armas. Diez de los 364 en los que se divide electoralmente el Estado se hallan bajo control talibán y en ellos no se abrirán las urnas. Naciones Unidas calcula que afectará a 600 colegios electorales. El Gobierno de Hamid Karzai admite que otros 156 distritos están en riesgo. Pero el objetivo es celebrarlas a cualquier precio. Un retraso o una cancelación hubiesen sido una catástrofe y una victoria para los talibanes. Nadie cree en una segunda vuelta. Es caro (organizarlas ha costado 223 millones de dólares) y peligroso.
Unas elecciones que se celebran en estas condiciones de inseguridad deberían, al menos, ser creíbles para que sus resultados sean aceptados. Hace cinco años sucedió algo similar en Irak. El colombiano Carlos Valenzuela, experto de Naciones Unidas en organizar elecciones en lugares complicados (venía de Camboya y Timor Leste; viajó después a Sierra Leona), explicó entonces a EL PAÍS que para que sean creíbles deben contar con algún tipo de registro oficial (en Irak se utilizaron las listas para reparto de alimentos elaboradas por el régimen de Sadam Husein) y que se establezca una autoridad de control independiente. “Las elecciones no son una garantía para la pacificación, pero la experiencia indica que pueden ayudar a dinamizar el proceso político”.
En Afganistán no hay censo. Nunca lo hubo. Sólo existe uno inacabado de la época soviética. La guerra constante y algunas costumbres locales hacían poco recomendable el trabajo de encuestador. Ningún pastún, la etnia mayoritaria, aceptaría declarar el número de mujeres a su cargo. Antes tirotearía al invasor de su intimidad. El registro electoral se ha realizado mediante la inscripción voluntaria de las personas que pueden y desean votar. Los hombres presentan sus carnés. Las mujeres no siempre pueden porque lejos de Kabul y Mazar-i-Sharif no está bien visto que salgan solas de sus hogares. Es el marido o el pariente quien declara el número de mujeres mayores de edad a su cargo. Nadie lo discute ni lo comprueba.
Más en La incierta papeleta de Afganistán (reportaje largo, como los que me gustan, publicado en el cuadernillo de Domingo de El País).