Estoy dos veces conmocionado, porque acabo de saber de la muerte de Fabrizio de André, un cantante italiano que me gusta de forma especial por sus letras comprometidas y su voz potente, y quien suelo escuchar con frecuencia, y por el hecho de que me he enterado con diez años de retraso: De André falleció a consecuencia de un cáncer de pulmón el 11 de enero de 1999, meses después de Lucio Batisti, a quien también mantenía vivo en mi memoria.
No si este doble desconocimiento de algo tan concreto, y cercano emocional y musicalmente, es una prueba de mi estupidez o de que esta sociedad hiperinformada (soy cooperador necesario: participo en ella como periodista), en la que parece que dispongo de un acceso inmediato a cualquier noticia en cualquier rincón del planeta, es un espejismo: la abundancia de material noticioso no genera conocimiento ni información, sólo sensación de ella.
Este Il Testamento di Tito me suena ahora diferente, como si estuviera cantado por alguien que no muere:
Milan Milutinovic no es un criminal de guerra. Durante su mandato como presidente de Serbia (1998-2002) se cometieron gravísimos delitos en Kosovo: matanzas indiscriminadas, violaciones de mujeres como arma de guerra y la expulsión de sus casas de casi la mitad de la población albanesa, unos 800.000 según Naciones Unidas. El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY), con sede en La Haya, consideró ayer en una sentencia, en la que condena a otros cinco altos cargos a penas de cárcel, que Milutinovic era un hombre de paja en aquel entramado delictivo encabezado por Slobodan Milosevic, sin responsabilidad directa en las masacres ni en el proceso de toma de decisiones.
Milutinovic es el representante de la mayoría (silenciosa) de la población serbia en aquellos años, y en los anteriores, cuando tuvo lugar el cerco de Sarajevo (44 meses y 10.000 muertos) y el genocidio de Srebrenica (8.000 muertos en menos de una semana en julio de 1995). Es de la clase de los que miran para el otro lado, de los que callan, tienen miedo, colaboran y ríen con los criminales y que después aseguran: “No sabía nada”. Al menos el hombre que solo miraba ha pasado cinco años y medio en prisión desde que se entregó voluntariamente al TPIY en 2002.
La socióloga y psicoanalista Margarete Mitscherlich escribió en La incapacidad de duelo en Alemania:
“Aún cuando no hayamos asesinado a nadie, sino sólo colaborado con nuestro silencio en esas monstruosidades, la rendición incondicional después de tanta arrogancia debe provocar un intenso sentimiento de vergüenza”. (Si un árbol cae. Isabel Núñez.)
Irak no se ha pacificado, pero la situación es mejor. En la guerra de las percepciones, parece que hay menos atentados, menos muertos y más seguridad. Las estadísticas lo confirman. El radical cambio de estrategia estadounidense impulsado por el general David Petraeus en 2007 se basó en tres pilares: incremento significativo de las tropas, concentración de los esfuerzos en Bagdad para restar visibilidad publicitaria a la insurgencia (generar la percepción de su derrota) y aliarse militarmente con una de las fuerzas locales, en este caso las milicias de las tribus suníes, antiguos insurgentes pagados por los americanos primero y por el Gobierno de Nuri al Maliki ahora. Ellos son los ojos de los americanos, los que saben quién es el enemigo.
Petraeus es desde el 16 de septiembre de 2008 responsable también de la guerra de Afganistán y quiere imponer la misma receta. Los hechos demuestran que la situación es pésima. La percepción, que no se puede ganar la guerra, sólo tratar de no perderla. Afganistán está como Irak en 2004, cuando empezaba el peor periodo (2004-2007) y el peligro principal eran los explosivos caseros colocados en las carreteras y aldeas. Lo explica Tom ShankerenelHeraldTribune: “En Afganistán se contabilizaron 3.611 incidentes con explosivos caseros en 2008, un 50% más que en el año anterior. El número de soldados americanos y de la OTAN [hay dos misiones] por este tipo de bombas se duplicó en 2008″…
Ernie Pyle (Indiana, 1900-Ie Shima, 1945), uno de los grandes corresponsales de la Segunda Guerra Mundialy uno de los 28 periodistas que pisaron las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, el Día D.
“Nunca he escrito nada sobre la Gran Película porque no sé nada sobre ella. Solo sé lo que vemos desde nuestros ojos de gusano, y nuestro segmento de la película consiste en soldados cansados y sucios que están vivos y no quieren morir”, escribe en Here is your war.