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	<title>En la boca del lobo &#187; Postales de Nueva York</title>
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		<title>Postales de Nueva York / La ciudad caminable</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Sep 2009 23:42:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay ciudades por las que apetece caminar. Una fuerza extraña se apodera de los pies del visitante, sea turista, viajero o gorrón, como es mi caso, que le obliga contra toda lógica a recorrer distancias enormes sin una dirección precisa y sin un motivo sólido, sólo por el placer de caminar, ver, escuchar y oler. Nueva York es de las más peligrosas, mucho más que la apetecible Londres. El terreno plano y la numeración sencilla de sus calles resultan una combinación irresistible en la que los rascacielos se convierten en puntos de referencia engañosos. “Pero si está al lado”. En Nueva York casi nada está al lado.</p>
<p>Al norte de Houston Street -la que se pronuncia <em>Haston</em> o <em>Jaston</em> y que es la frontera del Soho-, la numeración de la calles sigue números correlativos. No necesita de muertos ilustres ni de ayuntamientos con patrocinadores poderosos a los que compensar con la eternidad relativa de algún ancestro. La Quinta avenida divide la Gran Manzana es dos mitades, el Este y el Oeste, información cardinal que incluyen todas las direcciones a las que se añade, por precisión, entre qué calles o avenidas se encuentra la manzana. Un ejemplo: 233 East 52 Street entre la Primera y la Segunda Avenida. Resulta difícil perderse. De nuevo la practicidad.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0380a1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10837" title="img_0380a1" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0380a1-300x200.jpg" alt="img_0380a1" width="300" height="200" /></a></p>
<p>Algo tienen las aceras de Nueva York, tal vez el material con el que están hechas, que resultan abrasivas. Es como si se caminara descalzo y aparecen pronto las primeras ampollas y rozaduras que dificultan el duro trabajo de turista. Hay una tienda que pone remedio rápido. Se llama Paragon y es experta en todo tipo de zapatos, sobre todo de <em>trekking</em> y demás variedades de cansarse con mayor o menos utilidad física. Se encuentra en el 867 Broadway, entre la 17 y la 18.</p>
<p>Existen cientos de recorridos. Cada barrio ofrece varias posibilidades que vienen detalladas en las guías y con las que no tengo intención alguna de competir: Chinatown, Chelsea, Soho, Noho –significa North Soho-, Tribeca -significa Triangle Below Canal (Street)-, el distrito financiero, Harlem los domingos, Central Park y sus clases de tango de los sábados, los dos Upper, sobre todo el East Side, la Quinta avenida con sus comercios de lujo…</p>
<p>Una entrada en la cinematográfica Tiffany&#8217;s, Quinta avenida con la 56, es obligada, al menos para ojear las novedades en joyas que después se encuentran copiadas en los comercios de Chinatown a precios asequibles aunque de calidades inciertas. Dicen mis anfitriones que al día siguiente de toda presentación de joyas en Tiffany&#8217;s se encuentra la réplica en Chinatown tras una noche de intenso trabajo en los talleres clandestinos.</p>
<p>Dentro de la ciudad caminable hay tiendas que parecen una ciudad en sí mismas, como el <em>OutLet</em> (baratillo) de Century 21 enfrente de la Zona Cero, no por tamaño sino por todo lo que se puede revolver, y los célebres almacenes Macy’s en calle 34 entre la Séptima avenida y Broadway. Son los más grandes del mundo y conservan las primeras escaleras mecánicas que entraron en funcionamiento. Su fundador Rowland Hussey Macy fue ballenero antes de abrir su primer comercio a mediados del XIX. La estrella roja del logotipo de los almacenes no es un coqueteo izquierdista (imposible en la empresa que patrocina los fuegos artificiales del 4 de julio) ni una provocación postmoderna sino que procede del tatuaje favorito de su fundador.</p>
<p>En esto del arte de caminar sirven también los museos. El Moma merece una buena mañana por sus obras y sus espacios que invitan al recogimiento, como en las catedrales. Y Guggenheim con su Kandinsky extraordinario.</p>
<p>Con esta última postal regreso a Madrid y a la normalidad en el <em>blog</em>. No quise copiarme con unos cuadernos de NY émulos de los de Kabul, algo que dejo para más adelante, sino describir estampas turísticas para dar ideas y provocar comentarios tan buenos como los vuestros y sentir una vez más que esto, como el periodismo, es una aventura colectiva.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ El bar donde murió Dylan Thomas</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 23:07:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El West Village merece un recorrido pausado por sus calles en las que se multiplican los edificios con historia y lugares emblemáticos como la taberna de Stonewall, en el 53 de Cristopher, donde arrancó el movimiento gay hace 50 años. Se trata de un barrio agradable de gentes educadas que recogen las cacas de sus perros y de parejas que pasean a sus hijos en bicicletas como si con ellos no fuese el frenesí de unas calles más al este.</p>
<p>En el número 567 de la calle Hudson, esquina con la 11, está anclado uno de esos templos que exigen una parada y nunca defraudan: la taberna del White Horse. Aquí no arrancó movimiento reivindicativo alguno sino que murió, dicho con cierta exageración, el gran poeta galés Dylan Thomas, un día en el que no escribía versos sino bebía como un escocés en la barra del White Horse, su verdadera oficina.</p>
<p>Cuenta Enric González en <i>Historias de Nueva York</i> que allí liquidó 18 whiskys antes de caer desmayado al suelo y que tras recuperarse y reclamar el récord del lugar tuvo tiempo de beberse dos cervezas antes de volver a desmayarse y morir después en el hospital el 9 de noviembre de 1953.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0053.jpg" mce_href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0053.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10723" title="img_0053" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0053-300x200.jpg" mce_src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0053-300x200.jpg" alt="img_0053" height="200" width="300"></a></p>
<p>En el White Horse conviven hoy dos mundos paralelos, el de los clientes de toda la vida que comen sus perritos calientes y hamburguesas y beben cualquiera de las grandes cervezas estadounidenses, y los seguidores más o menos fieles de Thomas, bien por sus poemas, bien por sus hazañas alcohólicas.  La taberna data de 1880, tiene 18 mesas de madera en la zona de la barra y dos aparatos enormes de televisión que emiten partidos diferentes de béisbol.</p>
<p>Las sillas y los tapizados de las bancadas son rojos y parecen antiguos, como el reloj de péndulo que parece ralentizar el tiempo más que dar las horas. Las lámparas son blancas y están decoradas de caballitos de hierro. El gran espejo que recorre la barra y que ha debido reflejar todo tipo de borracheras, incluidas las del poeta galés, está coronado también por figuras de caballos, el emblema de la casa. Cerca de la caja registradora se exhibe una advertencia: “No se sirve a personas intoxicadas”. Cerca del reloj del péndulo hay otro letrero más mundano que recuerda que no se admiten las tarjetas de crédito. En cuestiones de alcohol, las deudas, al contado.</p>
<p>El White Horse tiene dos salas más que parecen  comedores separados. El primero es un homenaje a su cliente emérito y principal atractivo, Dylan Thomas. Son varias las fotografías y retratos del poeta de quien se dice tenía una voz maravillosa capaz de envolver más que sus poemas e historias de marineros.</p>
<p>Tras unos cuantos whiskys es posible que el cliente logre escuchar alguno de los ecos de aquella portentosa voz pero es poco recomendable intentar batir el récord de las 18 copas dadas las funestas consecuencias que tuvo y porque a buen seguro sólo se trata de una leyenda urbana, aunque bien hermosa.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ Brooklyn</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Sep 2009 21:24:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Manhattan y Brooklyn parecen España y Portugal, dos países que se dan la espalda, algo que es más cierto en el caso del español que en el portugués. Los neoyorquinos de la isla -que unos holandeses avispados compraron a unos indios con escasa visión comercial- miran a Brooklyn como un lugar extraño al que cuesta ir incluso para comer en Peter Lugar, el restaurante en el que se sirven las mejores carnes de toda la ciudad. Una amiga que tenía un <em>loft</em> en Brooklyn preguntaba a sus íntimos si se habían sacado ya el pasaporte para poder visitarla. Ahora que vive en el Bronx, donde asegura que crecen los árboles y la gente es tranquila, tiene aún más dificultades para convencer a sus visitas.</p>
<p>Para un viajero-turista sería imperdonable no cruzar el East River (en metro o sobre el agua en un taxi-barco) y adentrarse en Brooklyn, aunque sea con la excusa de ver mejor los rascacielos de Manhattan. Para los lectores de Paul Auster, entre los que me encuentro, pasear por Brooklyn Hights resulta una delicia. Cada vivienda es una tentación, una excusa para soñar con una buena lotería. Las calles Willow y Cranberry están llenas de sabor literario: en ellas se escribieron grandes obras como <em>A sangre fría</em> de Truman Capote.</p>
<p>Desde el Promenade, el paseo que discurre junto al río, la vista resulta hermosa y familiar. En los bancos de hierro se siente el aliento de Woody Allen en <em>Manhattan</em>, una de sus mejores películas. La visión del cogollo financiero, desde donde se decide la suerte de acciones, fortunas privadas y publicas y vidas de millones de personas, impresiona sin la visión de las Torres Gemelas, cuya ausencia es una presencia constante. En la orilla de Brooklyn del East River están desapareciendo los almacenes abandonados en diversas crisis y surge poco a poco un proyecto de jardines (y supongo que algo más en lo que sea necesario pagar) ralentizado por la pereza de los brotes verdes que todos los dirigentes políticos dicen ver empujados sin duda por su visión única de las cosas. Es un lugar espléndido para sentarse y pensar, o comprarle un dibujo a M, el pintor ruso que copia la realidad que ven sus ojos en unos grabados en tinta china.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0200.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10819" title="img_0200" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0200-300x200.jpg" alt="img_0200" width="300" height="200" /></a></p>
<p>Si se deja atrás el River Café, un lugar al que solo se entra si hay mucho dinero en el bolsillo o en el banco, se sube por calle donde está el Eagle Warehouse y se gira por Front Street se encuentra una perpendicular con una visión del puente de Manhattan. Debe ser la sección de puente más filmada de la historia. Merece la pena el rodeo antes de cruzar el Brooklyn Bridge, un monumento arquitectónico y un placer para la visión y el olfato.</p>
<p>Los sábados y domingos hay que compartir el espacio con decenas de atléticas personas convencidas de que correr con el rostro desencajado y enrojecido es bueno para la salud y decenas de ciclistas que intentan los mismo pero desde una posición más cómoda. En el tramo final de puente, cuando emergen los automóviles del piso inferior, es como si el caminante estuviera moviendo un dial imaginario pues se suceden las músicas y las radios que escapan por las ventanillas abiertas de los coches. Es Nueva York.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ El Metro</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Sep 2009 23:12:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El metro de Nueva York es posiblemente el único del mundo en el que uno puede toparse con Caroline Kennedy acompañada de un conocido actor o cualquier otra celebridad vestida de fiesta. “Es el medio más rápido norte-sur o sur-norte y el más rápido este-oeste u oeste-este son los pies”, dicen mis anfitriones. No es pues una cuestión de dinero (a falta de chófer) sino de inteligencia aplicada a los atascos. Como he dicho en otros <em>post</em>, los neoyorquinos son gente práctica.</p>
<p>Para los primerizos en la utilización del sistema suburbano de Nueva York -que en el caso de esta ciudad no debe haber tantos, bien porque la visitaron; bien porque la conocen a través de la televisión y el cine- es necesario tener en cuenta dos palabras para orientarse: <em>uptown</em> y <em>downtown</em>. Diferencia los convoyes que suben en dirección norte de los que bajan hacia el sur a través de la isla de Manhattan. No importa los esfuerzos que uno haga ni la atención que ponga habrá errores de dirección, pues las trampas son muchas. No ayudan demasiado las bocas de metro -pequeñas, estrechas y casi clandestinas-, que no están situadas siguiendo la lógica europea. En realidad siguiendo ninguna lógica.</p>
<p>Se expiden billetes de una semana por 27 dólares que ahorran tiempo y dinero. Una de las manifestaciones exteriores de que se ha producido una inmersión satisfactoria en la Gran Manzana es ser capaz de pasar a la primera la barra magnética del billete. No diré cuál es el truco, porque en esto de la inmersión cada uno debe sufrir sus vergüenzas.</p>
<p>Hay líneas Express y otras Locales, más lentas porque se detienen en todas las estaciones del recorrido. Las paradas y las opciones de transbordo se anuncian mediante un cartel luminoso dentro de los vagones y por megafonía. A diferencia del metro madrileño, los locutores no se comen los artículos de las frases al decir aquello de “¡Atención ! Estación en curva… No meter el pie entre tren y andén”. Son voces agradables y con una entonación amable de un hombre y una mujer, no como la imperativa de Madrid, una émula de la señorita Rotenmeyer. En la mayoría de los vagones hay un mapa eléctrico del recorrido en el que se puede seguir con facilidad el avance del tren y anticiparse a las paradas. Sólo le falta un detalle: indicar si las puertas se abrirán por la derecha o la izquierda, que varía según las estaciones.</p>
<p>Nunca entendí por qué en Madrid es casi imposible viajar en un tren que tenga una pegatina (de electricidad ni hablamos) de la línea en la que se viaja. Es frecuente toparse con la información de las líneas 1 y 4 en los vagones de la 5 y así sucesivamente. Afirman que se debe a que los trenes no realizan el mismo recorrido todos los días. Nunca se piensa en la ayuda al usuario, sea nacional o turista. ¡Para qué! ¡Si ya han pagado! Carteles electrónicos serían la solución.</p>
<p>Las estaciones neoyorquinas son espaciosa y los convoyes largos. Bajo tierra debe ser uno de los mejores metros del mundo en eficacia junto al de Londres. Sobre las seis de la tarde, que es cuando cierran muchos chiringuitos financieros, perdón quise decir bancos de inversiones y cosas así, la estación de Wall Street dirección <em>uptown</em> es un espectáculo. La mayoría se quita el disfraz en el andén. Sin corbata resultan humano.</p>
<p>El metro parece seguro, tanto de día como al caer la tarde, al menos entre Brooklyn y la calle 125, las fronteras entre las que me he movido. A veces entre las vías se ven ratas enormes saltar las traviesas. Al parecer también tienen problemas con el <em>downtown</em> y <em>uptown</em>.</p>
<p>En el metro de NY nadie pide limosna ni nadie canta ni toca instrumentos musicales en los vagones aunque sí en los pasillos como en la gran película <em>The Visitor</em>. No es extraño que en las líneas Express, aprovechando los recorridos más largos entre una estación y otra, se suban un par de negros musculosos con un enorme casete al hombro y se dediquen a dar saltos mortales y realizar complejos movimientos raperos de un lado a otro del vagón. Estos neoyorquinos serán gente práctica, amable y extraordinaria, pero hay que reconocer que ya no saben qué hacer para sentirse únicos.</p>
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		<title>Postales de Nueva York / El Soho</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Sep 2009 23:55:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lo primero es aprender decir Soho, que significa South Houston (Street), y que por alguna manía local pronuncian Haston. Es esencial porque esa A divide a los muy turistas que pisan por primera vez Nueva York de los turistas que repiten. En la calle Broadway, al sur del Haston, se extiende  el corazón comercial [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo primero es aprender decir Soho, que significa South Houston (Street), y que por alguna manía local pronuncian <em>Haston</em>. Es esencial porque esa A divide a los muy turistas que pisan por primera vez Nueva York de los turistas que repiten. En la calle Broadway, al sur del <em>Haston</em>, se extiende  el corazón comercial del Soho. Aquí no vivió Karl Marx como en su homónimo londinense, pero sí numerosos artistas, sobre todo pintores y escultores, que lo rescataron de su demolición al transformar los antiguos almacenes que habían caído en desuso en los célebres <em>lofts</em> que ahora todo el mundo copia. Ya no hay artistas, que huyeron al Village y a Chelsea tras vender sus pisos renovados por millonadas o expulsados por una espiral de especulación que no pudieron asumir. Ahora los ocupan comercios de postín que atraen a los turistas como moscas.</p>
<p>Conviene llegar en metro y bajarse en la parada de Bleeker. Hay varios templos de visita obligatoria. La tienda de Prada, situada en el primitivo museo Guggenheim, esquina con Prince, es el principal. Se trata de una galería de arte más que de una tienda. Aunque los precios son prohibitivos, al menos para la mayoría, se puede disfrutar gratis del gusto por el detalle y la colocación de los maniquíes. No permiten sacar fotos, pero te lo dicen con amabilidad cuando intentas la segunda, así que es necesario vigilar a los vigilantes, ser rápidos con la primera y después poner cara de sorpresa.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0269.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10779" title="img_0269" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0269-300x200.jpg" alt="img_0269" width="300" height="200" /></a></p>
<p>En el número 600 se levanta una tienda californiana de moda llamada Hollister donde antes había un almacén de alfarería. Las mujeres deben entrar sin ligues, novios, maridos y demás acompañantes molestos, y los hombres sin mujeres. No diré más. La ropa es de surfero y parece buena aunque la iluminación es tan  deficiente que impide distinguirla bien. Esta es otra de las modas de Nueva York: tiendas a media luz y restaurantes en penumbra con iluminaciones innovadoras, por no escribir raras, que al parecer sacan los rojos en los rostros favoreciendo a los comensales pero que no dejan ver lo que hay en el plato.</p>
<p>Debe ser la <em>post post</em> modernidad: comer ciegos a través de los sabores. Y después, tras la digestión vienen los sustos. Sorprende esta moda oscura en una ciudad que jamás apaga las luces de las oficinas. Sus autoridades consideran que ese dispendio energético compensa el esfuerzo de potenciar la imagen de una ciudad que no duerme. Turismo a precio de calentamiento planetario.</p>
<p>En una bocacalles de Broadway, en Spring, está el restaurante Balthazar. Tiene unos bancos de hierro en los que se puede comer un buen perrito caliente comprado en cualquiera de los puestos callejeros. Conviene observar antes de decidirse por uno;  algunos tienen cola y otro no. Es la señal: los buenos son los que exigen paciencia. El Balthazar, además de ofrecer asiento gratuito, dispone de una panadería a la que se accede por una puerta estrecha. Venden unos dulces estupendos y un café que mejora al de Starbucks, una empresa que me provoca dudas éticas aunque tiene como contrapartida acceso a una red wifi (previo pago a ATT a través de tarjeta de crédito: 3.99 dólares por una sentada de dos horas; mucho mejor que Telefónica).</p>
<p>Otra tienda que merce una visita es la de Uniqlo en la calle Broadway, cuya ropa ambigua en cuanto a los sexos ayuda a encontrar algo que guste y siente bien sin preocuparse si es de hombre o mujer. Es una marca japonesa que desea entrar en el mercado español pero que se enfrenta al problema de la sonoridad de la marca y al temor de que provoque  chanza o rechazo. Otro lugar de visita obligada es la sede de Apple en el Soho, en el 103 de Prince Street, que recuerda a la de Chicago y Londres.</p>
<p>Callejear por el Soho es una aventura que depara muchas sorpresas, sobre todo si se miran los precios de los productos. Cualquier  recorrido se puede terminar en la calle Mercer, paralela a Broadway, en un bar llamado 89. Lo mejor son los retretes en la planta superior. Son unisex y tiene sorpresa. Era uno de los favoritos de mi amigo Ricardo Ortega.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ La terraza del Metropolitan</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 22:27:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El Metropolitan es uno de los mejores museos del mundo. Está situado en el Upper East Side, en el barrio preferido por las estrellas de Hollywood que viven en Nueva York, muy cerca del Guggenheim, que independientemente de su exposición de turno (ahora una excelente de Kandinsky) su edificio es en sí una obra de arte, como el de Bilbao. Las salas del Met están repletas de esculturas, pinturas y arte antiguo que exigirían decenas de visitas y un cierto conocimiento del mundo del arte para disfrutarlas al máximo. Como el British Museum, el Metropolitan se presenta como un mundo maravilloso e inabarcable.</p>
<p>Los viernes y los sábados cierra a las nueve de la noche (al menos en verano y otoño) y es una oportunidad única para subir a su terraza y asistir con una copa de vino blanco en la mano el atardecer allá por Nueva Jersey, donde empieza la otra América. La vista es espléndida en una ciudad caótica en su arquitectura pero hermosa dentro de ese caos y que se deja ver y fotografiar desde muchos perfiles.</p>
<p>Hasta el 29 de noviembre (si el tiempo lo permite; es lo que dice la publicidad) la terraza está ocupada por un gigantesca escultura de Roxy Paine de casi 40 metros de largo y 13, 7 de alto que parece un árbol-bosque pintado de plata. Compite con la vista urbana y la puesta de sol. Los neoyorquinos de la terraza (casi tanto como turistas) se cubren de sus mejores galas (no tanto como <em>Sexo en Nueva York</em>) para tomarse una copa encima de miles de millones de dólares en arte antes de ir a cenar a cualquiera de los muchísimos restaurantes de moda a 100 dólares el cubierto.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0168.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10728" title="img_0168" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0168-300x200.jpg" alt="img_0168" width="300" height="200" /></a><br />
Saltar entre las raíces del árbol de Paine en busca de los reflejos del sol en los cristales de Manhattan o de las primeras luces eléctricas que iluminan la ciudad como si fuera un belén vertical resulta un ejercicio de riesgo entre cámaras de fotos y copas de vino. Desde esa terraza se aprecia también el cambio de sonidos en una ciudad en la que los automovilistas apenas tocan la bocina. No sólo es civismo, es que la policía multa con 350 dólares el pitido y hay numerosos carteles que así lo advierten.</p>
<p>Al descender de la terraza en uno de los dos elevadores es obligatoria en  estos días  la vista a La lechera de Vermeer, expuesta hasta el 29 de noviembre. Es de esos cuadros que valen el pago de la entrada de un museo. En Nueva York, como en España, los periodistas con carné que lo acredite entran gratis; de algo tenía que servir tanto sufrimiento.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ Gospel en Harlem</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Sep 2009 21:36:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La iglesia Pentecostal de la Bethel Gospel Association está en Harlem, en la quinta avenida con la calle 120, mucho después de que el refinado Upper Side East se transforme en un barrio diferente repleto de gentes en camiseta y gorra al revés que no lucen palmito sino cierta pobreza y mucha dignidad que a veces parece altanería. La Bethel Gospel es una de las comunidades negras más comprometidas y combativas de la zona. Estuvo en primera línea en la campaña electoral de Barack Obama y desde su púlpito se pidió protección divina para el hombre que les trae el cambio. Los servicios dominicales son un espectáculo. El coro canta himnos gospel que generan una emoción ambiental desde la que se entienden las manos levantadas, los ojos cerrados, los bailes de los fieles y los gritos de aleluya.</p>
<p>A diferencia de los ritos católicos, teatralmente impresionantes, pero algo rígidos, y que son la expresión de una religión jerarquizada que se vive desde el miedo al castigo y al infierno, los de la Bethel Gospel están impregnados de alegría, como si la religión fuera un lugar de esperanza, nunca de temor. Recuerda a África, donde los ritos católicos se metamorfosean  través de la música local y surgen renovados con una fuerza que mueve los sentimientos, incluso de los ateos.</p>
<p>A los nuevos fieles, por lo general turistas blancos, se les recibe como una mención especial y una ovación. En medio de un canto en el que se repite  la palabra <em>welcome</em> a ritmo de blues, decenas hombres y mujeres elegantemente vestidas tocadas con sombreros con y sin plumas se acercan a los recién llegados para estrechar sus manos y darles la bienvenida. Poco antes, las acomodadoras han situado a los extranjeros en las bancadas traseras, en lo que podría ser un homenaje secreto a Rosa Park, la mujer que desafió el sistema de segregación estadounidense: los fieles negros, en los mejores sitios; los blancos, en los teóricos peores. Me gusta.</p>
<p>Como todo momento mágico tiene que tener su reverso tenebroso éste aparece poco antes del discurso del pastor, del que conviene escapar con sigilo. Cuando el coro entona “No hay Dios como Jehová”, las acomodadoras organizan la salida de las bancadas, primero las traseras de los blancos, para que todos se acerquen al altar donde aguardan dos robustas mujeres y unos no menos robustos cestos de mimbre en los que la iglesia y Dios esperan recibir unos cuantos dólares.</p>
<p>Antes de comer es recomendable pasear un poco desandando la numeración hacia el Upper East Side y aspirar los olores de El Barrio. Así llamado el Harlem hispano, que está en el este, en oposición al oeste y negro, aunque parece que todas estas divisiones étnicas están en movimiento debido a la especulación que se anuncia tras la crisis. Es saludable tomarse un zumo de tamarindo, por ejemplo, antes de bajar al metro de la línea 6 en dirección <em>downtown</em> para descender en la estación de Canal Street y verse lanzado en medio de Chinatown. El contraste resulta tan brutal que parece increíble que mundos tan opuestos puedan estar unidos por una docena de estaciones de metro.</p>
<p>Para comer resulta excelente el restaurante Shanghai Cusine, en el 89-91 de Bayard Street, el favorito de mis anfitriones neoyorquinos. Los cangrejos están sublimes pese a que la temporada terminó. En una plaza, un poco más abajo en Bayard se reúnen los domingos todos los ancianos de Chinatown y alrededores o, al menos, es lo que parece. Varias orquestas de música china pretenden alegrar el ambiente desde diferentes ángulos aunque los sonidos que logran son bastante melancólicos. Sobre un  escenario, media docena de  extranjeros con problemas de estrés realizan movimientos de Tai chi dirigidos por un profesor oriental.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0247.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10756" title="img_0247" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_0247-300x200.jpg" alt="img_0247" width="300" height="200" /></a></p>
<p>En los jardines, las mujeres juegan a las cartas y protestan por cada foto robada con una frase que traducida libremente podría ser… “Métase usted la cámara por el…”. Los hombres se enfrentan en partidas de damas chinas que congregan decenas de curiosos alrededor y en las que a diferencia de las damas occidentales parece no haber movimiento.</p>
<p>Chinatown y Harlem son sólo dos expresiones de una ciudad única y extraordinaria en sus defectos y virtudes.</p>
<p>PD Recomiendo el comentario de Nico, que aclara algunos errores por mi parte sobre el juego de damas que no es de damas.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ La hamburguesería clandestina</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Sep 2009 22:37:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la calle 56, entre la sexta y séptima avenida, se venden unas hamburguesas que podrían pasar por las mejores de la ciudad. El bar no tiene nombre ni otra publicidad que el boca oreja que lleva a decenas de personas a pugnar por una de las 11 mesas o llevarse la comida a la calle. Nueva York, la ciudad que nunca duerme, come -cuando el clima lo permite- en parques, esquinas y bancadas observándose unos a otros sin como si todos fuesen parte de una enorme representación teatral.</p>
<p>De las paredes del bar sin nombre cuelgan carteles que son una declaración de principios: Los Ramones, <em>Midnight Cowboy</em> e <em>Indiana Jones</em>, a la izquierda; <em>Sexo en Nueva York</em> y <em>Los Sopranos</em>, a la derecha. Es necesario guardar cola para encargar el menú. Los cocineros son eficientes y rápidos;  no hay que asustarse por ser el último de una decena de aspirantes a cenar bien.</p>
<p>En un letrero escrito a mano y con bastante gracia se explica el sistema: primer paso: escoger entre hamburguer o cheesburguer; segundo, el punto de la carne: desde poco hecha a asesinada (carbonizada); tercero, el acompañamiento: lechuga, tomate, cebolla, etcétera. Si se desea completa se dice <em>work</em> para ahorrar explicaciones, evitar enredarse en palabras e impacientar a la cola. Los neoyorquinos son gente práctica.</p>
<p>Las patatas fritas son extraordinarias; la demostración empírica de que en otros garitos que presumen de hamburguesas sus <em>chips</em> son congelados. Se puede acompañar el menú con una  jarra de cerveza. Me gusta la Brooklyn Lager<!--[if gte mso 10]> <mce:style><!   /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin-top:0cm; 	mso-para-margin-right:0cm; 	mso-para-margin-bottom:10.0pt; 	mso-para-margin-left:0cm; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ascii-font-family:Cambria; 	mso-ascii-theme-font:minor-latin; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-theme-font:minor-fareast; 	mso-hansi-font-family:Cambria; 	mso-hansi-theme-font:minor-latin;} --><!--[endif]-->, inventada por un periodista en la bañera de su hotel en Arabia Saudí durante la primera guerra del Golfo porque en las guerras el agua sólo se usa para lavar. También sirven dos alternativas excelentes: Sierra Nevada de California y la Samuel Adams de Boston. Un segundo cartel reza: “No escupimos en su comida; no escupa usted en nuestras paredes”. No todos hacen caso, en lo de las paredes, pues hay numerosos <em>graffiti</em>.</p>
<p>Para encontrar el bar de las hamburguesas que no necesita nombre para conseguir público hay que buscar el hotel Le Parker Meridien en la dirección antes citada, entrar en el vestíbulo, pasar delante de la recepción que parece un anuncio de ordenadores Apple, dirigirse al fondo y torcer a la izquierda. Detrás de una cortina roja está el otro mundo, un oasis maravilloso.</p>
<p>Tras cenar es obligatorio entrar en el bar del hotel, situado a la derecha del vestíbulo. Es art decó y tiene una pinta magnífica aunque es posible que lo ahorrado en la cena se gaste duplicado en un mísero Bourbon con demasiado hielo que no le llegará jamás a la suela del vaso a un buen malta escocés.</p>
<p>PD Aunque parezca increíble, la hamburguesería sin nombre no sale en el libro de Enric González pero a veces los amigos y anfitriones que conocen Nueva York son más efectivos y cariñosos que un excelente texto.</p>
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		<title>Postales de Nueva York/ Top of the Rock</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Sep 2009 03:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el <em>Top of the Rock</em> (el mirador del Rockefeller Center situado en la calle 50, entre la sexta y quinta avenidas), Manhattan se muestra como una ciudad compacta, dura y fría a diferencia de Londres compuesta por decenas de pequeñas ciudades que parecen humanizar tanto asfalto y tanta estadística. Desde allá arriba apenas se distinguen las personas convertidas en insectos disfrazados y los taxis amarillos reducidos a   aquellos cochecitos de hierro que coleccionaban los niños de mi generación. La visita es obligatoria, incluso para los turistas que se empeñan en hacerse pasar por viajeros, y es recomendable que sea anterior al Empire State Building, que después completa la visión de una ciudad extraordinaria.</p>
<p><a href="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_9975.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-10713" title="img_9975" src="http://www.ramonlobo.com/wp-content/uploads/2009/09/img_9975-300x200.jpg" alt="img_9975" width="300" height="200" /></a></p>
<p>Al norte se extiende Central Park; más allá, Harlem, y tras Mahhattan, el Bronx, una segunda frontera del miedo que de tanto salir en las películas como barrio de alto riesgo se quedó sin curiosos. Al este del parque,  el Upper Side East, donde uno puede tropezarse con la sonrisa de Merlyn Streep o cruzarse con un tipo que pasea conejos convertidos en mascotas. En el oeste, en el Upper Side West, está el Lincoln Center y el edificio Dakota, convertido en centro de culto demoníaco desde que Roman Polannski rodara allí <em>La semilla del diablo</em>. También es célebre porque allí mataron muchos años después a John Lennon.</p>
<p>En la recepción del <em>Top of the Rock</em>, donde se pagan 20 dólares de entrada, ofrecen por dos dólares más un mapa desplegable de los edificios simbólicos de Manhattan. Sería un imperdonable un ataque de tacañería renunciar a él y dejar de descubrir edificios soberbios como el de la General Electric, Chrysler y el ahora llamado Metlife que divide Park Avenue entre el mundo de los ricos y el mundo de los muy muy ricos.</p>
<p>Hacia el sur, la vista de Manhattan resulta impresionante. En primer plano, el Empire State convertido en el símbolo superviviente de la ciudad tras el 11 de septiembre de 2001, la fecha que cambió la fisonomía de sus rascacielos y su carácter. Se distinguen (con ayuda del mapa) el Village, Soho, Chelsea, Tribeca, el barrio chino que se comió al italiano y el Wall Street, otro cogollo de cristal  que amenaza con comerse los ahorros y las pensiones de todos los barrios y países. Al fondo, un poco a la derecha,  la Estatua de la Libertad empeñada en mantenerse como referencia incluso en tiempos oscuros como los de la anterior presidencia en la que con <em>el todo vale</em> olvidó principio, valores y leyes.</p>
<p>Cuando se desciende en el ascensor del edificio Art Decó de uno de los inventores del capitalismo moderno (no dejen de mirar el techo) y se pone el pie en tierra, la jungla de cristal, cemento y hierro de las alturas se trasforma lentamente. Hasta de Central Park parecen llegar sonidos y músicas. Si se camina por los barrios antes citados se descubren ciudades humanizadas dentro de la ciudad impersonal en las que habitan gentes muy amables (mucho más desde el 11-S), dispuestas a ayudar al extranjero.</p>
<p>El <em>Top of the Rock</em> es también un símbolo del periodismo actual, que se realiza desde las alturas, más cerca de las nubes que  de la gente y  las emociones, casi siempre a través de prismáticos y lentes de aumento que reducen costes y la distancia física de las noticias, que se ordenan según dictaminan las  modas, las encuestas y el <em>prime time</em>. Un periodismo que renuncia al descenso a la calle, a los barrios, las casas, la gente, las palabras, la música y  las historias no es un periodismo que trate de la vida. Desde arriba, un tipo de perspectiva; desde abajo, los detalles, el contexto. El mejor periodismo siempre fue la suma ambiciosa de visiones y puntos de vista.</p>
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		<title>Postales de Nueva York / Ostras en Gran Central</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Sep 2009 02:40:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nueva York es una ciudad que está impresa fotograma a fotograma en la memoria de millones de personas; una película constante en la que el visitante entra en ella por unos días como si fuera un extra de su propia vida: cada imagen, una escena, una  película, un trozo de cultura audiovisual, que es [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nueva York es una ciudad que está impresa fotograma a fotograma en la memoria de millones de personas; una película constante en la que el visitante entra en ella por unos días como si fuera un extra de su propia vida: cada imagen, una escena, una  película, un trozo de cultura audiovisual, que es la nuestra.</p>
<p>En la estación Gran Central -que merece una visita detallada: desde las taquillas al laberinto de  pasillos y, llegado el caso, los andenes en los que se han rodado decenas de célebres escenas- existe un restaurante modernista diseñado por un discípulo de Antonio Gaudí: el Oyster bar. Es necesario descender al sótano para encontrarlo entre chiringuitos de comida llamada <em>Fast food </em>por la velocidad de desplazamiento intestinal.</p>
<p>El Oyster Bar es un templo de techos bajos e iluminados con bombillitas blancas de fiesta, un espacio amplio y agradable con una barra inmensa repleta de taburetes giratorios. (No perderse los <em>toilets</em>).</p>
<p>Cuenta Enric González en su libro de <em>Historias de Nueva York</em> que en febrero o marzo llegan los primeros <em>soft shell crabs </em>capturados nada más mudar de caparazón. Este manjar gusta mucho a los neoyorquinos, incluso a los que aborrecen las bárbaras costumbres europeas de chupar la cabeza de las gambas y langostinos. Diferencias de civilización insalvables.</p>
<p>Las mesas son la opción cuando el grupo es de cuatro o más personas. Hay que estar alerta y evitar caer en una próxima a comensales chinos, tal vez diplomáticos, que copa a copa de vino terminan por perder el pudor del silencio y las distancias razonables. Es recomendable escoger pescado, la especialidad del restaurante, y no carne, aunque puede haber gente para todo. Las ostras que dan nombre al bar son obligatorias, sobre todo de septiembre a abril.</p>
<p>Pese a ser exquisitas y presentarse entre hielos, abiertas y con el trozos de limón preparados, la cultura de este lado del Atlántico obliga a ciertas variaciones incomprensibles, como la de acompañar las ostras con un segundo plato repleto de salsas rojas. Contó el cocinero de Aristóteles Onassis, no recuerdo si en unas memorias o en una noche de desembuche y desesperación, que Jacqueline Kennedy añadía  ketchup a cualquier plato servido sin importar su contenido ni el esmero puesto en él.</p>
<p>Al pagar la cuenta con tarjeta de crédito no hay problemas de cálculo con las propinas porque camareros de toda la vida como el que dice llamarse Ferruzo y ser originario de Venecia norte pese a su fuerte acento neoyorquino, incluyen por decreto el 15% del servicio. No lo tomen como un ejemplo de mala educación, un impuesto revolucionario-capitalista ni nada similar, solo es sentido práctico y comodidad.</p>
<p>No hay brotes verdes en la economía del Oyster bar, donde abundan las mesas vacías, y es que la salida de la crisis no está aún para homenajes, al menos para aquellos que no son brokers, intermediarios o ciudadanos díscolos con el sistema que como acto revolucionario supremo terminaron de pagar su hipoteca sin añadir más deudas a su vida. El dejar de alimentar la glotonería de los bancos, comisión escandalosa a comisión escandalosa, da para alegrías, vacaciones, ciertas dosis de sosiego y al menos un plato de ostras neoyorquinas en el Oyster Bar.</p>
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